Genitalia

Ella que aparece a contraluz

…………………………………desnuda

…………………………………………………violeta

………………………………………………………………coronada de flores

con sus senos firmes

con sus labios tibios

con su boca dispuesta a recibir los suspiros del placer

……………………………………………………………………que besa

………………………………………………….que mama

…………………………………..que bebe

fervientemente

con sus labios firmes

con sus senos tibios

con sus pezones erectos  por la fricción

………………………………………………………de la lengua

………………………………………………………que succiona

………………………………………………………el clítoris

con sus firmes tibios

con sus labios senos

con su entrega que se vuelve contra la luz

……………………………………….de su desnudez

……………………………………………violada

…………………………………………………con sus flores marchitas.

Gazmogno

En Breves Palabras

«Con lo breve que es la vida,
¿no os da vergüenza derrocharla en palabrerías?»

«Me avergonzaría más, gentil hombre,
de llamarle breve en tan vasta su hermosura»

¿No les parece que muchas veces manejamos las palabras como si pudiéramos nosotros hacer de ellas lo que quisiéramos? A veces se abusa de ellas casi como si fueran herramientas. Las aceleramos o las ralentizamos, las entonamos graves a veces, agudas otras, las combinamos entre ellas y hasta hacemos experimentos para ver si se nos entiende logrando que cosas se vuelvan verbos o que se entiendan como nombres las que antes sólo eran descripciones. Digo, no todas estas formas ocurren en detrimento del lenguaje, pero por lo menos estoy bastante seguro de que no es corriente la idea de que a las palabras se les debe algo de respeto. Las lanzamos con un saborcillo estancado de soberbia y las mutamos sin importarnos mucho los resultados; y a veces pienso que son las cosas que decimos las que podrían lograr mutarnos a nosotros.

De todas las maneras en las que desprestigiamos a las palabras, pocas son tan obvias como las abreviaturas. Eso sí me parece poco respeto (¿o irrespeto?, ¿hay tal cosa?)[1]. Y se nota esto si nos ponemos a pensar en qué nos lleva a escribir de este modo: lo que se gana haciendo breve una palabra es, según entiendo, espacio. Habiendo abreviado se tiene más espacio para seguir escribiendo, o si se quiere, se gana espacio en el horario del día-de-trabajo para escribir más (o para hacer más de lo que sea). ¿Y cuál es la prisa?

Cuando se extrema este hábito y se abrevia todo lo que hay, con abreviaturas aceptadas y con no aceptadas, se pierde la capacidad de comunicar más que lo que se logra con fórmulas que puedan ser comprensibles por sus usos coloquiales; por ejemplo: si se quiere decir a alguien «te quiero mucho», ya es de esperar que casi cualquiera entienda el «tqm», pero si se quiere decir algo como «te quiero como a un carrito de súper», ocurre que ya se prefiere por pereza escribir ese mismo gastado y desencantado «tqm». Y otro caso ridículo es el de quienes dicen «etecé, etecé» en vez de «etcétera» por haberlo visto tan a menudo abreviado que ya ni reconocen que sea una abreviación. Se deja de decir lo que se quiere porque es más fácil lo otro, y poco a poco la costumbre va pesando hasta que ya ni se quiere decir más. Pero yo creo que dijo bien quien dijo que «la facilidad seduce cobrando poco y dando aún menos».

Claro, sí hay situaciones que hacen imperativo el uso de las abreviaturas, como cuando se escribía en telegramas, o cuando se envían mensajes de texto: ambos son casos en los que el medio mismo limita la posibilidad de escribir más. Sin embargo, éstos no son los más recurrentes ni los únicos. El manejo de la abreviatura forzada por estos casos es una técnica para no usar espacio de más, en todas las demás ocasiones resulta ser una técnica para no desperdiciar espacio. ¿Y por qué pensar que se le desperdicia? Solamente creyendo que es necesario guardarlo para algo más importante que la palabra que se está escribiendo, se le ve desperdiciado por poner todas las letras. Como si lo mínimo indispensable para notar una palabra fuera suficiente para expresarse bien. «Igual se entiende» dicen los desinteresados, mas no se entiende lo mismo, porque la forma de decirlo o escribirlo es también parte de lo que decimos o escribimos.

