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Tan arrepentidos como orgullosos, los obispos de las ciencias exactas, amantes de la física carente de alma y de el absurdo e infinito reino del azar. Se regocijaron en un instante sempiterno, ése instante en el que el Caos primordial simplemente sucedió, sin avisar, sin ser causado, sin presente, sin espacio, ni tiempo, ni consecuencias, sin materia, ni forma.

La extrema incomprensión se hizo presente terminando incluso con la muerte, convirtiendo el mundo en un incomprensible eterno, sin dios ni infierno, ni ley, ni destino.

El orgullo de saberse poseedores de la verdad, de tener, aunque fuera por un solo momento la certeza de no haber desperdiciado su vida en estudios estériles sobre la materia inerte. Simplemente, se volvió incomprensible, fruto del azar y no del estudio de las causas. Por supuesto, en esos momentos el mayor logro de la humanidad y su demostración empírica, ya nada importaba.

Políticamente correcto

Hay asuntos de los que nos es conveniente hablar en público. El racismo, el feminismo y el maltrato animal son temas que, si se ponen a debate, los racistas, los antifeministas y los que consideran que los animales son inferiores a los humanos, siempre serán duramente criticados. Por el contrario, sus defensores, siempre serán bien vistos. El racismo ni siquiera debería ser un asunto polémico, pues sus premisas son endebles y denigrantes. El problema surge si se considera un acto racista una queja de un extranjero hacia la higiene de una ciudad. Los defensores de la ciudad supondrán que la queja se hace porque son de tal ciudad y blandirán sus afilados tuis hacia quien expresó el comentario. La persona que evidenció la higiene de tal lugar podría decir que no los criticó por ser de determinada ciudad, sino por lo que hacen, o dejan de hacer, con la basura de sus calles. Hay asuntos de los que no conviene hablar porque no se quieren pensar.

¿Qué tan fácilmente aceptamos las críticas hacia lo que hacemos? La pregunta podría plantearse de otra manera: ¿qué tan dispuestos estamos a saber si hacemos bien o mal? Nadie pondría en duda que Donald Trump se volvió en el villano favorito del año 2016 para los mexicanos (donde se desbancó, sorprendentemente, al presidente) y para los latinoamericanos. Sus virulentas acusaciones se volvieron exageradas y, aunque dijera algo cierto, no lo podíamos aceptar. Su tono y sus intenciones alejan de la discusión pública (si es que existe algo semejante) los problemas de los que nos acusó; la indignación no debió alejarnos de los problemas, aunque qué sea importante discutir parece indicado por las azarosas redes sociales. Su golpe hirió más porque era extranjero; hay compatriotas que dañan más el país y se dijeron ofendidos; hay quienes fueron exageradamente igual de nacionalistas en el contrataque. Ni el ataque ni la defensa nos ayudan a entender los temas más complejos de nuestros regímenes.

Pero entre los temas polémicos hay uno del cual ni siquiera sabemos cómo abordar: nuestra experiencia erótica. Nos da miedo decir cualquier cosa o decimos lo que se nos venga en gana. Creemos que un coqueteo tiene como última finalidad el sexo; no distinguimos entre acoso y un coqueteo. Suponemos que el clímax de dicha experiencia es el sexo y que éste es una descarga de algo sobre alguien para conseguir un cierto tipo de felicidad. Creemos que el sexo es una competencia, donde siempre hay algún ganador; creemos que tiene una vida más plena quien se acuesta con más personas que quien lo hace con una sola. El problema de todos estos prejuicios, así como los que tienen que ver con los temas denominados políticamente incorrectos, es que si no se discuten nunca los podremos entender y hablar de ellos siempre se entenderá como un ataque. Creo que no sería políticamente incorrecto decir que no sabemos discutir y sufriremos de lo políticamente incorrecto en la medida en la que no queramos aprender a hacerlo.

