Conclave.

Este pueblo se acerca a mí tan sólo con los labios, pero su corazón sigue lejos de mí. Su religión no es más que costumbres humanas y lección aprendida.

Isaías 29,13

Cuando la fe basta, no hacen falta cámaras de video.

 

Maigo.

Lágrimas de San Pedro.

En unas horas, quedará vacante el solio que por tradición se adjudica a San Pedro, un pescador de Galilea, del que sabemos abandonó su barca y sus redes para dedicar su vida a la pesca de hombres; un pescador de hombres que dejó de ser tal para convertirse en su pastor; un pastor que fue mártir y un mártir que fue santo, no por haber hecho milagros como caminar sobre las aguas mientras conversaba con el maestro, o por expulsar demonios gracias al poder que se la había conferido, tampoco fue santo por intentar construir chozas para Elías, para Jesús y para Moisés, aquella vez en que los tres conversaban en el monte.

Pedro es Santo porque lloró, porque con sus lágrimas redime al mundo del gran pecado que es negar lo que se ha estado haciendo. Porque sólo al reconocerse como pecador es posible alcanzar la salvación que trae consigo el arrepentimiento, porque sólo renegando de negar haber visto y vivido lo que se vio y vivió se puede llevar una nueva vida.

Las lágrimas de San Pedro son testimonio de la fe en Cristo, de esa fe que se fortalece una vez que se ha reconocido al pecado, de esa fe que se hace presente cuando uno es capaz de verse a sí mismo como pecador, y por tanto como menesteroso de la misericordia de Dios. Y esto se debe a que las lágrimas de San Pedro lavan el alma de la iglesia que se forma en torno al crucificado que la redime, así como lavan los ojos de quien se queda a cargo de guiar al rebaño de hombres que reconocen la necesidad de ser guiados por los seguros senderos de la fe.

El solio de San Pedro quedará vacío en unas horas, y buena parte del mundo estará expectante para ver quién ocupará ese lugar, algunos orando porque sea el mejor para la iglesia, otros especulando sobre nombres y horas de nacimiento y unos más, los de peor gusto, corriendo apuestas sobre el nombre del sucesor a un trono que nunca fue usado por el que realmente lloró.

 

Maigo.