Caridad sin progreso

Aprended, vosotros, todos los que habláis continuamente de libertad en una tierra de libertad, que la verdadera libertad del mundo es la libertad de ser santo.

F.J.Sheen

 

Ante una obra de caridad hay quienes sólo ven locura o malas intensiones, éstas siempre ocultas tras una cortina de pobreza, se ve como secuestradora a quien vive junto con sus inocentes víctimas bajo las mismas condiciones que ellas, y se ve como loca a quien concentra su vida en alguien que no sea ella misma procurando el bien de quien más necesita de ella.

Esos juicios se emiten con dolo y sin cuidado de lo que ocurre en el corazón de quien se da por amor a los demás; el primero señalando como propio de los ricos en oro y plata las labores que sólo los pobres de espíritu pueden hacer, es decir, igualarse al prójimo y sentir misericordia; y lo segundo se presenta como consecuencia natural del deseo de construir un paraíso en la tierra, que sería un sitio en donde las necesidades físicas no existen y las necesidades espirituales, en caso de que algún nostálgico las tenga, se cubren dándole a todos internet de banda ancha.

La igualdad entre caridad e intensiones ocultas no debe de extrañar a quien vive en sociedad, tal es resultado de la disolución de la comunidad, vivimos en sociedad y por lo mismo procuramos acercarnos entre nosotros en tanto que socios, es decir sólo cuando hay algo de por medio  que nos ayude a subsistir, no sabemos quién es el otro y la verdad ni nos importa, a menos que en algo nos afecte. Los otros son un infierno para el yo, y buscan ocultarse o deshacerse de éste al igual que el yo busca ocultarse o deshacerse de los otros. Por suerte para el yo siempre hay progreso y éste puede ayudarle a convivir menos con los demás, sin que por ello mermen sus ganancias o la seguridad que éstas le traen.

Por otra parte, la igualdad entre caridad y locura sólo se puede comprender en la medida en que la negación de un alma digna de la salvación es aceptada; quien ve en el hombre un cúmulo de subpartículas que por cuestiones azarosas se mueven buscando su propia subsistencia sólo puede ver un misterio en la caridad y en la misericordia, el cuál debe ser interpretado como un movimiento anómalo entre los movimientos que distinguen a ciertos grupos de partículas de otros. Pero, por suerte para el que se intriga ante tales misterios siempre hay progreso que le ayude a avanzar en su investigación sobre la locura, y éste le puede garantizar los recursos necesarios para algún día hacer comprensible lo que por ahora parece impensable.

Ante las raíces de las que emergen tales juicios sobre la caridad, es posible notar al menos dos cosas: primero que ambos, a pesar de ser tan distintos usan como tabla de salvación al progreso, lo que muestra que quienes emiten tales juicios confían en que algún día dejarán de pasar cosas tan incómodas como encontrarse con alguien que nos escandalice por sus actos; y en segundo lugar vemos que esa ciega fe en el progreso sólo conduce a juicios ciegos cuando se trata de pensar a lo que se aleja de éste.

 

Maigo

Promesa

Promesa.

Un nacimiento siempre es una promesa. A veces, la presencia del recién nacido nos dice que ya no es necesario esperar más, que lo que tanto se desea tener enfrente ya está ahí. Y hay otras ocasiones en que el llanto del recién nacido es el que promete algún cambio del que no es posible saber a ciencia cierta si es para bien o para mal.

No importa como se le vea, si como una promesa cumplida o como una recién hecha, lo que importa notar aquí es lo que significa un nacimiento. De no significar una promesa, hablar de nacimientos es un acto que se queda en una mera descripción biológica, la cual a veces puede ser mecanicista y a veces no o bien puede ser una conversación sobre artículos decorativos que no pueden faltar en casa la noche del 24 de diciembre.

