La confusa coexistencia citadina

«A quienes así les es ordenada la vida,
¿no les queda alguna actividad necesaria y plenamente apropiada?
¿O cada uno de éstos ha de vivir su vida siendo engordado como ganado?».

–El extranjero ateniense en Las leyes, de Platón.

La convivencia es el latido natural de la comunidad política. Cosa muy distinta es la coexistencia, aunque haya quienes no encuentren la diferencia. Coexisten sin problema muchos animales, siempre y cuando se encuentren rondando en un mismo lugar1. Coexisten minerales en las venas de la tierra y en la carretilla del minero. Coexisten los astros en el firmamento y los neutrones en un núcleo atómico. Coexisten ruecas, tubos, goznes, cadenas, bandas, pistones y perdigones en alguna máquina ruidosa que alguna incomodidad nos ha de resolver. En verdad, si uno se esfuerza bastante, coexiste prácticamente lo que sea, siempre que ahí esté al mismo tiempo que algo más. Por supuesto que coexisten las personas también: se visita cualquier día laboral el transporte público y listo, fin de la investigación. Ahora, que convivan los que están diario metidos en los autobuses y trenes subterráneos… eso es mucho más difícil. Decir que un grupo coexiste es hablar de una relación coincidental, ya sea que tenga fondo arbitrario («ya estaban esos objetos ahí») o que sea convencional según algún campo semántico en el que uno está interesado («vamos a poner esto y aquello ahí»). Cambia la cosa cuando se dice que hay convivencia. Cambia porque ya entonces se está hablando de vidas que se acompañan. Sólo el muy cínico olvida la vergüenza diciendo algo tan obviamente falso como que es lo mismo estar solos pero amontonados y estar todos amigados. Y con todo, hay muchos no tan cínicos que sin embargo confunden la política con la administración de los coexistentes.

La confusión empieza pensando que el bien común es la conservación. Éste es el primer paso en un camino2 que, de seguirse, lo lleva a uno a la casi natural conclusión de que la felicidad humana está en la máxima extensión de la existencia en la que la mayor cantidad posible de deseos son satisfechos, cueste tal estado lo que cueste. ¿Cómo hallaremos tal cosa? «¡Qué pregunta! –tenemos que contestar medio desdeñosamente–, si es claro y distinto: progresando». El avance se dirige, obviamente, hacia la eficiente organización de los recursos humanos que garantizarán menos dolor y más placer todo el tiempo posible. Cuando cada sujeto funcione de acuerdo al sistema, todos disfrutarán al máximo de este bien. En estos términos, se puede decir que tal bien es común. De ahí parece que se vale decir que las personas viviendo así, conviven. La confusión supone que hay convivencia cuando los coexistentes del montón están tan ingeniosamente administrados y mantenidos, que al atender sus necesidades individuales atienden en ello las de los demás (casi por consecuencia colateral). ¿No es éste un hermoso dominó?: hasta cuando los deseos se descarrilan hacia el espacio prohibido en el que afectarán el derecho ajeno3, se encuentra el alivio en el psicólogo, quien a su vez desea un exitoso consultorio rebosante de pacientes descarriados. Ahora, no hay que malentender: que haya una confusión no quiere decir que este acomodo de nuestra coexistencia sea imposible. Por supuesto que un montón de partes se puede manejar dadas determinadas funciones claramente delimitadas; eso no está a discusión y con un reloj basta de pruebas. Se puede administrar y se puede organizar de maravilla un cúmulo de personas con propósitos muy diversos. Se puede aspirar a que todas las unidades de un compuesto complejo se mantengan sobreviviendo sin dolor por mucho tiempo, y que produzcan mucho, para todos, de manera muy eficiente; pero no es ahí donde está la confusión. Se confunde quien la nombra «convivencia», porque supone que tratando de estas administraciones hacemos lo mismo que tratando acerca de lo preferible. Pues ni el mejor armado reloj humano es preferible junto a la aspiración de una sociedad en la que hay amistad.

