La transición

—¡Qué casualidad! Se va tu tío Peña Nieto y también tú te vas.

—Claro, como debía ser.

Álex siempre tuvo simpatía por él. Tal vez fue el único mexicano en hacerlo. En discusiones politiqueras, de ésas que ocurren a la madrugada en una fiesta, lo defendía esforzadamente contraponiéndolo con el candidato puntero. Recurría constantemente al argumento del menos peor, lo cual en términos actuales era el mejor. Quien estuviera interesado en el rumbo de la nación debía proyectar modernidad, avance y poder de administración. Quizá desconocía las corruptelas o las omitía a propósito. Para enfrentar dichas acusaciones, recurría a que el otro igualmente las tenía, sin embargo nadie las sacaba a la luz. La falta de conocimiento no es falta de existencia. Curiosamente estas discusiones no sucedían entre él y sus amigos verdaderos. Ocurría con los nuevos, los que ocasionalmente pasaban la noche ahí: amigos de los amigos, novios del hermano, invitados paracaidistas que les tocó llegar ahí. La típica reserva no era dificultad para él, dado su carisma y el alcohol que lograba desinhibirlo. A veces lo hacía cometer actos de los que se arrepentía horas más tarde. A veces fungía como adhesivo entre sus amigos y él (tantos juegos nocturnos, tantas visitas a clubes novedosos, tantas náuseas, tantas confesiones que sólo pueden darse en la oscuridad de la intimidad). A veces lo animaba a la confrontación política.

Cercano a la medianoche aconteció la pasarela del adiós. La hora mágica, ideal para los buenos augurios. Desde que llegaron a despedirlo, nadie tenía una respuesta para esa última noche. Algunos estaban muy despreocupados; no creían que el cambio fuera permanente y, así como todos los aparente caprichos en la vida de Álex, éste se revertiría en un par de meses. Una osadía propia de un inmaduro. Otros se hallaban dolidos por su amigo. La rutina sería rota. A pesar de ello, tenían una excitación por su futuro prominente. Tras meses de no conseguir empleo, lo más conveniente parecía buscar nuevos aires. Ver crecer al amigo, buscar su independencia y conseguir mantenerse, era el alivio a su pena. Ya no compartirían los tiempos felices, juergas, las idas al cine, viajes, conciertos, pero todo por una buena causa. La nostalgia servía como maridaje a las cervezas de esa pequeña fiesta. Al comienzo de la pasarela, uno tomó la palabra e hizo que bajaran la música:

—Bueno, yo sí quería decir algo antes de seguir. La verdad, siento feo porque ya no veremos más a Álex. Era costumbre salir con él o que nos invitara a su casa. Todos nos acordamos de los juegos de carta, de cuando le habló a su ex a las tres de la mañana o cuando encontramos a su mamá en el billar— el repaso de vivencias era entorpecido por  las risas— pero como dije el año pasado, me gusta verlos que hacen sus caminos aparte. Más adelante, estando más grandes, quiero que me presuman sus planes, proyectos, trabajos; que nuestra amistad crezca con nosotros. Ya ahorita varios de nosotros trabajamos, algunos están acabando la escuela. El cambio se está viendo. Si antes hablábamos de estupideces y cosas de la prepa — rió en intento de ironía— ahora vamos a hacerlo de la familia. Eso es padre, no con todos mis amigos puedo hacerlo. Lo hago con los más grandes y ustedes. Llevamos como seis años, unos más, saliendo y  disfrutando el tiempo juntos. Los quiero mucho, un montón. No importa que unos hablen por allá y yo esté por acá, o que a veces no haya tiempo para verlos cada semana. Los amigos siempre estamos ahí. No dudes que iremos a visitarte a Saltillo. Ya tendremos dónde caer allá, ¿verdad?

