Como un sol con forma humana

 

Como un sol con forma humana

 

A veces hay días en que las manos se sienten más vacías. No son manos ligeras, sino ahuecadas. No son manos torpes, sino de cierto modo entumecidas. Manos que extrañan el calor y las caricias. Manos que quieren otras manos. Manos que palpan ausencias, empapadas de anhelos, resecas de ilusiones, quizás en su soledad polvosas. Me lo hace pensar un bello poema de Emilio Prados [Málaga, 1899 – Ciudad de México, 1962] que leí a media tarde, en la banca de un jardín extrañamente desolado. ¿La gente huyó del calor? ¿Los habituales del jardincillo rehuyeron del sol? A veces hay días con un sol y un calor que hacen más plena la vida. A veces el calor y el sol más comunes nos hacen recordar al sol y al calor más humano. Copio el poema.

 

 

El desierto comienza por los ojos.

Tu carne, ¿es aún más dulce bajo el sueño?

 

 

…Cerca como tu propia imagen,

lejos como tu propio cuerpo,

mi soledad me ha sorprendido

como una forma humana:

como un ser invisible.

 

El poema es notable en sus contrastes. Contrasta la primera estrofa con la segunda, no sólo por su extensión, sino principalmente por su forma: a primera vista la primera estrofa carece de centro, mientras que la segunda se forma en función del sorprendente verso “mi soledad me ha sorprendido”. Nótese que el verso central de la segunda estrofa es el único en que explícitamente aparece el yo. En la figura de la segunda estrofa se contraponen los tu de los dos primeros versos a los un de los dos últimos. Mi forma la mediación. ¿Mediación de qué? Precisamente, considerar la respuesta nos permite ver que yo permea por el poema tácitamente, en especial en la primera estrofa: yo es el agente de los ojos y el sueño; es el centro de la primera estrofa. Así, el poema tiene unidad en la relación entre y yo posibilitada por los centros de sus estrofas, relación que muestra el movimiento todo del poema.

         El poema inicia con un hombre mirando solitario. El mundo se cubre con la aridez de quien no ve frente a sí a quien quisiera ver. No es lo mismo ver un mundo árido, caluroso y soleado en la soledad, que mirar juntos el pleno medio día del mundo. La aridez solitaria reseca inevitablemente la garganta, irrita los ojos, dificulta respirar. En compañía, en cambio, la expectación es la que dificulta la respiración, los ojos se dilatan sorprendidos admirando, la garganta, las bocas… En el día soleado del solitario aparece el mundo interminable: vasto desierto ilimitado. Cuando dos comparten el día soleado, el mundo y su tiempo son finitos, mínimos, insuficientes. Y el calor, del calor digamos que ya lo puede imaginar el lector.

         ¡Aparece la carne! No es la carne propia, pero tampoco es ajena. La carne propia no sorprende, pues nunca es carne, para serlo se requiere una abstracción, un juicio muy distinto al de nuestro hombre mirando solitario. La carne ajena no sorprende, pues tampoco es carne, sino objeto, abuso, emplazamiento. La carne sólo es carne cuando dos se encuentran, cuando dos se descubren en la aparición de lo que realmente son. Por ello la pregunta: “¿es aún más dulce bajo el sueño?” El sueño figura un encuentro. La dulzura de la carne se encuentra o bien en el encuentro real o en el imaginado, pero nunca en el planificado objetivamente, en la distancia utilitaria. La carne es dulce: tierna, como la emoción de los enamorados; plácida, como el tempo de las caricias; suave, como el sabor de un caramelo que despliega sus olores para deleitar el tacto. “Tu carne, ¿es más dulce bajo el sueño?” evoca el recuerdo del encuentro, la calidez que se contrasta con el sofoco del solitario día soleado.

         Los puntos suspensivos lo mismo son la entrada del sueño que su salida. Si el encuentro del poema es imaginario, la segunda estrofa muestra la experiencia interna de nuestro hombre mirando solitario. Si el encuentro del poema es real y los dos puntos señalan la llegada de quien se espera, la segunda estrofa muestra la experiencia interna del hombre sorprendido por el descubrimiento de la soledad. En el primer sentido, la separación entre y yo produce la sorpresa de saberse solo. En el segundo sentido, la inminencia del encuentro entre y yo exhibe la dilución de lo que yo había sabido de mí mismo. En ambos sentidos, yo se conoce a sí mismo; sólo en el segundo, el conocimiento de yo confirma una realidad.

