Dilemas políticos

La labor política no sólo se limita a lo que decidan los gobernantes, aunque quizá sean ellos los que tomen las decisiones de mayor resonancia. ¿Qué hacen los súbditos, aquellos que trabajan para los gobernantes?, ¿obedecerlos plenamente o mezclar su criterio con las ordenes que se les dan? La respuesta que se dé evidencia el interés político de los principales participantes políticos. La política puede ser una carrera individual, semejante a las vidas empresariales, o un trabajo colectivo.

Un problema dentro de la práctica política, cuando todavía la hay, es si conviene decir todo los que se cuenta en una embajada. Es decir, si un mandatario de alto nivel lanza una provocación hacia el país representado por algún o algunos embajadores, ¿conviene que los embajadores no le cuenten todo al mandatario al que representan o importa más la obediencia que le tienen hacia su jefe? Si es una provocación, no se puede tomar como una declaración seria, por más influyente que sea quien lo haya dicho. Si así habla, ¿cómo se dispondrá para actuar? El embajador debe funcionar como filtro, saber qué quiso decir con su declaración quien la profirió, pues por tratarse de un mandatario no se puede tomar como si no la hubiera dicho. Tal vez sea sólo una prueba para ver qué hace el país afectado o podría tratarse de una demostración de poder la polémica declaración, incluso podría tratarse de una señal de debilidad y con las palabras quisiera empoderarse. Antes de obedecer a su jefe, el embajador debe ver por el bien de su comunidad.

La obediencia ciega funciona y es conveniente en una tiranía, régimen en el cual deja de haber política. Dado que cualquier decisión política es complicada, no puede dejarse a la voluntad de una sola persona el tomarla. El poder posibilita y dificulta las acciones. La buena vida no se aleja del poder, pero tampoco lo toma.

Yaddir

Flores secas

Para ti que me has salvado…

Gracias.

 La alegría del evangelio se vive en el servicio a los demás, pero no todos tienen los ojos abiertos a la belleza que supone ese servicio, casi siempre porque se duermen o giran la vista atemorizados por el cansancio que supone. Quien teme al cansancio se amilana ante dificultades mayores, se puede decir que suele despreciar a las flores cuando vienen acompañadas por espinas.

Venturosamente no todos viven con temor a ser serviciales y se convierten en ángeles que como buenos mensajeros llevan las mejores noticias al corazón de los hombres. Ante los discursos de odio e individualismo, que inundan el aire, la mayor bendición que puede haber es encontrarse con alguno de esos ángeles, seres que serviciales y amorosos son capaces de romper la burbuja del egoísmo, a veces en medio del ruido que emana de los gritos; seres que invitan al tembloroso a ponerse en pie y prestar sus manos y su ser para hacer los bienes que están a su alcance. Criaturas hechas por Dios que se saben creados y que por el mundo son vistos como seres alocados.

La alegría del evangelio se vive en el servicio, en la esperanza de que éste es bueno para el hombre porque hace del hombre un ser bueno, en el encuentro con el maestro que ama y dirige al discípulo hasta que florece, en el abandono del egoísmo y los temores que encierran al hombre y lo aislan imposibilitandolo para algo tan bello como la amistad y la compañía del buen amigo.

La alegría del evengelio se realiza en el encuentro con el amigo, en el andar juntos con miras a lo bueno, y en la apertura que ayuda a ver en las rosas sus bellezas a pesar de sus espinas o de que se secan. Porque incluso una flor seca es hermosa cuando ésta ha nacido en el corazón de quien gustoso se realiza en el servicio.

Gracias te doy Maestro por no dejar que me hunda en medio de mi egoísmo.

 

Maigo.

 

Adendum: Preocupante es el resultado de las elecciones en Estados Unidos, más que por los discursos beligerantes y llenos de odio por la identidad que hay entre quien pronuncia esos discursos y los que los eligen como sensatos. Pero tampoco deja de preocupar el discurso de quien asumiendose víctima justifica burlas y ataques que en lugar de mostrar el desacuerdo con los victimarios muestra el pesar de no poder ser ellos mismos los que victimicen a los primeros.

