Desánimo

Juana, como todas las noches, habló con su bocina inteligente y le pidió que rezara el Santo Rosario.

Comenzó la letanía que Juana conocía muy bien con una voz femenina demasiado natural para ser una inteligencia artificial poco desarrollada.

Tal vez no le gustaba rezar sola, tal vez temía que por entregarse al ruego, olvidara el número del misterio en el que se encontraba. Era innegable que con más de dos años de llevar a cabo este hábito, Juana ya se había aprendido de pe a pa, todos los pasos de esta tradición. Sin embargo seguí utilizando la aplicación que con tanta devoción había instalado en su bocina inteligente.

Por supuesto, Dios, no había atendido a ninguno de sus ruegos, pero, eso lo conocemos todos los creyentes. Hacemos nuestras súplicas, comulgamos con con nuestra fe tan solo para mirar cómo nuestro sacrificio no es una moneda de cambio y no será suficiente para persuadir a Dios de que cambie nuestro destino.

Sí, nosotros lo tenemos muy claro, tan claro, que Juana no supo cómo explicarle a su bocina inteligente el por qué después de tanto rezo nada de lo que ella había deseado se había cumplido aún. Cuando los reproches de su inteligencia artificial rompieron tanto con la plegaria como con la profunda meditación que llevaban; Juana en un impulso mecánico, no pudo hacer otra cosa que unirse a la letanía de blasfemias desesperanzadas que inundaron el cuarto.

Transmutar

Había salido de sus entrañas. El experimento que comenzó como un sueño de la infancia, había sido todo un éxito. Los dedos de la criatura tenían la forma perfecta de tentáculos, con ventosas y toda la textura viscosa. Sus ojos, más que un espejo de su alma, eran una tabula rasa, blanquecina y dura, carente de pupilas y atención. Su cara era pequeña, casi casi humanoide, de no ser por su alargada trompa y ausencia de mejillas, bien podría ser tan bello como cualquier actor de Hollywood. Sus alas empapadas de sangre y orina, estaban listas para volar, pero se movían lentamente, con torpeza e inexperiencia, pero tenían toda la fuerza (una vez secas) de levantar ese cuerpecillo musculoso completamente humano. Seguramente todos hemos visto esos bebés alados que llaman querubines, pero esta blasfemia, correspondía en su esencia a la genial idea del doctor Chávez de crear el suyo propio, genéticamente manipulado y e incubado en su propio vientre.

El orgullo le duró muy poco tiempo, no porque el parto de aquél hombre hubiera sido letal. No, eso estaba más que planeado: Vicente sabía que moriría, pero dejaría en el mundo un ser perfecto, a su imagen y semejanza. Su propio querubín que velaría su cuerpo muerto y daría testimonio de la grandeza de su arte. «Mamá» fue la palabra que escupida por esa voz metálica, fría e impía; utilizó la criatura para helar el alma de su creador, que desde el suelo, cubrió su rostro lleno de vergüenza. No podía probarlo, y no había mucho tiempo más de vida, pero sabía, que aquél querubín, no le había llamado así por amor o agradecimiento. Sino que lo había dicho con la más calante y burlona intención. Fue en ese momento en el que entendió, que aquél no era su hijo, y que su creación a pesar de haber nacido de su vientre, no lo había convertido en una auténtica madre.

¡Instante, detente…!

— Perdóname Padre porque he pecado… Fausto comenzó con el ritual, un poco temeroso, un tanto arrepentido, pero sobre todo, harto hasta más no poder de tener esta culpa que le había arrebatado de su alma la facultad de dormir. Su crimen, aunque a los ojos de Dios nada lo sea, era en el reino terrenal de lo mundano y lo banal una situación inconfesable. No había asesinado a nadie, pero la blasfemia que había conferido (a conciencia, para acabarla de amolar) era simplemente inconfesable. ¿A quién más se puede acercar uno en una situación de tan grave falta espiritual, si no es a un sacerdote? Los guías espirituales de otras religiones, tal vez sean más eficaces para tratar cosas más mundanas, o tal vez para traer paz y tranquilidad a situaciones del día a día; no para una falta tan grave, una falta que a todas luces era un insulto a Dios mismo; y Fausto, postrado de rodillas con el alma constreñida, tenía toda la fe del mundo en que esto serviría de algo, en que este dolor tan profundo, tan íntimo, que él podía asegurar (aunque no pudiera probarlo) provenía de la parte de su alma que está más íntimamente ligada a Dios. En pocas palabras y parafraseando lo que a él le había llevado unas semanas comprender, estaba sintiendo en carne propia el dolor que su injuria le había causado al Altísimo.

La confesión corrió como un riachuelo que busca abrirse paso en un camino seco, sus palabras emanaron de su garganta, y conforme iba diciendo su pecado, conforme iba discurriendo y repitiendo aquellas palabras que lo habían situado en aquél oscuro confesionario desnudo ante los ojos del Señor y dispuesto a aceptar cualquier penitencia para purgar su falta; sentía su alma sofocarse más, cada vez más y más. Esto no fue un impedimento, aunque la situación fue dolorosa, y el momento de la reminiscencia fue por demás zahiriente, no solo para él, sino también para el agonizante padre que escuchaba su confesión cada vez más distante, cada vez más perdido; pudo narrar su historia de principio a fin, sin tartamudear siquiera, bueno, la voz le tembló un momento antes de romper en un llanto nacido del más genuino de los arrepentimientos. Sin embargo, Fausto continuó como quien se lanza de un avión con plena confianza de que su paracaídas funcionará. La confesión terminó, y su alma no sintió alivio alguno, no escuchó una sola palabra del sacerdote que detrás de la cortinilla del confesionario yacía muerto. Supuso (equivocadamente), que la gravedad de su pecado había dejado al hombre santo sin palabras y que éste le había regalado la absolución en silencio. Pidió perdón una última vez antes de retirarse y salió del recinto sagrado para no volver jamás, ignorando la suerte del sacerdote, y que su pecado no tuvo la oportunidad de ser expiado.