         Leamos conforme al primer sentido. La estrofa contrasta sus partes. De los dos primeros versos, el contraste entre imagen y cuerpo aumenta la distancia entre el hombre mirando solitario y la experiencia interna del ensueño. La imagen está cerca, pues quien ensueña la trae a la presencia. Ante el agobio caluroso, el hombre mirando solitario se refresca imaginando la presencia. La imaginación, en cambio, el ensueño más que el sueño, hace evidente la inmaterialidad del anhelo: sólo hay cuerpo propio ante las propias fantasías. De ahí que el hombre mirando solitario sea sorprendido por su soledad. El ensueño gravitó la ausencia. Sabiéndose solo, el solitario se reconoce humano. La limitación del propio anhelo, la realidad opuesta al deseo, el límite claro de la voluntad, son muestra de la forma humana. El solitario no quisiera su soledad, pero la ausencia le hace evidente que está solo. En su soledad concluye: es un ser invisible. De no serlo, no estaría ausente, pues sabría de la soledad de yo y estaría ahí presente. El ensueño del encuentro fue el oasis de la trágica condición humana.

         Leamos ahora conforme al segundo sentido. Los contrastes del primer sentido emanan de la sorpresa en el segundo. O para decirlo de otro modo: el hombre que miraba solitario pasa de la imagen al cuerpo y luego a la sorpresa, de la sorpresa a una plenitud humana y luego a algo no visible. Es decir, el hombre esperaba solitario y tuvo la fortuna de que llegase el esperado, la brisa refrescante de quien uno quiere ver. Llegando lo primero en aparecer es la imagen, pues ahora el yo del poema puede comparar su ensoñación con lo presente: la presencia se apropia de la imagen y con ello descubre el cuerpo. Frente al cuerpo radiante de , yo se sorprende por su soledad. Yo, definido desde una soledad conceptuada por la ausencia, descubre con sorpresa las nuevas posibilidades de ser: le descubre a yo que no ha de ser un solitario, que puede ser un yo plenamente entregado a . La sorpresa es la refutación de la opinión sobre uno mismo. Yo junto a descubre su forma humana. ¿Qué descubren y yo en el encuentro? Se descubren invisibles. La carne sólo es visible cuando dos que se aman se encuentran; el desierto es exterior para los que se aman. Sólo por un amante yo puede conocerse. A veces el desierto comienza por los ojos; a veces tu mirada me habita plenamente.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. La Oficina de la Presidencia contestó a Animal Político que no tiene obligación legal de contar con documentos sobre lo que diga el presidente. Así, como lo dije ante la presentación de la Estrategia Nacional de Lectura, tantos eventos para presentar el nuevo curso de la historia patria son puro cuento. Régimen de la simulación. 2. Pues la Presidencia mintió, otra vez. En la presentación del militar que ostentará el «mando civil» de la Guardia Nacional se omitió parte importante del currículo del general Rodríguez Bucio: estudió en una escuela militar que enlista entre sus egresados a 11 dictadores latinoamericanos. Detallito. Error de dedo. Régimen de la simulación. 3. Y no sólo miente, sino que manipula. Tras las preguntas de Jorge Ramos en la mañanera de ayer, se comenzaron a modificar las cifras del Secretariado Ejecutivo de Seguridad Pública para que coincidiesen con lo que afirmó el presidente. Una vez que Raymundo Riva Palacio advirtió que la modificación se estaba llevando a cabo, desaparecieron las cifras de la página oficial. Miente, simula, manipula… ah, pero es honestidad valiente. 4. El presidente pide a Reforma que revele sus fuentes. Sí, el mismo que cuando es cuestionado dice que tiene otros datos que no va a presentar. Si fuera chiste, se contaría solo. 5. Perdida entre las notas pequeñas, pero importante para nuestra cultura política. La encontré en un diario local. El Instituto Nacional Electoral, la Secretaría de la Función Pública y la Secretaría del Bienestar, con Olga Sánchez Cordero como testigo, firmaron un acuerdo por el que se prohíbe que los partidos políticos usen el dinero público para comprar los frutsis y las tortas para los acarreados. No hace falta comentario irónico. 6. Para Enrique Krauze «en las urnas, el ciudadano decidió contra sí mismo. Vivimos una nueva biografía del poder».

