En Breves Palabras

«Con lo breve que es la vida,
¿no os da vergüenza derrocharla en palabrerías?»

«Me avergonzaría más, gentil hombre,
de llamarle breve en tan vasta su hermosura»

¿No les parece que muchas veces manejamos las palabras como si pudiéramos nosotros hacer de ellas lo que quisiéramos? A veces se abusa de ellas casi como si fueran herramientas. Las aceleramos o las ralentizamos, las entonamos graves a veces, agudas otras, las combinamos entre ellas y hasta hacemos experimentos para ver si se nos entiende logrando que cosas se vuelvan verbos o que se entiendan como nombres las que antes sólo eran descripciones. Digo, no todas estas formas ocurren en detrimento del lenguaje, pero por lo menos estoy bastante seguro de que no es corriente la idea de que a las palabras se les debe algo de respeto. Las lanzamos con un saborcillo estancado de soberbia y las mutamos sin importarnos mucho los resultados; y a veces pienso que son las cosas que decimos las que podrían lograr mutarnos a nosotros.

De todas las maneras en las que desprestigiamos a las palabras, pocas son tan obvias como las abreviaturas. Eso sí me parece poco respeto (¿o irrespeto?, ¿hay tal cosa?)[1]. Y se nota esto si nos ponemos a pensar en qué nos lleva a escribir de este modo: lo que se gana haciendo breve una palabra es, según entiendo, espacio. Habiendo abreviado se tiene más espacio para seguir escribiendo, o si se quiere, se gana espacio en el horario del día-de-trabajo para escribir más (o para hacer más de lo que sea). ¿Y cuál es la prisa?

Cuando se extrema este hábito y se abrevia todo lo que hay, con abreviaturas aceptadas y con no aceptadas, se pierde la capacidad de comunicar más que lo que se logra con fórmulas que puedan ser comprensibles por sus usos coloquiales; por ejemplo: si se quiere decir a alguien «te quiero mucho», ya es de esperar que casi cualquiera entienda el «tqm», pero si se quiere decir algo como «te quiero como a un carrito de súper», ocurre que ya se prefiere por pereza escribir ese mismo gastado y desencantado «tqm». Y otro caso ridículo es el de quienes dicen «etecé, etecé» en vez de «etcétera» por haberlo visto tan a menudo abreviado que ya ni reconocen que sea una abreviación. Se deja de decir lo que se quiere porque es más fácil lo otro, y poco a poco la costumbre va pesando hasta que ya ni se quiere decir más. Pero yo creo que dijo bien quien dijo que «la facilidad seduce cobrando poco y dando aún menos».

Claro, sí hay situaciones que hacen imperativo el uso de las abreviaturas, como cuando se escribía en telegramas, o cuando se envían mensajes de texto: ambos son casos en los que el medio mismo limita la posibilidad de escribir más. Sin embargo, éstos no son los más recurrentes ni los únicos. El manejo de la abreviatura forzada por estos casos es una técnica para no usar espacio de más, en todas las demás ocasiones resulta ser una técnica para no desperdiciar espacio. ¿Y por qué pensar que se le desperdicia? Solamente creyendo que es necesario guardarlo para algo más importante que la palabra que se está escribiendo, se le ve desperdiciado por poner todas las letras. Como si lo mínimo indispensable para notar una palabra fuera suficiente para expresarse bien. «Igual se entiende» dicen los desinteresados, mas no se entiende lo mismo, porque la forma de decirlo o escribirlo es también parte de lo que decimos o escribimos.

