Olvido selectivo

El olvido elige lo que se lleva, aquello que guardará para siempre en su casa y aquello que dejará salir o simplemente asomarse por las ventanas, nuestra memoria difícilmente es fiel ante aquello que nos ocupa, y a veces no permite que el olvido se lleve lo que dolor nos causa.

La mayor parte del tiempo el olvido parece involuntario, no decidimos qué dejarle y qué no, simplemente ocurre y a veces para que no haga de las suyas recurrimos a artilugios que esperamos detengan su paso, pero aún así el olvido sucede, la memoria cambia y el discurso sobre lo acontecido varía conforme se aleja de lo recordado, a fuerza de recordar también se olvida.

Tal pareciera que el camino natural del olvido no puede ser tocado por nada, no voluntariamente, sin embargo, el olvido puede ser invitado a llevarse las cosas que se supone de él se guardan, sólo es cuestión de rememorar y rememorar para que a fuerza de ser tocada la memoria se enrede entre sus propias palabras, incluso el temor a olvidar ciertas cosas nos lleva a no prestar atención a otras y a olvidarlas con la facilidad con la que se pierden las acciones que se suceden siempre.

El olvido puede ser invitado a la mesa, a fuerza de usar la memoria se presenta un banquete para el olvido. A fuerza de contar y recontar con distintas palabras lo que se supone no debiera jamás olvidarse se olvida lo que se hace en octubre, y por recordar octubre se deja a un lado la sangre de septiembre; además recontando lo de septiembre se retoca el humo pasado de junio, y atendiendo a junio se trastocan los otros meses llenos de dolor.

A veces el tiempo es tirano y a fuerza de recuerdos de cosas terribles nos hace olvidar otras tantas cosas peores, otras que nos amenazan y que nos invitan a bajar la mirada ante el peligro que nos asecha.

El olvido elige lo que se lleva y a veces el que olvida elige lo que deja a fuerza de recordar o fingir que bien recuerda.

 

Maigo.

Crisis gatopardianas

Fácil es perder lo poco que se tiene cuando de antemano se da todo por perdido. En ocasiones los tiranos buscan la aceptación de aquellos sobre los que posan sus garras al exhibir como peores las condiciones que ya se estaban viviendo y al culpar a otros por algo que ellos mismos fueron ocasionando por debajo del agua, el juego consiste en mostrarse después como salvadores únicos de la crisis ocasionada.

Julio César provocó una guerra civil que dividió a Roma, después inició guerras en el exterior para unificar al pueblo que ya había dividido, pero no fueron tan fuertes como para preservar su vida.

Julio César buscaba ser rey después de nombrarse dictador vitalicio, y aunque tres veces rechazó la corona que le ofreciera Marco Antonio, tres veces confirmó las sospechas de quienes defendieron a la República, entre ellos su adoptado hijo.

Julio César murió en el Senado a manos de sus compañeros, la muerte la causaron las catorce puñaladas y la traición que él mismo le hizo al pueblo. En la guerra civil difícilmente se distinguen el amigo y el enemigo.

Algunos tiranos, seguidores del César, ocasionan crisis, a veces inician sólo con el nombre, buscan con esas crisis afianzar su poder, lo malo de todo esto es que limitan su existencia sobre la tierra y dejan la crisis ocurriendo en ella.

Huele a cadáveres y banca rota, huele a nuevos regímenes gatopardianos, que mantendrán las cosas en mal estado para los pobres ciudadanos, ya sea de Roma o de algún otro Estado.

 

Maigo.

Silencio en el ágora señores.

La blancura de la hoja se impone cuando la tiranía se limita a mandar desde el silencio, cuando por economizar en el lenguaje se deja sólo el espacio para el elogio y se hace a un lado la crítica del momento. Bajo la consigna de ahorrar, lo primero que se ahorran son palabras, si es que estas vienen de los labios de los detractores o de quienes podrían llegar a hacerlo.

Lo primero que hace un tirano que desea consolidar su poder es limitar a la posibilidad del habla, economizando lo más posible en cuanto a la variedad de las voces que se han de escuchar en el ágora, la austeridad en la crítica se transformará en abundancia en el elogio y al tirano perfecto le gusta economizar a la voz de “silencio en el ágora señores porque el mandatario va a hablar de amor , abundancia y paz”.

 

Maigo.

¿Virtud por contagio?

Suponer que las virtudes de un gobernante terminarán contagiando al pueblo, como para que éste se convierta en un ser virtuoso, es una idea propia de las monarquías absolutas: si el rey es virtuoso sus allegados lo serán, aunque gusten de inclinarse al vicio, si el rey es vicioso, sus allegados lo serán aunque su alma busque la virtud y el bien, la comprensión sobre la virtud y el vicio no es tan simple.

