Cambios y permanencias

«La gente no cambia» tal vez sea una de las frases más inocentemente dudosas que se dicen con frecuencia. Esconde un intento de comprender el fondo del pozo del alma humana al trasladarlo a una frase exacta y breve. Pero los cambios en el carácter son notorios. Las situaciones lo modifican de una manera tan sutil y paulatina, que de no ser por nuestra memoria seríamos incapaces de percibirlo. ¿Qué persona logra mantener intacta su esencia del principio al fin de su vida? Supongo que sería un desafío olímpico lograr mantener un rasgo de nuestro ser de la infancia por toda la vida. Aunque tal vez lo desafiante e importante no sea conservar intacto una parte de nuestro carácter, sino que esa parte se incline hacia lo mejor. Si el niño fue berrinchudo, no vale la pena que eso lo externe si logra ser presidente de una nación. Tal vez ese sea el sentido de la frase, enfatizar con amargura que las características negativas perduran por largo tiempo. El rencor perdura, el perdón escasea. Es más fácil que uno mismo mantenga presente sus mejores cualidades que sus peores vicios. Es más importante mirar nuestros defectos. Reconocerlos a detalle, mirar de dónde nacen. Tal vez sea más correcto decir que «La gente casi nunca quiere cambiar «.

El carácter en las palabras

Hablamos y revelamos quiénes somos. De dónde venimos (a dónde vamos), qué nos agrada, qué nos disgusta, qué clase de personas somos (qué clase de personas queremos ser), se manifiesta en las palabras que usamos y el modo en el que las usamos. Ponerle atención a las palabras que usa una persona es más que un acto de cortesía.

Tantos detalles que podemos escrutar en las palabras que usan nuestros semejantes serían difíciles de enumerar. Uno de los más interesantes es las palabras que más repiten. En una caricatura japonesa (cuyo nombre no recuerdo ahorita) un villano encerraba en un jarrón a sus enemigos si estos, en el transcurso de la batalla, pronunciaban la palabra que más usaban. Para ganar una batalla se necesita de estrategia. Qué impresionante el que no sepamos cuál palabra usamos más, dejando de lado artículos o pronombres. ¿Qué palabra usaremos menos o dejaremos de usar intencionalmente? ¿Qué dice de nosotros el que no seamos conscientes de nuestro uso del lenguaje?

Creo que el uso que hacemos de las palabras, o cómo las usamos, o cómo creemos que las estamos usando, se relaciona más con el carácter que con su significado preciso. Al menos en la mayoría de las ocasiones. Pero imprimimos carácter y significado al charlar. Por ejemplo, cuando los anti feministas o machistas (no sé cuál sea el termino preciso), usan la palabra feminazi, lo hacen con la intención de ofender, porque ellos a su vez se sintieron ofendidos por algo que dijeron las feministas. No usan la palabra porque entiendan con precisión enciclopédica lo que es un nazi, lo usan sólo porque les suena ofensivo y quieren reflejar con su ofensa el descontento que sienten hacia las feministas. Además quieren evidenciar que ellos son los buenos y las feministas las malas, pues nadie pone en entredicho que los nazis sean malos. ¿Qué clase de personas usan la palabra feminazi? Personas ofensivas, que podrían ser agresivos con facilidad. No sé si serían violentos, capaces de dañar o lesionar a otra persona físicamente. Por otro lado, las feministas usan un verbo, casi siempre en infinitivo, al referirse a su actividad contra el patriarcado. La frase reza más o menos así: no se va a caer, lo vamos a tirar. Aquí es manifiesto el uso de la fuerza. Un uso que parece más a la defensiva que a la ofensiva. Pues, hasta donde entiendo lo que dicen las feministas, el patriarcado ha sido injusto con las mujeres y en justicia deben tirarlo. A diferencia de los ofensivos, las feministas están unidas. Por eso enfatizan la palabra «vamos». Es una acción, no una reacción. Es más difícil hablar de carácter con ese sentido de la unidad. Además, hay grupos feministas que no comulgan con otros y algunos discuten entre sí. Para tirar se necesita resolución más que nada. Aunque en este caso se sepa qué se quiere tirar y haya estratagemas para tirarlo, también se expresa el carácter en el verbo. Las palabras son más que significados, el lenguaje tiene alma.