La pasarela continuó y cada amigo tomaba palabra. Los discursos variaban entre lo melancólico y lo chistoso. Las anécdotas allanaban el momento para dar paso a lo emotivo. Fácilmente quien hablaba podía sincerarse y relatar lo que sentía hondamente.  Buscaba mostrar su particular afecto y buenos deseos al festejado. Así transcurrieron tres discursos. El quinto fue el de Álex, a modo de conclusión de la pasarela:

—De verdad, gracias por haber venido todos. No esperaba que lo hicieran algunos, siendo sincero, pero qué bueno que así fue. Los llevaré en mi corazón, no importe que yo esté allá o si no vuelvo en años. Les debo mucho de las cosas buenas en mi vida, ya sea por ayudarme o aguantarme muchas veces, o por ser parte de este tipo de cosas, como las fiestas, las salidas, y todo eso. A muchos llevo años de conocerlos, como dijeron hace rato, ya nueve años, ¡qué tanto se podría decir! Será difícil estar sin ustedes. De hecho, estoy contento por lo que viene, pero también triste por dejar mi familia y mis amigos. Gracias por todo; por lo que han sido en mi vida y por hoy mismo.

Al terminar de pronunciar sus palabras, quien había empezado a hablar se acercó a Álex y le dio un abrazo fraternal. Se unió a ellos quien había tomado la palabra en segundo lugar. Aunque no hubiera gritos, podía sentirse la melancolía cálida de la mayoría. La noche era escenario de una comunión accidental. Las palabras de Álex conjugaban con sus predecesores, así como los sentimientos. Desde que los discursos transcurrían, exhortaron a Miguel a decir algo por su amigo más cercano. La complicidad que había era distinta, no tan claro si mayor o menor que las demás. En realidad, era una amistad extraña a la que era difícil hallarle razones de por qué era diferente. A pesar de ser tan peculiar, Miguel se rehúso a hacer lo mismo. Tenía escepticismo. Dentro de sí se cuestionaba: ¿era el mismo de quien consideraba el viaje como una osadía?

II

Hacia el final de la noche, Miguel estaba hastiado. Seguramente haberse levantado temprano y tener un día muy activo influyeron en su decisión de entrar a la casa de Alexis y permanecer sentado. A oscuras, prefería la luz de su celular a la luz de la fiesta. Mientras tanto, como afortunada coincidencia, a su lado se encontraba Gabriela casi desfallecida. Excederse en alcohol la había llevado a abrazar una cubeta. A pesar de esta condición, con dificultad hilaba oraciones que hacían de respuesta a lo que Miguel trataba de platicar.

—He venido platicando con su primo y este año no fue aceptado en el conservatorio. Sin embargo el que viene quiere seguir intentando. Vive con uno de la banda en la que es baterista. Son amigos de años, también. Sigue esperando la oportunidad.

—Pero no ha avanzado.

—¿Qué?

—No ha avanzado.

En ese momento, Miguel sintió un escalofrío a lo largo de su espalda. Una sensación punzante que sacudía internamente. Desde tiempos remotos, la embriaguez ha sido emisora de revelaciones arcanas. Parecía haberle llegado una. Sobreponiéndose, quizá como agradecimiento, dio una caricia fraternal a la espalda de ella. Ya no tenía mucho que decir. La débil conversación murió ahí. Era tiempo de avanzar.

Cambio

Cuenta una leyenda que Constantino, un descendiente en el poder que alguna vez ostentara César, venció a sus enemigos al luchar bajo un signo de una religión  que predicaba el amor al prójimo.

Además cuenta la leyenda que ese mismo César, que para entonces gobernaba un imperio ya en decadencia, se convirtió a la fe que hablaba de un Dios de amor y predicaba el perdón a los enemigos, lo que incluía el perdón a quienes en algún momento habían ofendido al que perdonaba.

Por si fuera poco, la leyenda cuenta que tras la conversión del mandatario se asentaron las bases del poder terrenal de un nuevo estado, indicando con ello que los cambios en la fe de los hombres suelen ocurrir desde arriba hacia abajo.