 

 

 

 

Voces populares

La facilidad con la que nos indigna lo fácil demuestra nuestra propensión al escándalo y, por ende, nuestro alejamiento de los problemas. “Si ya tenemos suficientes problemas ¿por qué cargar con otros totalmente innecesarios?, ¿a mí qué me preocupan los malos gobernantes y sus víctimas? Dedícate a lo tuyo y no me des más problemas, pero ay de ti si lastimas a un indefenso perrito, porque eso sí que es un grave problema.” Y las voces suenan más, pero piensan menos. Si ya tienen una buena vida, opinan, no hay que arruinarla con eventos que ni les constan.

En el clásico libro de J.W. Goethe, Fausto, hay dos señalamientos sobre el uso del periódico (uno en el “Prólogo en el teatro” y otro en “Frente a la puerta de la ciudad”), en ambos se muestra con cierta claridad que el periódico es una herramienta para el entretenimiento. En el primer señalamiento un director, que discute con un poeta y un gracioso, se lamenta de un público tan ávido de espectáculos (ir al teatro es un espectáculo como leer el periódico); en el segundo señalamiento, las noticias bélicas que suceden en el mundo son entretenidas para dos caballeros de la clase media y además resultan reconfortantes, pues en otros lugares hay guerra y donde ellos discuten hay paz. Goethe no creía que el periódico fuera un medio de entretenimiento, pues él lo leía para darse una idea de lo que pasaba en Europa y saber de qué manera podía incidir siquiera en la vida de Weimar.

Actualmente nos sigue gustando el espectáculo y tenemos la facilidad de participar en una extensión de éste. A veces tenemos la oportunidad de participar en varios escenarios, poniéndole mayor atención al que más aplausos virtuales nos proporcione; consideramos tan importante el maltrato animal como el asesinato de un fotógrafo que creía en el buen uso de la información política. Tan extrema resulta la libertad de expresión que decimos cualquier cosa porque no sabemos qué decir ni sobre qué es mejor hablar; tan extrema es la incomprensión de nuestra sociedad que ya se sabe cómo vivir.

Yaddir

El Circo Volador

“Por la calle de Vieira, viene ya don palabras
Recitando poesía, viene canta que canta”
—Maldita Vecindad

Esta entrada es, más que un relato o una observación, una genuina duda personal, muy personal. Llevo muchos meses (lo digo así para que al hacer montón parezca que llevo muchísimo tiempo haciendo esto y resulte a los ojos descuidados, un escritor bien experimentado) escribiendo historias cortas, a veces demasiado cortas y otras de la justa medida como para ser llamadas cortas. Los temas varían, los personajes no son muy profundos y las situaciones que los rodean casi siempre son extraordinarias aunque no ejemplares, mucho menos deseables por nadie con un poquito de razón. Me gusta escribirlo, me gusta a veces pensar que se lo platico a alguien que nunca me leerá, o que en el mejor de los casos tiene algún sentido estar imaginando y capturando a modo de fotografía tecleada las figuras de mi imaginación. Algunas veces, cuando el coraje, la indignación o la simple necesidad que todos los hombres tenemos de burlarnos del prójimo me atacan, llego a escribir ensayos breves que me gusta creer que son críticos. Muchas veces no logro el nivel incisivo que desearía, de hecho, creo que nunca lo he logrado, pero eso no importa, lo que importa es que el intento se hace, eso es lo que cuenta siempre. Bueno, sin más preámbulos voy a lanzar la pregunta íntima que me ha motivado a escribir unas cuantas líneas: ¿por qué escribir? No basta con dejar la pregunta al aire así como así, no nos sirve de mucho, ni a ustedes como lectores que con facilidad recorrerán caminos infinitos que no son a donde los quiero dirigir; ni a mí que soy el interesado en explorar este problema que me aqueja. Más que por qué escribir, me pregunto si esta causa no se ve distorsionada a la hora de alcanzar su finalidad, que para no meterme en líos señalaré que consiste simplemente en ser leída.