Se puede querer hacer más breve la palabra por pereza de escribirla entera o por apuro de terminar pronto. La primera opción es risible y denota en el «mejor» de los casos desdén por la conversación (y hay que desconfiar de lo que diga quien lo tiene), y en el peor muestra un carácter encogido: si alguien tiene flojera de escribir tres letras más, ¿cómo va a tener ánimo de hacer lo que sea en su vida? La segunda opción es triste, pues acusa una vida inmersa en el ajetreo y la corrosiva velocidad del negocio: si no hay tiempo para uno mismo, menos lo habrá para escribir completo. Ésta es la más temible de ambas porque afecta a más personas y más a fondo, y conduce hacia la primera. La burocracia necesita las abreviaturas, porque su corazón late con el pulso de la eficacia (aunque a veces su pesada sangre no le permita latir con la velocidad que desea). El mismo anhelo que motiva a que el trámite sea mecánicamente perfecto demanda una precisión que no puede ser ocupada (desperdiciada) en la palabra. Claro, la perseguida perfección de los trámites obliga a que éstos se multipliquen hasta números tan absurdos que terminan por estorbarse entre ellos, pero siempre prevalece ese ímpetu por hacerlo todo rápido y conciso. Todo tiene que ser breve y escueto, aunque de cada cosa breve y escueta se quieran tres docenas de copias, y se necesita que los procesos se lleven a cabo de un mismo modo varias veces -todas las que sean necesarias- sin que se vean afectados por los cambios humanos ni las ocurrencias exteriores. Esta brevedad es muy característica de la prisa, porque no es que se digan las cosas brevemente sino que se les «abrevia» con violencia, se les corta en pedacitos que se pegan con un punto. Por eso la burocracia no se preocupa ni por cómo se dicen las cosas ni por quién las dice: para ella son lo mismo siempre. Para ella, un Dr. siempre es lo mismo, sin importar quién se haya doctorado en qué, ni con qué medios. Ese mismo deseo de procesarlo todo en un caudal veloz de información sin fondo, de datos numerosos e insípidos, está debajo de cada pequeño signo de desprecio por la palabra completa. Éste se cuela al resto de nuestra práctica escrita, y si lo dejamos, también se implanta subrepticiamente en nuestra vida diaria.


[1] Según veo en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en Cuba, El Salvador, Panamá y Venezuela sí se usa esta palabra.

De Diversas Diferencias

Puede resultar complicado arreglarse con alguien cuando tenemos con esa persona un conflicto serio. Muchas de las veces cuando tenemos una profunda diferencia el problema no es que exista un «malentendido», como esos que pueden comprenderse y resolverse apenas se substituyan las palabras erradas por las correctas. No es así de fácil en la mayoría de las ocasiones porque lo que falta es la disposición a escuchar esas «palabras correctas» (tal vez sea un error suponer que las hay tal cual). No hablo de las palabras más bonitas, sino de las más verdaderas, pues si fuera tan fácil para todo mundo simplemente aceptar en dónde están los errores apenas los pudiera ver, entonces sólo necesitaríamos el esfuerzo para encontrarlos, y no tendríamos necesidad de indignarnos con quien no ha visto lo que queremos que vea. Sabemos que su esfuerzo es signo de buena disposición. Lo que más bien consideramos reprensible es esa falta de esfuerzo. Éste es consecuencia de la mala disposición a escuchar y de la cerrazón que caracteriza la terquedad. Y nótese que hasta aquí he estado mostrando la imagen del que con buena disposición intenta arreglar las cosas mientras que la otra persona no se presta para ello. Pero nada impide que ninguno de ambos quiera de verdad arreglar nada.

Entonces el problema se vuelve «serio» porque no se es suficientemente responsable como para enfrentar la verdad sobre uno mismo y sobre lo que el otro piensa de eso. Si el error estuvo en un insulto, una injuria, o una grosería de cualquier índole, apenas se nota que así es y que consiste en una injusticia, se acata la responsabilidad y se hace lo necesario. Si se sabe y se acepta que se hizo mal, pueden resolverse los problemas aún cuando no se curen daños ni se renueven amistades. Pero si no se acepta que un insulto es tal, porque testarudamente se supone que se tenía derecho a decir lo que se dijo o a hacer lo que se hizo, o en cualquier otro caso semejante, entonces lo que falta es la entereza para dar la cara y aceptar el mal.

