Batología

Conviene escribir bato en vez de vato, en el sentido coloquial que nombra a una persona cualquiera o a alguien con afecto, como suele hacerse en Estados Unidos y en México (mayormente en el norte y cada vez más extendido por el resto del territorio). La forma con v es por mucho la más vista en la escritura cotidiana así como en la literatura chicana1, cosa que afianza su aspecto en la imaginación de los hablantes y puede generar resistencia a la forma con b. No hay ninguna base fonética para preferir la una a la otra, pues en español la pronunciación de ambas grafías es la misma2. Tampoco es muy confiable la etimología que ofrece Luis Urrea3, que deriva la palabra del uso de chivato que hacían los hispanos en Estados Unidos en los 50s. Popularizado por los Pachucos, esto es un insulto para nombrar a los delatores y también un epíteto de cariño rudo; pero más probable es que chivato así usado coexistiera con bato, palabra mucho más antigua que el epíteto del soplón, y que de ahí se asumiera una falsa relación por la que se asimiló su grafía. Algo similar parece haberle ocurrido a vaho, cuya forma baho desapareció por la cercanía aparente que tiene su significado con la palabra vapor. La segunda dificultad para aceptar esta escritura con b puede ser que la definición del DRAE, «hombre tonto, o rústico y de pocos alcances»4, parece desdeñosa o cuando menos condescendiente, mientras que el uso coloquial suele ser más bien impersonal y tibio (se usa de modo semejante a tipo y fulano, o a güey en el centro de México) o hasta afectivo. Esto no basta para admitir que bato sea una palabra distinta a la que nos ocupa. No son raros los casos de palabras que siendo algo ásperas terminan por perder la raspa por su uso juguetón y muy frecuente (como güey, de buey, que el DRAE sigue refiriendo únicamente como «persona tonta», o precisamente como supone Luis Urrea que sucedió con chivato). Una lectura del Diccionario de mexicanismos apunta a esta evolución de la palabra bato y confirma la conveniencia de escribirla con b, pues la presenta en sus cuatro acepciones como persona, como joven, como persona indeterminada, y finalmente como interlocutor afectivamente cercano5 (en ningún caso como alguien rústico o tonto).

La presencia de bato en el español es notoria históricamente para referir a aldeanos o campesinos6, pero la etimología de la palabra es discutida. En las últimas tres ediciones del DRAE se dice que su origen es incierto7. En la de 1925 se decía que venía del rey Bato I, fundador griego de Cirene en el 631 a. C., que era famosamente tartamudo, mientras que en la de 1884 se hablaba de la tartamudez en general en «alusión a la torpeza de los rústicos en la manera de expresarse» (en griego antiguo, tartamudo se decía báttos8). Corominas, sin embargo, piensa que tal es una etimología falsa surgida de una coincidencia casual. Él dice que probablemente venga de que el verbo batir nos dio batueco, que es como se llama al huevo huero por el ruido que hace al agitarlo. En España la palabra batueco ha sido usada como nombre para aldeanos y, como dice la definición actual de bato, gente rústica o de pocos alcances, con otras variaciones regionales (como baturro en Aragón, nombre del campesino), habiendo llegado hasta a ser aplicado «por antonomasia a los habitantes de Las Batuecas»9. Éste es un valle en España donde viven los batuecos, quienes son proverbialmente desconocedores de los ires y venires del resto del mundo10. Me imagino que el paso supuesto por esta etimología figura del huevo huero a la persona, en referencia metafórica a la oquedad de su cabeza y, seguramente, como ocurrió con bato, su madre batueco (según Corominas) ha tenido el mismo pulimento por el que empezando por ser despreciativo se vuelve apelativo jocoso. ¿Sería demasiado imaginar que una coincidencia hubiera dado pie al juego de palabras por el que a quien se tuviera por batueco se le dijera bato, recordando al renombrado tartamudo?

