Política y necesidad

Política y necesidad

La política es engañosa por parecer sencilla, proclive a una dialéctica posible de resumir para la insensibilidad o la revolución (los malos contra los buenos). La diferencia entre los ricos y los pobres no es la base de lo político, pero sí un ingrediente de ello. La injusticia parece fácil de sentir, sobre todo cuando se nos presenta como opresión. Pero la realidad política siempre escapa al primer vistazo. Todos requerimos de una opinión ante ella, quizá porque sabemos que, a pesar de nuestros vicios, aspiramos a ella; la democracia es el ejercicio propiamente político de esa aspiración. No pide hacer políticos de todos, pero sí requiere que la diferencia de opinión nos lleve más allá de la necesidad y el deseo personal.

La situación política no evita las interpretaciones. Por ellas, puede que la experiencia y entendimiento de la política se imposibilite, se empobrezca. Lo simple de una doctrina puede llevar a fracturas irreconciliables, con apariencia de salud: lo sabemos muy bien. El intento por el cambio nos agarra de noche cuando intentamos pensar dicho cambio de manera ordenada. Nos agarra de noche en nuestro intento por rescatarnos políticamente. Nos agarra de noche al pensar que a un país debe unirlo el azote de las necesidades y no el espíritu de diálogo. ¿No es vital para la política que la razón pueda condolerse? ¿En las aspiraciones naturales no es lo mejor la virtud? ¿No es un signo de lo engañoso de la política que el silencio nos hunda cuando no se ha querido ver la verdadera herida?

El estoicismo moderno acaba con la libertad. También el error de confundir el bienestar de la casa con el puente de la comunidad. Ambas son semejantes. La revolución no es la libertad, porque, aunque no se acepte, la revolución no es necesariamente política (como nos consta). Aniquilación de la política es decir que existen situaciones que requieren de la fuerza, porque nos hacen creer que eso es algo evidente, lo cual es falso. Ahí se involucran, sin saberlo, nuestras convicciones sobre nuestra naturaleza: lo que nos separa y une sin remedio. No puede haber discusión política, ya lo sabemos, en que lo bueno no sea protagonista. La política aspira a mejorar al hombre y de su mejoría se alimenta. En donde no hay ciudad, no hay virtuosos: los nómadas salvajes podían sobrevivir en agrupaciones fuertes, pero no políticas.

No es una lucha contra la necesidad. La política está en el hombre del mismo modo que sus necesidades. Pero la naturaleza humana no opera como la de otros animales. No hay manera en que la política se ilumine por sí sola; para eso sirve, por ejemplo, la retórica, que mueve a las causas o las malogra. Del mismo modo, no hay manera en que el hombre pueda resolver por sí solo el problema político. Las ciudades se trazan en límites hechos por conciudadanos que aprovechan su geografía. No las hace el tamaño, ni la distribución de sus calles, ni su comercio. Por eso ante la violencia la impotencia es una rabia dolorosa: rabia que no es pasividad, sino actividad política. Rabia que puede llevar a conmovernos, si abrimos el corazón. Pero, a veces, a la ciudad se le confunde con el ruido que le es propio, y se vive como parte de ese ruido. Reducimos el diálogo a nuestra propia dialéctica, intérpretes de nuestra situación más elemental. No vemos que ese no es sino apenas un requisito de la libertad. Me parece que la valentía puede existir en tiempos que no requieren la guerra.

Tacitus

Demasiado Cerca

Tuve alguna vez la mala fortuna de participar de un accidente automovilístico muy aparatoso, y la buena fortuna de salir de él ileso. Pasado tanto tiempo, recuerdo mejor el cuento por haberlo contado mucho que por tenerlo presente en la memoria; pero hay un detalle que veo muy nítidamente: en el momento exacto del choque yo no entendí lo que estaba pasando. Sé que antes de que ocurriera vi que se acercaba el golpe, sé que después del impacto me examiné asegurándome de estar entero y sano. Lo que no sé es qué pasó en la colisión.

Con la vista es muy obvio que ocurre eso: estar demasiado cerca de algo grande nos impide verlo bien y, por supuesto, nos impide entenderlo. Lo curioso es que esta experiencia sea tan afín a otro tipo de vivencias que podamos hacer la analogía sin problema, como ocurre con los momentos: este suceso tan grave ocurrió tan de cerca que no pude verlo. Con el recuerdo se hace el trabajo de darle sentido a lo que vivimos, y puede uno imaginarse fuera del momento como siendo un espectador externo que comprende el principio, el medio, y el final de la sucesión. Ese espacio que le otorga el transcurso del tiempo a uno para que le dé sentido a lo que le ocurrió es como la distancia en pasos, es como alejarse uno mismo para que la mirada tenga mayor rango.

Las cosas más bellas no se aprecian bien estando ni demasiado cerca ni demasiado lejos, ¿será igual con las cosas más horribles? Y tal vez pueda no sólo ocurrir con la experiencia de un individuo (poco valdría que así fuera), sino que también sirva la analogía para percatarnos de que una época gravísima difícilmente será comprendida por quienes la están viviendo en ese mismo momento, pues están tan cerca que no se atisban sus alcances, ni sus consecuencias. Tal vez nos esté pasando ahora mismo algo que después del choque, como al recién despierto, nos devuelva la mirada a nuestro rededor, y buscándonos nos aseguremos de que aún estamos enteros.