¿Por qué Paquita La del Barrio tiene tanto éxito?

Digamos que Paquita es el epítome de la mujer despechada. Esta cantante interpreta desde hace ya  mucho tiempo, canciones que narran el estado terrible en que se encuentra toda mujer que ha sido burlada, dejada o lastimada por su pareja sentimental. Sus letras, además de ir bien acompañadas del doliente mariachi y de ese tono aguardentoso que se le imprime en cada verso, se valen de frases que gritan el dolor de un modo muy lastimero y no como demostración del padecimiento propio, sino más bien, se exhibe ese sufrimiento mediante la repetición –que según veo, quiere ser afirmación– del odio o repudio que se siente hacia aquél que tanto mal ha causado. Se clama ferozmente el desprecio hacia aquella “rata de dos patas”.

Así, sería fácil contestar que esta mujer es tan exitosa entre las féminas porque muchas –por no decir todas– hemos sido alguna vez en nuestra vida, víctimas del acabose de una relación que de verdad se apreciaba y Paquita no hace sino poner voz a nuestros más hondos desconsuelos. Es verdad. Pero ¿eso es todo? ¿Sus discos se venden y sus presentaciones se llenan sólo por separaciones malsanas? Quizá sí pues, pero no en el sentido más indignado en que eso puede ser entendido. Me parece que cuando alguien se aprecia de veras, el pesar que se sufre cuando ese alguien deja de ser lo que era o deja, sin más, su lugar dentro de una relación estimada, es descomunal. Y ese pesar se lleva mejor en compañía, sobre todo cuando la persona que brinda la ayuda emocional ha pasado ya por lo mismo, porque entonces no solamente se encuentra ahí en adhesión, sino que se pensaría que comprende en la totalidad lo mismo que la ahora sufriente, siente. Es decir, el éxito de Paquita no se debe sólo a la saña de lo que canta ni a sus muchas frases oportunas, sino que se debe a que parece hacer una buena sociedad, que implica una suerte de desahogo o catarsis emocional, con todas las mujeres dolidas. Propone pues, un cobijo en un momento de desolación desmedida. Además, considero que ese tipo de pasar el mal rato es  peculiarísimo; con Paquita no se trata de ahogarse en su propia pena o de lastimarse a sí mismo con nostalgias, no, el asunto se resuelve en escupir sobre la cara –o el recuerdo– del victimario sus defectos, de deshacerse la garganta en insultos y hacer  de su conocimiento lo poco valioso que fue y lo desgraciado que será.

Mientras escribo estas líneas a propósito del desazón proveniente del mal término en alguna relación y su correspondencia con Paquita La del Barrio, escucho su música y he descubierto una cosa más: estas canciones suenan mucho mejor con unas copas encima. Es desafinada y exagera en la maldad que se le imputa a los hombres, además las melodías con que se construye son muy parecidas entre una y otra canción, es decir, ni siquiera la música es brutalmente elaborada. Reitérase pues, que el éxito no viene por la música misma sino por lo otro que ya denotábamos. Interesante sería resaltar en esto, que aquél sufrido sentimiento se acompaña, las más de las veces –por no decir siempre– de unas botellas de alcohol. Cosa que siendo honestos, sólo exacerba el sentir e intensifica esa clase de odio que se generó espontáneamente para con la persona que causó tal aflicción. El porqué ello acontece, por qué se cree que el mal de amores se digiere mejor o más fácil con alcohol, ya es asunto digno de otro estudio. Someramente y con algo de certeza podría decir que tiene que ver con ese dejar de ser o ser alguien más, mientras dura el efecto de la borrachera.

No he intentado hacer una apología de las mujeres dolidas ni mucho menos de la buena de Paquita, así como tampoco he querido atacar a ningún varón. He intentado tan sólo, abordar un determinado padecimiento en una determinada circunstancia. Terminaría diciendo que Paquita es quien es, porque vocifera eso que ninguna, quizá, nos atreveríamos a gritar de ese modo:

“¿Me estás oyendo, inútil?

Hiena del infierno,
cuánto te odio y te desprecio.”

La cigarra

¡¡PARO LA BANDA!!

El Muelas levantó el brazo a media calle, sobre el carril del arroyo vehicular. Su torso desnudo desafiaba los autos que pitaban al pasar a su lado. Paró el micro más vacío que vio, detrás de él su banda faltoseaba en la espera. Con los ojos enrojecidos y en llamas puso sus hombros y pecho confrontantes frente a la puerta del camión que frenaba abruptamente. Golpeó con la mano abierta aquel transporte público y al instante se abrió la puerta. La vista desganada del chofer apareció como el reclamo de una intimidad violada más que un reto al temerario y sus secuaces.

 “¡¡Hazme un paro, carnal!!” dijo el descamisado, con tono agudo y ladeando la cabeza, sin pausa ni reparo, en sus palabras había amenaza acompañada con siete gandayas pendientes del vocero y el bisne; con ambas manos en el volante y cabizbajo, irguió el cuello, volteó al interior del camión y pidió a sus tres pasajeros que pasaran a la unidad estacionada detrás de él. Los usuarios salieron por la puerta trasera dejando murmullos de inconformidad y disgusto.