El día de ayer se celebró un nacimiento que es la promesa de promesas hechas al hombre, pero el festejo en muchos sitios y momentos cayó en una ridícula farsa, en un conjunto de movimientos mecánicos en donde lo que importa no es lo festejado sino la pompa y el rito con el cual se conmemora lo festejado, tan es así que el día de ayer no nos acordamos de agradecer al Dios del cielo la promesa que es el nacimiento festejado, aún cuando bien pudimos estar presentes en los ritos llevados a cabo. Esto bien se pudo deber a distintos distractores, o a que somos por distraídos solemos acudir al banquete de los santos sin prestar atención a lo que ahí ocurre. Eso es lo de menos cuando ya no se cree en promesas porque ya no se cree en que la palabra tenga valor alguno, en especial cuando de la palabra de Dios se trata.

Ayer que fue navidad muchos de nosotros fuimos ciegos y sordos, no vimos la luz de esperanza que traía consigo la promesa de salvación que se cumplía y menos aun oímos la promesa de cambio que traía consigo la voz del Salvador. Promesa, no de que cambiara el mundo sino, de que cambiáramos nosotros y comenzáramos a ser buenos. Ayer fuimos ciegos y sordos porque somos incrédulos, y ya no por elección si es que tal cosa es posible, sino porque parece no quedarnos de otra una vez que ya no somos capaces de dar posada al que espera recibirla.

Maigo.

Filantropía y caridad

Los problemas de la democracia bien podrían resumirse en problemas del poder, pues la democracia es el régimen en el que a todos está asegurada la libertad de poder hacer lo que les plazca. Un poder bien repartido es, idealmente, el mejor panorama democrático. El establecimiento de límites al poder es, al final, el programa de manutención de toda democracia. Siendo así, es evidente la oposición de la democracia moderna a la mayor virtud política del mundo antiguo: la magnanimidad. No tan evidente, en cambio, es que la virtud del mundo moderno –la filantropía- plantea en cuanto tal un problema de poder.

         El ascenso de la filantropía es inversamente proporcional a la autonomía del individuo y va ligado directamente con la invención del empleo y la escasez. El primer paso para llegar a la filantropía fue la cancelación de la esclavitud, ocultando la substitución de una relación social por una relación económica; i.e. el nacimiento del empleo. El empleador se emplaza como un benefactor del escaso, del que no puede subsistir por sí mismo. En segundo lugar, para justificar la escasificación del otro, el empleador, o su ideólogo, postula a la prosperidad como fin equitativo, el empleado vive en la escasez con la promesa de alcanzar la igualdad de su empleador cuando la prosperidad llegue: el empleo viene a ser un mal necesario. Instauradas la libertad y la igualdad, la fraternidad ha de asegurar que los beneficios de los primeros en llegar a la prosperidad toquen a todos, ¡y aparece la filantropía!

         Secreto de la filantropía moderna es que entraña la necesidad de obtención de un poder tal que desde arriba permita beneficiar al otro. El filántropo debe ser superior al otro, debe saberse superior, debe mostrarse superior; pero no puede sentirse mal por ello, porque el otro también podrá ser superior, en su momento, haciendo fila, cuando el tiempo llegue. La libertad moderna, por decreto, es instantánea; la igualdad, por promesa, es paulatina; la fraternidad es económica.

         La tríada de principios que caracterizan al mundo moderno se plantean en clara oposición a las virtudes teologales, y la diferencia entre la filantropía y la caridad es lo que, más sencillamente, nos permite notarlo. Ningún empleo es caritativo; pero hay trabajos que sí lo son. El acto filantrópico, lo mismo que emplear a alguien, es un acto de poder; el acto caritativo, en cambio, es un acto de impotencia. Promover la filantropía en lugar de la caridad es reburujar problemas para la democracia.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 11821 ejecutados al 9 de diciembre.

