Alimento de los ojos

Alimento de los ojos

el rito de acariciar

prendiendo fuego

Leemos acariciando la superficie de la página, palpando los renglones, lengüeteando las sílabas. ¿Acaso la comprensión es el beso entre las palabras y las ideas? ¿O los lunares pautan el estilo de la prosa? ¿Qué sería entonces una lectura compartida? ¿Qué pensar de la lectura pública? Cabe preguntarnos todo esto ante El lector a domicilio [Sexto Piso, 2018], la nueva novela de Fabio Morábito [Alejandría, 1955].

         Ya es lugar común nombrar como inquietantes las letras de Morábito. Cualquier lector habitual de Morábito puede reconocer la exactitud imprecisa de su lenguaje: nadie sabe decir tan perfectamente las cosas más indeterminadas. Inquietante, sí, pero claro, clarísimo sin transparencia, transparentísimo de opaco. Morábito nombra la realidad que se desdice, en él la palabra es una morada eventual, la bruma que sigue al ventarrón. Y, evidentemente, El lector a domicilio no puede ser más claro, menos claro. Comprender la nueva novela de Morábito implica acostumbrar los sentidos a la claridad, reconocer sus capas, acariciar lo poético desde la tersura de la piel en la mirada hasta el incendio del deseo en la boca. Novela sensual, sí, recatadamente sensual.

         En lo más superficial, en la piel de la novela, El lector a domicilio tiene una trama absurda. Un hombre al que se la ha conmutado el castigo por un crimen por la participación en un programa de lectores a domicilio. El hombre acude formalmente a los domicilios asignados para cumplir cada semana con cierto tiempo de lectura. En cada casa, el hombre lee una obra distinta. Las semanas en que se distiende el castigo dispensa las tramas de las obras. Peripecias del carácter, imprevista sustitución de la prosa por la poesía y el programa de lectores a domicilio se complica. Pequeños gustos, licencias y concesiones complican todo hasta la consecución de un crimen y la oportunidad heroica del hombre. Así la trama. Pero El lector a domicilio es más que una trama.

         El libro dialoga con un poema de Isabel Fraire [México, 1934-2015], con un recuerdo de un poema de Isabel Fraire y con una vida inspirada con un poema de Isabel Fraire… sin que la poetisa sea un personaje en la obra. En alguna escena, un comité de buenas personas organiza una lectura pública en homenaje de Isabel Fraire. El homenaje se realiza de tal modo que, “organizados para no leer” ha dicho un clásico, no hay lugar ni oportunidad para recordar a la homenajeada. La lectura pública se convierte en un acto de propaganda social; la memoria es impermeable a la belleza cuando se está demasiado ocupado. La imposibilidad social de vivir con poesía es paralela a la incapacidad lectora del protagonista, quien lee en voz alta entonando perfectamente con su perfecta voz sin ser capaz de poner atención en aquello que lee. Cumplir con el acto exterior de la lectura, o cumplir con el cuento público de lo “literario”, puede limitarse al enclaustramiento en el propio mundo, a la clausura en el monasterio del deber. No hay lugar para la poesía ni en la vida pública, ni en la privada, si leer sólo es nuestra confirmación. Para que haya lectura, como en el amor, debemos perdernos en los pliegues del otro, encontrar nuestra morada en la piel ajena —muestra el poema de Fraire.

         ¿Perderse en el otro? ¿La lectura como deriva en lo ajeno? ¿Leer como acto erótico? La novela pone en tela de juicio toda la erudición hermenéutica. El lector que no se pierde a sí mismo en el texto no comprende lo que lee, no lo sigue: hace de la lectura una interpretación, una ejecución pública, un entretenimiento social para un auditorio que sólo entiende lo público como la escenografía de la selfie. El lector que se pierde a sí mismo en el texto está, quizá por primera vez, abierto al mundo, dispuesto al otro, camino al conocimiento en alguien más. Cuando el lector se pierde a sí mismo, se cancela la posibilidad de leer a domicilio. La lectura, ya no mensaje: vida.

         El lector a domicilio muestra la dificultad de la cancelación de la lectura como entretenimiento a través de los problemas sensuales de la obra. El tacto se vuelve problema con el poema de Fraire: la diferencia entre acariciar y tocar es inconmensurable, cual lo prueba el abrazo insípido o el fogoso roce incidental. El oído se vuelve problema en la ejecución pública de la lectura: la bella voz de un mal lector de poesía defrauda a la inteligencia. El olfato se vuelve problema ante la inminencia del peligro, que se respira sin fragancia alguna en el aire. El gusto se desmorona entre las migajas de las palabras mal gustadas. Y la vista muestra incapaz al ojo más allá del horizonte, pues sólo por la lectura reconocemos al horizonte como tal. El problema de la sensualidad es presentado en una de las escenas más morabitanas de la obra: ¿cómo se podría persuadir a un sordo por convención de su capacidad de oír? ¡Tan difícil como persuadir a los cultos que la lectura no es progresiva! ¡Tan lejos como entender al erotismo como pathos!

