Cocinando

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Comida saludable

Aunque la propaganda me diga que la comida saludable suele tener un excelente sabor, aunque me presenten fotografías de alimentos dietéticos ricos en fibra atestadas de brillantes colores, lo cierto es que mi paladar suele padecer con la comida saludable.

Puede ser que me acostumbre a los alimentos sin sal, sin grasa, sin picante o sin azucar, pero eso no me impide disfrutar sobremanera de la comida adornada con muchos condimentos.

Me dicen en casi todas partes que la comida saludable es buena, que mantiene a mi organismo funcionando correctamente y haciendo lo que le corresponde de acuerdo a su naturaleza, pero me parece y cada día lo creo más que para seguir el sendero de lo saludable se requiere de un paladar fuerte y de un estómago capaz de sentirse satisfecho sin los excesos.

Hay en la vida un apetito extraño, tanto que a ciencia cierta es difícil demostrar si es bueno o malo, pocos lo tienen y algunos se pierden saludablemente en atenderlo, aunque a veces pareciera que otros se pierden en el exceso.

El plato que suele ofrecer con más frecuencia ese apetito extraño es uno de los más amargos que llega a probar el paladar humano, y es amargo porque carece de lo mismo que carece quien lo prueba, porque hay momentos en los que parece no aportar nada porque nada nuevo deja bajo el sol y parece condenar al comensal a dar vueltas sobre sí mismo una y otra vez.

Ese platillo, suele tener efectos secundarios que en muchas ocasiones no son gratos, aunque la salud que ofrece lleva al hombre a actuar con miras en la verdad y el bien. Ese platillo es desabrido, vulnerable y limitado en cuanto a sus capacidades para hacer lo que desea el comensal.

Y es que el encuentro consigo mismo, a pesar de lo que digan quienes sólo aprecian lo mejor de sí, es un encuentro amargo y difícil de degustar, ya que muestra errores, carencias y los límites que son propios de todo ser humano con ansia por la verdad

Maigo.

Todos a comer.

La experiencia de comer, o mejor dicho de degustar, es una demostración fenoménica de que tenemos alma. Esta afirmación es muy aventurada y la única posibilidad de que deje de serlo es explicando qué es lo que hacemos cuando experimentamos aquello a lo que denominamos una buena comida.

Cuando comemos no buscamos nutrirnos, o al menos esa no es nuestra primera intensión, y de ello nos damos cuenta cuando notamos que no sólo con tomar unas vitaminas nos basta para decir que hemos comido realmente; y tampoco decimos que hemos quedado satisfechos porque se ha cubierto una necesidad energética.

Además en la mayor parte de las ocasiones en las que comemos no nos basta con sentir el estómago lleno, siendo omnívoros no quedamos conformes con comer pasto, hierbas o carne cruda con tal llenar el estómago y ya. Buscamos algo más en lo que nos llevamos a la boca, en primer lugar buscamos un sabor que sea a fin a nuestros gustos, y en ese sentido que concuerde con nuestra manera de ser en el mundo.

No se me olvida que hay ocasiones en que suspendemos el acto de comer, la mayor parte del tiempo lo hacemos cuando tenemos algo más importante que hacer o más valioso que calmar los retortijones causados por el hambre, pero esto propiamente no es comer, es calmar las molestias que provoca el hambre a favor de algo mucho más valioso que la conservación de la vida.

Dejando de lado estas ocasiones, podemos decir que cuando comemos buscamos deleitarnos más que nutrirnos, esperamos que la comida tenga aquello a lo que llamamos buen sabor, buen color, buen olor, buena textura y de ser posible un agradable sonido que la acompañe, el cual no necesariamente viene de lo que nos metemos a la boca, sino de aquello que rodea al platillo que comeremos, es decir, el logos de una agradable conversación.

Así pues, para hablar de una buena comida necesitamos pensar en el trabajo que realizan todos nuestros sentidos en función de una misma finalidad, cumplir con las expectativas de lo que consideramos que es lo bueno; todos hemos experimentado en alguna ocasión el encuentro con un platillo que cubra las exigencias del gusto, del olfato, del tacto, de la vista y quizá del oído, en tanto que de nuestro plato no sale ningún sonido extraño o inesperado, pero cuando tan perfecta conjunción viene acompañada de un logos que nos resulta desagradable todo lo anterior pierde sus bondadosas cualidades, y decimos entonces que se nos amarga la comida.

Cuando comemos buscamos cubrir más necesidades de las aparentes, pues nuestra acción de comer es sumamente compleja en tanto que no nos limitamos a llenar con material los huecos dejados por el material antes desechado. Cuando comemos nos mostramos a nosotros mismos como seres con logos, es decir, como seres que eligen en vista de un bien mayor, y por qué no decirlo también, cuando dejamos de comer por buscar algo más allá del deleite de los sentidos, también nos mostramos como seres que pueden sobreponerse a la necesidad apremiante del cuerpo con tal de alcanzar un bien que está más allá de la cobertura de esa necesidad.

 

Maigo.