Yaddir

Deshonra a media luz

Deshonra a media luz

El honor es la barbarie cuando no somos buenos para juzgar los agravios. El honor requiere de una idea de lo justo. El honor se ve en la guerra cuando no se asesina en venganza ni se traiciona por flaqueza, y por eso la masacre siempre es un atenuante; el honor se ve en la paz cuando buscamos el bien civil y el propio, no cuando queremos ser bien vistos o bien remunerados. Las ofensas en la paz pueden involucrar la confrontación en la palabra, los desacuerdos que nos acaloran y, a veces, nos incomodan. Podemos no tener honor al rehusarnos a la confrontación, aunque tampoco toda confrontación es cuestión de honor, como nos muestra la política actual. La indignación no nace necesariamente del honor; facebook y twitter prueban que podemos ser administradores y usuarios de la reputación, leñadores en el bosque de los vituperios, pero no muestran que el sentido del honor es natural. El honor no es ni cuestión personal ni encumbramiento social. Tampoco es una dialéctica de ambas. El honor no es legado del pasado, sino actualidad de lo honroso. Podemos reírnos de lo honroso y olvidar lo honorable en una carcajada o en una molestia furibunda, diciendo que nos importa mantenernos honrados, hacer fuerza colectiva mientras cubrimos y nos escondemos del crimen. La franja que puede haber entre la cobardía y la prudencia es, como en esa huida de don Quijote ante la turba rebuznante, más turbia y anémica de lo que parece al llamado sentido común, sobre todo ante la imbecilidad.

No hay honor en la cobardía no porque en ella se muestra la falta de agallas o de sangre: el narco y el crimen ya no son (si es que alguna vez lo fueron) honorables. No hay honor en matar sólo porque es posible. Puede haber enjundia en ello, pero no valor o valentía. El carácter se requiere para hacer lo que ha de hacerse: lo que la situación pública o privada requiere. El carácter nos permite no amedrentarnos porque sabemos lo que se ha de hacer. Es distinto al deber en tanto que el deber sí puede tener reglas, puede expresarse categóricamente, pero el carácter y el saber no. Por eso el comercio actual puede permitirnos vivir siendo cobardes pero bien comidos. No hay honor en lo cobarde y en el vicio en general porque no hay saber del bien y, por ende, se desea lo incorrecto. El honor permanece con nosotros aunque otros no lo sepan apreciar, pero eso no significa que siempre pase inadvertido. Por eso es algo que alumbra al acto y a la persona honorable y que es alumbrado por ella al mismo tiempo.

Los agravios no nos duelen corporalmente. No nos duelen, tampoco, como el desamor. Nos calan en donde podemos confundirnos. Los irascibles no saben cuándo es momento de enojarse. La mayor parte de nosotros somos irascibles, sin siquiera saberlo: creemos, modernamente, que la ira nos invade y nos despoja de identidad total. La estrategia y el secreto de la ira es que sólo se aprovecha de nuestra calma o premura, pero tiene más de un rostro, como todo lo que es pecado. Cuando el horror cunde, es difícil que podamos distinguir y defender valientemente una causa justa. El horror y la tiranía no imposibilitan el bien, pero sí nos hace pensar que el silencio y la huida, la imposición son cosas que no hemos de evitar. Por eso la violencia veja el discernimiento de lo bueno, como sucede a veces con las enfermedades como la peste: enflaquecen la moral. La muerte apremia, decimos. Nos imponen la posibilidad de la omisión como el sentido común. Ante el horror cualquier incendiario nos distrae. El espejo moral siempre nos ha incomodado: no es como vernos el rostro que podemos maquillar o disimular. Llama al autoengaño.

Los valientes pueden huir no sólo cuando peligra su vida, sino cuando ven que la causa está perdida: no es bueno mantener una lucha ciega si no hay injuria ni cuando el ruido se imposibilita la verdad. Puede haber luchas que no consigan la reforma inmediata de las cosas y ellas pueden tener retiradas, que no huidas. Lo honorable puede encubrirse ante los risueños. La risa que toma a broma una figura risible. Pero en los ojos siempre está el demonio del prejuicio. Las formas sociales y la desigualdad política o civil no clarifica la bondad. Lo risible está auspiciado por el ojo y el mundo visto. Lo honorable puede esconderse en lo risible cuando no somos sutiles para ver cómo eso invierte nuestro mundo, y no cómo está deformado en ello. Al juicio común el quijotismo es un ridículo a veces divertido, a veces funesto; es la broma perfecta para el poderoso. Para las buenas conciencias Cristo es un absurdo moral radical. El amor en sus distintos sentidos requeridos para lo honorable nunca dejará de compartir un toque de ese absurdo. Las buenas conciencias, los indignados y los irascibles son ajenos al amor. En la comicidad y en la tragedia no ven lo sabio, sólo el infortunio, lo negociable, las culpas y los absurdos, lo risible. Tal vez por eso el honor vaga para nosotros entre la reputación y la moda y la justificación de los deseos íntimos.

