¿Navi…dad?

Pensar en la cena, en el vino y los invitados, y especialmente en los invitados, también puede ser ocasión para renovar los rencores que se decían olvidados.

La cena se especia con las desconfiadas miradas, el vino se marida con amargas añoranzas y se bebe y avinagra mientras se habla de ánimos renovados, y de paz y amor, siempre que se deje a los otros olvidados.

Las reuniones navideñas, que hoy en día se celebran, forman comunidades, unen a los comunes y excluyen a los dispares, no difieren mucho de las redes sociales, donde se despotrica y maldice, pero sólo entre los iguales.

Cuando el centro de la cena era un pedacito de pan y no todo el fausto de hoy día el alma se nutría y lo que se formaba no era una comuna, era una hermandad. Pero el pan no llena a los estómagos siempre hambrientos, y menos a los tiranos que para los primeros trabajan atentos.

Añoro el pedacito de pan, tranformado en Cristo, porque eso de los rencores y los sinsabores de vivir en comunidad quedaba de lado, especialmente al ver en el otro al hermano y no sólo a un miembro de una sociedad.

Maigo.

Lo que es un corazón rebelde

Lo que es un corazón rebelde

La rebeldía no nace de otro lugar sino de la experiencia amarga de la injusticia. El rebelde no nace sin causa ni propósito alguno, su origen está en el incumplimiento de la justicia; su deseo que rebulle ahora en su pecho, lo conduce necesariamente a encontrar lo que se ha perdido,  a buscar el modo de resarcir el daño. El rebelde no es un anarquista, ya que su deseo lo lleva a restaurar el orden que sólo la justicia puede dar. El rebelde es hijo de su tiempo, puesto que en él reconoce los daños causados ahora, pero es ajeno a su destino, ya que la justicia que busca instaurar, es una justicia duradera y que viene desde siempre y para todos.

La rebeldía sólo puede darse en el hombre si es que éste reconoce que la injusticia no puede tener cabida en un mundo donde todo es bueno. Cuando la injusticia impera en el pensamiento de los hombres, cuando ésta lo inunda todo como en el diluvio inminente, ya no hay rebeldía, pues no se cree ni espera nada justo, aquí, el sentimiento de justicia hace mucho que murió ahogado. Los ahogados que intentan desde lo profundo acabar con todo, pero sin creer en la justicia, sólo son agitadores del agua. Véase cómo van agitando los  brazos, incitando a que los muertos hagan estragos dentro de su tumba de agua; véase como no llegan a ningún lugar, pues no creen en nada (y los muertos no pueden acompañarse), cuando llegan, lo destruyen. ‘¡Que todo perezca!’, gritan ellos, y se ahogan más. La muerte y la destrucción no son rebeldía, ellas buscan la nada.

Sólo el deseo fogoso por la justicia, en momentos de injusticia, puede hacernos libres o rebeldes, valga la redundancia. Pero el reconocimiento de la injusticia es peligroso si acaso no se cuenta con el consejo discreto de un buen amigo o maestro, ya que puede hundirnos en una terrible amargura, llegando ésta inclusive hasta el odio por todo y todos. La amargura de la injusticia en soledad es peligrosa. Quizás por eso el deseo de justicia y felicidad son bienes comunes, como dijo Aristóteles, ya que únicamente en el hombre podemos encontrar el mismo deseo de justicia y vivir en paz, cuando buscamos en comunidad el bien común.

Ojalá que en la injusticia todos seamos rebeldes, amigos y justos.

Javel

Estatuas de Sal

Pero la mujer de Lot miró para atrás y quedó convertida en estatua de sal.

Gén. 19,26

Que la sal da sabor a los alimentos es algo bien sabido por el hombre. No es de extrañar que la primera guerra a la que se enfrentó la nación más famosa por sus conquistas se realizara por causa de la región salinera más importante y cercana a ella.

Sin embrago, también es bien sabido por el hombre que la sal en exceso amarga, deja la comida con un sabor sumamente desagradable y con la boca seca y una sed tan molesta que no se calma fácilmente, pues no es cuestión de tiempo o de agua para que esta sed desaparezca, a veces parece que sólo un milagro puede curar tan gran malestar. El milagro del agua viva que calma la sed para siempre y que por desgracia no es asequible como para tenerla siempre a la mano.