La ciudad no se forma solamente para que el ser humano se mantenga, sino para que viva bien. La aspiración por una vida mejor es fuente de convivencia. Convivir difiere de coexistir en la misma medida en que difieren vivir bien y sobrevivir. No importa quién quiera tomarlos como lo mismo ni cuánto se esfuerce en presentarlos así, no lo son. En el diálogo platónico Las leyes, se planea la fundación de una ciudad. Al distinguir en ella entre la supervivencia y la buena vida, uno de los personajes afirma con una convicción entusiasmada que hacer como si fueran lo mismo deberá ser considerado una afrenta impía y deshonrosa, pues quien opina de ese modo tiene a su propia alma por algo vil y despreciable. Puede que sea así. Esa dramática exposición resalta la esterilidad de una vida extendida solamente por amor a la conservación. Bien conservadas, las momias. El bosquejo del alma vil y despreciable está delineado por la sinrazón: la supervivencia a secas es existencia sin razón, desprecio por la palabra. En la vida pública esto es desidia. Si se va a decir con pose solemne que lo mejor para el hombre es mantenerse el mayor tiempo posible, deberíamos estar preguntándonos con toda seriedad si como principio de conservación de las naciones no superaría a las leyes el formol. El problema es que considerar el propósito humano en la mera conservación equivale a deshumanizarnos. Es decir que la vida humana no tiene sentido. Pero esto es un oxímoron. No se puede razonar que no hay razón. Incluso los defensores más cínicos de esta enajenación de la razón nos dan razones, hablan para dar explicaciones, tratan de persuadirnos, intentan mostrarnos el sentido de sus opiniones sobre la existencia. En realidad, en sus esfuerzos lo que llegan a hacer es defender que el propósito humano está malentendido, no que no haya tal. La razón se defiende en la evidencia. En cambio, la defensa racional del despropósito es un despropósito. Eso es obvio. Negando todo principio y finalidad, los nihilistas comprometidos que engendran las consecuencias de sus convicciones no defienden nada, y si acaso hacen ruido alguno, sólo balbucean. Además del que niega los principios y los fines está también el escéptico, que no los niega sino que duda de ellos. Pero igualmente hay dos tipos de escéptico: uno va al doctor cuando se enferma, el otro piensa que tirarse a un pozo y no hacerlo son lo mismo. El primero no es tan escéptico que dude sobre todo en su vida, el segundo ya no está. Si de éstos, o de los nihilistas, o de los demagogos, o de entre cualesquiera otros, alguien finge tener buenas razones para el despropósito, es o un idiota o un miserable4. Y sea lo que sea, es responsable de un mal nefasto para la vida pública. Tal vez por eso el personaje del diálogo platónico, mientras juega a que es legislador de la ciudad que fundan, condena legalmente tales desatinos en el discurso público.

El asalto al sentido desemboca en mudez, locura, sinrazón; y al revés, en su defensa hay razón, propósito y diálogo. Esa apertura nos permite percibir lo preferible en nuestras vidas compartidas. Sobre ello conversamos y elegimos, y finalmente, nos responsabilizamos de las elecciones que se aclaran frente a todos gracias a la ley. Hace poco lo dijo bellamente mi amigo Námaste Heptákis: «Lo mejor del hombre es aquello que lo hace más real, más plenamente humano»5. La vida pública se vivifica en la conversación porque nos es común el bien humano como búsqueda constante. La conversación puede fundar ciudad. Pero para ello, debe confiarse en la palabra, debe venerarse la ley, debe celarse la razón. Estos cuidados no se dan en la coexistencia desde donde no significan nada, sino en la convivencia porque en ella no solamente estamos, nos acompañamos. La supervivencia es a la buena vida lo que la coexistencia es a la convivencia. Sólo en la convivencia aflora la amistad, allí donde los que coexisten a secas buscan la tolerancia (tan políticamente correcta6 y tan conveniente a mercaderes que harán entre ellos un buen bisnes). Una forma de organización sin convivencia conviene más a una botica, a un zoológico, o hasta a un campo militar, que a una ciudad; en ésta vivir así es enfermizo y asfixiante. Es una vida indigna. Si es mejor vivir que no hacerlo, mejor es vivir bien que vivir de cualquier modo; y en esa misma medida, mucho mejor que administrar la coexistencia, es cuidar la razón que nos ayude a convivir. Después de todo, no ha nacido quien pueda honestamente negar lo que todos percibimos, no importa cuan cínico, nihilista, escéptico o pedante sea: que mejor que vivir en soledad es, y por mucho, vivir en amistad.


1 Advertencia: qué quiera decir «mismo lugar» puede variar según el relator.

2 Por cierto, en nuestros días este camino está mantenido en excelente estado, empedrado, limpio, iluminado y abundante de descansillos para evitarle a uno cualquier clase de molestias desde el primer paso hasta el final.