Se puede querer hacer más breve la palabra por pereza de escribirla entera o por apuro de terminar pronto. La primera opción es risible y denota en el «mejor» de los casos desdén por la conversación (y hay que desconfiar de lo que diga quien lo tiene), y en el peor muestra un carácter encogido: si alguien tiene flojera de escribir tres letras más, ¿cómo va a tener ánimo de hacer lo que sea en su vida? La segunda opción es triste, pues acusa una vida inmersa en el ajetreo y la corrosiva velocidad del negocio: si no hay tiempo para uno mismo, menos lo habrá para escribir completo. Ésta es la más temible de ambas porque afecta a más personas y más a fondo, y conduce hacia la primera. La burocracia necesita las abreviaturas, porque su corazón late con el pulso de la eficacia (aunque a veces su pesada sangre no le permita latir con la velocidad que desea). El mismo anhelo que motiva a que el trámite sea mecánicamente perfecto demanda una precisión que no puede ser ocupada (desperdiciada) en la palabra. Claro, la perseguida perfección de los trámites obliga a que éstos se multipliquen hasta números tan absurdos que terminan por estorbarse entre ellos, pero siempre prevalece ese ímpetu por hacerlo todo rápido y conciso. Todo tiene que ser breve y escueto, aunque de cada cosa breve y escueta se quieran tres docenas de copias, y se necesita que los procesos se lleven a cabo de un mismo modo varias veces -todas las que sean necesarias- sin que se vean afectados por los cambios humanos ni las ocurrencias exteriores. Esta brevedad es muy característica de la prisa, porque no es que se digan las cosas brevemente sino que se les «abrevia» con violencia, se les corta en pedacitos que se pegan con un punto. Por eso la burocracia no se preocupa ni por cómo se dicen las cosas ni por quién las dice: para ella son lo mismo siempre. Para ella, un Dr. siempre es lo mismo, sin importar quién se haya doctorado en qué, ni con qué medios. Ese mismo deseo de procesarlo todo en un caudal veloz de información sin fondo, de datos numerosos e insípidos, está debajo de cada pequeño signo de desprecio por la palabra completa. Éste se cuela al resto de nuestra práctica escrita, y si lo dejamos, también se implanta subrepticiamente en nuestra vida diaria.


[1] Según veo en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en Cuba, El Salvador, Panamá y Venezuela sí se usa esta palabra.

De Diversas Diferencias

Puede resultar complicado arreglarse con alguien cuando tenemos con esa persona un conflicto serio. Muchas de las veces cuando tenemos una profunda diferencia el problema no es que exista un «malentendido», como esos que pueden comprenderse y resolverse apenas se substituyan las palabras erradas por las correctas. No es así de fácil en la mayoría de las ocasiones porque lo que falta es la disposición a escuchar esas «palabras correctas» (tal vez sea un error suponer que las hay tal cual). No hablo de las palabras más bonitas, sino de las más verdaderas, pues si fuera tan fácil para todo mundo simplemente aceptar en dónde están los errores apenas los pudiera ver, entonces sólo necesitaríamos el esfuerzo para encontrarlos, y no tendríamos necesidad de indignarnos con quien no ha visto lo que queremos que vea. Sabemos que su esfuerzo es signo de buena disposición. Lo que más bien consideramos reprensible es esa falta de esfuerzo. Éste es consecuencia de la mala disposición a escuchar y de la cerrazón que caracteriza la terquedad. Y nótese que hasta aquí he estado mostrando la imagen del que con buena disposición intenta arreglar las cosas mientras que la otra persona no se presta para ello. Pero nada impide que ninguno de ambos quiera de verdad arreglar nada.

Entonces el problema se vuelve «serio» porque no se es suficientemente responsable como para enfrentar la verdad sobre uno mismo y sobre lo que el otro piensa de eso. Si el error estuvo en un insulto, una injuria, o una grosería de cualquier índole, apenas se nota que así es y que consiste en una injusticia, se acata la responsabilidad y se hace lo necesario. Si se sabe y se acepta que se hizo mal, pueden resolverse los problemas aún cuando no se curen daños ni se renueven amistades. Pero si no se acepta que un insulto es tal, porque testarudamente se supone que se tenía derecho a decir lo que se dijo o a hacer lo que se hizo, o en cualquier otro caso semejante, entonces lo que falta es la entereza para dar la cara y aceptar el mal.

Es interesante que a estos problemas personales los llamemos eufemísticamente «diferencias». Parece que queremos ocultar bajo la levedad de una palabra tan recurrida que allí hay algo más grave. Pero con pensarlo un poco, resulta que no hay mucho que pueda ser más grave que las diferencias, sobre todo si son diferentes modos de ser con respecto al otro con el que tengo un problema. No me refiero con ese vago «modos de ser» al temperamento o a cosas por el estilo, sino a las cosas en las que el problema puede estar fundado. Puede ser, por ejemplo, a qué tan importante es la congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Si discutimos largamente con alguien hasta hacerle aceptar su error, pero esa persona no cree que lo que dice tenga tanto peso como «la realidad» de las acciones, entonces poco impide que no se sienta él mismo firme por lo que afirmó. O sea, es bien fácil que no se sienta comprometido a cambiar nada, aún después de haber aceptado de palabra que algo había que cambiar. Al final, si la disposición del otro es tal que imposibilita la apertura a escuchar la verdad en la voz del primero, no hay modo de que el conflicto o las diferencias se resuelvan, pues no hay base común de la que puedan ambos participar para el acuerdo. Al final, si la palabra es diversa, también los corazones van por rumbos tan diversos que no depende de nosotros, sino de la suerte y la fortuna que algunos días nos complazcamos de la mutua compañía, y otros días no tengamos el más mínimo deseo de vernos. Si no confiamos en la palabra, es el destino quien elige el día en que nos hacemos de amigos, y elige también el día en que nos los quita. Y si así son las cosas, entonces no podemos nunca cambiar, ni mejorar, ni esperar nada de nadie.