Hay otro famoso Bato que no he visto mencionado en ninguna etimología de esta palabra. Se trata del pastor anciano que atestiguó cómo Mercurio se robaba las reses de Apolo (quien tocando la zampoña más ocupado estaba de su amor que de su grey)11. Mercurio primero lo soborna con una vaca para que no diga nada, pero luego luego regresa disfrazado y pregunta por el ganado perdido prometiéndole un toro a cambio de su ayuda. Bato, que evidentemente es de pocas luces, no vacila en aceptar también el segundo regalo y delata el escondite. Mercurio se le revela entonces y lo convierte en piedra por su perfidia; en una piedra de toque específicamente. En latín «piedra de toque» y «delator» se decían igual: index. Así, este chivato termina dándole la mala fama de delatoras a todas las demás piedras de toque, que ninguna culpa tienen12. ¿Será que no es defecto del habla lo que acaece al bato, el tartamudeo, sino que en la parlería tiene un vicio del lenguaje? Nos excederíamos suponiendo que este cuento es en algún modo causa de la palabra bato en su uso en el español actual, lo que explicaría su falta de consideración en las etimologías, y no parece posible saber si se llamó Bato a este pastor por bato, o si por Bato es que son batos los pastores; pero elucubrando por puro gusto, es posible imaginar que el tartamudo rústico de cabeza hueca tal vez sea también chivato de cabeza dura, pues es la mayoría de la gente descuidada con la lengua, y que como ha ocurrido con tantos nombres con el tiempo fue puliéndose y gastándose como se gasta la piedra vieja, hasta que pierde todo filo de animosidad y no le queda sino la cercanía del semejante.


1 Quizá esta popularización tenga su causa en la pandilla «Vatos Locos» fundada en los 30s en la ciudad de Los Ángeles y cuyos grafitis siguen siendo parte del imaginario popular. En 1979 escribe Alejandro Marcos Morales, estadounidense de California que publica en inglés y español, y que figura entre los exponentes de la literatura chicana, en La verdad sin voz: «Chingao y yo porque me siento estúpido, que no soy inteligente, que no valgo nada, pero él sí no es estúpido, y es inteligente, y sí vale. Qué suerte tiene el vato». Ni el CREA ni el CORDE de la Real Academia Española registran otra aparición de vato además de ésta. (Las excepciones son un pueblo llamado Vato e, incidentalmente, un registro por error del Lunario sentimental de Leopoldo Lugones con la frase «vato ademán» ahí donde debería ser «vasto ademán»).

2 Como dice el Diccionario panhispánico de dudas: «No existe en español diferencia alguna en la pronunciación de las letras b y v. Las dos representan hoy el sonido bilabial sonoro /b/ (…) En resumen, la pronunciación correcta de la letra v en español es idéntica a la de la b, por lo que no existe oralmente ninguna diferencia en nuestro idioma entre palabras como baca y vaca, bello y vello, acerbo y acervo».

3 Luis Alberto Urrea y José Galvez, Vatos. Por supuesto, esto no es decir que no sea correcta su observación sobre el uso de la palabra. Es valiosa su sugerencia: los chicanos en Estados Unidos, hermanados por el racismo vertido hacia ellos, asimilaban insultos y nombres que eran desagradables para los «buenos mexicanos», inmunizándose así contra el desprecio.

4 «bato1» en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, ed. 23. Interesante sería averiguar si hay alguna relación con el caló bato que, según este diccionario, significa «padre»; aunque Corominas dice que ese uso en Andalucía, tomado del gitano («seguramente de origen eslavo»), es independiente (Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, volumen 1). Hay además una palabra judeoespañola bato que significaba una medida de líquido y el cántaro en el que se le sirve (Alfonso X, General Estoria, libro XXV, §11); y parece haber otra que refiere a alguna hondura de un cuerpo acuoso, probablemente relacionada con la anterior (Anónimo, Relaciones topográficas de Venezuela, 1815-1819, consultado en el CORDE), además del nombre de una pelota en el juego de los indígenas de algunas islas del mar de Antillas (Alemany y Bolufer, Diccionario de la lengua española, 1917).

