Celos

A la mañana siguiente, el purpúreo cuerpo de ella yacía, indefenso, sin poder contarle a nadie la imagen que sus ojos secos vieron al amanecer: era una hoja de acero muy afilado y frío, muy frío, Penetró en sus cuencas y haciendo palanca los chispó de un solo movimiento. Quién iba a pensar que una cortesana tan afamada como lo era ella, terminaría en el bosque muerta de frío. Ella misma jamás hubiera imaginado que sus ojos reemplazarían las canicas de la cabeza disecada del jabalí que cuelga sobre la cama del rey que ella conoció tan bien.

El celo en vano

Una persona poseída por los celos hierve. A menos que sea su costumbre comportarse así, la vemos como si estuviera fuera de sí, como arrastrada por una pasión de aquéllas que con pereza llamamos «irracional», como desbordada por un exceso que, sospechamos, se enraiza en el amor. A los celos los vemos a veces como un nombre para el miedo, la desconfianza, la inseguridad y también, por el otro lado, como uno para el interés, la preocupación y la predilección.

Es de llamar mucho la atención que este uso tan extendido es apenas el séptimo de la palabra «celo» en el diccionario de la RAE. Ya en el español del siglo XVII se usaba con esa especial atención a su cercanía de la pasión erótica como lo usamos hoy: «Marcos de Encinillas, Aposentador de Palacio y un hombre muy bien recibido en él, y querido de los Reyes ‒escribe José Pellicer de Ossau Salas y Tovar en una publicación de los Avisos históricos de 1643‒, mató de noche a su mujer y se huyó a sagrado. Dicen que tuvo celos de un enano de Palacio y que por la mañana le aguardó para matarle. Pero sucedió que, habiendo madrugado el Príncipe Nuestro Señor, al campo había ido con Su Alteza, con que se escapó. Si bien la voz universal es que la difunta era una santa y que murió inocente de las sospechas». El mismo José Pellicer, sin embargo, había escrito dos años antes en la misma publicación periódica, que lamentablemente el rey Felipe IV había dado a un príncipe francés un título de mucha importancia, pero que «el consuelo que hay es que Génova y los demás Príncipes italianos, será fuerza tengan celos de ver al francés tan dentro de sus confines y señor de una plaza de tanta consecuencia. En tanto lo padeceremos». Este uso, que en nuestros días es poco frecuente, podría ser el segundo del diccionario de la RAE, el de interesarse extrema y activamente por una causa. Lo mismo puede verse casi cien años antes en los Coloquios matrimoniales de Pedro de Luján en 1550 en el que recomienda que «el oficio del marido es celar la honra y el de la mujer preciarse de muy honrada». Cuando diciendo que se tiene celo por algo lo referimos en singular, parece que nos alejamos de la pasión ardorosa del amor con la que empezamos y nos orillamos a algo más general: al cuidado y esmero en la forma de hacer algo. De hecho, ‹celar› en su primera acepción es observar que se cumpla la ley. Se cuida que las cosas se hagan como deben ser hechas; pero resulta que solemos juzgar mal cómo deben hacerse las cosas. En 1545, aquí en México, escribe Fray Domingo de Betanzos que «por esto digo que ni el rey ni el Papa le darán asiento [a quien ostenta todo el tiempo lo bueno que es], sino sólo Dios, el cual con los desatinos y cegueras que los hombres hacen, ahora con buen celo ahora con malo, viene Dios a cumplir su propósito».

