Perdidos.

Las estrellas pocas veces son visibles, a veces algo nos impide contemplarlas y entender que en el cielo se dibuja un maravilloso mapa de la creación. Quienes contemplaron en su momento a las estrellas estaban libres de perder el rumbo y si acaso lo perdían no tardaban en encontrar pronto el camino que los llevaría a donde necesitaban ir. Algunos viajeros se guiaban por las estrellas para regresar a casa, éstas siempre tuvieron la cualidad de ser eternas y de moverse de manera constante como para decir al navegante dónde se encontraba el hogar, sin importar si el tiempo fuera del mismo había sido de veinte días o de veinte años. Gracias a la vista de los astros era posible saber que el mundo seguía siendo el mismo, el hombre cambia con el tiempo, envejece y se acerca cada día más a la morada de los muertos, pero el cielo continúa y muestra su rostro siempre igual a los nuevos habitantes del mundo.

Sólo un cambio en las estrellas sería suficiente para entender un gran cambio en el mundo, y únicamente quien ve al mundo y viaja por el mismo se puede percatar de un cambio en el firmamento, no es posible quedarse inmóvil cuando se presenta tal modificación, y tampoco es posible regresar al hogar siguiendo el mismo camino de salida cuando todo ha cambiado ya.

Es una lástima que una nube de preocupaciones mezquinas nos impida ver a las estrellas, ya no podemos ir a casa, y menos podemos hablar de grandes cambios en un mundo que por falta completa de interés nos resulta desconocido.

Maigo.

Nuestro imposible conocimiento milenario

A lo largo de cientos de años… corrijo: de miles de años, hemos hecho enormes avances de los que comprensiblemente estamos muy orgullosos. Hemos aprendido muchísimas cosas sobre el mundo y sobre los hombres, desde los pequeños organismos invisibles hasta los también invisibles astros allende nuestra galaxia. Ahora más que nunca vivimos provistos de una tremenda cantidad de información que nos acerca a explicar con más consistencia la multitud incontable de fenómenos que componen nuestra vida. Excepto por un detalle: ninguno de nosotros ha vivido ni vivirá miles de años.

El plural que suele componerse cuando se piensa en los tremendos progresos de la humanidad tiende a ocultar el hecho de que cada uno de nosotros aprende a su propio paso y vive su propia vida muy aparte de la cantidad de conocimiento enciclopédico que haya podido acumularse por el trabajo de numerosas generaciones de investigación sobre los más diversos temas. Incluso el hombre nacido en la época de mayormente completa ilustración tiene que leer la Enciclopedia antes de poder ponerse al corriente de los éxitos de sus antepasados. Sin embargo, el punto importante no es tanto el hecho de que tenga que leer la enciclopedia, sino que nada garantiza que sea posible que la entienda. Hay tantas especializaciones y tantos detalles que consumen el tiempo y las fuerzas humanas que es imposible que alguien sepa todo lo que la humanidad sabe, y mucho menos a fondo y con interés.

Que el conocimiento científico recaudado en los anales de la investigación no sea dependiente de un solo individuo no es algo repudiable, que sería el extremo en el que posiblemente se lea el párrafo anterior. Pondré por ejemplo nuestro conocimiento astronómico. El arduo trabajo que representa un proyecto por hallar una explicación suficiente para la composición de la atmósfera de un planeta del sistema solar puede cobrarse el largo de una vida completa, pero si encuentra satisfacción, el siguiente astrónomo puede ahorrarse la búsqueda y partir de los hallazgos de su antepasado, sabiendo ya por qué parece verosímil que tal planeta tenga tal y cual elemento componiéndolo. O puedo pensar también en las matemáticas e irme mucho más atrás en el tiempo: no es necesario que cada matemático luche contra el problema de la inconmensurabilidad de los catetos con respecto a la hipotenusa de un triángulo rectángulo cuando ya hubo alguien que pudo demostrar por qué la suma de los dos cuadrados menores resulta en lo mismo que el cuadrado mayor. Es obvio que hay progreso en los conocimientos de lo demostrable porque una buena parte del trabajo de los investigadores se va en búsquedas de explicaciones que pueden acabar muchas veces mal y solamente una vez bien. El resto puede ahorrarse los tropiezos.

Sin embargo, más importante sería preguntar si las demostraciones nos bastan para conocer los problemas que las propiciaron. Y es que se aprende mucho del esfuerzo por explicar bien en qué consiste un problema, además del vasto provecho que se le pueda sacar a su resolución posteriormente. Con este aglomerado de personas y vidas en el que nos incluimos cuando nos afirmamos como humanidad, es latente la tendencia a olvidar ese aprendizaje. Y quizás seamos muy versados ya en las intrincadas telarañas cuánticas que es la materia (yo no, la verdad), pero al mismo tiempo estamos lejos de poder responder por qué sería importante responder qué es la materia. ¿Será importante porque así podemos hacer mejores tecnologías basados en cálculos más acertados? Si es así, entonces no nos interesa la materia, nos interesa la comodidad que se gana con las tecnologías. ¿Será porque nuestra curiosidad no tiene límite y una nueva respuesta la sacia momentáneamente, mientras que abre otras posibilidades para explorar? Si es así, entonces no nos interesa la materia tampoco, nos interesa cualquier objeto con el que podamos sentirnos agradados por curiosos. Y finalmente, si cada quién tiene que aprender desde el principio cuáles son los problemas y cuáles soluciones se encontraron por qué razones (porque puede haber soluciones aparentes, claro), ¿no valdría la pena preguntar también qué vale la pena y qué no saber, y por cuáles conocimientos estaríamos dispuestos a entregar la vida completa?