Yaddir

Senderos de la locura

Vivimos en tiempos de locura y erróneamente la encomiamos. Nuestro hogar es el caos y lo habitamos pese a los estragos. Terminamos suspensos ante los eventos inexplicables y creemos que la sinrazón y azar rigen el mundo (por muy contradictorio que suene). Las explicaciones pueden parecernos estorbosas o descorazonadas. La teoría es soberbia, pataleos y berrinches del hombre por comprender lo inconmensurable. La locura parece tan atractiva al adecuarse lo mejor posible al espíritu de la realidad. Los actos súbitos e inmediatos que irrumpen parecen ser lo más honesto que hay. Son actos tan honestos que no tienen dobles intenciones, no guardan hipocresía y supuestamente manifiestan lo que verdaderamente sentimos o pensamos. Satisfacen más las decisiones entre menos deliberadas sean y se escuche con mayor atención a la voz del fuero interno. Se puede ser un solitario feliz; el desvarío es la persistencia incesante por la complacencia. Amamos la locura al ser máxima expresión de la libertad humana.

Contrario a esta opinión, con un prurito, para el diagnóstico clínico la locura es una aberración. Los desvaríos son alteraciones patológicas. El contexto es percibido de manera anómala. Ver gigantes donde hay molinos de viento es una desviación de las facultades. La alucinación es la enfermedad venciendo el juicio y los sentidos. El castigo de Don Quijote son las muelas perdidas, el cuerpo maltrecho y los quebrantos de costilla. Emprender aventuras fútiles, buscando princesas por aldeanas o castillos por ventas, hace que caiga rodando por las asperezas pedregosas sin ningún sentido aparente. Conservar la cordura es reservarse. La salud mental es una manera de enclaustrarse. Los hidalgos reclaman como suyo a don Alonso Quijano.

No siempre la locura es aberración de la realidad. También puede ser recuperación de la normalidad y persecución por la verdad. Y así sucede con Don Quijote al menos en sus intenciones o empresa. Análogamente Jesús produce desconciertos entre sus coetáneos, así como el Caballero de la Triste Figura lo hace con quienes se encuentra. Sentarse con los recaudadores o convivir con los leprosos son actos inusuales y hasta extraños. La misericordia guarda tensión con la ortodoxia al no ser necesaria e irrumpir en ella. No es sólo suspender las legalidades, sino procurar algo más importante: el prójimo.  El amor trastoca las convenciones no para destruirlas, sino para resplandecer su principio. Es una locura integradora. Sería desacralizar a Jesús si lo creyéramos un romántico idealista (como sostiene una de sus interpretaciones históricas); omitiríamos el misterio de la encarnación. Nada parece más loco que buscar aquello no visible o difícil de entender. Basar nuestras acciones en una certeza fácilmente quebrantable. La manía devastadora aprovecha esto para seducirnos y reconfortarnos.

De la adivinación

La pregunta que se perfila, se arma y deshace a lo largo del ensayo XI de Montaigne es: ¿para qué conviene preguntar por la adivinación? La primera respuesta que se puede colegir es que es inútil esforzarse un poco en responder por dos motivos: la religión lo prohíbe y conducir la vida mediante los augurios es perjudicial. Inteligentemente el maestro ensayista le dedica bastante espacio a la segunda respuesta, contando el relato de un Marques que por guiarse según pronósticos y actuando traicioneramente perdió una batalla decisiva, con lo cual sugiere que las acciones políticas deben realizarse sobre bases sólidas, posibles; también nos sugiere que ante la incertidumbre, el hombre naturalmente buscará la manera de consolar su temor. Para concretizar bien las acciones políticas, es indispensable no guiarse por augurios.