Es interesante que a estos problemas personales los llamemos eufemísticamente «diferencias». Parece que queremos ocultar bajo la levedad de una palabra tan recurrida que allí hay algo más grave. Pero con pensarlo un poco, resulta que no hay mucho que pueda ser más grave que las diferencias, sobre todo si son diferentes modos de ser con respecto al otro con el que tengo un problema. No me refiero con ese vago «modos de ser» al temperamento o a cosas por el estilo, sino a las cosas en las que el problema puede estar fundado. Puede ser, por ejemplo, a qué tan importante es la congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Si discutimos largamente con alguien hasta hacerle aceptar su error, pero esa persona no cree que lo que dice tenga tanto peso como «la realidad» de las acciones, entonces poco impide que no se sienta él mismo firme por lo que afirmó. O sea, es bien fácil que no se sienta comprometido a cambiar nada, aún después de haber aceptado de palabra que algo había que cambiar. Al final, si la disposición del otro es tal que imposibilita la apertura a escuchar la verdad en la voz del primero, no hay modo de que el conflicto o las diferencias se resuelvan, pues no hay base común de la que puedan ambos participar para el acuerdo. Al final, si la palabra es diversa, también los corazones van por rumbos tan diversos que no depende de nosotros, sino de la suerte y la fortuna que algunos días nos complazcamos de la mutua compañía, y otros días no tengamos el más mínimo deseo de vernos. Si no confiamos en la palabra, es el destino quien elige el día en que nos hacemos de amigos, y elige también el día en que nos los quita. Y si así son las cosas, entonces no podemos nunca cambiar, ni mejorar, ni esperar nada de nadie.

Mutaciones y Fijezas

A. Cortés

esperando aquel día en que cayera, funesta,
hirviendo en la mente y el pecho de hombres,
sembrando el veneno que acaba con todo.


La confianza en la palabra es aliento del filósofo. No hace mucho tiempo que el hombre veía en el aliento el signo inequívoco de su fuerza vital. Y diferente al resto de los animales, se cierne lo humano en la palabra como una entrega misteriosa que comienza con un hálito ordenado, articulado y pronunciado en concordancia con el pensamiento, y que culmina con la pretensión de dar junto con el fonema, expresión de una visión susceptible de ser comunicada.

Comunica quien con la palabra puede dar a otro lo que tiene y que el otro puede tener también. Y si lo puede tener, es en este ejercicio de comunión. Se comparte la palabra porque los hombres vivimos en un mundo. Pero lo dicho es blanco de desconfianza y resquemortan pronto como se hace evidente la posibilidad de la mentira. Es efectivamente posible mentir, y de eso no tenemos dudas serias. Sin embargo, ésto no salva al hombre de la mayor obscuridad discursiva: la desconfianza se vuelve mucho más áspera si se mantiene a raya de algo que forzosamente será verdadero, pero que al mismo tiempo pone en su velo lo más importante de todo. Ésto ocurre si se duda de la verdad valiosa, y con ella de la posibilidad de la ciencia[1].

Intentemos reflexionar si “lo más importante de todo” lo es en verdad: “apreciamos lo que permanece por sobre lo que cambia”. Ésto es lo que se está dando por sentado en estos párrafos, ¿y será cierto? Para responder a esa pregunta, tenemos que ponernos a considerar con detenimiento cómo vamos a avanzar: ¿qué hacer primero, ver ejemplos, pensar en la necesidad del conocimiento, confrontar las respuestas contradictorias con la experiencia? Seguro lo mejor sería decir primero lo que vemos primero, y tratar de que eso nos lleve a lo que posibilita que veamos lo que vemos. Y, según yo, eso es lo que Aristóteles dice al principio de la Metafísica: “todos los hombres por naturaleza están tendidos hacia el saber; prueba de ello está en nuestro afecto a los sentidos”. ¿A cuál sentido le tenemos más afecto? En esa respuesta se encuentra la prueba a la que alude Aristóteles: de los sentidos, incluso considerados sin que estén realizando su función, nos parece la vista por sí mismo el más valioso de todos. Porque gracias a él sabemos más, en comparación con los demás, y nos ayuda a ver más distinciones en las cosas que cualquier otro. Con el oído diferenciamos la altura, la duración, la intensidad; con el tacto, la dureza, la asperidad; con el gusto, la acidez, el amargor; con el olfato, la dulzura. Pero con la vista distinguimos muchas más características de las cosas, vemos colores, figuras, profundidad, claridad, quizá hasta cabría decir que vemos movimiento.

