Sobre los daños y los beneficios

Dice una vieja máxima humana que no hay beneficio de uno sin perjuicio del otro. Lo cual se puede traducir en lenguaje más coloquial como que hay que chingar para que no se lo chinguen a uno y el que más chinga es el ganador (en México usamos la palabra chingón). De manera más o menos semejante, si ocurre una tragedia y se caen diversos edificios, habrá quienes tengan trabajo y ganen dinero por eso. Si un matrimonio tiene problemas y no sabe cómo resolverlos, habrá abogados que busquen la manera de beneficiarse del suceso. Si hay situaciones violentas que una comunidad o la seguridad del estado no sepan y no puedan resolver, habrá quienes ofrezcan sus armas para solucionar el conflicto y controlar a los demás. Pero la máxima, pese a que parezca tener sustento en buena parte de nuestra experiencia, no evidencia que el hombre esté contra el hombre o que no sepa entender alguna situación en desgracia para en vez de beneficiarse con la desgracia, ayudar en dicha situación. Podríamos preguntarnos si es una cuestión de justicia dar en momentos en los que alguien lo necesite. Si el amigo requiere de dinero en determinado momento, ¿es justo darle o prestarle ese dinero? Podríamos pensar que es calculador hacer un préstamo buscando su retribución y además el agradecimiento. Pero el amigo puede dar desinteresadamente porque quiere a su amigo. Aunque no querramos a alguien y no busquemos su reconocimiento ni su agradecimiento, ni saldar alguna culpa, podemos ayudar desinteresadamente, sólo porque vemos que se requiere nuestra ayuda y será bueno hacerlo. Podríamos decir que buscamos el bien de la comunidad o simplemente el bien de nuestro prójimo.

Yaddir

Psicología sin alma

Psicología sin alma

Ningún psicólogo, y casi ningún hombre, se niega a aceptar que el amor es algo necesario. La pedagogía contemporánea trata de dejar la rudeza como práctica del amor familiar. Los sexólogos alienan el amor del sexo para dar terapia de algo que acompaña al cuerpo por naturaleza. Moldean las costumbres íntimas del concubinato, el matrimonio y el noviazgo para ofrecer conocimiento ilustrado de la materia (el alma es una abstracción que nunca se alcanza a entender en ellos). Son puritanos del cuerpo. En una u otra medida, todos parten del supuesto de que el amor es necesario, como algo que la vida requiere para ser tal. Desde que el sexo puede controlarse (ciencia anticonceptiva, planificación familiar) su represión ya no es un problema, sino un obstáculo. El aburguesamiento nos reduce a la lujuria. La pedagogía confunde la naturaleza amorosa con la vanidad del egoísmo.

Nuestra naturaleza, como lo muestra la metáfora platónica del carro alado, enseña que el amor es algo que está en nuestro ser. Que ser y amar son uno en el animal que es el hombre. No es esa metáfora un mito de la idealidad del hombre. Es alegoría de su vida. Cree que el erotismo es sólo algo que enciende con el deseo amoroso, pero en realidad está en el deseo mismo. Por eso el mito da un número de almas. Hace falta algo de sapiencia para ver en cada acto esa naturaleza. La necesidad del amor radica únicamente en que el hombre no es tal sin él. En que su alma es erótica. Hay quienes ven en ello una justificación de la lujuria. El cristianismo, mucho más sabio, nos enseñó a distinguir a Eros de la lujuria al concebirnos como carne, sin olvidar la enseñanza platónica. Supo mostrar que lo erótico no es deseo sexual, y sugirió, lo que parece inexplicable para los sexólogos, a la castidad como la mejor manera en que ese erotismo se logra, sin sojuzgar la carne, sin separar burdamente al sexo del amor. No la puso (a la castidad) como regla conductual, ni como moral personal. Por eso lo mantiene como un don. La naturalidad del sexo no es necesidad más que en el sentido en que se requiere para mantener la vida. Eso no obliga a todo mundo, hasta donde veo, a la culpabilidad criminal que todo mundo atribuye a los cristianos que buscan la castidad. Eso es más bien maniqueísmo de la dualidad alma cuerpo, que no existe para el cristiano. No es posible la castidad entendida como dominio del deseo.