 

Escenas del terruño. Mucha ha sido la chanza contra la incultura de nuestros políticos durante la semana, desde el desliz de Enrique Peña Nieto (¿alguien se acuerda de Montiel?) y el desplante de su hija, hasta la desaprovechada oportunidad de Ernesto Cordero para mostrarse superior a Peña (¿alguien se acuerdo de Montiel?); como si nuestros políticos fuesen de lo peor. Pero ayer volvió mi esperanza, haciéndome pensar que no son malos, sino que somos nosotros quienes no sabemos escucharlos, pues nuestros políticos hablan esotéricamente, ¿o no es eso lo que se infiere del chascarrillo de José Ángel Córdova Villalobos al decir que uno de los libros de política que lo han inspirado es El principito de Maquiavelo? ¡Cachetada con guante blanco al realismo político!

Coletilla. “Lo que natura no da, Televisa no presta”. Catón (Armando Fuentes Aguirre) sobre el affaire Peña Nieto (¿alguien se acuerda de Montiel?).

Ciega Caridad

Pero llegó cerca de él un

samaritano que iba de viaje,

lo vio y se compadeció. Se le

acercó, curó sus heridas con

aceite y vino y se las vendó.

Después lo puso en el mismo

animal que él montaba,lo

condujo a un hotel y se

encargó de cuidarlo.

Lucas. 10, 33-36.

Caridad es una virtud teologal, y en tanto que virtud es un hábito, nadie es caritativo por atender una sola vez en su vida a las necesidades del prójimo, es decir, es una actividad constante y como tal nos lleva a actuar en concordancia con ésta, de modo que se contrapone con los actos que desatienden el bienestar de aquellos que son próximos a nosotros; desatención que se puede encontrar en los pecados capitales.

Si hay un pecado capital que nos conduzca a desear el mal para el prójimo, y de paso a desatender su bienestar, ese es la envidia, pues ésta se caracteriza por ver con malos ojos a lo que el otro es y tiene, ese ver mal, nos lleva a pensar que el envidioso no es capaz de ver con claridad ni al otro, ni a sí mismo[1].

Si aceptamos que la caridad es contraria a la envidia, y que ésta se caracteriza por ver mal, es decir, con ojos enfermos al envidiado, lo más natural es esperar que de la caridad se diga todo lo contrario, es decir, que el hombre caritativo se distingue de los demás por su capacidad para ver con ojos saludables al otro, salud que le permite darse cuenta de lo que es ese otro, y de las necesidades que como ser humano tiene. Pensando de esta manera a la caridad, resulta que el hombre caritativo conoce al otro, y en cierto modo sabe hasta qué punto es bueno ayudarle a cubrir sus necesidades, de modo que no termine por hacer un mal mayor o deje de ver las carencias y necesidades propias.

Pero, constantemente escuchamos que la caridad en realidad se caracteriza por “hacer el bien sin mirar a quien”, o que una persona es caritativa por dar limosna a cuanto ente se encuentra en su camino, sin juzgar a quien está dando dicha limosna, no importa si el limosnero ocupe aquello que se le da para cubrir alguna necesidad inmediata, como podría ser el alimento, o para mostrar a la sociedad que trabaja por el beneficio de todos, como podría ser el caso de algunas instituciones que se dedican a juntar fondos para los miles de seres humanos a los que pretenden ayudar sin siquiera conocerlos.

Ante estas ideas tan contrarias respecto a lo que es la caridad, sólo podemos reflexionar para ver si la virtud teologal de la que se habla en los evangelios y en los textos religiosos es la misma que aquella de la que echan mano los limosneros, y en caso de ser la misma, nos falta ver por qué es contraria a la envidia.

En un primer momento parece que la caridad ciega, es decir, la que hace el bien sin mirar a quien lo hace, sí es contraria a la envidia, pues el envidioso parece incapaz de dar algo al otro, aunque esta incapacidad del envidioso bien puede deberse a la carencia del mismo, la prueba está en que también hay pobres envidiosos, es decir, también hay personas que carecen de ciertas cosas y que ven con malos ojos a los demás, aún cuando éstos sean igual de pobres que aquellos.