Hasta aquí, pues, es paráfrasis de Aristóteles: le parece que por el hecho de que apreciamos más la vista se evidencia que los hombres tienen una disposición natural hacia el conocimiento. ¿Qué les parece a ustedes? Rousseau, por su lado, no estaría tan de acuerdo, pues piensa que el órgano más importante de nuestra sensibilidad es el acústico: es el único que no se puede apartar naturalmente de su función, todos los otros, se cierran o se detienen. ¿Será más bien que tenemos en mayor estima al oído? Sea como fuera, tenemos que apartarnos de la discusión sobre la sensibilidad -que seguro puede traer como consecuencia muchas conclusiones interesantes sobre el modo de conocer de los hombres-, pues lo importante aquí es ponderar si somos o no seres que están dispuestos naturalmente al conocimiento, pues quizá en cómo entendemos lo que es conocer se nos aclara también si somos seres que inevitablemente valoran más lo que permanece.

Yo, por mi parte, puedo pensar en que nos dedicamos toda la vida a conocer y a vivir de acuerdo a lo que conocemos en muchísimas maneras distintas. Pero cuando hablamos de ciencia como conocimiento de lo universal y necesario, aparte damos a cierto saber el privilegio de ser estable posesión de todo hombre posible, no sólo de uno o de algunos. Piensen en todos los productos comerciales que nos rodean: la verdad a la que aluden ha de ser científica si se le quiere dar verdadero peso (claro, con la concepción contemporánea de ciencia), y con esto sólo estamos mostrando nuestra mayor confianza sobre aquello que nos dicen pretendiendo mencionar su universalidad y su necesidad. Una caja de cereal con su “tabla de valor nutrimental” no hace otra cosa que ésto, porque los datos recopilados en dicha tabla tienen la pretensión de presentarnos un estado no-cambiante, una disposición irremediablemente encontrada en el interior del rico cereal. El esfuerzo científico se dedica a ello, a pelearse con quien diga que su saber es particular, o que es temporal. Es cierto –no sería justo pasarlo de largo- que la ciencia contemporánea (pienso en física newtoniana aplicada a la astronomía y física cuántica aplicada a la electroquímica, o en las teorías de la naturaleza doble de la luz[2]) no siente escrúpulos en admitir juicios y teorías que no expliquen la verdad, sino que sirvan a sus propósitos experimentales y observacionales; sin embargo, admitamos que esta disposición es consecuencia de un esfuerzo grande pero infructuoso por fundamentar la ciencia como sistema universal y necesario: el día que alguien exponga la naturaleza de la luz de manera clara y distinta, tal que aparezca a todos como fundada en principios universales y necesarios, las dos teorías ahora aceptadas y cambalacheadas se dejarán inmediatamente de lado y se admitirá la que, siendo una, explica los dos ámbitos de la cuestión.

Sea o no el modo contemporáneo el mejor para hacer ciencia, la pretensión de verdad a la que apunta es la necesidad y universalidad de su juicio; aun cuando intente establecer que, por necesidad, no ha habido nunca ni habrá una sola cosa en el mundo que pueda ser eterna. Parece que nosotros por naturaleza preferimos tener esta clase de verdad en nuestro poder; aunque, como ya hemos dicho, la mayoría de los hombres vivos hoy desconfía de la posibilidad de alcanzar tal tesoro. Aún más evidente, todo lo que hacemos está implicado en lo que sabemos, en lo que supimos, lo que aprendimos, lo que hemos descubierto. Incluso se nota que nos comportamos de maneras distintas dado el olvido de algo que sabíamos, o de la patente ignorancia. El recuerdo y la capacidad de recordar son fundamentales para el ejercicio del intelecto sano. Y todo ésto gana nuestra admiración si se trata de la relación del conocedor con lo universal y necesario de la ciencia.