Se requiere inteligencia para pensar la lujuria como pecado, no así para el prejuicio del sexo como acto despreciable del cuerpo en favor del alma, como se requiere sabiduría para entendernos en todo momento. La educación requiere de conocimiento del alma y, por tanto, del amor, para saber guiar, para entender los límites de la palabra, la perfección de una retórica posible. Porque ella no sirve si no sabe aprovechar el deseo de saber, si no templa y conduce a lo mejor en el intercambio de la palabra. Por eso la educación requiere iluminar la naturaleza, en la medida en que es iluminación de la humanidad propia, de los dilemas y problemas propios que siempre abarcan un problema recurrente. Por eso las modas son la manera más torpe de abordar cualquier cuestión: no buscan la verdad, sino el despliegue del yo. El pecado no es mantenerse siendo cuerpo, despreciando la recompensa de la vida eterna. El pecado es seductor porque está velado con nuestros propios prejuicios. El pecado en la lujuria nos confunde con respecto al amor, que es confundirnos sobre nosotros mismos. La razón hace falta ante el pecado no como un dominio de sí, sino como un deseo de la verdad cuyo resultado milagroso es la caridad, no el idealismo.

 

Tacitus

Paciencia

La paciencia no se acaba, es la esperanza la que se extingue.

 

Maigo

Presente

Se alistan los obsequios, pensando en navidad, se envuelven los regalos y a quien los recibe se espera agradar. Algunos se dan por cariño, otros sólo porque se debe dar, algunos son para los niños y otros para que se luzcan los papás.

En común todos tenemos que nos movemos en torno a la navidad, algunos para gozarla, otros para exhibirse quejándose de lo que se tiene que festejar. Hay quienes piadosos ven la llegada del Salvador y en silencio se preparan para renovar su corazón, también están los que brillan con festejos de oropel y los que en las fiestas lucen con amargura cruel.

En algún sentido todos nos movemos en torno a la navidad, algunos arrepentidos otros sin mirar, algunos preocupados por los presentes que deben dar, otros agobiados por los trabajos que hay tras festejar y otros mirando un pesebre que en su corazón está.

Los regalos y presentes se preparan porque falta poco para la fecha señalada, bajo un árbol se acomodan y con luces se iluminan muchas casas, algunos corazones se oscurecen y otros con plena luz se abrazan, algunos quedan ciegos y hay quienes la felicidad alcanzan.

Los presentes de la fecha con muchos colores se ensalzan, mientras que el mejor de todos en pañales se entrelaza; las luces en las casas emulan al pesebre que lúgubre y frío al mundo inundó con esperanza y dan cuenta de que la salvación nace y con la caridad se alcanza.

Se alistan los presentes y los que gozan y reniegan en torno a la navidad hablan, y unos y otros abandonamos la esperanza de salvarnos en silencio y de alcanzar con ello la gracia.

 

Maigo.

Este muchacho por quien reza el viejo

Este muchacho por quien reza el viejo

Yo contra mi Dios no me rebelo, sino únicamente que no acepto su mundo.

Aliosha Karamazov

De cierto que mi corazón está como el vino que no tiene respiradero, y se rompe en los odres nuevos.

Eliú, hijo de Baraquel buzita, Job 32. 19

Por tres veces ha pasado este muchacho vendiendo su pan.

Por tres veces lo han visto los hombres hambrientos, buscando dentro de su gabán… roto

un par de monedas con qué comprar,

pero el muchacho se aleja y ellos no encuentran con qué pagar.

Entonces, vuelven a buscar, pero sólo encuentran palabras en su pecho.

Porfían que el otro no les fiará.

Este muchacho los mira por el rabillo del ojo;

ya el atardecer lo cubre todo de un añil tristísimo:

Para avanzar, el corazón necesita estar en despojo.

Con sentimiento agrío quisiera bajar,

pues a su mente la calcina ya un pensamiento:

¿Por qué del árbol caído todos hacen leña? ¿Por qué los niños que juegan…

harapientos, a espantarse, sonríen juntos, mientras que en casa lloran?

El muchacho que se asfixia en constricciones, de largo decide pasar…

La fiebre aumenta por la lucha que librará.

¡No, no puedo el pan regalar!, aprisiona en su quijada.

El sol detrás de las nubes lastima más.

En verdad no puede, porque lo pidió prestado.

Y no es que no sepa de caridad, pero el dinero no lo hay.

En casa lo esperan con respuesta ¿Al fiador qué dirá?

Es poco el pan y mucha el hambre.

Yo: digo que es terrible la angustia que da Caridad.

Ha seguido de largo sin advertir que el pan lo ha repartido.

Ha seguido de largo y no ve que en el recodo un viejo lo espera,

con su diáfana mirada y con la sonrisa eterna

de quien todo lo comprende, de quien todo lo dispensa.

Este muchacho ya lo ha visto,

así que más rápido pedalea,

llevando el semblante desencajado,

las manos de rabia enfermas,

latiendo el corazón desasosiego.

La voluntad de tantos vuelcos flaquea.

Al fin se encuentran un momento… El tiempo se torna claro suspiro.

La noche, fiel embustera, no lo cubre todo con su ligero abrigo.