5 «bato» en el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, 2010. Véase también que el Diccionario del español de México de El Colegio de México (consultado en línea en febrero del 2018) refiere a bato como «Hombre o muchacho».

6 Por ejemplos:

  • Diego Saiz San Martín, Súplica, por 1600: «que Vuestra Alteza mande que los corregidores y jueces que tuvieron los indios no puedan tratar ni contratar con ellos, so graves penas, porque por haber tratado con ellos están los naturales muy pobres y la tierra muy estrecha, por haberse los batos de la provincia convertídose entre los corregidores como cosa propia y ser muy en perjuicio de ellos», consultado en el CORDE (la traslación a la ortografía actual es mía).
  • Lope de Vega, Pastores de Belén, prosas y versos divinos, 1612, cuyo personaje idílico Bato es acompañado por otros como El Rústico, y dice: «Cantaba en esta selva un sabio histórico, | que a Dios agrada un simple ingenio tépido [¿tibio?] | más que las elocuencias del retórico».
  • Julián Zugasti y Sáenz, El bandolerismo. Estudio social y memorias históricas, 1876-1880, consultado en el CORDE: «Ya sabéis que en la carta se le decía al bato que el que tráese la respuesta había de ir por el camino marcado, subido en una burra… […] …en seguida se me cayeron los palos del sombrajo, cuando me dijo que los batos eran unos pobrecitos, y que era una locura pedirles doce mil duros».
  • Emiliano de Arriaga, Lexicón etimológico, naturalista y popular del Bilbaíno neto, 1896: «Bato se llamaba el aldeano ya maduro, que venía á la villa con el clásico y cónico sombrerote negro (…) á pesar de su rusticidad conocía bien á fondo la gramática parda».
  • Miguel de Unamuno, Recuerdos de niñez y de mocedad, 1908: «El aldeano –jebo o bato, que con estos dos nombres se le conocía en Bilbao entre nosotros…».

7 Curioso es que las ediciones de 1970 y 1984 del DRAE dijeron que bato venía de la voz onomatopéyica bat, del bostezo. ¿Por qué ocurrió este cambio? Después no se volvió a considerar esta etimología. Lo sugerente es que se insista en la expresión del que bosteza como si la del imbécil nos la recordara, y ésta (supone esta etimología) fuera la característica notable del bato. Contrastan el hablador rústico, parlero e insensato, con el silencioso boquiabierto que no entiende nada. Probablemente se haya tratado de un error de alguien que leyó la onomatopeya baf y la tomó por bat, en algún tratamiento de voces como vaho, baho, o bafo, que se suponen brotadas de este sonido que «expresa el soplo o aliento del vapor», dice Corominas (entrada «vaho»), y añade que «la onomatopeya BAF está en relación de apofonía vocálica con BUF», de donde siguen bufar, bofe y búho.