Este tipo de relación es visible en el caso de algunas de las ocupaciones del intelecto como las matemáticas o la lógica, o con todo aquello que consideramos conocimiento perenne.Es decir, aquello que llamamos ‘ciencia’ se nos presenta con apariencia de ser cierto tipo de conocimiento racional con la pretensión de ser (y así intentamos enérgicamente que sea) válido para todo tiempo y hombre posible[3]. Cualquier discurso científico por tanto versa sobre lo general, y en ésto cae en un ámbito que se desprende del sensible en el mundo que fue generado y que por tanto perece. De allí su pretensión: dado que lo particular y mundano es perecedero, parece lícito el intento por alejarse de él si se quiere un discurso inmortal. Gracias a esta separación, al legar la razón en la generalidad el hombre se pliega a hablar de lo que va a durar más allá de lo sensible que se corrompe ante sus ojos, es decir, a discurrir de aquello tan viejo como el triángulo, tan vigente como el deseo y tan certero como el movimiento. El punto de partida, por tanto, es el hecho de que vemos algo más general que el individuo solo que se nos presenta a los sentidos, y esto no se hace con el cuerpo, como facultad sensorial, sino con el intelecto. Luego se desprende que en ningún caso las razones particulares constituyen conocimiento científico en el sentido de universal y necesario[4], que aplica para todos y que no puede ser de otra manera.

La palabra es término porque expone (pone fuera) lo que se conoce. Da de ver la posesión de quien lo exhibe, y lo regala. Por otro lado, la desconfianza en esta posibilidad merma el trabajo científico eximiéndolo de dar razón, arrebatándole la responsabilidad de su ejercicio por negar que ésta tenga algún fundamento real. Es éste, el científico, el discurso que más vivamente proclama su lugar certero sobre eltrono del conocimiento[5], por sostenerse con rigor y confianza en su base (tal sucede con la mencionada matemática, por ejemplo). Y ¿cómo habría de pasar ésto si no fuera que tenemos por más valiosa la permanencia que el cambio? Cualquier otro modo de hablar refiere por lo frecuente a la opinión o a la ignorancia: lo que decimos de lo particular siempre es algo que pudo ser o no ser así (y esta misma oración pretende poder desprenderse de lo particular para que sea tomada en cuenta). Pero conocer científicamente se torna problema desde que no se acepta la validez de hallar en la experiencia evidencia suficiente para el hombre impulsado a resolver si en verdad conoce, y si eso que conoce no es moda, sino permanencia.

Si le tratamos de dar valor a la moda, a lo mutable, por estar habituados a ella y nos detenemos a apreciar lo dispuesto al cambio en lugar de a lo que se mantiene, ¿no estamos apreciando más lo que siempre cambia en tanto que lo hace siempre? Creo que no tenemos salida, por más que se nos haga evidente el movimiento, lo más valioso es poder decir qué es lo que todo movimiento es siempre. La moda en tanto que efímera, considerada por separado en cada etapa, si se quisiera de verdad someter a un discurso que por ello la valorara, tendría que admitir no sólo la carencia de tales ‘etapas’ (porque esa manera ya organiza la experiencia en la palabra como algo que permanece durante la etapa), sino que tendría que obligar al discurso a expresar de ella un movimiento continuo en el que nunca se aprecia nada que hubo de quedarse quieto. ¿Y cómo hablar de la moda entonces, si ella misma no es una sola cosa? Tratar de hablar en forma mutable de lo mutable termina por cancelar el discurso. Y esto no es accesorio, ni agregado, sino perfectamente natural: la palabra tiene tal modo de ser que no puede dar razón de lo que no es en tanto que no es. ¿Y no es esa suficiente evidencia de que, naturalmente, el hombre tiene por más valiosa la permanencia que el cambio?