Pensar que la virtud y el vicio se contagian, ya supone un problema que se debe atender con cuidado, incluso pensar que los virtuosos sólo conviven con los virtuosos y que los viciosos lo hacen de igual manera implica un problema bastante amplio de tratar.

Luis XIV de Francia, aquel monarca ilustre que se atrevió a igualar al estado con su persona, hizo de su vida cotidiana un espectáculo que debía ser atendido por toda la corte.

El uso de pelucas y accesorios que adornaran al monarca, quien sin miedo  se equiparaba en los cuadros con el dios Apolo, se volvió corriente en el palacio que estaba construyendo en medio de las tierras que ahora son jardines, cabe señalar que  sufrientes por la carencia constante de agua.

La moda se impuso, al grado que hasta las cirugías a las que debía someterse el monarca se volvieron solemnidades, pero la capacidad de éste para soportar el dolor no aportó a la educación que esperaba recibieran aquellos por los que se rodeaba. Los cortesanos no soportarían dolores emulando a los monarcas cuando ya bastante sufrían a causa de sus ideas raras.

La moda se impuso, pero la virtud se perdió entre espejos, cristales, fuentes sin agua, jardines y danzas. El tiempo fue pasando y lo que el propio rey consideró virtuoso se perdió entre deudas y cabezas empolvadas, muchas de ellas cayendo bajo los regímenes más terroríficos, que de la carencia de libertad se sacan.

El rey absoluto pensó que sus virtudes serían admiradas y copiadas, el problema es que sus virtudes, si acaso las tuvo, se confundieron con modas por los ricos adoptadas.

Un rey absoluto considera que si se levanta a cierta hora todos los días, y todos lo emulan, contagiará de virtudes a todos los que amodorrados persiguen sus pasos para ver cómo se caen promesas y sueños después de caminar por los páramos yermos de certeza, y terminar más perdidos que ciertos discípulos de Protágoras.

 

Maigo.

La máscara de la cuarta transformación

Consultamos frecuentemente lo que no comprendemos a plenitud para tomar una buena decisión. Si no lo comprendiéramos en absoluto, quizá no sabríamos que debemos acudir a alguien que sabe lo ignorado por nosotros; si lo comprendiéramos no tendríamos necesidad alguna de recurrir al saber ajeno. Pero en política las consultas tienen un cariz más complejo de entender. Aparentemente las consultas ciudadanas son democráticas, pues toman en cuenta a buena parte de los ciudadanos, o de menos a los que se interesan por la toma de decisiones importantes. Si un político quiere aparentar un actuar democrático, usará las consultas para los temas que más le convienen. Por eso, entre otros motivos, el presidente electo de México consulta unas cosas y otras no.

¿Por qué consultar sobre la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México y no sobre otros temas tan relevantes como la creación del Tren Maya, el recorte presupuestal a los funcionarios, la designación de la ubicación de las secretarias e inclusive, si nos queremos poner exigentes, la designación misma de las personas que designarán esas secretarias? El motivo es obvio: se quiere aparentar que se toma en cuenta la voluntad ciudadana en un proyecto que terminará principalmente en las manos de un empresario, es decir, se quiere dejar la responsabilidad de pactar con la mafia del poder a los ciudadanos, así, ya no hubo pacto, sino consenso. Si no hubiera consulta, se le podría reprochar al cuasi presidente su cercanía con una especie que decía denostar. Visto así, la tan mentada consulta es una farsa.

Las consultas ciudadanas suponen que las personas consultadas tienen la suficiente información sobre lo que les conviene, al menos en el asunto consultado. ¿Quién podrá criticar abiertamente que la mayoría de las personas no sabemos por qué conviene construir un nuevo aeropuerto (eso sin considerar dónde conviene construirlo, tanto por el crecimiento económico como por la efectividad del tráfico aéreo y por la comodidad de los usuarios para trasladarse) sin ser denostado, tachado de antidemocrático, linchado? La consulta referida pretende dejar en claro que ante un asunto donde se requiere tanta inversión, y que dejará tanto dinero, el pueblo puede tener la certeza de que no habrá asomo alguno de corrupción, pues ellos decidirán aspectos claves de su construcción. El principal propulsor de la consulta no se verá manchado por ningún atisbo de sospecha, por el contrario, sus críticos parecerán ser enemigos del pueblo y por lo tanto, por la magia un falaz y perverso silogismo, serán amigos de los poderosos. La mayoría supone que imponer la realización de una consulta es democrático, sin que se cuestione si sólo serán consultados amigos del partido ganador o si los organizadores de la misma serán los referidos amigos. La construcción de un aeropuerto internacional sirve como el pretexto ideal para mostrar un antes y un después en la vida política; entre el oscuro momento en el que las decisiones importantes las tomaban los poderosos junto a sus amigos y el brillante porvenir en el que las tomará el pueblo. La consulta es la máscara que quiere exhibir a la cuarta transformación como el inicio de una era más democrática.