Coletilla. «La Iglesia está muriendo en las almas», afirma Joseph Ratzinger en su artículo sobre la Iglesia y los abusos sexuales. No, no culpa a la revolución sexual de los sesentas (como simplonamente se ha reseñado en medios), sino que muestra que frente a la revolución de los sesentas el catolicismo tomó decisiones teóricas que explican la confusión actual. Confusión que produce el emplazamiento efectista de las preguntas, emplazamiento que hace ineficiente el plan contra la pederastia. Y confusión fundada en el olvido del centro de la vida cristiana: la eucaristía. Si la Iglesia ha de hacer frente al problema de los abusos sexuales lo ha de hacer desde el misterio de la vida cristiana, desde el misterio de la carne. La teología no puede ocultarse en la psicología, ni siquiera en la que se presume humanista. La teología debe ser capaz de dar una respuesta teológica. ¡Qué alegría saber que todavía hay un católico inteligente!

Lugares del otro

Lugares del otro

 

La ingratitud demerita la vida; algunos compromisos la frivolizan. Comprometerse no es malo en sí mismo, sino que es bueno en tanto el compromiso nos reúna en lo mejor. Problema de algunos comprometidos es que reducen su experiencia al cumplimiento fácil: prometen con desparpajo, elogian con liviandad, confunden la simplonería de la obediencia imbécil con la convicción esforzada de una acción notable. El problema no es el compromiso, sino comprometerse para reposar plácidamente en la insulsez. Comprometerse con la frivolidad hace a la vida ingrata.

         Frívola y comprometida ha sido la nota con la que Elena Poniatowska homenajeó a Fernando del Paso. Véase el primer párrafo: “Más que ningún otro escritor, por medio de La Jornada Fernando del Paso manifestó su indignación ante injusticias sociales y participó con su pluma en los acontecimientos políticos y sociales, entre ellos el apoyo definitivo a Andrés Manuel López Obrador en los meses que precedieron a la elección del 1º de julio”. No sorprende la simplonería de matraquero, sino que quien se dice escritora decida homenajear a un colega por algo muy distinto de las letras. Reducir al escritor a comparsa del movimiento político, soliviantar el acto creativo por la jactancia de la convicción abajofirmante, confundir la crítica literaria con el pase de lista, no es indigno de la Poni, sino ingrato para don Fernando. ¡Aprovechemos la fama efímera e inmediata del escritor fallecido para propalar nuestro mensaje! ¡Utilicemos la muerte de del Paso para nuestra causa! ¡Aprovechemos que el cadáver no se ha enfriado para sumarlo a la Cuarta Transformación! “Hágase todo para conservar el poder”, se rumora con sevicia en los pasillos del nuevo régimen. Vamos, jóvenes, gánense los favores del poderoso siguiendo el ejemplo de la falsaria. Mientras, los demás podemos leer, podemos esforzarnos por tomar en serio a Fernando del Paso, que es tomarnos en serio y tomar en serio al otro.

         Leo uno de los “Sonetos para un cuerpo ajeno y propio”.

Cuerpo de lento, tardo entendimiento:

tarde te has descubierto, cuerpo amado;

largo tu sueño ha sido y desdichado,

breve tu amor, tu aprendizaje lento.

 

Solo en tu desolado pensamiento

y al rencor de ti mismo abandonado

tarde aprendiste a amarte, tarde has dado

muerte a tu olvido y a tu vida aliento.

 

Lento cuerpo sin nombre y sin edades,

cuerpo de lentitud impronunciable:

deja que larga, dulce, lentamente,

 

y cuerpo a cuerpo, acariciadamente,

en una soledad inacabable

se junten nuestras lentas soledades.