3 En cuyo respeto está la paz, cual nos lo dijo don Benito Juárez.

4 Hay elogiados doctores con su título en filosofía que dicen que el origen de la crueldad es la razón y que el animalismo es la alternativa más justa junto al destructivo humanismo. Así los habrá siempre, no debe sorprendernos. Y las vacas siguen mugiendo.

5 Ver nota 4. Justo arriba.

6 Este concepto de lo «políticamente correcto» es ya tan corriente entre todos, y al mismo tiempo tan especializado en su significado en contraste con los significados de las dos palabras que lo forman, que pienso que debería construirse un neologismo que lo denotara. Debería ser uno chistoso o cuando menos juguetón, para que reflejara el uso irónico que hacemos de la frase. Palabras que me vienen a la mente son la flexiortodoxia, lo ortopolítico, o la doxinestesia, pero no estoy convencido de que alguna sea satisfactoria. [ACTUALIZACIÓN: Námaste Heptákis ha propuesto una palabra mejor que éstas: timagogia. La propuso aquí y explicó sus razones].

Secretos de Estado

Un secretario es originalmente un confidente, un oído discreto a quien hacemos depositario de algún secreto. Es el que guarda los secretos1. Originalmente; pero eso no quiere decir que verdaderamente, en especial porque no parece haber ya quien use así la palabra. Como rara vez pierden por completo su humor las palabras envejecidas y algo de lo que fueron cuando jóvenes se mantiene allí para quien quiera escuchar, de todos modos importa que alguna vez se le haya tomado así. Podemos notar que ahora ese nombre es exclusivamente una cuestión de administración, especialmente en cargos públicos. «Secretaria» mantiene su importancia a lo largo de muchas ramas y negocios, pero «secretario» y «secretaría» difícilmente ocurren en otro contexto que el del funcionario. Cosa curiosa, pues me parece que lo más notorio que comparten el viejo y actual uso es que el de secretario es un cargo2 que se ostenta. Es decir, es un nombre de honor. Pensemos en lo mucho que estimamos la confianza de las personas que más respetamos y encontraremos la clave de esta curiosidad. La confianza que merece el secretario en una posición pública difícilmente deja de ostentarse en público; a cualquiera le alegra que alguien de importancia lo juzgue digno de fiar. Así vemos que se «ostenta el cargo» en ambos sentidos: como que se le ejerce institucionalmente y como que se presume a voces en la plaza como insignia de excelencia.

Cuando la confianza se presume suele ser porque se le toma por recompensa. El amante de honores no tardará mucho en aparecer como confiable cuanto pueda, como sea que se le ocurra, para que su recompensa sea mayor y pueda lucirse más. Podemos ver lo que pasa después: rápido entran en conflicto la necesidad de guardar el secreto y el impulso de hacer sabido a todos los vientos que uno es su guarda. Y el problema empeora: qué tipo de persona es la que cuenta los secretos influye en la clase de información que se valora, se oculta y se maneja. Es de mucha importancia para el Estado cuáles son las cosas que conciernen a sus secretarías. Por supuesto, en una vena más cándida puede decirse que no hay de qué preocuparse porque el secretario de una sección del Estado sabe los secretos que conciernen a su área con todos los detalles, guarda toda la información pertinente, la conoce a fondo, etcétera; pero no parece ser tan sencillo. Si el que regala el secreto, es decir, quien confiere el cargo de honor, no tiene por valiosa la vida pública, sus secretos pueden serle de hecho contrarios. El secreto puede ser violento, cruel, inhumano. Puede estarse ocultando el manejo de las instituciones fundadas con bandera pública para intereses privados, o lo que es peor, para destruir la posibilidad de los intereses públicos. Si se me permite jugar más con la palabra, secreto viene del verbo latín secerno que quiere decir separar, poner aparte, dividir3 y de allí que venga a usarse como lo que se deja tan sólo para unos pocos; en términos políticos tiene implicaciones sumamente interesantes, usada para apartar y esconder de la vista, por ejemplo el tesoro de la ciudad4, o para referir a quien se lleva a otra parte para decirle algo en privado, para decir que unos son excepcionales y tratados aparte de los otros, o para hablar de algo muy lejano, retirado, apartado, y por extensión escondido, misterioso, guardado fuera de la vista5. De este verbo nos vienen también nuestras palabras secta, segregar, secretar, secante, todas ellas formas de separación. Cuando el interés en el bien común no es potestad del estadista, el secretario es un agente de la segregación, sembrador de facciones e incitador de la discordia.

