Chuang Tse

Cuando el anciano Chuang Tse se hallaba a punto de morir, observando que lo miraban desconsolados, regañó a sus discípulos diciéndoles: “¿Por qué no veo más que horror y desdicha en vuestros semblantes? ¿Acaso os lamentáis de mi partida? ¿O será que os horroriza mi semblante demacrado por el tiempo y la vejez? ¿Teméis terminar como yo, viejos y arrugados? ¡Os desconozco! ¡No habéis aprendido nada del maestro ni habéis comprendido un ápice de la doctrina! Si Chuang Tse se va esta noche, no es sino para volver, en otra forma, como otro carácter con el que el Dao va escribiendo el curso de las diez mil cosas. Así, en esta vida no he sido más que un signo, un ideograma, con que el eterno Curso se va escribiendo a sí mismo, y va escribiendo en nuestra piel como si fuera pergamino, arrugándola, marcándola con su indeleble tinta. No os espantéis, pues de lo que se trata no es de escapar a esta condición, sino de aprender a leer en nuestra piel las enseñanzas que el Dao nos muestra con la vejez.»

 

Gazmogno

Gazmoñerismo #90

No es que renuncie a las infinitas posibilidades que me ofrece el mundo… es que para llegar a ti hay sólo un camino.

Gazmogno

Gazmoñerismo Luciérnaga

Como se contempla una estrella lejana así mi cariño te contempla. ¿Cómo podría yo –ni aun siendo un dios- atrapar toda tu luz y enfrascarla en mi corazón? De hacerlo la luciérnaga moriría. Por eso desde lejos te vislumbro y, pacientemente en la oscuridad, camino hacia donde las intermitencias de tu luz quieran llevarme, esperando que tal vez algún día me lleven hasta tu corazón.

Gazmogno

Tanteando terreno

Había descubierto aquel botón por accidente. Era la primera vez que paseaba por allí y no hacía más que tantear el espeso terreno que se abría a su paso cuando de repente se encontró con él. En ese momento no supo de qué se trataba, pues apenas si lo había rozado pero, tratándose de algo completamente desconocido, decidió que era mejor apartar la mano con cuidado y regresó enseguida por el camino andado.

Volvió un par de días después cuando hubo reunido el valor suficiente para enfrentarse con el misterio que representaba el botón aquel, aunque no sólo eso le intrigaba sino también el paraje donde se encontraba, el cual le resultaba maravillosamente novedoso y extraño. Dispuesto a repetir la experiencia, intentó hacer el mismo recorrido que la vez anterior y aunque terminó por otro camino, pronto dio con el botoncito ese que le despertaba una curiosidad tremenda.

Su emoción era tanta que tuvo que esperar hasta tranquilizarse un poco y luego se acercó cautelosamente a él para rozarlo, cuidando de hacerlo sólo con la punta de su dedo índice. El botón respondió al sutil toque vibrando débilmente y en cuestión de segundos un suave ronroneo rompió el silencio que llenaba aquel espacio. El ronroneo parecía provenir de la vibración y si bien aquella reacción no lo espantó, decidió aguardar un momento para ver qué más sucedía. Cuando estuvo seguro de que eso había sido todo, continuó explorando los contornos del pequeño botón, cuya vibración –así como el ronroneo– aumentaba con cada toque.

Viendo que aquella vibración era inocua se animó a tocarlo también con el pulgar, pero fue tal la reacción que desencadenó ese movimiento que nada podría haberlo preparado para ello. El botón ya no sólo vibraba, sino que ya tampoco era pequeño, pues con cada roce de sus dedos se iba hinchando un poco más. Temía que el botón explotara en cualquier momento y aunque pensó en detenerse, una fuerza interior lo impulsó a terminar lo que había empezado aun cuando cierta parte de él fuera presa de un miedo indescriptible a lo desconocido.