Sin terminar el primer punto, sin decir que la frase es de Cicerón, y sin abandonar tampoco el segundo tema, el ensayista dice lo siguiente: “Y, por el contrario, los que creen esta afirmación erradamente la creen: Hay en esto reciprocidad: si existe la adivinación, existen los dioses; si existen los dioses, existe la adivinación.” Ya nos dijo cómo no debe ser escuchada la adivinación, ¿ahora llevará el asunto hacia un problema auténtico? El problema es: ¿cuál es la relación que hay entre los dioses y los hombres? Cuestionado de otra manera: ¿la adivinación es el modo adecuado de ver la relación entre hombres y dioses? O ¿no hay que creer en la afirmación, sino pensarla para encontrar la adecuada relación entre hombres y seres divinos? Al menos la manera inadecuada es creer que la adivinación es algo que se negocia con los dioses y que estos quieren hacer sufrir a los hombres mostrándoles su terrible suerte o que los quieren ayudar en todo. Inadecuado es considerar que los dioses le dicen al hombre fácilmente lo que debe hacer. Por ello me refiero a que los dioses no le van a decir al hombre exactamente qué hacer para que consiga el éxito.

Intentando rechazar el segundo punto, Montaigne señala que el azar es más confiable que cualquier augurio, mucho más un azar al estilo de la República de Platón, donde se eligen a los hijos de los más virtuosos para que permanezcan en la república justa y se exilia a los hijos de los viciosos; si estos son virtuosos, se les reincorpora, si los primeros son viciosos se les expulsa. Irónicamente se nos señala que los augurios no deben conducirnos, cual legislador de la república, sino que debemos aprovechar el azar; aunque es falso pensar que podemos controlar totalmente al azar. Pensar sólo el azar deja de lado a los dioses y entroniza al hombre.

Sin concluir si la adivinación todavía es inválida una vez que Jesús vino al mundo, es decir, sin cancelar la relación entre el hombre y Dios, Montaigne nos habla, sin mencionarlo, del Dáimon de Sócrates. Piensa que esa inspiración, realizada por quien ha reflexionado mucho y actuado virtuosamente, quizá sea poco inspirada. Visto así, Montaigne y sus ensayos, principalmente el de la oscura superchería, serían las velas de la ilustración. Pero pensando con más cuidado el accidentado ensayo XI, podemos comenzar a ver la relación entre Dios y el hombre en lo que distingue al hombre: su entendimiento. No se nos precisa si hay que pensar los sentidos, la imaginación o la intelección para ver que quizá la relación entre el hombre y Dios sólo pueda ser pensada adecuadamente a partir de lo que permite que el hombre actúe bien y pueda seguir los auténticos mandatos divinos.

Yaddir

Invasión a Guatemala

Dormir sobre una bomba no puede ser tan malo. Lo peor ya había sucedido y el soldado Pérez, después de dos horas con dieciséis minutos de mantenerse estático en aquél páramo desierto no podía explicarse cómo había llegado hasta ahí, o peor aún, cómo había sido tan imbécil y había soltado el radio transmisor por el incontrolable temblor de sus manos. Se repetía una y otra vez que había sido entrenado para superar el miedo en situaciones como éstas, bueno, tal vez no tan extremas, pero el continuo abuso físico que recibió en el ejército, las innumerables horas que pasó en el campo de batalla limpiando caminos de restos humanos como si fueran hojas en otoño, le hacían imaginar que estaba preparado para cualquier contingente. Se equivocaba, Dios sabe que no estaba listo para esto.