Importaría especialmente pensar en esto si se viviera en una nación en la que los ministros (o más bien funcionarios) no fueran sino administradores de instituciones fundadas en el comercio del poder, pues ésta es la forma tiránica del descuido de lo común. En tal lugar, al nivel jerárquico más alto una secretaría sólo diferiría de otra por las ganancias que produce para «los interesados». No habría en realidad un jefe a cargo que conozca los secretos más profundos de las instancias en las que trabaja para los gobernados. Podríamos tener así ‒recordemos que esto es pura especulación‒, un secretario de comunicaciones y transportes que nomás puede supervisar la mitad (si somos generosos con nuestra credulidad) de los caminos construidos en el país; un secretario de relaciones exteriores que antes en su vida nunca había desempeñado un cargo diplomático; un secretario de defensa que hace discursos evidenciando su sabida dedicación a una función que no le corresponde; en fin, imaginemos incluso un secretario de educación que ni pronuncia bien el español ni ‒y esto sería significativamente peor‒ le importa hacerlo, uno que si llama «astróloga» a una astrónoma se corrige después no porque conceda una importancia fundamental a la distinción entre ciencia y superchería, sino porque prefiere amainar las críticas, y en pocas palabras, un secretario de educación descuidado, cínico, insensible y maleducado6. Si es posible que las secretarías se «desempeñen» de estos modos es porque no se guarda el interés público y los secretos que tienen secretarios así son perniciosos para la política.

Por eso tales secretarios parecen pura pantalla: administran la sección que les corresponde despreocupados de las peculiaridades de sus cargos como si no fuera indispensable conocer el fondo de lo que dominan. Y en ello parecen haberse alejado incluso del amor a los honores que pone en conflicto el ostensible cargo y su indispensable reserva: todos ellos coinciden en su función de manejar todo como un conjunto de recursos conmensurables, intercambiables e indistintos entre sí. Por supuesto que esto es una imagen clara del mercado; más prueba aún de que vivimos como si todo fuera comerciable. No es esto ya amor al honor, es más como una preferencia perezosa por el honor más rentable. Gloria barata. Lambisconería eficiente. No es de extrañar tampoco la clase de gente que son: si la única cosa que puede hacer que una vaca sea comparable a los zapatos ‒hechos con piel de sus congéneres menos afortunadas‒ es el dinero, es éste también el que tales secretarios usan de vara para medir sus responsabilidades. La nación como negocio es la cancelación de la vida pública a favor de los secretos privados. El simulacro de sapiencia es el interés en saciar un siempre creciente deseo personal. Así pues, no es necesaria ninguna maestría, ninguna especial excelencia en el conocimiento. El secretario no es ya quien guarde y conozca los secretos de su ministerio. Lo único que le queda del que se ostenta como digno, es la ostentación; y ésta, la más barata que se pueda.


1Véase cómo usa Cervantes la palabra en Don Quijote, Primera parte, Capítulo XXXIV, cuando Camila le habla a Lotario del inconveniente de que su dama de compañía conozca el secreto del adulterio entre ambos: «lo que me fatiga es que no la puedo castigar ni reñir, que el ser ella secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos».

2Dicho de paso, en la disciplina heráldica (que parece tener su propio dialecto del español), se dice que las imágenes representando una familia en el escudo de armas son «cargos» y de todas se piensa que dan honor. Un escudo se dice estar «cargado» de un sol o de una quimera, por ejemplo.

3Ovidio, Metamorfosis, libro 6, v. 55, usa secernit al hablar de la separación de las telas que se hace de la urdimbre con el telar. Es iluminadora la reflexión que se hace en la introducción al Político de Platón en la traducción de Eva Brann, Peter Kalkavage y Eric Salem: «el paradigma del tejido nos acerca al más impactante elemento del diálogo: la facción (en griego stasis). El verdadero estadista sabe cómo hacer Uno a partir de Muchos principalmente porque sabe cómo superar la facción, es decir, la oposición presente entre lados o partidos atrincherados y sin disposición de ceder».

