Viral

«Una tarjeta postal es un síntoma de soledad»
— Nuestro hombre en la Habana, Graham Greene

Aguas calmadas, inmensas, cubiertas de un azul profundo que apenas si se ilumina con la intensa luz del Sol. Un risco sumerge sus pies en el ligero vaivén de las olas, mientras un par de gaviotas despistadas extienden sus alas sobre el cielo despejado. El mar está libre de embarcaciones, de buzos y nadadores fortuitos; la playa, se regocija con tres pequeños niños en pantalones cortos jugando a construir un dinosaurio con la arena perlada. Yo escribo con demasiada paciencia esta nota a la vez que los observo desde mi habitación de hotel.

Habita en el mirar una nostalgia que aflora siempre cuando se dirige al horizonte. Va de la mano con la necesidad de expresarla, de contemplarla, pero sobre todo de compartirla. Escribir es un quehacer del solitario, no porque el ocio sea tal que le impida idear una mejor manera de pasar el tiempo, sino porque es la única manera de combatir la soledad. Se ha ido perdiendo la costumbre de escribir largas misivas llenas de besos y buenos deseos, de noticias desfasadas en el tiempo que como luz de estrella en la noche, llegan demasiado tarde. Las postales dieron un nuevo giro a esta tradición, la hicieron un tanto más breve, más sencilla y más dinámica. Las cartas ya no tenían que describir todo lo que el autor vivía, el ambiente, la belleza del lugar y la dicha de la contemplación quedaban plasmadas como portada de unas líneas añorantes de imaginación.

Me parece que fueron las postales las que comenzaron con la degeneración del hombre (bueno no, fue el teatro, pero hagamos como que sí, ¿ok?). Un inocente logro de la imprenta que prometía enviar un pedacito de tierra extranjera a hogares lejanos. No tiene nada de malo querer que esa persona especial se encuentre junto a uno presenciando el mismo atardecer, anochecer o una película de zombis en un avión. Lo preocupante del asunto resulta ser que se pagó cara la velocidad. ¿Qué quiero decir con esto? Hay un montón de recopilaciones de epistolarios, éstos se conforman de vivencias, de travesuras, de secretos y de emociones que un solitario escritor confía al mudo papel que recibirá su añorado. Las entregas de las postales fueron mucho más efectivas, una imagen bella, un atardecer, la planicie vista la cima de una montaña, un bosque ceniciento en medio de la bruma y unos besos escuetos escritos al reverso para ensalzar la ocasión.

El asunto no paró ahí, poco a poco fue avanzando la degeneración y se fue apreciando más el dibujito que el texto. No digo que las imágenes carecieran de significado o que no portaran en sí mismas un poderoso mensaje. La ilustración de un anochecer en París, da un impacto contundente a quienes la ven. Lo malo fue que nos mellaron la imaginación, las postales enviadas fueron aumentando en número y las confidencias disminuyendo en creatividad. Las postales son un bonito detalle que uno puede coleccionar y admirar cada vez que se le antoje sin necesidad de invertir mucho tiempo en la labor. Bueno, tal vez ya saben hacia dónde me dirijo, ahora que tenemos postales que viajen a cien megas por segundo. Baste con señalar las redes sociales como para que nos demos cuenta que están llenas de postales (todavía más simplificadas) una imagen y un par de líneas. ¡Listo, tenemos un meme viral! Compartido más de cinco mil veces, gustado por cien mil personas, comprendido por toda la humanidad. Las barreras del lenguaje superadas en un solo instante por el inmenso poder del dibujo.

Que las redes sociales tengan tanto éxito no se debe a la emoción que enardece la nueva tecnología en los corazones de los jóvenes, no, eso, como todas las pasiones de la pubertad, va y viene sin control. El éxito de las redes sociales, es precisamente la soledad. Somos un montón de gente en el mundo, todos inmersos en nuestro estrecho campo de paradigmas y conocimientos, tratando de conectar con otro muchacho que se encuentra en el extremo opuesto del mundo. Lanzamos sentencias poderosas a un editor de imágenes para después dispararlas como una botella al vacío que separa a un montón de mónadas. Como si esto supliera lo que se ha perdido por la coronación del imperio mudo de las ilustraciones. Ahí están las “novelas gráficas”, las fotografías, el cine, la televisión, el teatro. Todos ellos reúnen el recurso visual y lo explotan a su manera, bajo sus propias reglas y con su estilo característico. Al mismo tiempo, todos ellos cooperan en la más macabra autodestrucción del hombre, la creación del silencio. Veía un video blog (Vlog) de un hombre que quería presentar un libro, hablar sobre él en un video como se está poniendo de moda: los booktubers se hacen llamar. De un extremo de la cámara, un hombrecillo (o chica) agraciado, hace cortes de cámara bien notados para llamar la atención mientras habla siguiendo un guion sencillo que mantenga entretenido al espectador. ¿Qué pasó con las reseñas escritas? Parece que ahora, del mismo modo en que se prefiere ver una película en el cine (basada en el libro) en vez de leer el texto, preferimos ver reseñas (de libros) en vez de leerlas. El Vlogger, trataba de ensalzar y mantener una emoción más que artificial por presentar en su capítulo semanal “La más grande aventura de piratas”, sentencia que repitió más de diez veces a lo largo de su video de un minuto. Comenzó a contar un poco sobre Jim Hawkins, otro poco sobre los personajes de la novela y otro mucho sobre lo padre que eran los piratas y sus banderas negras. No habían transcurrido más de tres minutos cuando comenzó a hablar de cuál le parecía la mejor adaptación del libro al cine. Luego terminó su reseña hablando sobre las tres mejores adaptaciones del libro al cine, siendo la mejor la de los Muppets.