Era verdad, no tenía miedo a la muerte, para él, no era muy diferente a pestañear. El tiempo vuela cuando se está inconsciente y seguro rebasa los límites de la velocidad cuando se está muerto. En cambio, cuando uno tiene todos los sentidos al máximo y cualquier error, descuido o distracción hace la diferencia entre matar o ser devorado, vaya que pasa lento el tiempo. Es una carga más pesada que cualquier compañero mutilado, más agotadora que los días que ya llevaba sin agua andando antes de pisar donde no debía. El estrés de saber que debía entrar en un estado tan preciso, tan perfecto, le causaba grandes dolores de cabeza incluso antes de ser enviado a cualquier misión. Sabía, además, que su escuadrón de infantería era tan desechable como los pelos de un gato. ¿Qué más da si moría allí, parado a la mitad de la nada y sin oportunidad de pedir ayuda? Él estaba preparado para morir, lo que lo aterraba de verdad, era salir vivo de su situación. Tal vez corriera con suerte, tal vez le amputara los pies la explosión y el calor de la descarga de metralla cauterizara las heridas, de ese modo no tendría que padecer la pena de desangrarse como si fuera un cerdo. Él sabía lo que podía pasar y por más que lo intentaba, no lograba encontrar un desenlace que le pareciera aceptable, o que al menos lo eximiera de que algún imbécil soldado raso dijera “murió por pendejo” cuando sus compañeros contaran su historia. El creer que de algún modo, pudo haberse evitado llegar hasta ahí, como si sus pasos no fueran guiados por la tinta que escribe el porvenir de todos los hombres en el libro del destino, como si de algún modo, ese estado de alerta que tanto le pesaba, le hubiera podido servir para penetrar las piedras, la tierra misma y mirar de frente la sonriente cara de la muerte que se ocultaba allí en silencio esperando por él. Seguro eso era lo que más le incomodaba, que después de haber sobrevivido a la guerra entera, de haber sometido al ejercito contrario y conseguir su vergonzosa rendición en términos por demás denigrantes, él no pudiera llegar a casa, volver a someter a alguien más, regresar al entrenamiento diario (incompleto en el mejor de los casos). ¡Cómo pudo haber sido tan estúpido! En situaciones así, resulta absurdo hacerse preguntas por el estilo, sin embargo, uno no puede evitarlo. Se busca entender el mudo azar y descifrarlo en su engorroso dialecto, ¿para qué? Eso no le quitaría la fatiga de sus párpados, ni detendría al sol, que a diferencia de él, nunca mostraba la más mínima gota de cansancio, de hartazgo o desesperación. ¿Por qué se desgastaba con esos pensamientos? Su suerte no iba a cambiar, los dados de su destino seguían en el aire, pero no había posibilidad de que ganara. La noche estaba por caer y sabía que el sueño no cedería terreno.

A Ciegas

— ¿Y las religiones?… ¿Y cuál es la mejor?  —Verá usted, la mía.
Como te digo una co
, Joaquín Sabina.

Tenemos una adicción como hombres modernos (tal vez sea solo de mexicanos, o incluso solo en mi colonia, pero si hablo del hombre moderno me siento más chido a pesar de estar copiando a los que sí saben de lo que hablan cuando dicen eso) de la cuál no estamos del todo al tanto como la mayoría de los adictos. Creo que el primer paso de los alcohólicos anónimos consiste en aceptarse a uno mismo como alcohólico, no sé para qué sirva esto o qué ventaja traiga, pero los psicólogos dicen que hay que encarar los problemas para dar el primer paso hacia la sanidad, que es algo así como lo bueno, pero sin esa carga tradicional que tanto escozor les causa en la psique que ya no significa alma (porque eso dicen) sino otra cosa que ni siquiera se parece. Bueno, pues quiero que demos los primeros pasos juntos hacia el reconocimiento de esta adicción que todos tarde o temprano llegamos a adoptar. El hombre moderno es adicto a la originalidad (tal vez porque piensa o la confunde con la Verdad, a mí me parece que es esta la causa, aunque yo no sabría distinguir una de otra si alguien me lo preguntara seriamente). Desde niño recuerdo a mis amiguines de la cuadra emocionarse por comprarse sus tenis Jordan originales, ni más ni menos, las copias de Jordan o los tenis Mike que vinieron a hacer la delicia de las burlas en mi adolescencia, no tenían ese valor que solo posee la verdad, digo lo original, ya tiempo después, esta tendencia se extendió a otro tipo de cosas, como ropa, libros, videojuegos, obras de arte, mujeres (porque, ¿quién va a preferir a un travesti como pareja sexual, pudiendo tener una mujer?), la idea de que lo original siempre es mejor, la portamos orgullosos como bandera, ¿verdad?