4Así la usa Tito Livio, Historia de Roma, libro 7, 16, al decir que Marcio no separó nada de su botín para el tesoro sino que lo dejó a las manos de todos los que participaron en el saqueo de Priverno.

5Ovidio, Metamorfosis, libro 2, v. 556, hablando de un cofre cuyos secreta se desconocen y cuyo contenido está prohibido verse.

6Esta actitud hacia el error distingue a un buen educador de uno malo: si puede hacerse hábito de docilidad para el aprendizaje, el ejemplo de docilidad es indispensable en el maestro. Uno que no puede admitir con humildad una equivocación, o que no muestra interés por aprender, es un educador completamente inútil.

Tláloc y Heráclito en la CDMX

Tláloc y Heráclito en la CDMX

Año con año la Ciudad de México se desparrama ante nuestros ojos. Sus calles se desmoronan entre nuestros pies y nos dejan con la preocupación de no saber dónde pisamos. Huelga decir que esto es signo de la mala administración, o del mal sistema de aguas, o de la poca cultura de limpieza que tenemos. Todo eso termina en el mismo charco de siempre: en la impunidad, en la artera codicia, en que es mejor chingar a que nos chinguen. Pero estas denuncias nos impiden ver que estamos deseosos de paz. Y la lluvia viene, año con año, a recordarnos que todo sale a flote, que todo busca su fin. Aún en los agujeros más ennegrecidos del alma urbana el agua encuentra sus grietas, así como lo encontró primero la basura. El agua siempre fluye y lo limpia todo.

Fabio Morábito se asombra al ver que “El berlinés no tienen la experiencia heracliteana de la corriente, que es el verdadero encanto de los ríos”, esto le da para pensar que siguen siendo los idealistas de siempre, ya que cifran el movimiento en su cielo amplio. Ya conquistaron la tierra, al grado de que su río se mimetiza con la ciudad. Pero, el chilango tiene otra experiencia del agua, de echo tiene tres experiencias. La primera es que no importa cuánta agua sea, siempre se puede entubar; la segunda es que el agua es una intrusa que revela lo sucio de las vísceras de la capital; y por último, tiene nostalgia del agua, pues a veces escasea. El mexicano tampoco tiene la experiencia del río, porque felizmente se la oculta. Es la negación feliz de la experiencia heracliteana. Por eso cuando ve que Tláloc viene y lo desparrama todo, se asusta al ver que la ciudad se desvanece. Y ve con resignación que con el agua hay que empezar de nuevo todo otra vez, cada vez. Más terrible aún, el cambio nos duele porque no permanece lo suficiente y nos estancamos en las charcas, que se contaminarán y apestarán pasado el tiempo. Pero por alguna razón que no entendemos aún, después del aguacero, todo se ve más claro.

¿El mexicano ansía la quietud del río berlinés? Yo creo que no, porque pasado el aguacero todos salen otra vez como si nada hubiera pasado. Se barre la calle, se pone el puesto, se va a la reunión que no pudo concretarse antes, el tráfico avanza, se llega a casa. ¿La culpa es de Tláloc? Yo creo que no; yo creo que lo que necesita el mexicano es aprender del cambio, aprender a verlo y conducirlo. No se puede retener el agua, pero se puede ver en ella, en su fluir, el camino a un buen puerto. Ella siempre tiene un cauce natural. Esto lo sabían muy bien los tlaxcaltecas que decidieron fundar su ciudad aquí. El cauce natural es símbolo de un cambio cíclico del que nos hemos olvidado en nuestro afán de construir calles sin sentido. Perdimos nuestra esencia campesina y por eso vemos a las lluvias como anuncio de la inundación de las cloacas, arterias y calles (el caos de la naturaleza en nuestro caos social) y no como el milagro de la resurrección que ha de hermanarse con la benigna ventisca de la responsabilidad cívica. Sólo así se refrescaría el panorama bochornoso de la ciudad.