Esa leyenda, como todas las leyendas mucho tiene de falso, porque el cambio real en los hombres no viene de arriba a abajo, nace del corazón de los mismos y de la aproximación con el amigo.

En la amistad y la conversación que ésta implica se encuentra la salvación y la conversión,la última de gran ayuda para dejar de lado los errores que alejan al hombre dela felicidad de ser salvo.

En la amistad se encuentra la superación del egoísmo que suele caracterizar al tirano y quizá por ello aquellos que piensan que los cambios en el corazón del hombre se dan desde arriba a lo que está debajo buscan anular la amistad y por decreto determinan la diferencia entre lo bueno y lo malo.

No faltan los entusiastas que creen que los cambios en el corazón son producto de la historia,del progreso o del trabajo, aunque por el momento tímidas suenan las voces de quienes suelen criticar a los primeros.

Los críticos  parecen voces en el desierto y con tormentas de arena son callados por los optimistas que hacen la alabanza de los supuestos cambios alcanzados. Supongo que por decreto a todos nos toca sentirnos alborotados, como ante un pastel o juguete lo haría cualquier ingenua niñita.

Maigo.

La política maniquea no es política

La política maniquea no es en realidad política. Se les confunde fácilmente, eso sí. La fuente de confusión es quizá la naturaleza discursiva de la política. La comunicación es la actividad indispensable de la que se nutre la vida práctica. Esto se hace obvio en cuanto uno nota que las personas que conviven están dirigidas hacia un bien común. La formación del carácter es lúcido ejemplo de esto: en la educación de los niños buscamos que lleguen a placerse de perseguir y conseguir lo que a los adultos nos parece digno de elección en la vida, y esto suele coincidir mayormente con lo que nos parece digno de elogio en público; además, lo contrario es igualmente visible: buscamos formar personas que sientan repulsión ante eso que nos parece deleznable y censurable en público. Si esta explicación es abultada, se debe nomás a que expone lo que de por sí se experimenta con obviedad. Somos capaces de percibir en la acción propia y ajena un sentido, que no es sino aspecto natural de la constante persecución de un fin, y éste es un bien. Es un bien aparente, dicho sin denostar, porque la apariencia no es necesariamente el truco que engaña al ojo ni la mentira que embauca al pazguato. Mucho más que eso, es la vida abierta en toda su profundidad, que indefectiblemente se presenta en innumerables superficies. Es vida que invita a los seres de palabra a decir; ante el primer vistazo, invita a preguntar (y no únicamente ante el primero); y en la vida pública invita a discutir. Si bien es verdad que el necio se queda satisfecho con lo evidente de las apariencias, el que rechaza lo evidente sin razón está enloquecido, por enfermedad o por dogmatismo. El bien en la vida práctica, llámesele aparente o superficial, por comprensible, es también comunicable, y por comunicable, puede ser digno de buscarse en comunión y de examinarse más a fondo. También, y por las mismas razones, puede ser digno de rechazo.