Primera lectura: el personaje del poema habla del cuerpo ajeno. El cuerpo ajeno, tan deseado, tarda en entender, en saberse deseado. ¿Cómo es que no logra ver la retinal incandescencia con que lo atrapo? ¿Cómo le pueden pasar desapercibidas mis manos heladas por la distancia? ¿Cómo es que no ha aprendido a ver la excitación que se levanta en los cuidados, o el anhelo que despierta en los esmeros? Tu aprendizaje lento. Para la segunda estrofa la lejanía se distiende solitaria. Nos sabemos separados, distintos. Tarde aprendiste a amarte y la tardanza clausuró tu soledad. Por el mundo buscas, cuerpo ajeno, lo que no conseguimos juntos, pero nada funciona, todos son cuerpo sin nombre y sin edades. Tardaste tanto en aprender a amar que sofocaste el misterio de los otros. Donde no hay otro, donde no hay más, todos son largamente iguales y la soledad inacabable. El cuerpo ajeno, cerrado en sí mismo, carga su ajenidad como castigo: solo sabe del amor enajenante.

         Segunda lectura: el personaje del poema habla de su propio cuerpo. Aquí el poema tiene pasado y a quien habla en el poema por fin se le ha presentado el cuerpo como propio. El que habla reconoce el suyo como un cuerpo de lento, tardo entendimiento. Es lento porque se descubrió a destiempo. Amándose tanto a uno mismo, el cuerpo inventa su leyenda de la tierra ignota (largo tu sueño ha sido y desdichado), fabula en sus deseos terribles amazonas que destruyen a viajeros osados y hábiles conquistadores (en tu desolado pensamiento y al rencor de ti mismo abandonado), fatiga sus virtudes simulando los vicios (muerte a tu olvido y a tu vida aliento), e incluso implora escandaloso por el fin del autoengaño (deja que larga, dulce…) Quien habla en el poema se ha apropiado de su cuerpo sólo cuando ha llegado a saber que, ajeno a las caricias y alimentando el mito de su rectitud, ha terminado en una soledad inacabable. El cuerpo propio, aferrado a su propio mito, cincela con culpas su soledad: solo sabe del amor vergonzante.

         Tercera lectura: el poema muestra la apropiación de los cuerpos. En la intimidad maravillante descubro mi cuerpo de lento, tardo entendimiento, pues las caricias rebasan las explicaciones: el deleite del cuerpo que acaricia se diluye en la delectación del cuerpo acariciado. “Tarde te has descubierto, cuerpo amado”, no es una sentencia del tiempo, sino la perturbación misma de la expectación: no hay caricia plena que respete los planes. “Largo tu sueño ha sido y desdichado”, aquí sí aparece el tiempo: afán de perdurar, miedo a descubrir un nuevo anhelo acechante en la tibieza de una caricia nueva. Breve tu amor para mi esperanza. Tu aprendizaje lento para mis ansias. En la hoguera de la excitación fulgura el descubrimiento: solo en tu desolado pensamiento. En la caricia plena, el pensamiento desolado: Eros es locura. Y al rencor de ti mismo abandonado: palinodia. Tarde aprendiste a amarte: condena del moralista. Tarde has dado muerte a tu olvido y a tu vida aliento: “si yo no conozco a Fedro es que me he olvidado de mí mismo” (Fedro 228a). Mas el olvido, la locura, relampaguea en eternidad: lento cuerpo sin nombre y sin edades. Suplicio de las alas, besos demorados, caricias que se esfuerzan dolorosas por perdurar: cuerpo de lentitud impronunciable. Límite de la palabra: luz. Los cuerpos se encuentran larga, dulce, lentamente. Larga la extensión de la piel explorada a besos. Cálida dulzura de férvidas caricias. Lentamente, y cuerpo a cuerpo, acariciadamente, apropiación mutua, comunidad. En la intimidad, los amantes quisieran ser una soledad inacabable, reunión de nuestras lentas soledades. El amor como vida nueva; amar como gratitud de la vida. Gratuidad y promesa: compromiso de amor. La vida se amerita por amor.