Javel

Ciudad partida

Partieron de la democrática idea, los recién revolucionados, de pensar que por fin podía decirse lo que se pensaba y debatirse lo que se defendía. Se agruparon tras los discursos y se ofrecieron razones a caudales. Cuando Porfirio Díaz acababa de dejar el poder en el México del joven siglo XX, se vivió un momento de inusitada apertura. Los grupos con diferentes intereses y posturas políticas empezaron a aparecer por montones. Durante el poquito tiempo que Madero presidió al país, muchas diferentes corrientes además de la que ejecutaba el poder se hicieron sentir hasta que pareciera que todos los que contaran con una opinión podrían ofrecerla a la consideración seria de sus conciudadanos. Públicamente, estas corrientes se proclamaron como distintas convicciones al respecto del mejor modo de gobernar y de la mejor vida a la que aspirar: el Constitucional Progresista, el Colectivo Nacional, el Popular Evolucionista, el Liberal Rojo, etcétera. Estos proyectos políticos pretendieron ser partes de una comunidad política que dialogara, deliberara y tras la confrontación, eligiera qué conviene más hacer. De ahí que a éstos y a los que les siguen se les llame partidos políticos.

La democracia no reconoce el mérito de los hados sobre el mérito de la elección, ni el de la casta o abolengo sobre el de la voz o el acuerdo, ni mucho menos el de la hacienda sobre el de la ley. En comparación con otras formas de gobierno, en la democracia la elección radica en una mayor cantidad y diversidad de personas. Por ello, su vida política es efervescente y también por ello, la comunidad democrática está necesariamente partida. Antes de la alarma del sensacionalista: no todo lo partido está en guerra consigo mismo. El lenguaje español es brillante en este punto: las partes que son comunes se comparten, y se participa en cualquier conjunto del que se es una parte. Esta cercanía de las partes que somos, nos permite con-sentir la existencia del otro, sentir compasión, imaginar su dolor y su placer: nos permite amistarnos. La comunidad democrática vive la amistad a través de la palabra que comunica sus partes. Así, los partidos políticos pretenden, en principio, asentar la amistad posible entre la diversidad de la palabra. Diversidad que no es variedad por el placer de lo distinto, ni por la emoción del capricho; sino más bien diversidad en que se admite la dificultad de hacernos bien. A través de este ejercicio del debate y la búsqueda seria de la expresión clara de convicciones políticas, llega a unir a la comunidad, si no otra cosa, la elección de tal unión en la búsqueda. La comunidad partida está de acuerdo en que todos sus miembros pueden ejercer su voz buscando la mejor vida. Inclusive en una comunidad de tamaños inconcebibles, la representación ministerial pretende (insisto, en principio), reconocer la voz de cada miembro y con ello, permitir el ejercicio libre de la ciudadanía.

La voz sin significado es otra cosa, no voz. El discurso sin razón es también otra cosa. Ambos son usos perversos de la palabra. El hombre no puede ser cualquier cosa y no puede hablar bien de cualquier modo tampoco. La confusión de la razón provoca fracturas a lo largo de todo el tronco político, lo va secando y debilitando. El discurso se obscurece. En una democracia así obscurecida, la natural turbulencia se torna ciclón. En este blog lo ha leído el lector, de varias voces además de la mía: la política se nos ha vuelto tiránica y el gobierno degenera en administración de la violencia. No es escándalo (aunque sí merezca alarma), sino llamado: hace falta sentido, hace falta razón. Y se nota: una democracia cuyos ciudadanos eligen a sus ministros sin deliberación, cuyos comicios son comedia, cuyos debates no tienen pies ni cabeza, cuyos partidos están convencidos de mucho pero nunca de convicciones políticas; una democracia así, es otra cosa. No sé si en el pasado, cuando el ánimo de libertad abrazó a los recién revolucionados, los partidos políticos fueron diferentes; pero sé que nuestros partidos políticos no tienen dirección ni programas para un orden que busque el bien. Sé que son grandes negocios y que a sus miembros no les interesa la ley sino por cuanto no caiga pena sobre ellos. Sé que no tenemos candidatos a ministros que entiendan su papel; que cuando discurren no dialogan y que no lo hacen ni cuando dicen dialogar; que declaran estar en guerra unos contra otros, y que se nombran ganadores al recibir la corona del más alto porcentaje, como si fuera éste un premio personal; y que se ufanan de pisotear al que llaman vencido con plena ostentación de su violencia. Y quienes a ningún puesto aspiramos, de todos modos seguimos el mismo juego ya en la acedia, ya en la desidia, ya en la indignación. Nada puede defenderse cuando no se piensa nada. Ningún deseo es justificable en la mudez (que no es lo mismo que silencio). Vemos la representación de la guerra y mantenemos el simulacro si descuidamos la palabra. Y eso pasa diario, pero aun más conspicuo es durante las campañas de los «políticos» de los partidos en sus promesas, sus actos y muy importantemente, en sus apelaciones a lo que saben que quiere quien los oye. Los partidos políticos no están poblados de gente superior (eso sería antidemocrático), sino de gente común y corriente. El deseo que atrae a sus partidarios es igual de común y corriente: el deseo de poder. Pero no pueden conservarse al mismo tiempo la ciudadanía y la voracidad por el poder. El orden sin idea del bien, la agitada vida pública sin verdad, la normalización de la mentira en el discurso, la seguridad y la hábil administración de los recursos en la censura y la opresión, no apaciguan la violencia; ésta sigue de cerca hasta al conformista y al obediente. Por ello estamos partidos. Toda democracia lo está; pero nuestra fractura es la que separa a los enemigos. No hay peor mal para la comunidad que la enemistad. La barbarie arruina la ciudad: empieza hendiendo una fractura, pero tarde o temprano, la parte.