Yaddir

Recordando a Pisístrato.

Es lugar común pensar que los problemas de la polis se resuelven mediante instituciones o cambios de nombres a las costumbres ya establecidas. Los nombres nuevos a las viejas usanzas no garantizan sino la conservación de las mismas.

Se puede llamar democracia a la tiranía cuando ésta ha sido constituida mediante lo que parece elección popular, ese uso y costumbre se estila desde tiempos de Pisístrato, quien consiguió el favor de la asamblea después de formar su propio partido y mostrarse mal herido y maltratado por los opositores.

Desde Pisístrato hasta nuestros días, ya han pasado más de mil años, y las costumbres y usanzas de los tiranos no han cambiado mucho, si bien ya no usan toga y ejército de maceros todavía algunos se fingen víctimas de atentados y otros se muestran como inocentes ciudadanos maltratados por una turba de agresores que se encuentran en el poder.

Se dice que Pisístrato fue moderado en su tiránico gobierno, pero de sus hijos el recuerdo no es tan alagüeño, actualmente llegan a tiranos los que formalmente vienen a ser como sus tataranietos, y pretenden usar otros nombres para ocultar sus oscuros deseos.

Pero no sólo viven ocultos los tiranos modernos, deben salir a la luz pública y verse como buenos sujetos, para ello existen los disfraces de amorosos seres preocupados por el bienestar de su pueblo.

El moderado Pisístrato también uso un disfraz, cuenta Heródoto que en cierta ocasión el tirano en ciernes se hizo acompañar por una mujer disfrazada de Atena; el tirano moderno se viste como defensor de la justicia que hasta cierto punto identifica a la diosa griega.

Pasan los días y el desfile se prepara, la efigie de la falsa diosa se viste con nombres bonitos y lindas formas que den sabor de eternidad a lo que es repetitivo pero pasajero, como la bonanza prometida o la gloria electoral proveniente de una asamblea antaño desconocida.

 

Maigo

 

 

 

 

 

 

 

 

La libertad en la tiranía

La libertad es uno de los principales supuestos en la vida democrática, el pueblo debe elegir sin presiones qué es lo que considera mejor para él, ya que no buscará aquello que pueda resultarle perjudicial. Sin embargo, cuando se reúnen la libertad y la necesidad de elegir sin una completa visión de aquello que se elige, se abre la puerta al error.

La libertad supone la posibilidad del error, y de esa posibilidad suele nutrirse la tiranía. Los grandes tiranos como Sila o Julio César aprovecharon la ignorancia del pueblo romano respecto a lo que conformaba a la propia Roma, ambos originaron su poder en la conjunción entre la tradición del pueblo y la ignorancia sobre lo que es lo bueno.

Irónicamente, el segundo inició su tiranía distanciándose y hasta huyendo del poder del primero. Sila buscó matar a Julio y éste se vio en la necesidad de replegarse para fundar un nuevo modo de poder en el temor y el mal recuerdo que los romanos tenían sobre los excesos del tirano. Años más tarde y antes de su muerte, Julio ostentó en sus píes las botas que sólo se destinaban a los reyes, y rechazó tres veces la corona que no estaba en su cabeza, pero que sí habitaba en su mente al momento de su muerte.

Sila y Julio ya están muertos, pero ambos tiranos jugaron con la idea de libertad que tan confusa suele tener el pueblo. En todo momento la libertad se confunde con la posibilidad de movimiento, sin considerar que a veces algunos son libres y poderosos desde algún supuesto encierro.

Los tiranos suelen distanciarse de quienes parecen representar algún obstáculo a sus intereses, pero hay momentos en que se unen con aquellos a los que juzgaron con supuesta dureza y se justifica tal unión con cambios en las circunstancias históricas, cambios que hablan de lados correctos e incorrectos para el juicio del tiempo.

Cuando el tirano lo precisa concede abiertamente libertades que ya se habían otorgado desde un comienzo, y se ve a Sila y a Julio avanzar como hermanos por los anales del tiempo.

 

Maigo.