         La pasión, precisamente, es la claridad opaca que permea la nueva obra de Fabio Morábito. El lector a domicilio nos puede mostrar el verdadero crimen: olvidamos leer con sensualidad, acariciar los versos, susurrar cálidamente los acentos, buscar el camino de las sílabas, perdernos a nosotros mismos en las ideas. A veces la lectura es un espectáculo para dos.

Námaste Heptákis

 

Estantería. 1. Jesús Silva-Herzog Márquez reflexiona en torno a la Cartilla moral de Alfonso Reyes. Dice que la Cartilla moral «es posible que sea el peor texto de Reyes pero, aún si lo es, es infinitamente mejor que los textos con los que nos atragantamos cotidianamente. Nunca será mal momento para encontrarse con Reyes, así sea a través de la lectura de su lista del mandado». Y concluye: «Quien lea esta cartilla encontrará una defensa de la alegría y una burla de la solemnidad. Comprenderá que la tradición es vitalidad y no servidumbre a lo antiguo. Aprenderá también a distinguir la emoción patriótica de la manipulación nacionalista. Sabrá que hay que ser modestos frente a las sorpresas del azar para no caer en la soberbia». 2. Rodrigo Martínez Baracs cuenta la historia de la Cartilla moral. 3. Para Fernando García Ramírez, Gabriel Zaid es un juguetón comprometido con la verdad. 4. Para Humberto Beck, Gabriel Zaid es el renovador de la prosa de ideas en castellano. 5. Para Armando González Torres, el trabajo de Gabriel Zaid es lúdico y omnívoro. 6. Para Julio Hubard, los ensayos de crítica al progreso de Gabriel Zaid se caracterizan por reunir la imaginación y la economía, son la muestra de la perfección de lo pequeño. 7.  Según Malva Flores, la poesía de Gabriel Zaid es el ejemplo perfecto del esmero cuidadoso por la claridad. 8. «Para mí, Gabriel Zaid es una estrella que permite orientarse en el camino. No es una estrella fugaz, no es un meteoro, es una estrella que ha estado ahí, que seguirá ahí y cuya luz no se gasta con el uso», dijo Adolfo Castañón.

Coletilla. Comparto el poema de Isabel Fraire que se menciona en la entrada, publicado por primera vez en el número 27 de El corno emplumado, la revista beatnik mexicana, en julio de 1968.

tu piel, como sábanas de arena y sábanas de agua en remolino

tu piel, que tiene brillos de mandolina turbia

tu piel, a donde llega mi piel como a su casa

y enciende una lámpara callada

tu piel, que alimenta mis ojos

y me pone mi nombre como un vestido nuevo

tu piel que es un espejo en donde mi piel me reconoce

y mi mano perdida viene desde mi infancia y llega hasta

el momento presente y me saluda

tu piel, en donde al fin

yo estoy conmigo

 

Simpatías y diferencias; confianzas y desconfianzas

Parece que el destino, niño travieso y juguetón, se divierte poniéndonos en encrucijadas. Tan sabio como lo permite el paso del tiempo, el destino sabe esperar el momento adecuado, el lugar exacto, la más sutil coincidencia para producir la sorpresa, para la confusión, para manifestar su inquietante presencia. Entre el tu quoque de César y el odi et amo de Catulo, pocas son las palabras que con el buen tino podemos decir en la encrucijada; pocas son las palabras y mucho debe ser el talento. Las encrucijadas ponen a prueba nuestra temporalidad. Así lo pienso ahora que el destino me ha colocado en una complicada encrucijada. Intentaré detallarla.

         Recientemente, en una conocida entrevista, Andrés Manuel López Obrador declaró que la inspiración para postular la necesidad de una república amorosa la obtuvo de ese paseo por la decencia que es la Cartilla moral de Alfonso Reyes, caballero de las letras y discípulo de lo bello. ¿Cómo reunir en un mismo acto literario a un hombre que me causa tantas insanas desconfianzas y al hombre de la más grata compañía?

         Es idea de López Obrador imprimir en gran tiraje y regalar por los rincones del país la obra del sabio mexicano para promover la revolución de las conciencias que nuestro país necesita. Si el diagnóstico de nuestros males, si la franca decadencia, se origina en una crisis de valores, lo más indicado es, piensa AMLO, revitalizar los valores mediante la lectura de quien los discute, i.e. la Cartilla moral. Hacerlo más allá del sistema educativo, lo cual regresa la autonomía educativa a los individuos y aminora el trabajo fantasma en la sociedad escolarizada, y del propio sistema ideológico de la clase política ha de lograr, supongo que supone López, una educación distinta, una formación como la que han de necesitar nuestros tiempos. Es idea, esta de repartir el opúsculo alfonsino, que huele al mejor Vasconcelos, a la decencia de Torres Bodet y a una tradición no académica del saber. Es, pues, una buena idea… O podría serlo, porque también tiene sus asegunes.