Cinemex se ha encargado de meternos bien adentro del alma que la piratería es cosa mala, porque termina por devorar a los hombres de los pueblos que asalta, digo, porque es como robar y robar es como malo. No es piratería de a verdad la piratería de la que habla Cinemex o las industrias musicales o Metálica que como la quinceañera del cuento ése de José Revueltas hizo berrinche por perder el Virgo. La piratería que nos venden las compañías del entretenimiento es pirata, ¡quién lo diría! Bueno, a decir verdad es como pirata, pero no es pirata como los piratas originales y eso me basta. Pero eso no importa, lo que importa es que nosotros valoramos la originalidad con más fuerza de lo que valoramos el agua (que es original siempre aunque venga embotellada). El amor por lo original nos ha llevado a muchos extremos, como por ejemplo buscar el amor verdadero a la hora de relacionarnos como pareja (y a muchos dolores de cabeza por tanto reproche femenino al respecto), teniendo por presupuesto que el primer amor es el verdadero (siempre). Nos ha llevado a buscar nuestra vocación original, nuestro verdadero ser. Esas cosas raras orientales que ahora aceptamos como si nada, que consisten en encontrarse a uno mismo, no tendrían tanto éxito si no fuéramos adictos a la originalidad. Buscamos la experiencia genuina, primera, la experiencia verdadera y no viles copias chinas hechas con un montón de arte y poco presupuesto. Exigimos que nuestro maíz sea venido del mismísimo Centeōtl, y no de las inexpertas manos torpes de científicos que no salen de sus laboratorios artificiales para conocer la naturaleza original. Mucho se dice sobre las comidas transgénicas, que causan cáncer (del original, no una copia barata) que causan infertilidad o que a la larga van a causar mutaciones en los seres humanos (porque lo igual engendra lo semejante y los maíces transgénicos son mutaciones de lo original). Vaya, esta adicción nos ha llevado chistosamente a buscar originales hasta en nuestras raíces prehispánicas (que son más nuestras que las de nuestros padres, que por suerte no fueron prehispánicos), y a su vez, un forzado e infértil esfuerzo por adoptar (por no decir copiar) tradiciones genuinamente occidentales como lo es la filosofía a estas raíces salvajes. Vaya, que el príncipe poeta haya hecho filosofía de verdad como la de Nietzsche y que necesite ser anunciada (para darle veracidad, originalidad) por una niña tocando una concha de mar para yo enterarme de que esa es la verdad; no le quita la piratería al asunto.

Pero la copiadera no para ahí, digo, la propagación de la originalidad, porque si seguimos ese asunto nos llegamos a estampar con el problema de si hay cosas más originales que otras (en un principio diríamos que sí, los tenis Nike son más Nike que los Mike), como que las tradiciones de la antigua dinastía Tokugawa son más tradicionales que las que se enseñaban en el Calmecac, o que dar el grito de Independencia en el zócalo en la actualidad. Y podemos expandir este problema a los nórdicos, a los franceses, a los peruanos (que según nos cuenta Locke, devoraban a sus hijos bastardos copiando la moda contemporánea bárbara europea), a las danzas y al amor. Porque, eso de que el amor francés es más amor que el mexicano pues como que no me cuadra, no sé por qué. Vaya, hay que establecer un límite a la originalidad, y hay que marcar desde dónde inicia tanta copiadera, para poder así conservar y reproducir lo que en un principio fue original. Bueno, suficiente con tanta enmarañadería, no vengo a hablar hoy acerca de los problemas de ser más iguales que otros, o ser más distintos que aquestos. No, lo que vengo a hacer en el texto presente, es a platicarles por qué vengo a platicarles sobre lo original.