Política y necesidad

Política y necesidad

La política es engañosa por parecer sencilla, proclive a una dialéctica posible de resumir para la insensibilidad o la revolución (los malos contra los buenos). La diferencia entre los ricos y los pobres no es la base de lo político, pero sí un ingrediente de ello. La injusticia parece fácil de sentir, sobre todo cuando se nos presenta como opresión. Pero la realidad política siempre escapa al primer vistazo. Todos requerimos de una opinión ante ella, quizá porque sabemos que, a pesar de nuestros vicios, aspiramos a ella; la democracia es el ejercicio propiamente político de esa aspiración. No pide hacer políticos de todos, pero sí requiere que la diferencia de opinión nos lleve más allá de la necesidad y el deseo personal.

La situación política no evita las interpretaciones. Por ellas, puede que la experiencia y entendimiento de la política se imposibilite, se empobrezca. Lo simple de una doctrina puede llevar a fracturas irreconciliables, con apariencia de salud: lo sabemos muy bien. El intento por el cambio nos agarra de noche cuando intentamos pensar dicho cambio de manera ordenada. Nos agarra de noche en nuestro intento por rescatarnos políticamente. Nos agarra de noche al pensar que a un país debe unirlo el azote de las necesidades y no el espíritu de diálogo. ¿No es vital para la política que la razón pueda condolerse? ¿En las aspiraciones naturales no es lo mejor la virtud? ¿No es un signo de lo engañoso de la política que el silencio nos hunda cuando no se ha querido ver la verdadera herida?

El estoicismo moderno acaba con la libertad. También el error de confundir el bienestar de la casa con el puente de la comunidad. Ambas son semejantes. La revolución no es la libertad, porque, aunque no se acepte, la revolución no es necesariamente política (como nos consta). Aniquilación de la política es decir que existen situaciones que requieren de la fuerza, porque nos hacen creer que eso es algo evidente, lo cual es falso. Ahí se involucran, sin saberlo, nuestras convicciones sobre nuestra naturaleza: lo que nos separa y une sin remedio. No puede haber discusión política, ya lo sabemos, en que lo bueno no sea protagonista. La política aspira a mejorar al hombre y de su mejoría se alimenta. En donde no hay ciudad, no hay virtuosos: los nómadas salvajes podían sobrevivir en agrupaciones fuertes, pero no políticas.

No es una lucha contra la necesidad. La política está en el hombre del mismo modo que sus necesidades. Pero la naturaleza humana no opera como la de otros animales. No hay manera en que la política se ilumine por sí sola; para eso sirve, por ejemplo, la retórica, que mueve a las causas o las malogra. Del mismo modo, no hay manera en que el hombre pueda resolver por sí solo el problema político. Las ciudades se trazan en límites hechos por conciudadanos que aprovechan su geografía. No las hace el tamaño, ni la distribución de sus calles, ni su comercio. Por eso ante la violencia la impotencia es una rabia dolorosa: rabia que no es pasividad, sino actividad política. Rabia que puede llevar a conmovernos, si abrimos el corazón. Pero, a veces, a la ciudad se le confunde con el ruido que le es propio, y se vive como parte de ese ruido. Reducimos el diálogo a nuestra propia dialéctica, intérpretes de nuestra situación más elemental. No vemos que ese no es sino apenas un requisito de la libertad. Me parece que la valentía puede existir en tiempos que no requieren la guerra.