La profundidad, empero, es desalentadora para la mayoría de las personas. Espanta por el prospecto de lo desconocido inmensurable. Y eso ha sido así, igual en los rincones más sombríos del llamado Oscurantismo medieval, que en los más sobrios del llamado Clasicismo antiguo, que en los más luminosos de la llamada Ilustración moderna. No escapaba esto, ni con todo el disentimiento que hay entre ellos, a Dante cuando exclamó «¡Bienaventurados aquellos pocos que se sientan a la mesa en que el pan de los ángeles se come!»1; ni a Jenofonte al decir de la mayoría de sus contemporáneos que «si dios les hubiera concedido a ellos elegir entre llevar la vida entera que vieron llevar a Sócrates y morir, por mucho hubieran preferido morir»2; ni siquiera al ilusionado Kant, cuando notó con algo de resignación que los hombres comunes «están más cerca de la dirección del simple instinto natural, y sus razones no influyen mucho sobre su hacer o dejar hacer»3. Es y ha sido, pues, desalentadora esta profundidad. Específicamente, a los enamorados de la promesa del progreso (casi toda persona viva hoy), les produce una repulsión macabra. Causa de esto es la necesidad de ruptura con el pasado para incentivar el ánimo revolucionario, que tanto conviene al prospecto de construirnos con nuestros propios medios y sin ayuda, nuestra felicidad. Toda revolución progresiva es evolución, y toda evolución es conquista. La profundidad de la vida práctica sugiere una continuidad en la que el ocioso sospecha un orden tan vasto, tan abrumador, que todo lo abarca, y que desafía cualquier jactancia de totalidad o dominio. En cambio, el rompimiento –efectivo o ilusorio–, es la condición necesaria para que sea perceptible lo nuevo, base del sentido evolucionista del progreso. Poder decidir sobre el orden, en vez de ser incluido por él, emociona al sediento de dominio. Le ofrece fuerza donde él presiente debilidad. En la superficialidad constante del camino evolucionista, las sutilezas desaparecen y lo diferente se combina. No es posible, por ejemplo, distinguir entre la demanda por evolución de las instituciones públicas y la demanda por mejora de las instituciones públicas. La profundidad del bien que invita al examen en comunidad escuece el alma del amante de progreso porque implica detenerse donde a él le urge avanzar. Pero el detenimiento (o como se dice también, darle vueltas a los asuntos) es necesario en toda actividad discursiva si lo que avanza no es la naturaleza de la palabra, sino la comprensión del que dialoga. ¿Cómo habría bien común sin amistad, amistad sin convivencia y convivencia sin detenimiento? Estas preguntas las pasa de largo el que necesita respuestas inmediatas y efectos notorios, visibles hasta para el más ciego: la imagen maniquea no es sino una fácil y atractiva reducción que ofrece sabiduría al más lerdo. A cambio de satisfacer el deseo de poder, exige el sacrificio de la profundidad vital.

Si, como decía, examinar profundamente las cosas nunca ha sido potestad de la mayoría de las personas, es pertinente preguntar qué ocasiona que nuestra vida política sufra especialmente de vista maniquea. No debe omitirse decir que tal simplificación, incluso al punto infantil moralino de los buenos contra los malos, ha tenido sus escandalosos defensores siempre, y éstos mismos han sido escandalosamente defendidos siempre también. Difícilmente se encontrará una calamidad sanguinaria en la historia en la que no haya circulado la sangre que bombea esta simplificación. La diferencia en nuestros días, sin embargo, es que allí donde había lugar para pocos que confiaban en que los detalles eran resguardo y recompensa del esfuerzo ocioso, ahora no queda, o está cerca de no quedar, sino la mala reputación de un sueño imposible4. Esto se debe a que la ideología intelectual predominante, que es el cuerpo temático de la minoría que se ocupa de la teoría, se erige ella misma sobre el dogma del progreso prometido. Todo lo que digo aquí ya lo dijeron otros; pero precisamente en ello encuentro alegría y esperanza, aunque poco valga tal cosa para el que se ha formado con la imaginación al servicio de la prisa. En su ansia por ya subir a donde acompañará a los exitosos, desespera. Como la condición del avance del progreso está garantizada en su promesa, en las ansias del futuro exitoso, allí están también las semillas del ultraje a la memoria. Hoy ese ultraje no es solamente descuido de la mayoría sino competencia de los ungidos intelectuales. El efecto igualador de la divulgación científica engloba, por supuesto, a las ciencias sociales, y si bien ha tenido resultados muy provechosos para una cantidad antes impensable de personas, ha devaluado también la calidad de ese provecho. La academia infunde bríos a este proyecto mientras hace del saber, mercancía, y de los sapientes, expertos vendedores. El título profesional es fe de bautismo en la capilla de la vida administrativa. Tan hondo es el amor por las proezas técnicas que ha logrado su método, que estiman más las estadísticas que las conversaciones, el mobiliario electrónico que las lecciones escolares y las bases de datos que las comunidades. Siempre emula el amante a quien ama y se nota el cortejo apasionado que éstos le hacen a la computadora, porque no pierden tiempo para ejercitarse en el arte de entender todo en binario. Así, lo nuevo ha de exigir en el discurso oficial, avalado por los expertos, la ficción de que su camino siempre ha sido el único y su bondad pura; mientras que el mal nunca ha tenido más que una cara. La consecuencia es una visión que, aunque surja de la naturaleza política del hombre, está por hábito castrada; que tiende a la premura intelectual, a la devaluación de la razón y a la simplificación por procedimiento. Y por eso aunque la política siempre se dé en el ir y venir del diálogo, como no hay medio que comunique dos polos contradictorios, la política maniquea no es en realidad política; pero quien lo note en público difícilmente sonará como algo más que el miembro de uno de dos bandos. Haciendo guerra contra los contrarios, y así acusando, según ellos, se hará perfecta y humana política.