Sin pensarlo dos veces, decidió que era mejor que él reventará el botón antes que esperar a que éste lo hiciera por sí solo y en un arranque instintivo presionó con firmeza su centro, lo cual le pareció enseguida la peor de las ideas concebidas. Sin que pudiera dar marcha atrás, el terreno comenzó a inundarse con un torrente de agua salada y ahora, en lugar del habitual ronroneo, se escuchó un bramido que retumbó en todo el lugar.

Estupefacto por lo que había causado, retiró temblorosamente sus dedos de aquel botón y fue entonces cuando notó que la hinchazón ya había comenzado a ceder. Ahora sólo quedaba el eco de aquel grito ensordecedor y una mancha que indicaba que ahí había ido a parar el torrente de agua salada. Había conseguido develar el misterio del pequeño botón y la chica que yacía al lado suyo se lo agradecía infinitamente.

Hiro postal

A un paso de casa

Ellos eran los polos opuestos de un mismo y poderoso imán: César, de piel blanca y sensible; Laura, de piel morena y curtida. A César le gustaba el soccer, a Laura el basquetbol; César era puntual como segundero de reloj, Laura vivía sin prisas y sin tiempo; César se guiaba por sus sentimientos, Laura lo hacía por su razón. Hasta en cuestiones de clima tenían sus discrepancias: a César le encantaban los días soleados donde reina el azul claro del cielo y las nubes motean de blanco el espacio aquel; Laura, en cambio, prefería el cielo gris deslavado con nubes negras que auguran tormentas acompañados de rayos ensordecedores y deslumbrantes más que ninguna otra cosa.

Por esto, a César no le sorprendió nada cuando telefoneó a Laura para que se vieran y ella le contestó con un rotundo no. El día estaba sumamente soleado y Laura había decidido recluirse en su casa a piedra y lodo hasta que pasara aquel martirio. César, empecinado en verla, echó a andar hacia la casa de Laura, la cual se ubicaba a unas cuantas cuadras de la suya. Si bien no era muy largo el tramo a recorrer, sí requería de un cierto tiempo. Estando ahí, ya se las arreglaría para convencer a Laura de que salieran; siempre lo hacía. Se arregló un poco para la ocasión, pues así le dejaba a Laura menos pretextos para negarse, aunque sabía que en el fondo ella moría por salir, sólo que el sol en verdad la ponía de muy mal humor.

Mientras caminaba César se dio cuenta de que el sol de ese día era uno completamente diferente al que había salido todos los días anteriores. El calor que ese sol producía era sofocante y denso, tan pastoso que sólo podía compararse con la espesura digna de cualquier chocolate bien batido. Al principio César disfrutó de aquel fenómeno debido a su peculiar extrañeza, pero pronto comenzó a sentir un hastío indescriptible al respecto. Su frente chorreaba gotas gordas de sudor mientras que su camisa mostraba grandes manchas oscuras a la altura del pecho, la espalda y las axilas. El pantalón de mezclilla, por su parte, se le adhería a las piernas con una fuerza inusitada, lo que complicaba bastante su andar. Con cada nuevo paso César se quedaba con la sensación de que se estaba literalmente derritiendo. Al parecer no mentían quienes aseguraban que el cuerpo humano está conformado en su mayor parte por agua, pues sólo así podría César explicarse que tanto y tanto líquido emanara del suyo.

Faltaba ya menos de un cuarto de camino, pero César sentía que ya no podía más. Usualmente recorría aquellas cuadras en un lapso de no mayor a veinte minutos, pero en esta ocasión sentía que había pasado más de media hora y no veía para cuando habría de llegar. Por supuesto que ya era muy tarde para arrepentirse, por lo que lo único que pedía era encontrar alguna pequeña pero refrescante sombrita donde pudiera sentarse para tomar fuerzas de nuevo y terminar de recorrer el camino más que andado. Ya no sólo era que su cuerpo rezumaba de agua, sino que ahora sus sentidos comenzaban a fallarle. Al parecer, la puerta de la casa de Laura se encontraba a no más de cinco pasos, pero acababa de pasar por la tienda de Don Memo, la cual se ubicaba en la última cuadra antes de la de Laura, por lo que era imposible que estuviera prácticamente frente a su casa. Siguiendo sus impulsos, alzó la mano para tocar el timbre de la casa de Laura, el cual sonó en cuanto fue presionado por el dedo índice de César.