Hace ya varios otoños, me encontraba jugando póquer con un buen amigo cuyo nombre no mencionaré aquí, pero que la mayoría de los lectores de este blog conocen, y al que le gustan esos problemas de la mímesis. Jugábamos con fichas falsas, bueno, ni eran fichas, eran cartas de otra baraja que representaban fichas de cierta denominación la cuál dictaba el color al reverso de las barajas. Ocupábamos dos, una baraja roja que valía el doble de la baraja azul y jugábamos con la baraja del reverso verde. La partida tuvo la peculiaridad de que en algún momento olvidé quemar una de las cartas de la baraja de juego. Se dice quemar, cuando a la carta superior del mazo se retira para revelar la que le sigue, dando cierta fe de legalidad al juego mostrando que las cartas no están acomodadas de cierta manera que terminará por favorecer a alguno de los jugadores. Bueno, mi amigo protestó porque yo no había quemado una carta en esa ocasión, yo le respondí que eso no importaba porque no había acomodado las cartas y de todos modos yo estaba vencido ya con el as revelado en el river. En tono burlón le comenté que no afectaba la suerte que yo quemara o no las cartas, a lo que él respondió que sí, que a lo mejor no lo podía probar pero que se sentía incómodo sabiendo que al no quemar, la carta revelada no era la que debía revelarse. Seguimos jugando sin más reflexión sobre esto, pero sí con harta incomodidad de su parte porque yo seguí negándome a quemar las cartas correspondientes solo por molestarlo. Vaya, no estoy muy seguro de cómo abordar esto, tal vez se note en la introducción que rebota en muchos sentidos y que no supe encausar bien, pero, desde entonces tengo la duda de si hay modo de hacer más azaroso un juego. Vaya, ¿es cierto que es más azaroso quemar una carta que no quemarla? En aquella ocasión tocamos el tema pero no pasó de unas cuantas risas, porque a decir verdad el problema nos supera.

Bueno, hoy, me volví a topar un problema similar, y es que me parece increíble y chistoso al mismo tiempo, es por eso que quise compartirlo. Pero antes, todavía me resta otro preámbulo que me parece conveniente. A la fecha (no de publicación, sino de cuando escribí esto) llevo jugando póquer tres meses sin perder, más de 20000 manos y tengo más dinero del que tenía cuando comencé. No quiero alardear, lo digo porque me parece pertinente. Cuando uno está aprendiendo a jugar, lo primero que debe saber es que en el Texas Hold em cuando recibe un par de ases por mano, tiene un ochenta porciento de probabilidad de ganar esa mano. Ok, seguro los matemáticos, los ingenieros y los actuarios me resuelven el problema con una mano en la cintura y la otra en una cerveza, pero en lo personal me parece absurdo creer que un par de ases tiene un ochenta por ciento de probabilidad de ganar. La manera que conozco de demostrar que esto es cierto, es sencilla, tomas una muestra de todos los pares de ases que has jugado y verás que has ganado un número cercano al ochenta por ciento, de no ser así, necesitas una muestra más grande, pero es seguro que con cincuenta mil manos como las que yo he jugado es suficiente para demostrarlo. El problema que yo veo es que no para ahí el asunto, y que cuando un juega póquer, no tiene cuándo acabar, las manos que va a jugar serán limitadas, sí, porque la muerte terminará ganándole a uno la partida, pero son un número infinito porque no sabemos cuánto vamos a jugar antes de morir. Una vez dicho esto, puedo mostrar que me parece absurdo creer que hay tal cosa como ochenta por ciento de infinito. El problema se complica cuando jugamos póquer en línea, donde podemos ser omnipresentes y jugar más manos de las que jugaríamos originalmente. Nanonoko es un jugador japonés que se volvió famosito por jugar al mismo tiempo en cincuenta mesas, algo que de ser posible en la vida real, tardaría mucho tiempo en realizarse. Gracias a la tecnología que tenemos en la actualidad, esto es posible.

