Una anécdota

Ahora me doy cuenta que no quería hacerlo. La semana pasada decía que me habían convencido de hacerlo. Pero no soy tan tonta como para no saber que fui yo quien desde el principio decidió echarle la culpa a los otros de lo que hice. Lo hago con frecuencia. Así no me siento tan mal conmigo misma. Pero lo que hice hace un mes es distinto a cualquiera de mis cagadas. No es como arruinar una amistad por un chisme. O decirle gorda y dejada a mi tía en su cumpleaños 40 enfrente de 200 invitados. El aborto es cosa seria. Una decisión completamente individual.

¿Realmente es individual? Me hacían dudar mis amigas y amigos. La individualidad no es igual al egoísmo, es independencia, libertad. Antes no contábamos con lo que contamos ahora. Me decían cada 5 minutos. Pero ellos qué saben. Ellos no tuvieron a alguien adentro por casi 50 días. Nunca estuve sola, es verdad. Pero estar demasiado tiempo acompañada no es lo mío. Tal vez sí quería hacerlo y mis dudas eran provocadas por un fuerte rechazo de mi madre a hacerlo. Ella que me tuvo cuando era muy chiquita, que no tenía dinero para tragar pero que aun así quiso tener una hija, y que nunca le faltara nada. “Me valía madres que tu papá no nos ayudara. Estabas chiquita. Yo me fajaba la herida de la cesárea y me ponía a chingarle. Nunca te hizo falta nada.” La escuchaba constantemente en mi cabeza cuando estaba en la sala, esperando mi turno. Iba sola. Casi todas iban acompañadas por gente que parecían ser parejas o mejores amigos. Creo que ahí fue cuando la duda se me hizo un poco pesada. Me empezó a apretar el cuerpo lentamente. Casi me empezó a costar trabajo respirar. Pero vi a una mujer que lloraba y decía “todo es cuestión de amor; no lo merecía.” Por fin lo había entendido. Y lo hice.

Yaddir

Caricia

Caricia

Macerar la flor, extraer el perfume, ungirse del otro: ¿eso es el amor? ¿Nos reafirmamos sacrificando la individualidad del otro? ¿A caso nadie nos ha enseñado a acariciar? La flor ofrece su perfume por ser la fuerza integradora de su ser. Es cauta y exigente con el hombre que se acerque. Creemos, por el contrario, que la fuerza es vitalidad, que el amor es salvajismo y arrancar la flor de un tajo es lo más humano. El perfume se ha perdido, ¿qué apreciamos? En el amor, por el contrario, los cuerpos se encuentran en una batalla donde extraer la esencia del otro es fundirse. Pero la batalla de los cuerpos que se entrelazan me parece más una danza y en ese sentido una posibilidad a la caricia, al arte, a lo humano. Nos encontramos con el otro tierno y expectante por ser descubierto en movimientos suaves y fervorosos. No sabemos ser amantes cuando creemos que el otro disfruta ser lacerado y vejado entre absurdos clichés o fetiches que la mercadotecnia sexual nos ha vendido. Cada cuerpo debe ser descubierto en su íntima relación consigo misma. La individualidad es, después de todo, lo que los ha unido.

Por eso mismo la razón no se pierde cuando estamos en los brazos del amado, ya que no nos entregamos al infecundo ejercicio de la mortalidad. Quisiéramos que la caricia durara para siempre, distender el tiempo es una fantasía que sólo puede crearse quien dependa de la eternidad para seguir amando. Quien no, que se quede con el cuerpo. Pero hablaba de la razón, y decía que no se pierde en los brazos del amado, porque quien acaricia no pierde de vista que es un otro el que está ahí siendo cómplice del secreto vital. Un cómplice que ha decidido morir con nosotros un momento: y viceversa: A un cómplice no se le inventa, se le descubre en el trato con miradas furtivas que quisieran escapar a ojos ajenos.

Mirar al hombre es descubrir la sensualidad de su alma, pues sólo ahí pueden ser logrados la furtividad y complicidad que nadie más entiende, relaciones que nadie más que ellos (los amantes) ven: por eso la razón no se pierde. Amar es entender que lo que no se ve es lo que más nos une. Amar es mirar al otro en su integridad, descubrirlo, sacrificarse un poco y no sacrificar al otro.

