Pena máxima

La verdad es que yo nunca he escuchado a José estornudar, pero me parece comprensible, ya que su tío murió por esa razón. Así es, por estornudar, ¡¿quién lo diría!? Dicen que estaba el pobre hombre muy tranquilito viendo el fútbol cuando le dio por echarse un fuerte estornudo justo antes de que su equipo tirara un penal. El difunto quiso maldecir al delantero que falló (así me lo contaron los que estaban allí presentes), pero en vez del rugido que acostumbraba tirar en situaciones similares, salió un chisguete de voz (como en la canción) y después, sin más ni más se desparramó muerto sobre el sillón. Allí enfrente de toda la familia y claro, justo al lado de José, que dicen que desde entonces no estornuda, no vaya a ser que se le reviente el polígono de no sé quién que tenemos en la cabeza. En fin, yo la verdad no le creo que no estornude jamás, pero no puedo imaginar qué tan cerca siente a la muerte cada vez que lo hace.

Entre el fuego y el agua

Bajo el calor del sol ardiente y junto al agua que da la vida, se encuentra, cual caña mecida por el viento, el hombre: siempre sediento, siempre necesitado, a veces solo y casi todo el tiempo estéril. El calor abraza y el agua refresca, y de momento parece más deseable la segunda respecto del primero, pero quitando al calor, el frío, que convierte en piedras a los corazones, no se hace esperar y el agua se estanca, y endurece tanto como las rocas, se requiere de ambos para que el hombre viva y pueda sentir la brisa que lo mece suavemente y le permite ver que no está solo, que hay otras cañas esperando para dar fruto.

Es muy difícil aceptar la fragilidad y la necesidad, en especial cuando lo que parece gobernar al hombre es su carácter individual. Sin embargo; a pesar de estas dificultades hay quienes consiguen moverse con el viento y cantar a los demás sin que ese movimiento exija abandonarse en medio del bullicio que hay en un mundo solitario.

Me parece que El Bautista, fue uno de esos pocos que se atrevieron a cantar al otro desde una soledad muy distante al individualismo, mostrando con su vida que el hombre vive entre el fuego del sol ardiente y el agua que da la vida, sufriendo calor y sed y aliviándose con la refrescante esperanza de que algún día el desierto dará fruto en abundancia.

 Maigo

 

 

De Soñadores…

José el Soñador siempre supo quién era, se sabía hijo de Jacob, se sabía mortal, se sabía criatura de Dios y a pesar de todas las dificultades por las que pasó siempre se reconoció así. Su sitio en el mundo le era bien conocido, se sabía joven e inexperto respecto a sus hermanos y menor en poder respecto al faraón al que sirvió.

José se miraba como lo que era, como un soñador que sufrió una traición sumamente dolorosa, se miró como soñador y esclavo y como soñador y señor en este mundo, se vio como instrumento de la voluntad de un Dios que por mucho le era superior.

Sigmund también soñaba, también se miraba, se juzgaba y analizaba constantemente, pero con sus exámenes se perdió, soñaba y soñaba pero no miraba nada, a nadie obedecía y cada vez veía menos quién era, tal vez esto se deba a que la traición sufrida por Sigmund fue muy diferente a la que le tocó en suerte padecer al joven José, Sigmund fue traicionado por su subconsciente, y por más que interpretaba sueños no lograba ver nada.

Bien se puede decir que José se encontró soñando, y el joven Sigmund se perdió al tratar de ver en los sueños aquello que nunca les había pertenecido, es decir, un origen extremadamente humano y lejos de lo divino.

 

Maigo