Que conste que no estoy diciendo que del cambio no puede hablarse (si acaso sí digo que es bastante difícil), estoy diciendo que apreciamos en el cambio lo que podemos decir que es, y sólo encontramos las cosas que son por ser unas y las mismas al mismo respecto del que hablamos de ellas. Por eso tenemos palabra ‘cambio’, porque nos parece que el cambio es una sola cosa que siempre aparece ante nosotros como lo mismo, si bien de modos distintos. La moda, por su parte, es un hábito corriente en lo contemporáneo, y habría que poner en duda qué tanto vale la pena que lo consideremos seriamente en cada una de sus etapas, o en tanto que cambio continuo; así como también valdría la pena intentar decir qué es lo que alcanzamos a ver que acontece con los hombres vivos hoy, en los que habita esta obscura desconfianza en la posibilidad de hallar la verdad valiosa.



[1] Tal como sucede con consecuencias máximas con Jonathan Dancy cuando afirma que del mundo, en el mejor de los casos, sólo podemos tener una acepción imperfecta, y que ésto mismo es lo que admiten los realistas. Ésto equivale a afirmar que los más preocupados por lo real son quienes pasan de largo el hecho de que, de la realidad, lo más noble que tenemos es nuestra propia interpretación, pues nada hay que sea cognoscible como pretendemos. Este escepticismo niega el valor real del mundo y la posibilidad de saber sobre las cosas con las que tenemos experiencia se cancela. Para éstos que se encuentran en tal extremo, quizá la mejor vida esté dentro de casa tomando antidepresivos y calmantes.

[2] Me refiero a las teorías que dicen, la una, que la luz está compuesta por ondas, la otra, que está compuesta por partículas. Actualmente, la exposición de la luz se hace tomando en cuenta ambos aspectos, a veces uno, a veces el otro, dependiendo de la naturaleza del experimento en cuestión.

[3] Por ejemplo, me parece que Kant admite en La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, “Prefacio”, § 7, que no debe pensarse solamente en lo correspondiente al ‘hombre’, sino que ha de abarcarse con la noción a todo ‘ente racional’ posible.

[4] ARISTÓTELES, en su “Libro V” de la Metafísica, Capítulo 5, dice que la necesidad (a)nagkai=oj) es “en sentido fundamental y primero, lo simple, lo que no puede tener más que un modo de ser”. En griego y fuera de Aristóteles, esta palabra era entendida mayormente como ‘lo forzoso’ o ‘lo impuesto’. La universalidad, por otra parte, es usada en la misma obra como lo relativo a un todo, como lo que abarca algo totalmente (kaqo/lou).

[5] Y con más razones de peso cuando se trata de ciencia entendida como directamente proveniente del término latino scientia, conocimiento. En este caso, hablo de las ciencias limitadas por su naturaleza sistemática (organizada por principio, medio y fin de acuerdo a la razón) y abocadas a un sólo objeto bien definido cada una de ellas.

La Verdad Valiosa

A. Cortés

Mas no por aquello la danza cesó,
de cierta sentencia impendiente en los aires
que dicha en silencio ululaba paciente


La verdad, encuentro difícil andar un camino que conduzca de manera simple y llana a decir cómo es que se relacionan los hombres con la palabra. Lo que es más, no creo que haya tal; me resulta más fácil explorar la manera en que parece que se da este vínculo en virtud de la manera en que vivimos cuando entre nosotros hablamos. Así pues, es evidente para todos que no habría vida tal y como la conocemos si no confiáramos en que por la palabra se puede decir la verdad, y en que también se puede mentir.

Ahora, así parece que es en términos planos, que los hombres decimos verdad y decimos mentiras, que de ese modo hablamos y escuchamos a quienes nos hablan; pero ¿es tan evidente la simplicidad del asunto, cuanto lo es el hecho de mentir y decir verdad? Mi temor es que, por ver que sucede en efecto así, nos adelantemos a decir que sucede en todo caso así. Por lo pronto, creo que no es una cosa tan sencilla como que confiamos en que sí y no desconfiamos en que no. Y es que sí se alcanza a ver que vivimos los días haciendo y diciendo con pretensiones de alcanzar a hablar sobre algo verdadero, nos relacionamos con los otros queriendo que ellos sepan de lo que les hablamos, también mentimos a sabiendas de que lo que decimos es falso; pero falta decir que el hecho de que existan necesariamente estas condiciones en nuestra relación expresiva con los otros no garantiza que no haya otros aspectos de la vida en que no se den así.