Javel

Soltar amarras

Soltar amarras

Hay cierta fascinación por imaginarse la vida mediante barcas. La vida moderna puede vivirse confiando en la continua superación del astrolabio, en la determinada señalización de la hidrografía, creyendo acaso que las sirenas son enemigas del radar y abstracciones delirantes debidas al ausentismo mental de los debilitados por la lentitud de los viajes marinos. Las imágenes desesperantes de los naufragios se enfocan en la aridez de la boca que no puede saciarse a pesar de estar rodeada de agua, en el aburrimiento disolvente de la soledad y en el temor ante los cambios climáticos que lleva consigo la amenaza de la marea. ¿Cómo no temer ante el infinito mar en tales casos? No obstante, Conrad evidenciaba que el corazón de las tinieblas no estaba precisamente en alta mar. Lo más desolador para una vida tranquila no está en la naturaleza, siempre indiferente ante los dilemas humanos. Cuando uno adquiere los ojos para asombrarse un poco por los atractivos del agua, es doloroso aferrarse a la arena. Los barcos pueden mantenerse encallados por largo tiempo durando más que nosotros, pero inútiles. El arte de la navegación no se aprendió en la tierra. Cuando no hay principios náuticos, cuando aún lanzamos proposiciones pueriles sobre la ley de las estrellas y la posición del objetivo está nublada por el desconocimiento, no hay más que paciencia. Una búsqueda puede requerir de nuestras manos para empujar los remos (artefactos que oscilan entre el primitivismo y el arte de navegar) en el intento de continuar el movimiento, quién sabe si con entera certeza. La idea del Bien era tan difícil que, como el sol, alumbraba sin poder ser captada enteramente; así quien anda con remos sin tener el destino fijo, aunque con un motor constante. Puede uno arrojarse a la indolencia para no zarpar, llorar por la nostalgia de los nombres y puertos que se dejan o mirar fijamente su reflejo en el mar, esperando que las ondulaciones del agua decidan revelarse como espejo fidedigno. Sin embargo, cuando el sueño de arena y el anhelo maternal de la tierra despierten ante el descuido de los frutos soledosos que da la navegación, no será culpa de las dificultades del arte. A fin de cuentas, la infinitud del mar no deja de ser un mito recurrente. Quien anda errante debe recordar aquella imagen platónica del barco liderado por ambiciosos que impiden tomar el timón a quien puede hacerlo. Parece cierto que las cosas que más rumbo dan a la vida disipada se traducen en desorden cuando se ha vislumbrado en el horizonte la posibilidad de una trayectoria.

 

Tacitus

Necrológica

Necrológica

A mi abuelita

In memoriam

Al cruzar el umbral, me increpa una mirada que agoniza. El aire se enrarece con un halo de misterio: las palabras se vuelven señales inalcanzables, difíciles, fantasmales. Pero todo sucede pronto, porque el aire tiene que agotarse. Se extiende una mano todavía cálida, febril, disminuida, que alcanza a mostrar afecto en la fragilidad de un último estertor. Nos distingue tanto la palabra que al momento de consumirnos se nos vuelve una herramienta ya difícil, que se aleja sin nosotros desearlo. La mirada deambula para buscar una última caricia, pero se nubla tras las palabras. El último asedio a la ciudad del alma se lleva el órgano hecho para la luz, como para sumirlo todo en tinieblas, pero en un rapto tan repentino que no nos permite la desesperanza. Lo que queda intentando aspirar es sólo una mirada perdida, una ausencia que se va apagando. Quien contempla la figura pertrecha sólo puede quedar absorto ante la diferencia terrible que aparece en la helada semejanza. ¿Abandona el espíritu al cuerpo, deja el cuerpo de cumplir sus funciones vitales o lo que muere es una unidad que desaparece dejando los huesos, órganos y músculos inertes, lo cual ya no merece siquiera el nombre de cuerpo? Simplemente, ya no hay vida: sólo lo vivo lo corrobora. ¿No será sólo hybris la sospecha de eternidad? Pudiera bien ser humildad, pues sólo lo humilde reconoce la impotencia radical de verse ligado en su condición a lo intemporal. No se puede presenciar la huida del alma, porque no huye: la eternidad no es un lugar en el tiempo ni en la memoria. ¿Entonces es un recinto de la imaginación, una metáfora que exagera las capacidades de la memoria y la palabra? En el recuerdo tengo el afecto de un alma, el paso quieto, la voz calma que atravesaba la enfermedad en soledad, en una infranqueable soledad. Pero eso apenas es un fragmento del ser. Difícil es creer que mi memoria pueda colegir el misterio entero de la vida en un pequeño trazo. ¿Una luz artificial que allana la desesperación? Pero la fe perfecta no ve en la inmortalidad sólo un consuelo, sino una clave de la vida humana; no la toma únicamente como un bálsamo de la pena, sino también como un alimento del vigor encendido en la búsqueda del Amor. Sin Amor, no hay consuelo que valga. Hay quienes en vida nos enseñan la simpleza del amor para marcarnos con su mano, esa mano que en el frío silencio se tiende para realizar una parábola entre presente y pasado, para despedirse con lo mejor que nos dejó, aunque la muerte esté ya en el umbral de su vista.