1 Dante Alighieri, «Tratado I», §7 en El Convivio. Dicho de paso, no me parece necesario traducir el título de este libro por «Convite» como se hace tradicionalmente, pues la palabra española convivio no presenta ningún inconveniente.

2 Jenofonte, Memorabilia, I.2.16.

3 Immanuel Kant, «Primer capítulo», §6 (4:396) en Fundamentación de la metafísica de la moral.

4 Quería escribir aquí «sueño guajiro», pero desistí al constatar que ni el Diccionario de la Lengua Española, ni el de la Academia Mexicana de la Lengua tienen la acepción, frecuente en el español de la Ciudad de México, de pretensión o anhelo deseado pero utópico, imposible, y por lo tanto desdeñado por alguien juicioso.

Deciduo

Deciduo

 

que algo ayer estará olvidando este país

J.H.C.

nuestros mejores días han pasado de moda

J.E.P.

Vuelvo y cada vez comprendo menos. Me son extraños. Me resultan fútiles, vanos, inexplicables. No los veo con curiosidad. Ni los comprendo, ni los comparto. Los veo desde lejos. No me emocionan. Ni decepción, ni desesperanza. Tampoco puedo decir lo que realmente pienso: no tiene caso, ya se sabe que diré lo mismo y eso siempre frustra el afán de lo novedoso. En estos tiempos en que hay tanto empeño por cambiar, caducos somos quienes no nos emocionamos por el cambio. Vuelvo y no comprendo. Nada me reúne con los simbolismos baratos y simplones.

         Viajando en el transporte público veo el afán de los demás en las pantallas del dispositivo. Ríen y gozan. En la información les va la vida. No comprendo. La risa yo la conocía con mis amigos; no imagino el goce sin otro. No me encuentro en el simbolismo de su información: cuando comparto lecturas aspiro a que nos tomemos en serio pensando juntos. ¿Acaso puede pensarse tanto en medio de todos esos likes?

         En clase veo el afán de los estudiantes por especializarse. Leen, sí, pero para salir al paso, para acechar la cita correcta, para sobrevivir en la cruenta competencia que será su vida. Hay prisa, mucha, prisa por acreditar, por ascender. El ascenso a la especialidad es el símbolo que acopla sus quehaceres. Quieren claridad, pero para no seguir pensando. Claridad burguesa: tener todo a la mano, administrable. Persuasión de su insuficiencia; pedagogía de la escasez. Estudiar como inversión, de ahí que sus decisiones sean cálculo de riesgo. Pensar apocado; diálogo fingido. ¿Qué sentirán en la soledad de las alturas del éxito?