         El primero de ellos es triste para la alegría alfonsina. Algunos seguidores de López Obrador se han apresurado a destacar su diferencia con la propuesta. ¿La razón? Por allá dicen que es una ética del siglo pasado, y que por tanto poco puede hacer para dar razón de nuestro contexto; que es una ética caduca e inadecuada al siglo XXI, oleario en vértigos y hedonías. Otros dicen que la ética de Reyes es inaceptable por su condición de clase: hombre acomodado, hijo de la élite porfirista, empleado huertista, burócrata priista, seguro fingidor de la verdadera condición social del sufriente pueblo mexicano, reaccionario y de derecha. Y unos más, llegando muy tarde a la discusión, acusan la falta de espíritu patrio en la obra de Reyes, y denuncian su franca adhesión a los griegos –esclavistas y maltratadores de mujeres- y –todavía peor- a Goethe, que como todos saben es alemán y por tanto educó secretamente a los nazis. Digo que es triste hacer tales denuestos de Reyes porque son esencialmente injustos, ajenos a su vida y obra, a sus nobles ideales y a sus todavía más nobles esperanzas; es, pues, un abuso. No refutaré a los cronistas de la valía moral, que si no creen en la eternidad del Bien seguro es porque se lo tienen merecido; mas sí lo haré de los otros dos puntos.

         A mi juicio, Alfonso Reyes no fue el hijo de papá que heredó una riqueza injusta y vivió de ella en la holganza. En una carta a Pedro Henríquez Ureña, Reyes comenta que le será imposible ir a hacer estudios a los Estados Unidos, como se lo había recomendado su amigo dominicano, porque en definitiva su padre no tenía el dinero suficiente para financiarle un gasto así. ¿Esa es la actitud de la clase acomodada? Más tarde, tras su salida de París y en tanto empieza a buscar acomodo en Madrid, trabaja en varios turnos y en varias actividades para sacar el pan [así se nota en su Diario y sus cartas de la época a José Vasconcelos y Julio Torri]. ¿Un joven acomodado requeriría de doble jornada laboral para sobrevivir? A su regreso a México, que quizá sería época de prosperidad, debía esperar, según alguna vez oí decir a José Emilio Pacheco, el transporte público a la esquina de su casa para acudir a la cita con el cardiólogo, que por lo demás atendía en institución pública. ¿Esa es la vida de un hombre acomodado?

         Todavía más ruin es la acusación, añeja por cierto, de la falta de espíritu nacional en Alfonso Reyes. Él respondió en su momento a dicha acusación [cf. el primer Con la X en la frente], y su obra y vida toda puede ser entendida como una entrega total al futuro de su país como se trasluce en la siguiente bella y elocuente afirmación contenida en una carta a Enrique González Martínez: “bien sabe usted que mis alimentos están en Francia y en Inglaterra; mi ideal, en Grecia. Mi esperanza, en México”. Por lo anterior digo que es triste, y quizá también canalla y cínico, hacer afirmaciones tan viles sobre Reyes.

         El segundo de los asegunes es, para mí, más importante. Si la idea de AMLO se funda en la fe en el libro y la cultura libre, me parece una buena idea. Sin embargo, la repartición gratuita de libros también puede ser empleada para la indoctrinación ideológica, para cancelar los discursos públicos e instaurar los rezos –laicos pero revolucionarios- comunitarios, para disminuir las conversaciones y aumentar las conversiones. Si se lee con cuidado, se notará que la Cartilla… no fue hecha para la recitación, sino para la reflexión, para la discusión pública de quienes necesitamos pensar la ética. Además, la impresión de gran tiraje y la distribución masiva no es señal inequívoca de vocación cultural, pues también puede ser signo de la fe del aparato cultural como fuerza del Estado: esperanza en un Pemex de las letras. Si así lo está pensando López Obrador, es una mala idea y una descortesía al más cortés de los escritores; si así lo piensa, es una infamia disfrazada de santidad.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 11279 ejecutados al 18 de noviembre.

 

Obituario.

Lamentaba la semana pasada

la muerte del gran Tomás Segovia,

hoy lamento la de Daniel Sada,

que espero pronto encuentre paz y gloria.

 

Coletilla. Si se quiere profundizar en el currículo del nuevo secretario de Gobernación, no se dejen de leer las puntuales referencias a su persona en el libro Los señores del narco de Anabel Hernández, donde se muestra que el señor Poiré es pieza clave en el asunto del narco.