La Ley Sinvergüenza

“Desaparece la abundancia para las querencias diarias
y aparece un sórdido maestro que, a muchos,
les iguala su temperamento a su fortuna”.

–Tucídides

Jamás he conocido a nadie que piense que las leyes de nuestro país son exacta y únicamente la justicia. Lo más cercano quizá serían las personas que argumentan que la única manera lícita de juzgar qué es bueno y qué es malo tiene que basarse en la legitimidad oficial y, por tanto, en la interpretación de la ley; pero son esas personas las primeras que obvian que hay modos justos y modos injustos de interpretar las leyes (aun quienes abogan que sólo los modos útiles son permisibles), y quienes primero sacan provecho de las posibilidades personales que les brinda tal maleabilidad. Incluso, para muchos de ellos la ley es más grave en la costumbre y el uso que en la escritura, y el modo en el que pueden hacerse las cosas es el primero en darse a interpretar. El modo en que deben queda siempre después, cuando se le considera.

Independientemente de las buenas, malas, muchas o pocas razones que puedan tenerse para decidirse por alguna posición de la cuestión, el hecho es que actualmente vivimos entre interpretaciones propias y ajenas de lo que es justo de un modo mucho más contrastante que entre quienes entienden la ley como simplemente justa. Llega a ser abrumador. Por un lado, no le veo lo malo a que cada uno de nosotros tenga la posibilidad de fortalecer su opinión sobre lo que cree justo; pero por el otro, la constante tensión hace que fácilmente esa misma opinión vaya perdiendo su peso común hasta que cada cuál iguala lo justo a lo inmediatamente útil para él (o los suyos). No quedan después de esa identificación causas para sentir vergüenza por hacer lo que sea, siempre que el provecho sea evidente.

Esta semana, un servidor de la Comisión Federal de Electricidad me dijo de frente y con una sonrisa que meneaba su bigote pintado de negro: “desafortunadamente, a veces mis compañeros se dejan sobornar. ¿Qué se le va a hacer?”. En nuestras condiciones, esta pregunta no es un modismo. ¿Qué se le va a hacer? Uno pregunta eso porque está obligado a pensar qué sería bueno hacer, qué sería justo y qué sería posible. Sólo en la imaginación nos queda representarnos esas condiciones en las que lo justo, lo legal y lo posible son la misma cosa, y en la esperanza que en una frase como la del servidor público tampoco sea modismo el “desafortunadamente”.

Un hombre solo no puede, por más justo que se proponga ser, ejercer su justicia sin consideración de la ley en la sociedad en la que vive. En nuestro caso, menos aún por cuanto resulta que la acción de este hombre justo imaginario no sólo estaría fuera de la ley, sino contra ella. Esto no está cerca de ser un pensamiento precipitado porque la ley escrita no es la vigente en un país donde se le cambia diariamente y donde los que la procuran más bien actúan según su concepción de lo más útil para ellos. Donde las leyes de nombre son farsas, la ley está en otro lugar. Es lo mismo que suponer que el más fuerte rige reconociendo solamente la victoria de su fuerza sobre la debilidad de los demás, a los que les queda solamente acatar su mandato o desaparecer. Yo, por lo menos, no tengo reparo en admitir que tal estado es, efectivamente, desafortunado y vergonzoso. Donde no queda ya vergüenza cada quién tiene, como dice Tucídides, su temperamento al mismo nivel que su fortuna.

El Muelle

“El valor de los hombres de antaño es una medida injusta para nuestros tiempos –pensaba el marinero–, tanto como esperar de la refulgente ciudad que muestre por las noches las estrellas como se miran en alta mar”. Desde su ventana el rugido mortuorio de las dolidas lenguas marinas se escuchaba claro y grave. Algo en ese sonsonete hacía resurgir en su mente la voz de su abuelo, pronosticando remordimientos en esos tiempos en los que había aún razones para arrepentirse. Veía en su memoria la espuma tragada por las arenas de costas cafés que raspaban los pies como lija y no devolvían ni disculpas. Se miraban casi con tanta vida como los reflejos allá afuera, ahora. “Ahora”, dijo entre jadeos, intentando enfocar. Un bote azul de madera añejada por sus viajes comerciales entre ciudades rivales golpeaba en su insipiente vaivén los palos del muellecillo decoroso que resistía un día más aún éste y muchos otros suaves embates, como un anciano comprensivo que deja que el infante dé de golpes en sus piernas con sus manos lácteas. Blandos golpes para tan severas vigas. Los puertos que habían sido saqueados por piratas y defendidos por héroes corsarios desplegaban estandartes nobilísimos, arrebataban suspiros y se regodeaban de augusta compostura; éste no. Este sitio en la bahía se había construido ahora que todo estaba descubierto, ahora que de las obras de los hombres sólo se esperaba que soportaran el paso de unos cuantos soles sin quejarse de más.