         Escuché por radio las impresiones de los primeros visitantes a Los Pinos. Emocionados, los compatriotas presumieron el simbolismo de nuestros tiempos: la apertura de la casa presidencial semeja la entrada a la vida democrática. ¡Si fuera tan sencillo! Democracia del edificio vacío. Excitación adolescente del despojo y el allanamiento. Administración inmobiliaria del rencor. ¿Qué pasará cuando Los Pinos ya no sea espacio suficiente para contener la venganza?

         Vi por televisión la ceremonia de la entrega del bastón de mando. Indigenismo HD. La invención de un pasado para justificar un presente. Sincretismo religioso para disfrazar el fanatismo. Mitin travestido de Guerra Florida. ¿Acaso no me conmovió la convención del universo en la bendición de nuestras raíces? Mis raíces no son una producción de ArgosTV. Desconfío de la teurgía como política social y de las bendiciones como garantías de la ley. Soy caduco.

         No comprendo a mis compatriotas, no comparto ilusiones con mis compañeros. Ni me apura la información, ni me entusiasma el éxito. No creo en la democracia por decreto, ni por producción partidaria. Vuelvo a ver a la gente, vuelvo a ver a mis conocidos, pero no los comprendo. Algo ha pasado, es cierto, pero no la historia, ni el progreso. Quizás estos tiempos son para otros. Soy caduco; solo los veo.

Námaste Heptákis

Evocación

Evocación

La intimidad radical no es la soledad más profunda, sino la entrega total. No la entrega a una causa: las ideologías sirven muy bien para mantener intenciones de actividad, interpretaciones del mundo que satisfagan los planes y opiniones que nos atrevemos a manifestar; tampoco el abrazo del andrógino que cura la sed mítica de unidad. Lo íntimo se difumina en las flaquezas para la entrega. Quizá la intimidad amistosa sirva para alentar la lengua de fuego que hay en el alma: los abrazos amistosos nos revelan en la sinceridad el secreto de lo reconfortante, que no puede ser el polo opuesto de la recriminación, sino su acompañante. La intimidad parece soledad porque no sabemos hablar, porque el órgano distintivo del hombre es el que más amor requiere para su uso pleno. La reclusión no produce la ausencia del género humano, porque basta abrir la ventana para difuminar esa ilusión que nos imponemos para la tranquilidad. Uno piensa con facilidad que en la intimidad amistosa confesamos nuestros motivos más ocultos, nuestra profesión de fe última y fundamental. La intimidad sería, en ese caso, el pasaje estrecho y secreto que sólo abrimos cuando lo sentimos propicio. ¿Qué pasaría si en verdad el mundo está abierto ante nosotros sólo por algo que permanece impenetrable en su presencia? Lo que aparece comúnmente como apertura máxima revela su limitación profunda: calla ante lo más importante. Ante la intimidad sucede casi siempre la inmadurez asentada en nuestro corazón. No hay intimidad, a fin de cuentas, sin deseo. No hay intimidad sin razón que nos permita intimar en el deseo común. Pudiera ser plausible que la intimidad se muestre complicada no sólo porque el mundo y la costumbre lo impiden, sino porque intimar es imposible sin ese deseo. La inteligencia de la entrega consiste en el descubrimiento de lo deseable. El roce de la intimidad nos procura la certeza de la mano ajena, una mano que se extiende como palabra, que roza el aire como una gota de agua cruza el desierto de la mirada.