Es muy sencillo confundir, tomar como preferente lo que nos ahorra trabajo, en este caso el de imaginar. Es más sencillo hablar de cine, de ver las acciones heroicas allí representadas que apreciarlas en un personaje bien definido en cualquier texto. Sí, esto se debe a la preferencia de la imagen sobre la palabra. Tiene mucho sentido, si pensamos que como mónadas que somos, tenemos como experiencia primera una pantalla esférica que atrapa nuestros sentidos sin dejarnos otra cosa por hacer que contemplarla en silencio, como lo harían los gatos. Pero se deja a un lado el Logos que tanto nos ha caracterizado a lo largo de los años que llevamos habitando esta tierra. Me asusta, me incomoda y me quita el sueño pensar hacia donde nos va a llevar esta exaltación del silencio. Leía hace un par de semanas un artículo donde hablaban sobre unos listillos educadores japoneses que habían ideado un estuche de pinturas de colores. Pretendían entregárselo a los niños de educación básica para que crecieran sin prejuicios de la palabra, para que experimentaran los colores de un modo más natural y tuvieran una compresión más pura de ellos. En vez de llamar a un color por su nombre, los tubitos de pintura tenían a modo de etiqueta impresa los colores primarios y las combinaciones de ellos según el contenido. Es decir, en el tubo del color amarillo aparecía un punto de color amarillo, mientras que en el de verde, aparecía un punto de color amarillo seguido del signo de suma precediendo al color azul. De este modo, pretendían que los niños entendieran el color verde bajo la premisa de “amarillo + azul” y después no pudieran comunicárselo a nadie.

El futuro apunta hacia ese espacio de silencio y de señas, de sonidos sin significado e imágenes que pretenden decir más de mil palabras. ¿Cuántas veces hemos escuchado ese dicho? ¿Cuántas veces, queridos lectores, han pensado al escucharlo en una imagen descrita, no en una ilustrada? Pasé la mayor parte de mi vida pensando en una fotografía cada vez que escuchaba ese dicho, en vez de imaginarme el Escudo de Aquiles en todo su esplendor (imagen que tiene menos de mil palabras, y que vale más que dos mil años de existencia del lenguaje). El silencio nos rodea, y nosotros seguimos, día a día alimentando la hoguera de las palabras con postales desechables y una colección absurda de memes infinitos.

Perseguida

Nunca había perdido ninguno de sus sombreros, pero esta vez ya no le importaba. Algún vagabundo felizmente podría reclamarlo si el fango no lo había devorado después de la tromba, dejándolo inútil. Un sombrero era poca cosa, y eso hubiera pensado él de prestarle atención. Corría y corría por las calles húmedas sin pensar en que el agua podría arruinarle también el saco, mucho menos en que el frío entrometiéndose en sus huesos invitaría el resfrío. Los zapatos valían ya muy poco dentro de los charcos salpicando perladas gotas que habían estado acostumbradas a caer desde mucho más lejos, y en fin, el reloj de plata no marcaría nada además de una sola fausta hora, después de haberse empapado; pero nada de eso era en absoluto importante. Lo único que se lo parecía era que había visto esa silueta recargada en una esquina del Café Gato Montés, con su abrigo añil que le cubría hasta arriba de las espinillas, y que dejaba notar esas figuras que tenían que ser de botas, quién sabía de qué color. La había visto allí, resguardada de la nitidez por las fuertes luces cerca de él y la sombra lejana en la que ella se escondía, su cabello castaño obscuro ondeando por el viento antes de pesar con el baño involuntario. Él estaba seguro de cómo olería, aún entre la lluvia y la distancia.

Por eso la había estado siguiendo por esquinas y callejones en esta nueva ciudad, porque sólo el Cielo sabría cómo había sido que ella también terminara mudándose aquí donde las calles tienen nombres de flores que nadie ha visto nunca. Todos estos años tristes que él había intentado estar completo estaban ahora encaramados a sus piernas, haciendo del trayecto tan difícil como si se arrastrara entre zarzales, pero ¿qué eran las espinas para él sino nuevas caricias que nunca solicitó, de las que ya tenía bastante experiencia? Podría haber tenido las piernas rotas, y con todo, el jalón hacia la añorada voz leve que recordaba con precisión no sería menos fuerte. Continuó hasta que ella se metió a un edificio de ladrillo rojo con una capotita cubriendo el porche de la caída del agua. Supo que tenía que entrar, aunque fuera tarde, aunque fuera aquí en este lugar de donde no sabía nada.

Agitó su cabeza para revolver el cabello salpicante y con un jadeo por haber corrido escaleras arriba recargó sus manos en la baranda, mientras ella escapaba visiblemente preocupada: ya sabía que era él, ya sabía que la había encontrado, ya sabía que el destino, más fuerte que la voluntad humana, los había reunido. Por entonces ya no era la luz de las calles con sus postes eléctricos la que le coloreaba la piel tersa, era un foco intermitente que sonaba como zancudo, y el resto era respiraciones y exhalaciones que se confundían en la forzada travesía. Él quería verla aunque fuera una sola vez más, iluminada por ese infortunado estrobo. Gritó su nombre, como última cosa que hiciera con sus fuerzas. Ella volteó. Cuando él miró su rostro se desplomó sentado en el suelo y no se movió más: entre su llanto alcanzó a mirar en sus ojos que estaba equivocado, no era ella.