Tacitus

Obsesión por las alturas

Con piedras de las ruinas ¿vamos  a hacer

otra ciudad, otro país, otra vida?

De otra manera seguirá el derrumbe.

JEP

Sabemos que la capital del país fue construida sobre un lago. Sobre un suelo acuoso fueron levantadas las plazas y edificios que componen la ciudad moderna. Las calles encierran lo que una vez fueron ríos  y canales; el agua continúa siendo lo que hace latir la ciudad. Los antiguos utilizaban aquéllos para desplazarse y ahora los automóviles sustituyeron las canoas. Una consecuencia indeseada de este suelo acuoso es lo endeble. Supuestamente el Palacio de Bellas Artes, cada año, está hundiéndose y la ciudad parece cumplir el mismo destino. Negados o resignados a este hecho, cumplimos los tiempos presurosos y vertiginosos.

Dicen que no sólo las paredes de la ciudad velan el pasado novohispano y mexica, la misma ciudad fue establecida sobre sus bases. Debajo de lo que vemos se encuentran enterrados siglos y siglos de historia nacional. Además de ser un dato dulce y romántico para algunos, para el mexiqueño debería resultar un problema. Según estudios geológicos, el suelo endeble y presión de las capas históricas ponen en peligro a los edificios al irlos agrietando paulantinamente. A ello contribuye la excesiva explotación de los mantos acuíferos subterráneos. Entre mayor población defeña, más tiene que aguantar la Ciudad de México*.

No hace falta ser un especialista en urbanismo para también suponer que el uso irresponsable de suelo agrava el problema. Conforme la mancha  urbana va expandiéndose, vamos acercándonos al cataclismo. El deterioro de la ciudad no solamente puede verse en las grietas de las paredes, sino también en la fractura de sus ciudadanos. Contratos y acuerdos logrados en un albazo o estudios periciales dictados en el claroscuro, traen consigo que la ciudad vaya creciendo monstruosamente. Sucede peor cuando lo autorizado es muy bello por fuera; terminamos admirados y aplaudiendo lo oprobioso. Al establecer centros comerciales, hoteles y residencias, la marabunta de personas también se establece ahí.

Mientras hacemos parecer moderna la ciudad, con sus rascacielos y monumentos financieros, atiborramos el lugar donde vivimos. Nuestro gobierno aprueba proyectos para que avancemos a paso de gigante hacia el futuro. Encontraremos la felicidad citadina cuando nos parezcamos a Barcelona o Nueva York. Cuando la vía Adolfo López Mateos alcance el renombre y olores de la quinta neoyorquina, deberíamos sentirnos orgullosos. Hablando de calles y avenidas, otro reflejo del colmo que vivimos está en el exceso de automóviles. Trabajamos con corbata para conseguir uno y así lo hacen millones de habitantes. El resultado de esto son avenidas atestadas. ¿Y cómo promover el transporte público si lo ahorrado para el coche lo irán robando en cómodas sustracciones? El tráfico es imagen de la pesadez y hastío de los capitalinos en su ciudad.

Desatender lo que sucede en nuestra ciudad, al final, nos perjudica sólo a nosotros mismos. Con buenos ojos al futuro, nos cegamos ante la torpeza de gigante que viene con nuestra altanería. Un viernes de quincena es todo lo opuesto de lo que debería ser el flamante siglo veintiuno. Las secretarías ambientales continúan en una irresponsable opacidad y mantenemos la desmesura urbana; no hemos aprendido nada de la cabalgata sombría del ochenta y cinco.

*Derechos reservados al Gobierno Mancerino.

Moscas. El periódico Reforma (XXIII/8, 293) publicó una historia encrudecedora.  Como bien señala el diario, el transportista Marco Antonio Vinicio Loera perdió todo con el plagio de su hija.

II. En estos días han llamado la atención los movimientos en las dependencias públicas. Entre ellas destaca el cambio de Tomás Zerón, personaje controversial, como secretario técnico. Ante ello se presenta una interpretación interesante.

III. El desinterés en la cultura no sólo se ve en los recortes del Presupuesto de 2017. Desde su inicio no ha podido operar con normalidad la Secretaría de Cultura. Respecto a ello, García Soto denuncia.

Y la última… Tal vez conseguimos menos de diez medallas en las Olimpiadas, pero en los Juegos Paralímpicos el país obtuvo decentemente unas quince. Enhorabuena por los deportistas.