Anciano el bote, y mucho más anciano el puerto, los miraba por su ventana el marinero, el más vetusto de los tres. Sus blandos pensamientos cosquilleaban como la sangre regresando a la arteria que la extrañaba, y luego calmos se sumían en los muros rosados de la alcaldía para perderse de nuevo. Ese edificio brotaba del muelle con un espasmo del paisaje y entristecía los grises cielos del Verano con su techo alicaído y su chimenea de latón ennegrecido, tosiente. “El color de la rosa no va bien con el mar”, había pensado el marinero los últimos días, mirando recostado en su lecho. ¿Qué había hecho con su mando, qué hombres había mejorado, qué tesoros había descubierto, qué trazas malignas había segado? El lento tronar del bote jalaba de las amarras del último barco que lo vio surcar mar abierto con los brazos descansados y la voz sin alarma o entusiasmo. El pequeño velero sollozaba también con el recital del viento. Las voces del puerto poco a poco se perdían hundidas en el fugaz atardecer que ilumina de un anaranjado floral todas las cosas del mundo sólo un instante. Ya había pasado.

El marinero lloró esa última noche al no ver más su velero, ni su bote, ni los sólidos maderos. ¿Dónde están cuando nada los alumbra? Su faz se redujo a una mueca que nadie pudo ver, porque pese a todos sus esfuerzos, él sabía en el fondo de su blanda alma que nunca había hecho nada por sobreponerse a la terrible fuerza del mar.

Dilema Bárbaro

“Es que ya no sé qué hacer, papá –se quejaba desconsolado el padre de Bocelarto–, ya no sé qué hacer. No hace caso a nada de lo que le dice nadie, no tiene respeto ni por sus mayores ni por sus amigos, se ríe en tu cara cuando lo tratas de castigar, y la psicóloga dice que tiene problemas de atención, pero en casa hemos hecho de todo para que esté lo más cómodo y a gusto posible, nos hemos atenido a sus intereses y a su modo de aprendizaje; ¡y aún así se distrae! Ya no es la primera vez que lo corren de una escuela, dice majaderías que a mí no se me habrían ocurrido ni en la carrera, papá, y lo peor del caso es que ya lastimó a uno de sus compañeritos en la escuela. No sé qué hacer.”

El abuelo del susodicho escuchaba atentamente, con la frente hendida abatiéndose en un ceño serio y pensativo, y no podía más que sentir una profunda compasión por las lágrimas de su hijo que veía yermo todo esfuerzo, y al mismo tiempo, una clase de decepción por su incapacidad le impedía afligirse por completo mirándolo a él como víctima. El pobre hombre continuó: “Papá, a estas alturas de veras ya no sé si sea mejor seguirlo guiando por sus propios intereses, como dice la psicóloga, o… –se detuvo porque no estaba seguro de cómo decir lo siguiente–, …o recurrir a métodos más severos. Y me refiero a métodos físicos.”

El anciano abrió los ojos tras este desenvolvimiento inesperado del discurso. Él no le había pegado más que nalgadas comunes y corrientes a su hijo cuando éste se portó mal en su época de travesuras, y el tono en el que hablaba el acongojado sugería un poco más que ese trato. El abuelo se levantó, indignado, y solamente dijo a modo de despedida: “¿Ésas son las únicas cosas que se te ocurren para educar a tu hijo? ¡Debería darte vergüenza! Cierra cuando salgas”, y tras ello subió las escaleras a su habitación, dando bien a entender que la reunión había terminado. Esa tarde el padre de Bocelarto regresó a su casa cabizbajo con la voz seca y muy queda, sin dirigirse más que humildemente a su familia. Hablar con su hijo tendría que esperar, pues se sentía tan avergonzado como hacía muchísimo tiempo no le ocurría.

El País Robado

Estoy casi seguro de que poquísimos (si acaso algunos) en este país piensan que el poder no es capaz de corromper a un hombre. La mayoría más bien piensa que se necesitaría una clase extraordinaria de persona para soportar los encantos del poder sin ceder a su peor y más baja clase; que buenas familias y honestas relaciones se han corroído como hierro a la intemperie en cantidades incontables; y que todo eso es de lo más natural. ¿No es sintomático del estado del país que no pongamos en duda ni siquiera un poco esta constancia malhadada del poder?