 

Tacitus

 

La mano de Eros

La mano de Eros

No sé si bastará decir que el mejor beso es el más amoroso. No el más calmo, ni el más fogoso: el más feliz. Porque la alegría se malbarata cuando se halla a donde quiera que se mire sin ver lo mejor. Menos ansiedad de las flechas de la mirada, un tempo en el que el alma pueda sentir todavía la sorpresa de una mano o la discreción casta de una voz en el abismo preclaro de la imaginación, eso también se llega a gozar con la espera. A lo mejor la felicidad es lo más correcto, lo más razonable, no sólo lo más deseado. Si es así, lo bello no sería sólo un efecto de lo placentero. El placer de un beso discreto sería manifestación de esas alas que el alma perdió y que no se recuperan sin que la inteligencia se vea movida con latencia. ¿Inteligencia para los besos en vez de práctica con frutos que semejen falsamente la frescura de unos labios? El alma da un giro entonces: ¿dónde estará Eros en el deseo recto y moderado que nos mueve desmedidamente a querer lo bueno? ¿Puede encarnarse en el espacio que se cierra entre dos personas sin volverse insistencia de la mano o precocidad del interés? Si las alas crecieran con los ardores de la piel, todos serían expertos en vuelo. La experiencia nos enseña pues que el beso más feliz es el más erótico. El adverbio no se indica intensidad, o, mejor dicho, muestra que el lenguaje más intenso es la discreción de la verdad, el recato ordenado y no la ansiedad desesperada: el poder del deseo que sigue con cierta obsesión lo bello porque es lo que más amable.

 

Tacitus

Cambios profundos

 

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

Lampedusa

 

Pensar en el carácter propio de una revolución, es difícil, por un lado se puede considerar la revolución que realizan los astros cuando se mueven en sus órbitas, por otro podemos fijar la atención en un cambio respecto a la disposición que se puede tener con una corriente ideológica, religiosa o política.

He decidido iniciar el texto de hoy citando a Lampedusa, porque al reflexionar sobre la revolución de las conciencias de la que tanto se habla últimamente me percato de la repetición de ciertos detalles que me indican que esa revolución es una más entre el montón de revoluciones que ha vivido la humanidad.

Los cuerpos celestes en el cosmos tienen movimientos constantes que por ocasiones parecen erráticos, tal es el caso de los movimientos que apreciamos en planetas como Marte o Venus, que casualmente simbolizan a la guerra y al amor.

Las tendencias en las poblaciones también suelen parecer regulares. Las ciudades prosperan y decaen, señala Heródoto y con ello nos muestra el orden en el que parece vivir el ser humano, el cual a veces vive periodos de guerra y a veces vive en paz hasta que aparece la  acción de Venus, como es el caso con la guerra de Troya.

Pero la compresión del hombre no es tan simple, si así fuera no podríamos reconocer en lo político la inconstancia que nos dificulta tanto pensar en qué es la justicia o cómo es que se debe legislar la vida de una ciudad, sin embargo, a pesar de esas dificultades hay puntos que permanecen en el cambio y que nos permiten pensar con cuidado en lo político.

Sin eso que permanece en el cambio, no nos mantendríamos como seres humanos, una constante por ejemplo, es la esperanza: Los grandes tiranos han jugado con la esperanza de sus súbditos al grado de hacerlos creer en ocasiones que el Estado se concentra en una sola persona, digamos Luis XIV o de otros que resultaron tan hábiles para jugar con los anhelos de sus seguidores que hubo soldados dispuestos a dar su vida inútilmente, a veces sólo para recibir la mirada de seres como Bonaparte, que indiferente veía a soldados ahogándose en las frías aguas de un río en Rusia.

El deseo de vivir mejor es una constante en el hombre, y la sensación de que se está viviendo de manera injusta porque otros tienen lo que por derecho le pertenece a alguien también parece una constante de la que se nutre la esperanza. Quizá por ello cuando es necesario que todo siga igual hay que hacer grandes cambios fundados en las esperanzas y en el deseo de justicia de la humanidad.