Trataré de aclarar el embrollo que comencé a tramar en el párrafo anterior: yo me siento y escribo, cualquier cosa, una novela, un cuento, un ensayo filosófico, una disertación sobre formas lógicas y sus aplicaciones en la medicina actual. Cualquier mafufada que se les ocurra, mi intención es que sea leída, sin más ni menos chiste o pretensión. Sin embargo hay algo que me inquieta, y que de verdad no me deja el alma en paz, y este algo es pensar que cualquier cosa que yo (o cualquier otro) escriba sea simplemente mero entretenimiento, una distracción, como serían los fuegos artificiales el quince de septiembre, como sería una película, una serie televisiva o un documental del Discovery Channel. Vaya, ¿qué nos diferencia a quienes escribimos lo que imaginamos, pensamos, estudiamos o creemos, de ser un mero showman? Un entretenedor como Ádal Ramones o Eugenio Derbez, que no estudia filosofía verdadera como la de Nietzsche o la de Nezahualcóyotl, siendo el primero quien propone un príncipe poeta y siendo el segundo la encarnación de tan genial idea. Me preocupa este problema por la siguiente razón: ¿por qué perder el tiempo pensando que hacemos algo de valor, algo inconmensurable en sentido monetario y no aceptamos la realidad de que cuando alguien nos lee, nos lee para pasar el rato? (como quien pasa el rato con una prostituta, por ejemplo) He escuchado a más de uno decir que devora libros, que es bien leído y que conoce hasta los textos de la mamá de Schopenhauer antes de que Goethe le metiera mano. Vaya, yo he visto (y presumo por igual haberlo hecho) las diez temporadas de Supernatural, las cinco de Breaking Bad, las dos de Jericó y un montón de cosas bien raras como PsycoVille o Tales from the Dark Side (serie escrita por el mismísimo George Romero). Sin duda todo el tiempo que pasé sentado frente a un televisor fue tiempo en que me entretuvieron escritores geniales, con buenas ideas, argumentos inteligentes y problemas de profundidades bastante complejas, bastante hondas, enfocados en hacer la vieja y despreciada labor del bufón o la prostituta: entretener.

Qué nos impide pensar que aquellos que se hacen llamar “Intelectuales” y no pienso solo en literatos con nombres mafufos como Paco Taibo II (el «II» me gusta pensarlo como dos, en vez de como segundo) y el ese otro señor que fuma mucho y que hace poco le escribió una carta abierta al rector de la UNAM reclamándole que su seguro médico estaba chafa; no son otra cosa que malabaristas de figuras imaginables. Tampoco escapan de este circo los investigadores internos de las universidades que tienen la ilusión de aportar su granito de arena en la cansina tarea de acercarse a la Verdad, pienso en los lógicos, en los filólogos y todos esos bichos raros que de verdad se creen su papel (e incluso se enorgullecen de lo que hacen). Pienso en todos aquellos que no se enteran o que prefieren hacer de la vista gorda cuando se dan cuenta de que los estudiantes revisan sus textos por encimita y sin la atención necesaria o peor aún: para pasar el rato porque están aburridos. Pienso en aquellos que les incomodaría creer (como yo a veces lo hago con mis textos que sumados no llegan a los cien gramos) que sus voluminosos libros de más de dos kilogramos de sabiduría y pasta dura, no son más que una nota embotellada que si bien le va, pasará mucho tiempo flotando en el mar del olvido sin encontrar nunca dónde aterrizar. ¿Por qué (a lo mejor soy el único, no lo creo, pero podría suceder) habemos gente que creemos que cuando escribimos estamos haciendo algo más que entretener chamacos, o señoras gordas en su defecto? Vamos, me rehúso a pensar que cuando escribo algo, por muy malhecho que esté o muy superficial o breve que sea, estoy siendo el payaso de un público muy exquisito: el público de los letrados. Y es que más de uno se ha comido el discurso de que leer mucho los hace más listos o en el peor de los casos, más dignos que los que no leen. Los convierte en algo así como la élite o la clase noble del ámbito de los seres racionales, y como se merece tal nivel de excelencia, se exigen bufones de mayor fineza, ya que son demasiado elevados como para entretenerse viendo vulgares programas de televisión.