¿Cómo podríamos saber si es o no de este modo si no por la experiencia? No me parece que sea posible preguntarlo de otra manera, o deducirlo de otro lado, porque lo único que hasta ahora se me ha hecho diáfano es el hecho de que mentimos y decimos verdad cuando andamos yendo y viniendo entre más hombres. Pensando por ello un poco en la manera en la que se dan las cosas en la vida, noto que no siempre hablamos de la misma manera con todas las personas, y no tenemos por iguales todos los asuntos de los que hablamos. Estas cosas en las que pretendemos decir verdad o mentira son, por lo menos, de las más cercanas: saludamos a un amigo y decimos verdaderamente algo que en él vemos, también expresamos fielmente deseos como el hambre o el sueño. Confiamos en que es posible mentir sobre los acontecimientos cotidianos de los que somos partícipes, y en general, lo que nos compete personalmente solemos expresarlo en términos semejantes, acudiendo al cobijo de la palabra y a la confianza en que el mundo está poblado de otros que escuchan y también me dicen.

Al mismo tiempo que hacemos ésto, sin embargo, resulta que sobre los temas que parecerían competer a más que a nosotros solos los tenemos por más escurridizos: por lo frecuente no estamos seguros de que se pueda decir verdad sobre qué es la felicidad de los hombres, o sobre cuál sea el mejor modo de gobierno. Es raro asistir a discusiones circulares más grandes que las que se engendran de proponer entre muchos que se hable de qué cosa es lo bueno y qué lo malo. La gente de a pie mantiene sus opiniones de manera muy sólida, a su mirada, por lo menos: he hablado ya con varios que predican sin más que no hay tales cosas como buenas y malas, sino opiniones al respecto y “mundos en cabezas”. Así también, no parece que sean muchos los que queden contentos cuando alguien afirma que, de las opiniones de los científicos contemporáneos, una debe ser verdadera y, todas las demás, a ese mismo respecto falsas; no me imagino muchas sonrisas en una habitación entumultada en la que se afirme que si lo que dijo Einstein es cierto, la física newtoniana es una mentira.

Todos estos ejemplos de la experiencia me hacen mirar a una sola dirección: parece que es causa de desconfianza todo intento de envolver con nombres las cosas más generales, porque son las más delicadas e importantes; piensen si no apunta ello a que juzgamos algo como más importante cuando lo sabemos concerniente no sólo a nosotros solos, sino a nuestra humanidad[1]. Mejor y más importante son formas que tenemos de decir que algo es más digno de ser buscado para tenerse, en algún sentido de tener. Es más evidente que los temas generales son tenidos en más alta estima por la mayoría porque se deja ver que al tratarlos con los ojos puestos en verdades y mentiras sin más, uno es objeto de condena por simpleza y necedad: se piensa que a cosas grandes corresponden pensamientos grandes. La desconfianza en la palabra empieza aquí como temor al fracaso de impulsarse hacia lo más importante, y terminar habiendo dado en falso. “De las cosas que más nos involucran no se debe hablar gratuitamente”, podríamos decir. Pero esta manera de enunciarlo es todavía muy conservadora junto a lo que parece decirnos la experiencia: no sólo se suele ser cuidadoso al hablar de estas cosas, sino que se concluye que no es posible hacerlo con una pretensión de verdad o mentira. ¿Y el hecho de que algo sea más delicado es suficiente para abandonarlo? ¿Preferimos no dialogar sobre la amistad porque nos tenemos por ineptos y perezosos, y por incapaces de decir nada de valor sobre ella, en lugar de aventurarnos a decir qué cosas obscuras o lúcidas vemos sobre ella?