Pero hablábamos sobre la sal y no sólo sobre milagros, aún cuando ésta es en sí misma uno.

La sal está presente siempre en nuestra vida, la comemos y la lloramos, nos agrada y nos deja ver la devastación por la que atraviesa nuestra alma cuando no queda otra cosa por hacer que no sea derramarla.

La sal trae vida, pero también trae muerte y sequedad, en pequeñas cantidades es necesaria, en grandes cantidades sólo acarrea la muerte y una destrucción que no hace sino dejarnos pasmados, quietos como estatuas blancas e inexpresivas, incapaces de sentir o de llorar, diríamos que nos deja secos y muertos.

La sal es única y quizá por ello llama tanto la atención de los hombres, en especial la de aquellos que gustan de poner su vida en constante peligro, pues sin la amargura que caracteriza a las aventuras a las que se someten sienten que no viven.

El problema con estos seres que ven en la sal sólo el aspecto peligroso, que la hace tan deseable, es que son seres que se caracterizan por voltear una y otra vez hacia atrás, igual que lo hiciera cierta mujer quien por curiosa se aleja de sus pasos con tal de ver las desgracias de las que se cree salvada y que aquejan a quienes le fueron próximos y quizá adversos.

La diferencia entre unos y otra es que la segunda tuvo la fortuna de convertirse en estatua y morir, mientras que los primeros sólo pueden amargarse mientras siguen caminando o se detienen, y se arriesgan a tropezar nuevamente con aquello que tanto les amarga el gusto y hace más espesas las lágrimas que copiosas salen de sus ojos.

Maigo.

De amargo a dulce…

A veces estamos en una disposición de ánimo tal que es muy fácil que sintamos enojo con lo que no necesariamente es enojoso, cuando eso ocurre en ocasiones atinamos a decir que estamos como agua para chocolate. Esta frase, a pesar de señalar a una sensación non grata, no deja de ser bella y hasta cierto punto exacta; es bella en tanto que señala a algo tan delicioso como el chocolate, y es exacta por apuntar a dos aspectos del chocolate preparado en agua que dibujan perfectamente lo que sentimos cuando estamos predispuestos a ver aquello que es incómodo de entre todo lo que nos rodea.

Un buen chocolate, preparado a la manera tradicional con el que las abuelitas trataban los intensos dolores de cabeza, es espumoso debido a la acción constante del fuego y al movimiento agitador del molinillo, además de ser en ocasiones amargo, pero delicioso, o dulce debido a la adición del azúcar.

Si detenemos la mirada sobre la olla de barro que colocada al fuego contiene agua hirviendo se nos hace mucho más claro qué es lo que siente aquella persona que se encuentra como agua para chocolate, vemos en esta imagen cómo hierve el vientre de esta persona, y qué tanto puede variar ese hervor dependiendo de aquello que se ponga en el agua, ciertamente el resultado no será el mismo si lo que ponemos en esta agua es chile que si ponemos una tableta de chocolate.

Atendiendo al resultado obtenido cuando lo que se disuelve en el agua hirviendo es una tableta de chocolate, podemos pensar que cuando estamos como agua para chocolate en buena medida estamos dispuestos a un cambio de color y de sabor de boca, aún a pesar del hervor que se mantiene en el vientre de quien dispuesto al enojo o a la dulzura depende, quizá agraciada o desgraciadamente de lo que ocurre por causa de agentes externos.

Siguiendo la imagen del agua hirviendo y la de nosotros mismos cuando estamos con el hervor en el estómago, podemos notar que hay ocasiones en que si no nos encontramos así, no estamos dispuestos a recibir aquello que nos llevará a variar ya sea para algo agradable como el chocolate o para algo desagradable como las quemaduras que se siguen al dejar al agua hirviendo en la olla de barro.

Aquella olla que se deja en el fuego, revienta, de la misma manera en que reventamos cuando molestos o irritables no hacemos, ya sea por desidia o por impotencia, algo para evitar que el hervor continúe así sin más; y de igual manera aquella que contiene el agua hirviendo y tiene la suerte de recibir una tableta de chocolate y la acción revoltosa del molinillo, tiene la posibilidad, al igual que nosotros de ofrecer algo agradable, que si bien no es apreciable a simple vista, sí está presente en el buen sabor de boca que deja una buena taza de chocolate.

Maigo.