         Sólo por el amor, cabe decir, podemos comprometernos con lo mejor. Los compromisos viles frivolizan la vida. La frivolidad de la vida siempre es un injusto desprecio del otro. Cuando se trata con frivolidad a la muerte, la injusticia tiene su lugar asegurado. Ojalá aseguremos un lugar justo en nuestra memoria a Fernando del Paso: un espléndido hombre de letras que valoró como compromiso mayor a la literatura, a la belleza y a la creatividad. Quizás el mérito del escritor sea la justicia.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El pasado 7 de julio comenté que la negociación sería la siguiente: Puebla para el PAN, pero Marko Cortés como dirigente. ¿No que no? 2. Vaya batalla que dio la senadora Kenia López en la discusión de la Ley de la Fiscalía General. La mayoría en el Senado no sólo se mofó de la propuesta de la panista para crear una Fiscalía Especial para Feminicidios (la expresión sardónica de Martí Batres no debería ser olvidada), sino que una de sus miembros declaró más que sibilina: “no se requiere una Fiscalía especial para las mujeres porque todas las mujeres somos diferentes, unas por una cosa, otras por otra cosa”. ¡Chíngale! 3. ¿De veras en el PRI andan leyendo mucho a Maquiavelo? No parece. El asunto es así: ¿qué enemigo le conviene más al nuevo régimen? Murat ofrece negociar con la CNTE; del Mazo ofrece una oposición a modo; lo que Chong ofrezca no se necesita, pues Morena tiene mayoría. ¿Quién vale más: Esteban o Delfina? El problema no es la grilla interna del PRI, sino la del nuevo régimen. ¿Ser temido o ser amado?

Coletilla. Esta semana, Radio Educación inició transmisiones en FM. También esta semana nos enteramos que en el gobierno que viene la radio pública se administrará desde Gobernación. Sí, los encargados de la política interna tendrán el control de las estaciones que no son comerciales. ¿Alguien va a convocar a la marcha por la libertad de la radio pública y contra la censura?

Respuesta a “Noviazgo” de Presenciausencia

Por A. Cortés:

Por ser este escrito una respuesta, pido al lector que tenga bien presente el texto de Presenciausencia al leer aquéste.

[Nota del 2 de Diciembre, 2011: tal escrito de Presenciausencia ya no está disponible en línea]

Antaño se dijo que una vida sin amigos no vale la pena vivirse, y que el amor es el motor de la comunidad. No obstando esto, el amor es lo último en lo que creerían los realistas utilitarios que abundan en nuestros días. Que haya algo como “felicidad” que nazca directamente de la compañía suena en sus oídos extrañados como superstición ingenua y necedad. El amor, dice Hobbes, es lo mismo que el deseo sensual, pero su objeto está presente; mientras que el del deseo sin más, ausente. Si acaso quedan algunos que creen que es posible el amor (y no como para este inglés que es calentura), lo creen con muchas reservas, y opinan que nada hay bajo el Sol que sea más difícil que encontrar a “la persona adecuada”. Es tan complicado y esquivo el discurso sobre el amor, que abunda en la poesía por cuanto escatima en la prosa. Pero no duda nadie de que haya noviazgos. Lo que yo leo en el escrito de Presenciausencia no es un himno al noviazgo, sino un himno al amor. Difícilmente aceptaría alguien que los prometidos por los padres para casarse, como se acostumbraba hace ciento cincuenta años, experimentaban en todos los casos este ímpetu de la confirmación en la esperanza, o del calor de la frazada en el frío. Y por mucho me parece que este bello canto carece de enfoque acerca de las dudas más importantes que tenemos cuando pensamos en las causas de ese fenómeno tan usual y tan poco preguntado: que haya dos que se llaman entre sí “novios”. Como este escrito carece de este tamiz peculiar, pienso que es posible contrastar sus líneas con lo que vemos de los noviazgos.

Desde el principio salta a la vista el primer problema: ¿el noviazgo sin amor es noviazgo falso, o no se incluyen tan íntimamente? Porque si lo es, tendríamos una cantidad infame de falsas uniones y de títulos mentirosos. Pues, en efecto, es la mayoría la que vive celebrando, siendo finita, promesas eternas de amor, y la misma mayoría la que termina sus noviazgos en uno o dos años (y creo que estoy siendo benevolente al suponer tanto tiempo). Pero si no importa el amor para que una relación de novios se realice, ¿entonces en qué se basa la unión? ¿En la promesa del matrimonio, o en el hábito de la relación sexual, o en algo semejante? Si el noviazgo es un nombre para los enamorados, ¿en qué se diferencia este amor del que se ciñe entre los amigos? Si no lo es, ¿entonces de qué sirve diferenciar al noviazgo de cualquier otra especie de relación?