La palabra española viene del latín zēlus que a su vez viene del griego zēlos (ζῆλος), y ésta no es sino una forma de decir ‹hervor› metafóricamente usada como intenso cuidado por algo, honra y hasta competencia. Nosotros tenemos a la mano la más antigua ‹fervor› para cuando hierve el alma, y ‹hervor› más para la cocina. En eso repetimos la metáfora que llevó del ánimo caliente rompiendo en hervor, a los celos del amor. Fray Domingo puede hablar del buen celo y el mal celo porque contempla que el esmero fervoroso por hacer todo perfectamente bien es un desatino. Es ridículo suponer que el hombre puede tener bajo su control todo aquello de lo que depende que se cumpla el propósito divino. Esto no es exclusivo de la diligencia moral. El esfuerzo por tener dominio se puede extender tanto como nosotros podemos interesarnos en algo o en alguien. No todo puede ser como queremos. Los celos en los que alguien se pierde son un hervor cuyos vapores confunden el juicio, marean y modifican la apariencia de las cosas que rodean lo que nos importa. Y el mal celo, como en el caso del soberbio que merece la amonestación del fraile, se desbarata del pesar por no tener poder sobre lo que se desea someter. Se cela que se cumpla la ley, pero a veces se quiere dictar la ley y se desea juzgar a quienes deseamos que sigan nuestro dictado. Se cuida a los hijos, por ejemplo, con la que convienen los padres que es la ley de la casa, y se cela que se observe lo que es mejor para ellos. Pero no toda voluntad está a nuestro cuidado, ni tenemos dominio sobre los deseos o sobre las elecciones de los demás.

El deseo de poder es capaz de hacer profundamente infeliz a una persona celosa, incluso ante la obediencia a una ley que ella misma ordena; pues ni siquiera observándose sus pautas queda la elección del otro bajo su poder. No es poco común que al hervir por esta frustración, quien ama queme a los suyos. La persona celosa se adelanta a esperar lo peor, porque sospecha lo peor, y sospecha lo peor porque no ha contemplado la vanidad de su deseo. Estos celos son una dolorosa ambición de controlar las elecciones de quien se ama, por haber anticipado en sus acciones (y en sus palabras) la traición. Este sufrimiento compartido con el otro puede ser, como suele decirse, desconfianza; pero más que desconfianza de lo que el amado hace, es una desconfianza de la intimidad, pues la soberbia del que cree dominar el amor distorsiona la búsqueda del bien común. La confunde con cualquiera de los excesos de la ardicia y el ánimo, sean placeres carnales u honores, y se ofende fácilmente por ser tan alto su precio que nadie puede pagarlo. Es, en fin, triste y fútil. Cuando el celo bulle así entre dos que se aman, luchando para someterse intentan ser libres uno del otro, pero nunca pueden acercarse para ser libres juntos.

Muy breve pensamiento sobre los celos

Temo que son muchos los enamorados que, remedando años de tradición que enaltece la pasión como a una diosa, corroen su amor celándolo y extenuándolo. Se enorgullecen de su calor en estos intensos arranques e incluso los desean contra sí mismos, repudiando la templanza. Se convierten en suspicaces jueces de un compromiso de difusos límites, y confunden la confianza con desinterés, la paciencia con debilidad y la fidelidad con presencia. En su embriaguez –y en su elogio de este vino– no pueden regalarse la oportunidad de estar juntos aun siendo los dos libres, el uno del otro.

Culposa inocencia

La distancia no mata al amor sino los amantes que permiten que entre ellos crezca un abismo.

El tiempo no mata al amor sino los amantes que pasan los momentos que deberían estar juntos en compañía de la soledad.

La indiferencia no mata al amor sino los amantes que deliberadamente ignoran a quien dicen amar.

Los celos no matan al amor sino los amantes que, en lugar de apagar esas llamaradas, se esfuerzan por mantenerlas vivas.

Las mentiras no matan al amor sino los amantes que al pronunciarlas están convencidos de que la verdad nunca saldrá a flote.

Las peleas no matan al amor sino los amantes que, bajo cualquier pretexto, se infligen heridas imposibles de cerrar.

El amor no muere por sí solo ni mata a los amantes aunque ellos juren y perjuren que mueren de amor; en cambio, son los amantes, que se declaran inocentes, los únicos culpables de tan dolorosas muertes.

Hiro postal

Cosas de cuidado

Pese a que la definición primera que refiere el DRAE a propósito de celo es cuidado, esmero o  diligencia, esta ocasión referiré o hablaré cercando la acepción séptima, esta es: Sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño, poniéndolo en otra. Al final tampoco es que sean tan distantes, pues a qué se pone más cuidado o esmero que a alguien a quien se ama. El celo es eso pues, una sospecha de que la persona a quien le has dedicado tanto, mude su cariño.