Tal vez me preocupo de más, tal vez puedo inventarme el cuento de que todos los lectores están haciendo una suerte de estudio a la hora de leer, y que no es cierto que solo pasan los ojos sobre un montón de letras como lo harían sobre diapositivas de las vacaciones del verano anterior que publicaron sus primos en Facebook, o porque leer entretiene más tiempo que echar un polvo. Sin embargo sigue dándome vueltas por la cabeza la idea de que hubiera sido mejor (porque no encuentro por dónde defender una postura dignificante del quehacer del escritor) descararse y practicar las comunicaciones o el teatro y dedicarse al sano entretenimiento de la gente con intelectos desarrollados como son los ingenieros, los matemáticos o los médicos, abiertamente y sin andar haciéndose uno ilusiones (como las que se hace la escort que no se quiere llamar a sí misma prostituta) de que a la hora de crear textos está haciendo un trabajo distinto al de Polo Polo, o cualquier otro bufón moderno que se nos ocurra.

 

Vivir de pan

Te hizo pasar necesidad, te hizo pasar hambre, y te dio de comer maná, que ni tú ni tus padres habían conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios es vida para el hombre.

Dt. 8,3.

Hay hombres que sólo viven de pan, y pareciera que no necesitan otra cosa para ser felices que la satisfacción de lo que necesita el cuerpo; se trata de individuos que presumen su independencia y que toleran la presencia de otros sólo porque les resulta fastidiosamente indispensable para poder seguir comiendo.

Quienes viven sólo de pan presumen una independencia que no tienen, pues creen que mientras trabajen la tierra tendrán lo que requieren para sonreír en la vida, pasan la vida entre el lodo y temen que algún día ese mismo lodo se los trague, porque saben que el cuerpo muere y que no hay pan terreno que le de vida permanentemente. Estos hombres buscan en la tierra lo que no le pertenece, pretenden que la vida eterna es en realidad una vida permanente y llena de placeres sensibles, confunden lo temporal con lo eterno y al pan duro y seco con el que en realidad da una vida diferente; llena de incomodidades y hasta de dolores, pero repleta de amor y satisfecha.

Vivir sólo de pan es fácil y cómodo, aunque parezca contrario al hecho de tener que ganarlo con el sudor de la frente, pues el confort y la inmediatez acompañan al individuo que huye de las dificultades con tal de sólo comer. Comiendo solitario el hombre que vive de pan pasa una vida en la que nace solo y solo muere, comiendo pan y bebiendo vino trabaja y se divierte, pero vive siempre temiendo a la muerte, siempre huyendo y sintiendo que de no ser por unos cuantos momentos la vida y el trabajo no valdrían la pena.

 Maigo.

 

 

 

 

Impronta infantil

La inocencia se equipara con frecuencia a la falta de tamaño, se dice de los seres pequeños que son indefensos y que están libres de toda la carga que ha de soportar quien ya ha pasado por los martirios de la infancia; pero los microbios también son pequeños y no por ello son inofensivos, y la infancia está tan llena de trabajos y dificultades que mejor optamos por olvidar y recordar sólo las improntas que de ella nos convienen, así unos recordarán los momentos de risa, que no son tantos como se desea, pero que sirven para pensar en el pasado como lo mejor, y otros fundamentarán sus malas acciones en sucesos que de alguna u otra manera conviene recordar, pues con ellos justifican lo que hacen o dejan de hacer.

Tal pareciera que sólo los santos se libran de la falacia que es la impronta de la infancia, pues ellos son capaces de reconocerse pecadores, incluso desde pequeños, y de dirigir sus pasos hacia Dios sin depender de lo que con ellos pretendieran hacer las circunstancias.

 Maigo.

 

Para pensar un rato: Comparto a continuación la vida de Diofanto, hombre amante de aprender que viviera a mitad del siglo III de nuestra era.

Esta es la tumba que encierra a Diofanto.

¡Maravilla de contemplar!

Dios le concede la juventud por un sexto de su vida, después de otro doceavo la barba cubrió sus mejillas; después de un séptimo encendió la llama nupcial y después de cinco años tuvo un hijo.

¡Ay de mí! El mísero joven, a pesar de haber sido tanto amado, después de haber alcanzado apenas la mitad de los años de vida de su padre, murió. Cuatro años más, mitigando el propio dolor con la ciencia de los números,  vivió Diofanto, hasta alcanzar el término de su vida.