Ya, sin más preámbulos, escuchaba a otro buen amigo mío lloriquear porque ha perdido con par de reyes (que tienen algo así como setenta por ciento de probabilidad de ganar) veintiocho de treinta manos jugadas. Me decía que era imposible porque no cuadraba con las probabilidades que debía tener dicha mano y por lo tanto el software que usamos para jugar póquer en línea está alterado. Bueno, ahora que saben que pienso que es absurdo confiar en las probabilidades, no les extrañará que le diga a mi amigo que la sala de póquer en la que jugamos no está alterada y que funciona correctamente. Su respuesta es lo que me trajo a escribir este choro interminable, me dijo “ya no aguanto más por ir a sentarme una mesa real donde las probabilidades funcionan como deben”. Nuevamente me encuentro con el problema original de la carta quemada, o si no lo es, es una copia muy parecida. El problema es que mi amigo cree que hay tal cosa como un azar artificial, vaya un azar pirata que nos vende Pokerstars para quitarnos nuestro dinero. Mi intención no es exhibir las creencias de un jugador, mucho menos contarles un choro mareador o tratar de convencerlos de que el póquer en línea es legal y no hace trampa. No, quiero abordar el problema de que distinguir lo original de lo copiado se agrava (al menos para mis luces) a la hora de querer distinguir el azar original del que es su copia (o para a final de cuentas cualquier cosa, bajo nuestras condiciones culturales). ¿Cómo uno puede siquiera llegar a comenzar a explorar tan tremendo problema? Si logro al menos señalarlo aquí, me daré por bien servido. Podemos admitir, como yo, que en cuanto al azar es una y la misma cosa no importando si es generado por la computadora o por la naturaleza, o puede suceder que lo que hacen las computadoras no sea nada parecido al azar y nomás sea un chocho que nos vendieron los matemáticos y que aceptamos porque no sabemos nada sobre el azar, pero eso no pasa porque las matemáticas no mienten; o también podemos meternos al problema de lleno y no dejar a un lado que hay un supuesto tremendo donde recargamos nuestra cabeza y creemos que una máquina puede reproducir tal cosa como el azar (o el caos si se me permite la extensión, porque si algo conocemos con tal minucia como para poder ser reproducido, eso es el azar). Las páginas que generan números al azar (RNG por sus siglas en inglés) parecería que hacen la misma labor que hace el Mar cuando decide devorar un buque de pesquero, o el que hace el subconsciente al dictarnos nuestras vidas cotidianas, o el que hace el psicólogo al diagnosticarnos, o el que hace cupido al flecharnos (disculpen la blasfemia). No estoy seguro de si se puede tomar demasiado en serio el problema, ya que basta con decir que sí es el mismo azar a la hora de barajar las cartas con las manos que el que influye en las máquinas del RNG. Es sencillo dar esta respuesta porque vivimos en una época contradictoria donde distinguir se vuelve un crimen, ¿¡Qué podemos esperar de un mundo donde la discriminación es el peor de los insultos!?. No, no, no, en nuestro tiempo, no queremos discriminar, es mejor aceptar contradicciones como la que nos dicta el dogma de realizarnos como un individuo a su vez que buscamos todos (por mandato de los sacerdotes del azar llamados psicólogos) a ser integrales (es decir, hacer una comunión con un montón de cosas, hablando muy en general). A su vez, aceptamos que todas las culturas tienen el mismo valor, de la misma manera en que todos los seres humanos son igual de especiales, al tiempo en que nos despedazamos por agarrar un hueso en un sistema macabramente capitalista que nos obliga a sobresalir o ser dominados (a pesar de nuestra igualdad). Como buen adicto contemporáneo que soy, me alejo de las distinciones, me bastará con decir que son una y la misma cosa el azar natural y el creado sintéticamente y me saldré a la calle tranquilo a adoptar a un perro callejero (porque ellos también tienen derechos); a su vez diré que todos somos igual de excelentes (incluidos los perritos) porque de ese modo me libro del pesar de pensar que hay muchos hombres mejores que yo; a su vez haré como que un montón de salvajes caníbales tenían una rica cultura y yo la heredé, de ese modo me libraré de aceptar la realidad de que mi cultura es ecléctica desde su más profundo principio, y por lo tanto es una especie de maíz transgénico del que Centeōtl se avergonzaría llorando atole cien por ciento puro. Me gusta pensar que mi cultura es tan original como la griega, mi política tan justa como la de Estados Unidos, mi azar tan oscuro como el caos, y mi adicción a la soberbia tan genuinamente falsa como la de cualquier psicólogo de mi tiempo

I Ching

Caen las monedas

y el azar se dibuja

inevitable.