Los celos –estos a los que ahora referiré– son una enfermedad extraña que una vez que ha sido inoculada en un cuerpo, ya no lo abandona, se expande y contagia a ámbitos que todavía se pensaban sanos y entonces… se vuelve mortal. Es cierto, los celos matan (y aunque lo hacen en sentido literal, basta echar un vistazo a cualquier reportaje o periódico de nota roja para que la analogía deje de ser tal) no hablaremos aquí de esa muerte, sino de la otra, la muerte esa que te hace caer en desesperación,  coraje, enojo y, las más de las veces, una abandonada definitiva. La muerte de las relaciones y el origen de la enfermedad esa.

Hasta donde entiendo el asunto, los celos tienen que ver directamente con el problema de la posesión. Yo tengo algo y me siento feliz –no feliz en general, sino feliz por tener ese algo; de lo contrario no lo tendría– y no quiero que nadie me desplace de mi cómodo lugar, entonces cuando reconozco que mi algo puede ser hurtado o que sencillamente se alejará, me preocupo, desespero, enojo y esas cosas que hacen morir. Suena consecuente. Si el sosiego o felicidad amenazasen con abandonar, vaya que habría motivo de dolor. Ahora, hasta aquí parece claro por qué motivo se habría  de causar el estado que describe a los celos; pero resta por responder si es que los celos son porque: a) seré arrojado me mi placentero lugar de bienestar o b) mi novia o novio directamente. En supuesto la opción b) implicaría la a), pero creo que es difícil distinguir los momentos que delimitan a una u otra opción. Como si la pregunta entonces fuese: ¿siento enojo, desesperación y demás porque se va mi novio o novia o siento todo eso, más precisamente, porque me quitarán mi estado de felicidad? Y vaya que es abismal la diferencia, pues la opción a) parece que está más preocupada por mantener la comodidad para la única persona que está experimentando los celos, mientras que la opción b) se inquieta por la relación que fue labrada entre dos personas. Uno se nota como un acto mucho más egoísta que el otro. En cuyo caso, si me siento enfadado porque me veré despojado de mi causa de bienestar, sí podría reducirse seriamente a un problema de posesión. No obstante, ello hace saltar otra interrogante: ¿Las relaciones, me refiero a las de pareja, son viles contratos de posesión? Si se responde que sí, los celos no tienen nada que ver con la persona a quien se ama, sino con el amante quien no quiere abandonar su confort generado al amar. Si se respondiese que no, los celos irían más del lado anímico, el amor y esas virtudes de las que gozan las relaciones bonitas y de las que poco entiendo; pues a la postre por más que se crea en que los celos son solamente por, a causa de o para la persona a quien se aprecia, es decir la pareja, ¿qué es lo que causa el desasosiego sino imaginar que la pareja puede colmar a alguien más, que no soy yo, con o de las cosas que a mí me colma? En otras palabras, me hace, me da o me regala eso a mí y no quiero que se lo haga, dé o regale a nadie más. Vaya que suena a posesión.

Ahora bien, dado que nadie estamos exentos de ser contaminados por dicho mal y siendo que puede surgir en casi cualquier momento, bajo casi cualquier circunstancia; sólo parece haber dos remedios: la confianza ciega o el olvido absoluto. O se cree en la promesa de que quien está en nuestra posesión, estará allí bajo los términos acordados o se desecha todo, pensando en que es mejor no encariñarse con alguien si al final mudará su cariño. El primero exige cuidados, pero –ya lo dijimos– ¿qué se cela sino lo que se ha trabajado con esmero, lo que así se estima? Y por este lado puede resultar incluso halagador, sólo por este lado.

Es cierto que no todo en la vida merece cuidado, esmero o diligencia, pero las cosas que sí lo valen es complicado no velarlas como si en ello nos fuese la propia vida, porque quizá así sea.

La cigarra