Tacitus

La blanda actitud

«Todo está en la actitud», dicen por ahí. Creo que casi siempre es dicho con buenas intenciones. Se trata de ayudar a alguien a que actúe con la esperanza de que las cosas pueden salirle bien, y suponiendo que es más fácil que en efecto así sea si está esforzándose por ese resultado que si actúa contristado o enojado, o de otro modo semejante. La gente amargada se caracteriza por ser inmune a este consejo: no espera que nada bueno pueda salir de ninguna acción; si acaso, lo bueno pasa por suerte y dura poco. Pero entre amargados y los demás no hay consenso posible, porque solamente entre amargados se supone que hay buenas razones para esperar siempre lo peor, y mientras, los otros los miran descalificándolos de entrada: no se les llamaría «amargados» si no hubiera allí escondida la noción de que cambiaron para mal por algo, seguramente una vida desafortunada. Como la diferencia está en el futuro y la suerte, no hay nada que compruebe quién tiene razón.

En cualquier caso, dejarle la vida a la suerte es signo de blandura de alma. No es gran esperanza la que se tiene en la suerte ciega, es más bien una espera inconsciente. Si no valoramos lo que hacemos, entonces no valemos gran cosa, sea que «nos vaya bien» o que «nos vaya de la patada». El amargado no es alguien más sabio al respecto por más que se las dé de conocedor, es sólo el que tiene una mala actitud. Esperar que la suerte traerá males o esperar lo bueno son, ambas, maneras de ponerse en las manos de la suerte. Ambas son rendiciones. La idea misma de «actitud» tiene mucho de pusilánime. Sospecho que es un substituto actual del carácter (esa cosa tan difícil a la que ya no le tenemos la menor confianza), porque plantea la posibilidad de cambiar sin ningún esfuerzo más que el de tener la intención de provecho. No requiere nada de nosotros, no supone ninguna mejora substancial, no necesita educación, no necesita enfrentamiento de los propios prejuicios. Desear es bien fácil, nos sale natural. La noción de que una buena actitud traerá consigo una buena vida es el equivalente ético del remedio charlatanesco que con pastillas promete traerle buena salud al sedentario.

Tibios y Adormecidos

Cuando llegó la modernidad a las ciudades con el ímpetu de la revolución industrial y la oleada de los inventos tecnológicos, se creyó que la vida poco a poco estaba poniéndose mejor, más de lo que nunca había sido. La comodidad era lo de menos junto a los grandísimos proyectos de crecimiento humanitario. Con la tecnología, en pocas palabras, se prometió que no habría guerra. Pero la comodidad fue la única parte del trato que se pudo cumplir. Aunque los medios variaron, nunca cambió la cuna del deseo humano, nunca mudó su corazón. Si acaso, se ha entibiado por la facilidad y adormecido por el exceso. La guerra, exterior, interior o privada, sigue allí. Hemos vivido viendo los fracasos del esfuerzo por sustituir con erudición lo que no se ganó en virtud. Ahora que se nos acabó la emoción y que volvimos a conocer vez tras vez los horrores de los avances humanos sin justicia, estamos tan acostumbrados a mirar en esa imagen joven del progreso nuestra última esperanza, estamos educados tan a fondo en los anhelos de quienes vivieron esa grande y hermosa ilusión antes de la decepción, que no esperamos recuperar la anterior fortaleza de carácter para vivir bien. Preferimos, más bien, esperar la mágica aparición de una nueva revolución, de un cambio eufórico y veloz que haga que ahora sí funcionen las cosas como queríamos. Nuestros ruegos están sembrados de nostalgia. Andamos como un hombre en un laberinto que ha elegido de entre muchos un camino y que, por más que no ve la salida, se empeña en andarlo por el resto de sus días antes que admitir el extravío. Si de por sí siempre ha sido difícil averiguar cómo vivir bien, ahora, hasta en el modo de la pregunta impera una pesadez como la de la borrachera, con una mezcla de anestesia moral y olvido detrás del cual zumba la inquietud de que algo estuvo mal, pero sin poder decir ya bien a bien qué fue.