Parece que la educación que llevamos nos inclina a aceptar la corrupción como un fenómeno tan natural que podría acoplarse con el rocío y la neblina matutina o con la tormenta de relámpagos, y nadie tendría buenas razones para negar la relación. Y no sólo vemos con una insensibilidad atroz la corrupción de las personas con las que vivimos, sino que la asociación con ellas también nos parece de lo más regular: el cuate ése que checa el medidor de agua le pidió dinero al vecino para medirle menos, o el de adelante de la fila pagó por su calcomanía doble cero, o ese profesor salió de un pleito de acoso sexual con ayuda de sus contactos; y los saludamos, pasamos al lado suyo, hacemos negocio con ellos, o nosotros mismos somos ellos. Esta misma semana un sujeto me ofreció diplomas y títulos falsificados en el centro de la ciudad como si me ofreciera chicles, y se hubiera visto ridículo que me mostrara insultado. Estamos tan cansados de la violencia y la deshonestidad que la hemos aceptado con una resobada indignación que poco a poco se vuelve más bien conformismo. ¡Ahora hasta nos gustaría volver a ser “el país del no pasa nada”! Encuentro eso tristísimo. Según el sentimiento popular la vida nos ha enseñado que el mundo quita tanto que más vale estar al pendiente de cuándo puede uno mismo quitar para su provecho. ¿Y nos cuestionamos si esto es cierto? Por supuesto que no. Por eso, si uno de estos días entran a alguna página que anuncie la muerte violenta y espantosa de algún sicario del narcotráfico o de algún político corrupto (hemos aceptado que estas fórmulas son redundantes), verán que la mayoría de los comentarios tiene el tono de: “qué bueno, se lo merecía por desgraciado.”

¿Eso somos nosotros? ¿Somos los que se alegran de la muerte sanguinaria? ¿Somos los encadenados que no hacen daño por temor a las consecuencias? Cuando me han preguntado si amo mi país o no (especialmente la gente mayor en Septiembre), he pensado muchas veces con tristeza que podría decir que sí, pero que queda muy poco bueno de él, como si lo vil fuera ajeno y se estuviera introduciendo como enfermedad al pueblo que alguna vez fue sano; pero ahora me he preguntado si no es mi país el corrupto, si no es que nos han educado hacia la dureza del mundo con una barbarie que no podría amarse jamás sin ser uno un salvaje, y si no es el caso que los extranjeros somos los pocos que preferirían mil veces perdonar a alegrarse en el fondo del corazón del asesinato de un desconocido. Si un puerto es asaltado por piratas que usurpan sus casas, sus huertos, esclavizan a sus hombres y asesinan a sus gobernantes, ¿quién diría que ése sigue siendo el mismo puerto, aunque los asaltantes conservaran el nombre? ¿No es más sensible suponer que sus modos y acciones son más el pueblo que el nombre y el sitio en el que habitan? Si los nuevos dueños del lugar son sólo diez y sus esclavos trescientos, tres mil, o trescientos miles de millones, da lo mismo: la mayoría sin poder no hace a la ciudad más de lo que innumerables rectas pueden hacer un círculo. Y si quienes tienen poder para gobernar a miles son más la ciudad que los que no pueden más que acceder o quejarse amargamente en sus casas hasta que algo malo les pasa a ellos, ¿no estamos en la misma situación, más o menos? Y más espantoso si según nuestros modos el poder y su abuso son inseparables. Antes que ser mexicanos asediados por los corruptos más me parece que somos despatriados asediados por México.

Callados a la Fuerza

Hace poco conversaba con alguien sobre la dignidad, y éste me dijo que era exagerado decir que un hombre podría llegar a vivir como un perro. Implícitamente él me preguntaba cómo podría yo saber que alguien no debería ser considerado humano como el resto. Si su apariencia se transformara sería fácil de identificar, pero no lo hace; ni siquiera los más cínicos viven estrictamente en los modos de los perros. La transformación lenta de un pueblo hacia lo más vil ocurre en el fondo de los corazones y su apariencia sólo son sus actos. Es verdad, ningún hombre se convierte en perro realmente; pero el perro es sólo una imagen poética que acentúa algo que hace mucho tiempo dijo un hombre sabio: el ser humano puede ser el mejor de los animales, pero también el peor de ellos. ¿Y cómo sabemos hoy, en un país podrido de crimen, que esto es cierto? La negra indignación que poco a poco me cierra la garganta responde a la pregunta, junto con la frustración de todos los demás que la sentimos. Maldita ola de odio que nos hace a todos enemigos de todos y nos arrebata toda esperanza de vivir bien. El hombre es el ser que habla, que nombra y platica, que cuenta y comunica. Sin embargo, ante la violencia ciega, la violencia imbécil sin sentido que destruye lo que más queremos sin razón ni concierto, nada hay que decir. Todo esto sobra ante esa violencia. La violencia nos calla y, por eso, nos hace bárbaros. No nos hace perros, nos hace peores que perros.