Eterno cansancio

Entre el aislamiento se vive un eterno cansancio, cansancio de estar trabajando, cansancio de estar aburridos, cansancio de estar abrumado, cansancio del otro, cansancio de uno mismo, cansancio de lo que estamos viviendo.

Entre las paredes que nos confinan abunda el fastidio: que se hable siempre de lo mismo, de lo que no acaba, de fingir que se hace mucho cuando en realidad no se hace nada.

Entre las palabras que nos decimos se tiene agotamiento, ya no nos mentimos como antes, ya no nos vemos viviendo, y pensamos -¡Ojalá que esto acabe!- y decimos -¡Esto pasará!- y más nos encerramos con la idea de que todo lo que trae consigo el encierro pronto terminará.

Entre las palabras, dichas por los que viven en castillos ubicados en el aire,  pasamos nuestro tiempo, nos nutrimos de mentiras, incertidumbres y miedos; y vemos realidades que se imponen, a pesar de las buenas intenciones, a pesar de nuestros más profundos deseos.

Entre discursos y frases, entre negociaciones y miedos nos morimos de cansancio o de hambre o de miedo, a veces sólo pensando -ojalá que no me vea de nuevo, soy lo opuesto de Narciso, mi reflejo muestra a Hefesto-

Nos cansamos de nosotros y de nuestro profundo silencio, nos cansamos de no tener nada que decirnos, de ver cómo hemos vivido, de sentir la soledad y el miedo, y pensamos que cuando acabe la cuarentena no tendremos que vernos a nosotros mismos de nuevo.

Maigo.

Agonía en solitario

En el madero, agonizante

se encuentra colgado Jesús,

solitario y siempre amante

viendo todo desde su cruz.

Solitario, como muchos

que agonizan y se van.

solitario como otros

que se guardan en soledad.

Jesucristo murió solo,

con sus amigos lejos de él

sin recibir un abrazo

viviendo un final cruel.

Teniéndose sólo a sí mismo

Jesucristo estuvo en la cruz,

Sintiéndose abandonado

Y viendo al final la luz.

En el madero, agonizante

se encuentra colgado Jesús,

solitario y siempre amante

acompañándonos desde la cruz.

En el madero, agonizante,

se encuentra colgado Jesús.

Abriendo los brazos bastante

y enseñándonos la luz.

En el madero, agonizante

se encuentra ahora el enfermo,

sintiendo el amor edificante

de aquel que venció a los infiernos

Maigo