El muchacho pide la mano al anciano

y el viejo la extiende como un amparo.

El niño descansa el rostro en la mano.

Una lágrima tibia humedece al pasado.

El muchacho se aleja pensando, así como se queda el viejo

diciendo: Volveré a ver a este muchacho

regresar cual templado guerrero

o como fino acero labrado en sí mismo,

para ayudar al hombre al dolor perdonar

o para probar su desafortunado filo descubierto.

¿Cuál de los dos peleará por la libertad?

Por lo pronto,

¡Espero y salgas victorioso del desierto!, reza el viejo.

Javel

Ausencia

Al ver el dolor en la mirada de tu compañera sufro con ella la ausencia de tu partida, sus lágrimas me dicen cuan bueno eras y su sonrisa al recordarte me indica que fuiste parte de su alegría.

Al ver los ojos de quien por ti llora, veo la esperanza de que llevaste una buena vida, que no sólo fuiste amable, sino que trasladaste las barreras que sólo se rompen cuando en una compañera encuentras una buena amiga.

Al ver el rostro de quien te quisiera tanto, veo la esperanza de llevar una buena vida, no para sembrar recuerdos o lágrimas en los rostros, sino para dejar en ellos la dulzura de una apacible sonrisa.

Descansa en paz y que tu compañera y amiga se queda algo triste, pero en Dios confía.

Maigo.

Amor en la carne

Amor en la carne

La división entre lo privado y lo público es crucial para la fe, aunque parezca ilógico. Ilógico es si no existe una relación determinante entre el acto y la verdad. Es decir, que la fe, por el mismo nombre, no pueda probar nada, como le probó a Santo Tomás apóstol. En otras palabras, que la fe sea una cuestión muy personal, silenciosa, que habita sólo en ese fuero interno en donde se reza para que seamos oídos en nuestras plegarias. Que sólo en el desierto pueda uno mostrarse fidedigno. Que la prueba de esa privacidad sean las tentaciones, para las cuales no nos prepara la vida pública, por no tener juez suficiente entre los laicos, los ateos o los hermanos. Que no importe la diferencia entre la herejía, la idolatría y el mote moderno que se les ha dado, ante el problema político que la religión conlleva para la axiología: “fanatismo”. Que sólo a Dios se deba uno, literalmente.

La caridad interpreta de manera irrepetible esa división mediante el erotismo cristiano. Lo que parece recato excesivo ante el deseo carnal es reconocimiento de la tentación. Ese reconocimiento no es posible para quien no puede distinguir entre el deseo en el pensamiento y el acto. Uno puede reconocerse pecador antes de obrar por esa particularidad. También puede uno prevenir a los demás de ello. Si uno no puede atreverse a lapidar al pecador es por la misma razón. No es irrelevancia de todo juicio, es reconocimiento de esa intimidad que no debe compartirse en público, pero sí aceptarlo en presencia del pecado. El amor al prójimo es amor a Dios en ese infinito sentido. Vivir entre el pecado para perdonar y ser perdonados con misericordia; el fariseo se siente exclusivo de la virtud en sus modos privados, salvados por estar seguros de mantenerse en todo momento en la Ley, repeliendo a los que no reconocen su autoridad.

¿Quiere eso decir que la caridad nos lleva a probar el mal? No. Quiere decir que no hay bien en la vanidad. Que el hombre, carne perecedera, ha de evitar convertir el amor en un imperativo, en una exigencia pública, en tiranía. La fe se defiende racionalmente y amorosamente. La santidad no se prueba con orgullo. La resistencia a las tentaciones, privada, tiene su fruto en público, aunque sea discreto. Por eso uno puede actuar obligado por el ojo público en contra de su interés, o ser malentendido. Si uno renuncia a que la fe pueda ser defendida públicamente, se desvanece el esfuerzo de la caridad. Si ser tachado de hereje es doloroso, si duele y avergüenza, es porque importa la opinión ajena en torno a nosotros cuando la verdad está en juego. Pero, sobre todo, debe doler darse cuenta uno mismo de sus herejías, del error que otros no ven. Así es la experiencia del pecado, estipulado por la Ley, que es dada al hombre para su vida política. Vida a la que fallamos cuando hacemos una fe personal. En eso estriba la diferencia entre cumplir la Ley por obligación y por deseo. Eso es lo que la Iglesia significa: la fidelidad de una esposa que se vuelve una sola carne con su amado. La historia del amor a Dios no puede ser sin el amor al hombre, que debe saberse íntimamente, y, por ende, visto públicamente. La carne nos libra del exhibicionismo con el pudor enseñado por la caridad, nos enseña a entender el fariseísmo como ajeno al reconocimiento de la virtud.

Tacitus