 

Tacitus

Certero abrazo

Certero abrazo

 

un alfiler atrás del corazón

Adolfo Castañón

Anudados los ojos, nublada la garganta, la memoria acecha a punto de llorar. Cavilación y duda. Conoce uno al amigo, sabe cómo lo está pasando. Certeza en lo que se tiene que decir; incertidumbre de la posibilidad de decirlo. No, nuestra amistad, nuestro compartido amor por la palabra, no está renunciando a decir, a decirnos. Certeza en que lo dicho antes puede ser vivido ahora; incertidumbre de que la vida ―no tú ni yo, la vida― nos alcance para decirlo todo. No claudica la fe, en ella nos encontramos: el rezo de la noche amaina la distancia. No claudica el afecto, el cariño que hace desear que el amigo sea reconfortado: el aliento es un pálpito suspenso, la preocupación hormiguea en los brazos, tu ausencia es la esperanza del abrazo. Claridad: mi ilusión a veces aspira a proteger la vida. Incertidumbre: ¿seré suficiente para acompañarte? Certeza: sin esta cavilación y duda seríamos extraños. Acechamos nuestra fe, a veces desnublamos las palabras y vivimos la amistad con nuestras vidas anudadas.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. A mi juicio, esta es una de las mejores interpretaciones de Montserrat Caballé, que descanse en paz.

Las hojas se arrastran tarde

Las hojas se arrastran tarde

 

Crece el desasosiego en el espectador que comprende que ya es demasiado tarde. Desasosiego de quien ve la hoguera de la propia vida, quien siente arder la pira mas se sabe insacrificable, quien se percata del fin demasiado tarde. La dictadura moral exhibe la ruina y la oportunidad perdida, condena a la resignación o al cinismo, aterra. Y para el aterrado los días también se arrastran tarde. Imposible el final feliz. O al menos eso logro ver en El pacto de la hoguera [ERA, 2017] de Alfredo Núñez Lanz [Ciudad de México, 1984].

         El pacto de la hoguera presenta el trenzado de dos modos en que la dictadura moral destruye la vida. Destruye las vidas de los individuos, devasta las amistades, infecta a las comunidades y desgarra a las familias. La dictadura moral lo descompone todo a nombre del bien. El hedor de la descomposición se llama olor a nuevo a nombre del dictador. El deleite perverso del dictador es la moral pública. La dictadura adviene cuando un hombre cree encarnar el bien. El pacto de la hoguera exhibe la desencarnada realidad de los hombres sometidos a la moral del dictador, la miseria de los hombres que arrastran sus vidas en la dictadura moral.

         La dictadura moral narrada en la novela se origina en el gobierno de un tabasqueño que, escudado en el cambio, el progreso y la revolución, organiza brigadas populares que intervienen al margen de la ley en las poblaciones. Las brigadas populares sustituyen, o incluso subyugan, a los órganos legales de administración. Por ejemplo, para garantizar los derechos laborales se dejan de lado la legislación y los tribunales especializados (y para ello basta el pretexto de la austeridad, la reducción burocrática o el combate a la corrupción) y se crean comités populares que regulan la actividad de los trabajadores, de modo que el trabajador no perteneciente al comité no puede tener garantía de sus derechos, por lo que desaparece el problema legal de evitar su contratación: si quisiera trabajo lo reclamaría como derecho, y toda reclamación se canaliza en el comité, y todo comité opera únicamente sobre sus miembros, por lo que… Internamente, las brigadas populares se constituyen por sus propias reglas (todas fundadas en la apelación general al principio revolucionario: lo que se excluye, es antirrevolucionario; lo aceptado, es revolucionario, la revolución misma: extra revolutionem nulla salus) y en función de los objetivos de la moralidad dictada. En el caso del tabasqueño, al menos, esos objetivos contienen los vicios que frenan el proceso revolucionario: la religión y el alcoholismo. La religión aparece antirrevolucionaria en tanto no tiene a la Patria, al Estado o al Pueblo como lo superior. El alcoholismo, por su parte, corrompe las costumbres, dilapida la riqueza e impide la presteza en la acción directa. Consiguientemente, la dictadura moral ataca cada uno de los hábitos que no hacen de cada individuo un soldado de la Causa. A través de las brigadas populares el dictador afianza su poder, se enriquece, corrompe la vida legal y crea una modalidad del progreso en que abundan la delación y la crueldad. El dictador tabasqueño es real, gusta del béisbol y, ya se habrá adivinado, se llama Tomás Garrido Canabal.