8 βάττος, según el lexicón de Liddell, Scott y Jones es el tartamudo o el zipizape (dicho de paso, el DRAE no registra «zipizape» como se le usa en México, como quien tiene problemas de ceceo, sino como una riña ruidosa). El nombre del rey de Cirene es ése también, Βάττος. El verbo de tartamudear es βατταρίζειν (battarízein), voz que Beekes sospecha onomatopéyica (Etymological Dictionary of the Greek). En el Teetetes de Platón, Sócrates dice que quienes están acostumbrados a enfrentar polémicas con erística quedan, a la vista de los hombres libres, como tartamudos ridículos cuando se les empuja a discutir con seriedad sobre la naturaleza de los temas que suelen rozar, como la realeza o la felicidad humana (175b-c). Desconozco si la primacía la tiene el tartamudo o el rey; es decir, si por llamarse Báttos el rey tartamudo se decía que quien hablaba como él era un báttos, o si por llamar báttos al tartamudo en general, se llamó Báttos a este rey que tartamudeaba, como un apodo (así como se le decía a Demóstenes «Βάτταλος (Báttalos)», otra forma de decir tartamudo). Dice Juniano Justino que el nombre original del rey Báttos era Aristeo (Historias filípicas, XIII, 7), lo que convendría a la segunda alternativa; pero Heródoto afirma que báttos era una palabra libia para rey, lo cual convendría más a la primera alternativa (IV, 155. En realidad, Heródoto no hace sino mantener esta ambigüedad, afirmando al mismo tiempo aquesto y que se cuenta que lo nombraron así por ser de débil y tartamudo discurso). Claro, es posible una tercera: que sea todo coincidencia, que rey se dijera tartamudo en el idioma de los libios, y que el rey llamado Tartamudo fuera, incidentalmente, tartamudo; pero aunque en este mundo es verosímil que pasen muchas cosas inverosímiles, lo dudo.

9 Joan Corominas, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, volumen 1.

10 Véase Lope de Vega, Las Batuecas del Duque de Alba, de donde viene probablemente tal fama. Esta comedia se puede leer completa en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Se puede leer también esta relación en el diccionario etimológico en línea Etimologías de Chile.

11 Ovidio, Metamorfosis, libro II, vv. 676-707. Es mencionado como nombre del pastor en esta historia en el Diccionario nacional de la lengua española de Don Ramón Domínguez, y en el Diccionario enciclopédico de la lengua española de Gaspar y Roig, ambos de 1853. El primero indica que por extensión nombra al hablador.

12 Un maravillante recuerdo de esta historia, y de otros sufrimientos iguales o más terribles, está en una canción llamada Las maldiciones de Salaya: «…como el hecho por Oileo | rayo de fuego tifeo | te traspase tus entrañas, | siempre tengas tales mañas | como las de Polimnestor, | como Bato el mal pastor | seas convertido en canto, | Dios te dé tanto quebranto | como tuvo el rey Edipo, | Tideo como a Melanipo | comas cabezas de hombre, | robador tengas por nombre…»; está recogida en el CORDE y también, con algunas diferencias de ortografía y menores variaciones en el orden de las coplas, en el segundo volumen del Romancero general de Agustín Durán, coplada por Diego García (En otras partes se le encuentra mencionada con el muy colorido título Maldiciones de Salaya contra un criado suyo llamado Misancho sobre una capa que le hurtó). Bernardo Pérez de Chinchón, en su libro La lengua de erasmo nuevamente romançada por muy elegante estilo, de 1533, escribe sobre el lenguaje que «de ninguna cosa tienen los hombres menos cuidado que de la lengua, pues traemos en ella a lo uno y a lo otro: conviene a saber veneno mortal y medicina saludable», y sobre los vicios del lenguaje hace esta observación: «a los que no guardan secretos los llaman ‹cántaro horadado›, ‹harneros›, y al mismo vicio de la parlería ‹borrachera sin vino›, porque como el beodo no sabe con el calor del vino callar los secretos, así hay algunos beodos de este vicio de hablar, y que cuanto más hablan, más devanean. El evangelio reprehende también este vicio y llámase ‹Battología›, que quiere decir la parlería de Batto» (la traslación al español actual es mía). Después procede a contar el cuento de Ovidio referido aquí. También Ignacio de Luzán, en su Arte de hablar, piensa que hay una relación entre el Bato de Ovidio y «uno de los defectos más ordinarios en el vulgo, o por ignorancia o por falta de memoria», por el que se repite inútilmente muchas veces la misma cosa. «Este defecto se llama, con griego vocablo, tautología; o batología, por un cierto Bato», y luego procede a mostrarnos que incluso Ovidio es repetitivo en estos versos para producir el efecto del bato.