 

Maigo

 

El hermetismo insospechado

El hermetismo insospechado

El silencio puede hablar por las palabras que nos faltan, siempre y cuando no sea señal de renuncia. Quien renuncia al deseo, hace del silencio la expresión última, la contemplación de uno mismo en la nada que no se comprende sólo con cerrar los ojos. Quien intenta entender su propio deseo, no necesariamente se hunde en la demencia antropocéntrica: al emprender el intento con el empeño que le sea posible topará con la incapacidad de dar de sí una razón sencilla. ¿Cómo entender un deseo? Parece materia dispuesta sólo en tanto intentamos aclarar el objeto que deseamos, para así imaginar los caminos posibles a ello. Pero aunque veamos claramente lo que deseamos, el camino no se detiene en la claridad: un deseo nunca está aislado, pues un fin siempre tiende a un fin último, que no necesariamente es evidente. Los objetos no podrían ser deseados si la satisfacción no fuera sólo cosa momentánea; nada nos satisface si no es bajo una inclinación general que nos permite saber que algo ha sido satisfecho. La posesión de los objetos no es por sí misma satisfactoria: ni el apetito para la comida es tan burdo. ¿Qué sentimos en cada beso robado, en cada objeto inútil obtenido, en cada sensación de haber hecho el intento, si no parecen tener algo en común?

La dicha de amar pareciera no requerir de palabra aclaratoria por ser el amor un goce muy abierto, poco hermético: un punto de comunión de la experiencia desiderativa en la que se observan los síntomas comunes a más de uno: una nube gris sobre la mirada cuando todo ha terminado, un sabor dulce en la fragancia que los besos dejan en un contacto absurdo, un deseo del otro que no renuncia fácilmente a la unión. Lo que se desee agregar siempre nos mantiene en la incapacidad de creer en que alguien pudiera vivir plácidamente sin haber sentido esa poderosa atracción. La teoría general es que no hay quien se libre de ella: es el poder de la naturaleza. La condición erótica se usa como el sinónimo que abarca generalmente a lo que denominamos naturaleza humana: en el deseo vemos el cuadro de lo natural como una especie de tendencia a cumplirse en los movimientos que despierta. ¿Qué hace de cada acto trivial un evento digno? En ese ritual de los enamorados lo dichoso se funde con la amargura en que la memoria poco permite olvidar. Pero aun en la dicha que se esfuma y cuya ausencia se traduce en vibraciones de desesperanza cabe la extraña pregunta: ¿dónde se asienta la corriente del alma que convierte los sucesos de manera tan predecible pero tan curiosa? La desdicha puede articularse en la palabra cuando intenta ir por el camino que el hilo de la vida en común trazó, y seguir ese hilo no necesariamente tiene consecuencias trágicas. Cuando parece que el agua está siempre turbia, la renuncia a la palabra sólo nos hunde en esos pantanos.

¿Habrá engaño sobre lo que la naturaleza reclama siempre que intentamos insertar la palabra aclaradora en lo deseado, en las sensaciones que en nosotros despierta el amor? En todo caso, se dirá que el acto de explicar es siempre secundario: la palabra misma no produce el sentir. Pero, ¿no hay una raíz en las palabras persuasivas? Los actos están compuestos de una materia que permite mostrarlos como prueba más tangible del estado anímico, del alma misma. La persuasión no es un acto que modifique el alma, y la mayor parte de las veces pareciera que necesitamos más de una explicación, un ejemplo y una exhortación para comprender lo que requerimos. Tengo la impresión de que nuestra renuencia a la palabra va de la mano con la dificultad que tenemos para pensar la persuasión más allá de nuestro discurso interno. Sin restringir el problema al amor: ¿por qué parece tan triunfal el aspecto irracional cuando la palabra se restringe, cuando sólo halla matices más afables de una convicción incuestionada? Lo incuestionable se convierte en un cómplice silencioso de la desidia por pensar lo que tenemos en frente. Surge la sospecha de que nuestras ideas convencionales sobre el deseo son el paralelo necesario del límite que le imponemos a nuestra posibilidad de preguntar. Si la persuasión no es nunca algo definitivo, ¿no es necesario preguntarnos por qué nos hemos persuadido tanto de una ilusión? Mejor eso que renunciar de manera poco práctica a la satisfacción de la verdad, pocas veces saboreada pero nunca totalmente ajena.

 

Tacitus