Laura abrió la puerta enseguida. Su mamá le había ordenado que fuera a comprar con Don Memo unos sobres de gelatina, pues el calor estaba realmente insoportable, y a regañadientes, Laura tomó su monedero junto con sus llaves y salió a enfrentarse a ese calor maldito. Cuando abrió la puerta encontró a sus pies una gran mancha que ocupaba casi todo el grueso de la banqueta, como si alguien hubiera arrojado desde el cielo una cubetada de agua justo frente a su casa. Laura comenzó a extrañarse por este hecho, pero un pensamiento más urgente apareció opacando a éste segundo: ir con Don Memo por gelatinas. Laura sólo esperaba no derretirse en el camino. Evidentemente, César jamás lo hubiera esperado.

Hiro postal

El camino ganador

“El vivir sólo se deja aclarar cuando se ha vivido, del mismo modo

que Cristo empezó a explicar las escrituras y a mostrar cómo

enseñaban sobre él –sólo después de haber resucitado”

S. K.

Cometer errores es algo que desagrada a la mayoría. Aunque “de los errores se aprenda” y haya que “verlos con filosofía”, seguro soy parte de esa fea mayoría.  No está bonito creer saber la respuesta y darte cuenta de que así no era. Duele caerse por pisar donde no se debe.  Se siente feo darse cuenta de haber pensado, hablado u obrado mal. No sé bien dónde ni por qué se sienta, no sé qué sea eso feo que sienta. Pero se siente y se manifiesta en formas como la pena, el remordimiento o el arrepentimiento. Se dice que equivocarse cae mal por puro orgullo y competencia. Aunque también, creo yo, es señal de algo más.   Poder equivocarse, así como hablar, es sorpresa inevitable. Es eso: poder.  Potencia dada que se revela sólo gracias a un movimiento. El error sí es una cosa fea y fatal. Pero es el anverso del acierto. Caerse al caminar, el error, revela precisamente nuestro camino y caminar. No nos gusta errar, porque nos gusta y aunque no nos demos cuenta, buscamos siempre lo verdadero. Errar es valioso porque revela a dónde vamos, nuestro destino que no es otro que la constante búsqueda de la verdad. Y digo búsqueda y no posesión, porque sin él, estaríamos siempre bien. Sin él, no sólo habría orgullo y pedantería a la máxima potencia. Sin él,  dejaríamos de buscar, se acabaría todo movimiento, todo terror, admiración y sorpresa. Se acabaría toda creación y genuino pensamiento

PARA APUNTARLE BIEN:

A Walk –R. M. Rilke.

My eyes already touch the sunny hill.
going far ahead of the road I have begun.
So we are grasped by what we cannot grasp;
it has inner light, even from a distance-

and charges us, even if we do not reach it,
into something else, which, hardly sensing it,
we already are; a gesture waves us on
answering our own wave…
but what we feel is the wind in our faces.

MISERERES: Ya detuvieron a la maestra Elba Esther. Todo mundo se alegra, puede ser señal de algo bueno (aunque días antes el presidente se reunió con otro líder, R. Deschamps, y a él no le está pasando nada). Ojalá que sea para bien, lo que hizo esa señora –lo sabemos todos- no estuvo padre. Aunque pienso que es bueno recordar que cosas como la corrupción no las hace una sola persona. Esta líder sindical no se infló sola. Además, es un error, en primer lugar,  condenar a todos los maestros (de la escuela Normal por ejemplo), porque no todos pertenecen a ese sindicato. En segundo lugar, también creo que es un error pensar que todos los problemas de la educación son culpa del ese sindicato. Y, por otro lado, el PRI ha modificado su plan de acción en el ámbito fiscal; propuso un aumento del IVA en alimentos y medicinas (curioso que ahora el PRI lo impulse cuando el año pasado se opuso a esto). A ver si se aprueba.

Tao

Sin nombre nombro el camino que se desanda andando con el nombre de Tao.

Gazmogno