 “¿Qué quieren?”. Se dirigió el chofer a un punto neutro del marco de la puerta, sin ver al vocero, sin atender a los acompañantes que esperaban abordar, dos todavía sentados en la banqueta y cinco más aproximándose al camión detenido. “Un paro mi chavo, lo que es nomás. Andamos erizos, mira… por las buenas. Danos un raite a la esquina de la zapatería, a lado de la capillita…” dijo el descamisado al tiempo que un arete en su oreja izquierda brillaba legendario, sus cejas poco a poco se tensaban sobre el ceño y su labio superior iba adquiriendo una rigidez sintonizada con las fosas de su nariz, forzando un resoplido mandón.

 Acercándose sobre la puerta uno más joven que la mayoría empuña una mona sobre la boca y la nariz, con la otra apunta su dedo señalando al chofer y dispara sus palabras: “¡No te cotices ruco! ¡Que andamos locos! ¡Al chile no la estamos mamando!”. Una figura pequeña pero resuelta, cubierta de sudadera rosa con capucha alarga la mano para detener al juancamaney. “Aguántala Pipiolo, na’ más la cagas mi’jo y te parto tu madre…”. “¡Pues que se pare el puto!” respondió el morro mientras caminaba como si siguiera al fantasma del microbus que todavía no se detenía y seguía avanzando.

 “Háganse una vaquera a ver que sale. Así como así… a mi no me sale… no mi chavo” dijo el chofer. “Al chile padrino no haga pancho ni muina. Chitón y llévenos… Mire, mire somos ocho. ¿Qué le quita? Es acá abajo, en el centro, a lado de la calzada. ¡No se pare su culo, ruco, al chile mire, por las buenas!” decía el Muelas mientras tomaba con fuerza los pasamanos y subía con paso pesado y sólido sobre los tres escalones de ascenso, sin dejar de buscar la mirada del chofer que la dejaba en el horizonte, sin inmutarse. Volteó y con un movimiento de cabeza llamó a sus colegas a bordo.  Detrás del de la mona y de la de sudadera rosa, siguieron dos delgados de camisa sin mangas, una chica de coletas con sombras verdes y corridas bajo los ojos de color verde; desde la banqueta dos bultos abrazados trastabillaban de borrachos al levantarse. Todos con marcas de desconsuelo y una duradera ebriedad subieron raudos y veloces al transporte.

 “Yo soy el Lalo pero me dicen El Hojaldra… por ojete…” se presentó uno de los flacos mientras se acomodaba la gorra hacía adelante y hacía señal de brindis con  una caguama al chofer del microbús. Los borrachos del último cargaron sus cuerpos sobre los escalones  para quedarse sentados en los dos más altos, ahí nada más, a lado de la palanca de cambios. “No se va a cotizar, verdá don?” dijo la Pulga, chica en sudadera rosa, de cachetes redondos y cejas muy depiladas color magenta. “Pus ya me chingaron hijos de su puta madre” dijo el chofer conteniendo la explosión. Con el descamisado justo detrás del asiento del chofer, el Hoja abrazado al asiento del mismo, el Tripa afilando la mirada sobre el mismo chofer, la Pulga dirigiendo los ojos a la chela que no soltaba el Hoja y los dos borrachos en los escalones, más el Pipiolo degustando su mona acostado en el cuarto asiento al fondo; el operador metió primera y arrancó, convencido que su oposición sería reprimida por la víscera de la horda. Fuera de esa escena, la de coletas fijó su rostro entero en la ventana y la calle, dejándose llevar por la banda.

 Una risotada partió el silencio. El Pipiolo se levantó sobre el asiento, abrió la ventana al máximo y saco su torso y cadera hasta poder sentarse sobre el marco y ponerse después cabezabajo y abrir su brazos libres al aire. Todos voltearon, los flacos se destornillaron en risas, la Pulga cerró los ojos y retiró sus atención del exhibicionista, el Muelas clavo su vista en la calle, la de las coletas ni se inmutaba.

 “Díganle al hijo de su pinche madre que no esté mamando…” desde el retrovisor el chofer gritó, pero el chillido de la Pulga le ganó. “¡Déjelo, no le pasa nada! ¡Usté no es su papá! Además ya se metió, que le afecta!”. El chofer solo mascó agriamente un “Chingao…”.

 El Muelas abuzado del camino, indicó con su brazo extendido señalando la acera. “Párese en la florería, que la Chivis le tiene que comprar unas flores a su hermano el difuntito, ni modo de llegar así al velorio…”. El Muelas volteó hacia la chica de coletas. Ella dejó el vacío de la ventana y sintió esos ojos solidarios que se hundían en unos ojos acuosos, enrojecidos enmarcados en un corrido maquillaje verde.

Oktli