No es gratuito el hecho de que hoy sea muy común escuchar la imposibilidad de alcanzar la verdad valiosa con la palabra. No creo haber escuchado a alguien que me lo diga en estos términos, pero a ellos se refieren cuestiones como la relatividad de los juicios sobre la belleza (“si para ti es arte, es lo único que importa”), la imposibilidad de dar razón de los ritos religiosos (“cada quién cree en lo que cree”), y otras parecidas, en que se dice que lo que quisiéramos llegar a decir no puede ser dicho, y ésto querido es por tanto la investigación que tiene valor. Es como cuando Kant dice, al principio de la Crítica de la Razón Pura, que el hombre tiene un natural y fuerte anhelo por saber aquello que, también por naturaleza, tiene impedido saber. Aquí es la cuestión que, sobre lo menos importante no hay problema de soltar tremenda verborragia y aceptar todo como verdad o todo como mentira, pero eso sí, en los asuntos de verdadero cuidado, y de seriedad, es imposible acercarse hablando seriamente, porque la palabra no alcanza. Es como decir: “se vale que platiquen sobre esas cosas, pero no pretendan que están diciendo nada de valor”. Y es que entre lo personal y lo social, siempre consideramos que lo social tiene más peso[2], y por ello no es frecuente que se presente en nuestras escuelas algún ponente que hable de cómo le fue en su fin de semana (seguro sí se da, pero no tanto), como sí estamos hasta el cuello de conferencias sobre la crisis y sobre las afecciones de la sociedad. Definitivamente no es lo mismo presentar el ejemplo de quien dice haberse caído tras caerse y concluir de él que decimos verdades, que pensar en el caso de alguien que no está interesado en hablar de caídas, sino en decir cómo es que la poesía puede mover las almas de los hombres. ¿Cuál discurso les parecería más valioso, y de cuál es más fácil decir verdad?

Que conste que en esa pregunta no estoy emitiendo un juicio sobre la facilidad de la verdad, sino proponiendo un examen de la propia posición al respecto de la palabra. Pero las consecuencias de aceptar el extremo en el que de lo serio no se puede hablar son desastrosas para el discurso de lo general: la misma seriedad y excelencia que supuse, cuya tensión estriba en ser lo digno de ser dicho pero imposible a la vez de llegar a serlo, se esfuma fugazmente y se presenta como una promesa vacua. A ésta no se le pasa de largo mostrar su carácter definitivo e inminente: La verdad valiosa se creía que era valiosa, pero es sólo una fórmula imposible como el oxímoron, y se creía que en algo era más grande que el discurso sobre otra cosa cualquiera, pero se erraba al hacerlo: pues si no puede ser dicho, la misma desconfianza en la palabra muestra las bases de lo que creíamos tan sólido como quebradizas y corroídas. Al excluir la posibilidad de decir verdad sobre las cosas, éstas pierden para nosotros cierto nexo con la vida que de algún modo las unía. Y esto que digo no es tan raro: por ejemplo, de tanto predicar que no se puede dar razón de lo bueno y de lo malo, y que no se puede hablar de ello en absoluto, se acaba por convencerse de que ninguna de ambas cosas es verdadera, de que no sólo no se puede hablar de ellas con verdad, sino que no se puede darles nombres porque no tienen cabida en el mundo. Se deja de confiar en que haya algo que sea ‘lo bueno’ cuando se desconfía en que se pueda decir verdad sobre él. La cosa pierde su nombre y se pierde de vista. Es decir, el mundo vuelve a hacer suyo sólo lo dicho, y deja fuera en lo que se sembró la desconfianza, apartándolo como ilusión que se evapora. ¿Qué ocurre entonces con la ciencia, y qué con la filosofía, si la verdad valiosa fuera un cuento de soñadores que se placen en la fantasía para no dolerse en la vida mundana?


[1] Y creo que tenemos en aún mayor estima aquello que concierne a todo cuanto es en el mundo.

[2] Para evitar problemas por ahora, digamos que lo social está entendido como lo que me involucra a mí y a todos los que viven conmigo, ya sea en mi casa, en mi ciudad, o en menos palabras, en mi comunidad: aquellos con quienes tengo algo común que nos une.