         La novela nos narra la destrucción de una amistad por la dictadura moral, así como la corrupción de los amigos por la reacción ante la dictadura. La amistad destruida por la dictadura no deja inermes a los hombres en ella involucrados: los amigos se hacen peores hombres cuando la dictadura sobrevive a la amistad. ¿Acaso puede sobrevivir la amistad ante la dictadura moral? La tiranía no tiene amigos; la amistad es perfección de la política. El drama de la dictadura moral es aterrador; quizá nos aterramos demasiado tarde.

         Del par de amigos de la novela, uno —como es de esperarse— se enrola en las brigadas de la dictadura, el otro —ya se habrá adivinado— se niega a enrolarse. Sin embargo, Núñez Lanz no produce una oposición simplona, pues la adhesión o diferencia con la causa nunca tiene la sencillez de la abstracción histórica. Los complicados pliegues de la vida humana, la dificultad de conocernos a nosotros mismos, impiden hablar simplonamente de la vida política. El enrolado, por ejemplo, tiene en claro que su participación en las brigadas da seguridad a su afán de ascenso social. Al enrolado no le importa la Causa, sino sus beneficios. Los igualitarios de la dictadura moral claman por marcar la diferencia. El opositor, en cambio, no puede creer en la Causa, mas no por inconformidad con ella, sino por desengaño. El opositor desengañado sólo cree en sí mismo. Los pragmáticos sobreviven en la dictadura moral porque nunca se preocupan lo suficiente por el otro: huyen cuando hay que huir, engañan cuando hay que engañar; su única verdad es la ausencia de verdad. La dictadura moral afianza el relativismo y debilita la honestidad: delación y crueldad: deseo de poder.

         La novela de Alfredo Núñez Lanz no se queda en la simpleza de presentar el conflicto amistoso en su superficie política. Así como no hay comunidades sin hombres, no hay ciudadanos sin pasiones: el drama de toda comunidad es la pasión política. La dictadura moral entiende erróneamente la pasión, es un fracaso político. El amigo que se niega a enrolarse en las brigadas no reconoce la oscuridad de su pasión, por ello nunca se preocupa lo suficiente por el otro, por ello puede ser tan pragmático. El pragmático alisa los pliegues de su ser, confunde la honestidad con la simpleza, en el espejo sólo ve la superficie de sí mismo. El enrolado, por su parte, ha visto claramente su pasión y encuentra en el extremismo moral el ensalmo a su terror. Sostiene firmemente la moralidad para obcecar su pasión, para torturarse moralmente, para descargar en el castigo al otro la frustración de sí mismo. ¿Qué lo frustra? Lo frustra la imposibilidad de declarar su amor, la imposibilidad de vivir conforme a quien él es: arruga emberrinchado su ser, confunde la franqueza con rudeza, sólo puede verse en el espejo porque no tiene ojos que lo miren, ojos en que se mire. Ninguno de los dos amigos puede amar: uno vive del engaño de los otros, otro vive del engaño de sí mismo. El pragmático engaña a los otros ocultando la inanidad de sus deseos. El moralista se engaña a sí mismo ocultándose sus deseos. El ocultamiento del deseo deriva en la delación y la crueldad. Crueldad con uno mismo cuando no se es capaz de ser feliz. Delación de uno mismo cuando nos atemoriza ese que somos. Delación del otro ante la envidia de quien es. Crueldad con el otro ante el temor de quienes somos. Delación y crueldad son los hitos de la dictadura moral. Y frente a la dictadura moral nos invade el desasosiego de entender que quizá ya es demasiado tarde.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Considérese el movimiento dialéctico de la historia: Fidel tuvo a Silvio, Hugo cantaba solo, Andrés Manuel tendrá a Belinda. ¡Ya para qué me burlo!