Gazmoñerismo Sensiblero

El aroma de tu recuerdo es un sabor dulce, tal dulce que se escucha claro, como los colores de tu sonrisa.

Gazmogno

Sendero Nocturno

Cerró la puerta y guardó las llaves. Nadie contestó al llamado. Se veía desolado, pero en la estancia el aroma dulce lo poblaba todo. Los muebles parecían estar en otro sitio, y sin embargo, no se los había movido. Más bien era la luz que se había atenuado. Eso era, las cortinas: nunca estaban cerradas y ahora a través de ellas se exprimía un rayito de la Luna y lo pintaba todo como haciendo una hendidura rosa. El aroma lo desarmó. Lo obligó a dejar portafolio y zapatos al instante, y llamaba pronunciándose al pasillo. El piso cálido descansaba ahora de una tarde brillante de más. Avanzó con cuidado. En el corredor, las pinturas se habían atenuado a cada paso, hasta esconderse entre las pestañas de sus ojos cerrados, que sólo seguían el rastro sutil y aún así, marcado. Todo silencio, hasta que la recámara estuvo cerca. Y entonces, una respiración. Suave la respiración, potente el aroma. Corrió la cortina de cuentas de la habitación y la vio esperándolo. Luego lento, muy lento, se le acercó. Ella lo miraba sonriendo y tramando. Y se inclinó hasta estar tan cerca, que no viera nada más sin aquellos ojos.

Huevo carmesí

Acaso no haya forma mejor de despertar un domingo en la mañana, al menos para mí, que con el delicioso aroma de un desayuno recién hecho. El sol ya se ha puesto y me acaricia gentilmente la cara, mientras yazco en mi cama, envuelta entre sábanas y colchas que me mantienen calentita, con un sueño a medio terminar; todas ellas razones más que suficientes para rehusarme, no sólo a despertar, sino a poner un pie fuera de la cama. Es entonces cuando el aroma del desayuno, travieso cual infante, decide escapar de la cocina y dar un paseo por la casa con destino a mi nariz adormilada, a la que encontrará desprevenida y con la guardia baja. Así inunda todo mi ser haciéndome imaginar una mesa bien puesta con pan recién tostado a su centro, acompañado de un rico café humeante depositado en tazas pequeñas, mientras que el chisporroteo del tocino en el sartén llena el aire combinado con el olor a mantequilla derretida que dará sabor a los huevos revueltos. Ante semejante escena, no hago más que abrir mis ojos como platos –o mejor dicho, como monedas de cinco pesos–, estirar mi cuerpo lo más que puedo y ahora sí me dispongo a abandonar el calor que me proporcionaba mi cama por el que acaba de ofrecerme el aroma del desayuno.

He bajado ya y apenas voy entrando a la cocina cuando me doy cuenta de que todos se han sentado a la mesa y que yo, por haber sido la última en despertar, no he alcanzado nada del desayuno prometido. Lo que es más: ¡hasta mi perro obeso ha alcanzado su porción de huevo revuelto! A modo de consuelo, mi imaginación comienza a trabajar de nuevo y pone ante mí la imagen de un rico omelette de queso crema que desprende un suave olor a mantequilla y que se encuentra sazonado con un toque de pimienta. Entonces, con el apetito renovado, me dirijo presurosa al refrigerador en busca de los huevos, la mantequilla y el queso, para luego tomar de la alacena un tazón y un plato extendido, así como un tenedor del cajón de los cubiertos. En un rinconcito que encuentro, coloco los ingredientes y los utensilios escogidos y los acomodo conforme al orden en que los habré de usar. Con la imagen del omelette en mi mente, la cual me ha hecho agua la boca de tanto saborear, tomo el primero de los huevos y lo rompo, vaciando el contenido en el tazón. Apenas ha tocado el huevo el fondo cuando justo en ese instante el encanto de mi delicioso omelette se rompe como sucedió con el cascarón de aquel huevo: junto con la yema y la clara descansa una masa sanguinolenta que no debiera estar ahí. Inmediatamente, el asco se me hizo presente y mató por completo cualquier rastro de hambre que hubiera habido en mí hasta ese momento. No sólo me había quedado sin desayuno, ahora también me había quedado sin apetito.

Del rico desayuno, cuyo aroma había hecho despegarme de mi cama, no quedaron más que promesas y terminó por transformarse en un triste plato de cereal, ése con forma de popó de conejo que, de cualquier forma, resultaba más apetitoso y atractivo a la vista de lo que había resultado mi huevo carmesí.

Hiro postal