Un segundo problema viene de la segunda línea del canto. Si, como es costumbre, el noviazgo es una confirmación de palabra que pactan los relacionados, entonces debería de poder explicarse lo que se encuentra “detrás de la puerta”. Pero si es innombrable, ¿cómo se dan razones sobre el hecho del noviazgo? Quienquiera que haga algo es responsable de ello por cuanto puede responder a quien le pregunte por las causas que tuvo para actuar. Por eso no decimos que los niños muy chicos o que las bestias son responsables de sus actos. Pero como en estos dos casos, aquí no hay quien responda por la unión de los novios, ni por sus conductas. Entonces parecería que no se trata de una cosa que se acuerda, sino algo que se da sin explicaciones y sin palabras. Nadie es responsable del noviazgo. ¿Y no es eso contrario a nuestra experiencia de este tipo de parejas? Si hasta celebran aniversarios del día del acuerdo. Claro, en lo anterior nada impide que los novios “descubran” que son tales en cuanto se percatan de que existe aquello innombrable que los une, y que a partir de ese momento se nombren novios. ¿Pero entonces cuál es el sentido del nombre si se le da a algo innombrable?

Inmediatamente se conecta esto con el tercer conflicto, y con la tercera línea, que en realidad es el desarrollo del anterior. Si uno se descubre unido a otro de este modo, entonces parece que no hay elección posible. Pero en cuanto digamos que tenemos la libertad para decidir de quién nos hacemos “novios”, se vuelve obscura la participación del hado que justificaba nuestro silencio. Quiero decir que, si vamos a quedarnos callados cuando nos pregunten qué es el noviazgo, porque lo que yace tras sus puertas es innombrable, entonces estamos implícitamente admitiendo que no tenemos control sobre tal relación. En ese caso, el noviazgo no se hace, sino que pasa, y por eso sería “algo que no se puede decir”. Y por el otro lado, si elegimos con quién queremos estar de este modo, entonces en la voluntad inclinada a alguien se evidencia que somos responsables de nuestra desideración y de nuestra acción elegida. Este “encuentro de almas en busca de algo más” se vuelve turbio, porque parece tener de algún modo que ver con ambos casos, el designio divino y el humano. Qué sea este “más” queda por completo fuera de nuestras posibilidades de reflexión. Y no lo digo así para cerrar herméticamente el conflicto, sino para mostrarlo latente: si “noviazgo” es un nombre que se le da a una relación específica, ¿en cuál de estas dos excluyentes formas de darse de la relación humana se está pensando cuando se le nombra (a qué llama)? ¿O es que sólo pueden ser novios quienes al mismo tiempo sufran de haberse encontrado atrayéndose entre sí sin quererlo, y después decidan nombrarse así? Y si es éste el caso (y por tanto primero es la atracción), ¿entonces para qué se pone el título de “novio” alguien, si en nada cambia el modo de ser que ya estaba allí? ¿O acaso será que dos que se atraen deciden por convenio propiciar e incrementar los encuentros para hacerse más atractivos el uno al otro? Tal finalidad me parece por completo superflua, pues si la atracción no es precisamente esa propensión a encontrarse y a seguirse el uno al otro, ¿entonces qué es? Y si sí es eso, insisto en el punto, ¿para qué la convención? Si no, ¿por qué dicen que se atraen, si tienen que decidir unirse?

En las líneas que siguen, el encuentro amoroso se describe ejemplarmente como la unión en la que dos se resguardan y protegen. Aún cuando las imágenes me parecen muy bellas, no creo que sean específicas de alguna relación particular sana, y pienso más bien que podrían aplicársele a cualquiera. No hay obstáculos para que un padre y su hijo se tengan como isla en el mar y como oasis en el desierto. Tampoco para que entre dos amigos se revelen y guarden secretos, y se despierten a la mitad de la noche con una llamada impactante, o trivial.