Si vemos a la caridad desde este punto de vista, parece que ésta consiste más bien en ofrecer al otro lo que éste necesita, aún cuando el precio a pagar sea que el hombre caritativo se desprenda de todo, incluso de lo que magramente puede ayudar a su subsistencia, tal y como lo hizo cierta viuda al ayudar al profeta Elías, es decir, privándose de la poca harina y aceite que quedaban tanto para ella como para su hijo y usarlos para alimentar al extraño que había llamado a su puerta.

Pero esta manera de ver a la caridad, es decir, de tomarla como una actividad que se hace a ciegas, implica que el hombre caritativo, no sólo se priva de lo que tiene, sino que lo hace porque no puede ver ni lo que tiene y es ni lo que le hace realmente falta al otro, es decir actúa sin sentido. Además este actuar a ciegas, no es contrario al actuar del envidioso, quizá hasta es peor, pues quien a ciegas ayuda no sabe si lo que está haciendo es realmente un bien o un mal, de modo que este tipo de caridad no puede ser entendido propiamente como una virtud, porque al andar a ciegas podemos fácilmente caer en el vicio.

Ahora pensando en que la caridad sí exige ver las necesidades del otro y nuestra capacidad para ayudarle a cubrir dichas necesidades, bien podemos pensar que lo que hace la viuda que ayuda al profeta a seguir con vida, no es en realidad un acto de caridad, es más bien el resultado de su incapacidad para ver lo que pasará si comparte lo poco que tiene.

Pero no podemos juzgar tan a la ligera el acto de esta mujer, la cual no sólo acaba siendo calificada como una mujer caritativa, sino como una mujer piadosa. Así pues, para no juzgar tan a la ligera aquellos actos que por caritativos parecen más bien el resultado de un descuido, hemos de ver qué más hay en la caridad como virtud teologal.

Si bien la caridad se aprecia en la ayuda que da el caritativo a su prójimo, no podemos dejar de lado que dicha ayuda proviene de la capacidad de ver al otro como un igual que  necesita dicha ayuda, y que esta capacidad de ver al otro como igual deviene de la consideración de que todos somos hermanos, es decir, somos la misma carne, y como hermanos nos conocemos al grado de ver qué es lo que realmente ayuda o perjudica al otro en la medida en que el caritativo da.

Tomando en cuenta esta hermandad que supone la caridad, podemos ver que la misma no ésta presente cuando el caritativo ayuda por temor al castigo de aquel que ha mandado ayudar o esperando una recompensa a cambio (San Basilio), en ese sentido vemos que la caridad es desinteresada, es decir, no ve a quien ayuda esperando librarse de un castigo o anhelando la imposibilidad de que se le niegue un futuro favor que le pueda prestar más adelante el ayudado. Este desinterés hace de la caridad un acto amoroso.

Y como acto amoroso, la caridad se hace presente en aquellos que aman a su prójimo porque lo reconocen como tal, reconocimiento que se desprende del conocimiento previo, pues a ciegas no es posible auxiliar al hermano, entre desconocidos no hay hermandad, la viuda ayuda al profeta porque lo reconoce como hombre de Dios, y el samaritano auxilia al hombre herido porque lo reconoce como hombre, aún cuando éste sea su enemigo por tradición, y ve exactamente qué es lo que necesita, en tanto que está herido, no más.

Pensando en esto, podemos ver que la caridad sólo puede presentarse donde hay una comunidad, es decir donde hay algo que sea común al caritativo y al menesteroso, y eso común sólo se puede apreciar cuando vemos con claridad lo que es el otro y lo que efectivamente necesita, de modo que no puede haber una caridad a ciega, si es que consideramos que ésta es efectivamente contraria a la envidia, ni tampoco puede haberla si no existe propiamente una comunidad.


[1] Respecto a la envidia, el lector puede revisar mi escrito anterior publicado en este mismo Blog.