La exclusión es lo que más llama mi atención de entre las palabras que siguen describiendo esta unión. Nada hay más caracterísitico de nuestras relaciones habituales de noviazgo que esta peculiaridad: el requisito de exclusión (no el cumplimiento del requisito, que quede claro). Nada dice Presenciausencia sobre esto además de engarzarlo con la elección. ¿Está acaso proponiendo que hacerse novios es elegir una relación que excluya otras posibles? Esto es algo que con mucha frecuencia se arguye para describir la especificidad del noviazgo: “es la relación entre dos que deciden ser solamente uno para el otro, y para nadie más”; y tal forma de ponerlo es normalmente un eufemismo para decir: “dos que acuerdan para tener sexo entre ellos y con nadie más”. Mientras más vaya siendo conservadora la pareja, más conductas van prohibiéndose hacia afuera: nada de besos en la boca a ajenos, nada de abrazos ni caricias, nada de coqueteo, nada de… ¿Pero si esto es el noviazgo, por qué alguien lo elegiría? Si de algo estamos acostumbrados a huir es de las prohibiciones. Porque nadie sería amigo de quien le dijera “soy tu amigo si me prometes no contarle anécdotas nunca más a otro; y ni se te ocurra saludar de mano a nadie más que a mí, ¿eh?” Cosas así son sencillamente absurdas, y sin embargo, son muchos los que solamente esto pueden decir del noviazgo. A esta idea de la exclusividad viene la justificación: “abstenerse de besar a otro hace más especial el beso, porque se le tiene por único y valioso, y así con todo lo demás”. Pero este argumento es más bien débil, porque la especialidad de las caricias o del sexo no los hace más placenteros por hacerlos únicos, y la especialidad a la que se refieren no se puede explicar a través de una comprensión sensualista de las relaciones humanas. En cuanto alguien admite que dos son novios con el fin de placerse en el sexo, admite tácitamente que ambos cumplirán mejor su finalidad mientras más posiblemente aseguren que tendrán sexo. Y eso se logra consiguiéndolo con mucha gente, no con el requisito de exclusividad. Por el otro lado, si alguien dice que el fin de tener novios es lo especial de lo exclusivo, nada impide que hallen esto en cosas que no sean sexuales, y que la sexualidad la puedan explotar sin reservas o prohibiciones. Como ambos casos parecen ajenos a la experiencia, debe de ser alguna otra cosa en la que se basa que dos quieran tenerse exclusivamente.

Al final, con este torrente de preguntas, no pienso más que hacer evidente que el problema que estoy tratando a partir del escrito de Presenciausencia no es por nada pequeño; y que no están en nada resueltas sus muchísimas dificultades. Si queremos seriamente ponernos a pensar en lo que significa ser novios, entonces tenemos que hacernos estas preguntas honestamente, si no de nada sirve que estemos conversando sobre si es o no natural el enojo propio de la infidelidad; si son o no naturales las parejas que se unen para procrear; si son o no naturales los noviazgos entre jóvenes; si es o no verdadero el amor; si son o no divinos los designios misteriosos que nos encantan los ojos y nos pierden en la voz y figura de otro; y si es posible o no unirse para siempre con alguien para pasar la vida y complementarse como en el relato que, en el Banquete, hace Aristófanes. Si éste es un fenómeno que no nos inventamos alguna vez, entonces es de lo más importante que conozcamos sus causas y que intentemos conversar sobre su finalidad. Si nada de esto sucede más que por convenio, entonces podemos inventar cualquier modo de relación que se nos antoje y no tiene en lo más mínimo importancia que estemos pensando en estas cosas. Si los modos de relación se dan por convención, entonces mejor de una vez por todas definimos el noviazgo bajo contrato escrito para que se nos hagan visibles las peculiaridades de la conducta de los novios y nos quitamos de problemas: “¿quieres ser mi novia?, firma aquí”. Y en cuanto uno de los estatutos del contrato sea reformado por cualquier razón, sólo inventamos un nuevo nombre a la relación. Si quieren, free o alguna otra de esas payasadas. Después de todo, lo que abunda en nuestras sociedades actuales es el completo desinterés por estos asuntos y, desdeñando a quien quiere indagar al respecto, actúan todos engañándose diciendo primero que no hay amor, y luego ennoviándose con todo mundo sólo para mantenerse ocupados un rato, como si fuera muy evidente que nada hay en el hombre que por naturaleza lo una a otro. Como si fuera muy evidente que comportándose así no se hace mal a nadie y que todos ganan en placer lo que pierden en tiempo. Y todos felices.