Adenda a La ‘pax’ corrupta

Adenda a La ‘pax’ corrupta

 

Muy persuasivas resultan las generalidades entre mexicanos, especialmente en política. Quizá por desinterés o falta de agudeza, nuestras reflexiones tienden a ceñirse en abstracciones. Reflexiones o cualquier idea inútil sobre política. Sus complejos movimientos, entre sus agrupaciones y decisiones cruciales, se sintetizan esquemáticamente. Los actores políticos se deshumanizan en un maniqueísmo fácilmente digerible para estudios académicos o la plática yendo de pie en el camión. Por ejemplo, la historia narrada por la SEP relata el conflicto entre liberales y conservadores como un mal cuento infantil. Sin contratiempos reales ni defectos propios, el triunfador cumple su victoria consabida. Es inminente e indudable la derrota de quienes odian la patria y pretenden destruirla. La pureza de la Historia conserva la proceridad de los dos sempiternos bandos.

Una virtud de la retórica del presidente electo es que abreva en este imaginario popular. Su éxito está en azuzar la memoria de muchos ciudadanos y adecuarse perfectamente a su lógica política. Se distingue en una época donde parece no haber principios ni convicciones de honestidad. En donde, también, ha crecido un afán vengativo contra quienes han incumplido con ejercer justicia y dar un buen rumbo al país, los cuales son quienes pretenden arruinar la patria. Nuestra brújula moral con poco tino se complace con quien enarbola la distinción.

El conato retórico no sólo es efectivo en el manejo de simpatizantes. En realidad, trastoca todo el escenario político. Denominar a los responsables de los perjurios en el país como «los de arriba», «los tecnócratas» o «los criminales de grandes ligas», convierte la justicia en un asunto estructural. La lucha rebelde se legitima al enfrentar a los casi omnipotentes destructores de la patria. Generosidad contra opresión y manipulación; honestidad contra el saqueo sin límite y fraude.  Categorías ambiguas reconfiguran, a modo, lo que es la justicia y el bien. Frente a la insistencia de distinguir quiénes son «los oligarcas», elude. Omite para subrayar que operan en las sombras. Mantiene la ambigüedad sin salirse de los límites del imaginario susodicho, y además lo alienta. Sólo un cambio de régimen, un vuelco a la realidad planeado por el mismo presidente, instaurará la paz.

Sin responsables identificados, la injusticia proviene del sistema completo. Bajo esto, una crítica carente de imaginación aparece en el bando de los adversarios. Queda atrapada en la abstracción política. Se convierte en una pieza más en el escenario político trastocado; un elemento anticipado en la esquizofrenia. La marcha fifí no sólo fue ridícula por su papel público, sino por confirmar de facto la visión presidencial. En efecto, resultó una marcha completamente conservadora. Quienes pretenden criticar a partir del insulto, juguetón o rudo, luchan contra un gigante con una aguja. Una verdadera crítica debería acentuar el aspecto práctico en la política. Es decir, juzgando las falsas abstracciones políticas. La conspiración es un mal mito para ocultar el poder unilateral. Se habla de todos para resguardar la pirámide a cuya punta todos aspiran. Actualmente, la reflexión política exige imaginación.

Buen y mal año

Ocurre algo usual y extraño al filo de Año Nuevo. En las últimas horas, incluso días, del año por terminar, sobrevienen todos los acontecimientos desafortunados. Nos volvemos pesimistas, aun por esos momentos. Los recuerdos y vivencias se enmarañan y nos provocan una honda lamentación. Cada diciembre parece que concluimos el peor año de nuestra vida. Curiosamente pasa lo contrario horas después. El escenario lóbrego se enciende y tenemos la mejor disposición para el año que estamos a punto de comenzar. Quizá de ahí viene el entusiasmo por nuevos proyectos. Con esa alegría, nos sentimos capaces de todo. En el crepúsculo, nos hacemos pesimistas; en el alba, optimistas.

Nuestra poca reflexión sobre lo que vivimos, nos hace presa fácil para la decepción. Las penas se acrecientan al simplificarse nuestros actos. Sin una meditación cuidadosa, prevalece lo que sentimos. Fácilmente caemos en el engaño de las primeras impresiones. Análogamente sucede lo mismo con las expectativas en el futuro. Sin considerar las complejidades de cada acto, el entusiasmo se apodera de nosotros. Miramos como gigantes el horizonte, creyendo que lo mejor es lo impresionante. Descuidamos las noblezas sutiles de nuestros actos.

De igual modo ocurre con la maldad humana. Se filtra en nuestra vida sin advertirlo. El gran entusiasmo deslumbra y esperamos lo contrario en iguales proporciones. Los actos perversos se pierden en las expectativas acrecentadas. En su torpeza, el hombre moderno ve la virtud en la magnificencia. Las grandes empresas constituyen su felicidad, así como las desgracias sólo están al poner en riesgo su vida. En su moralidad, es lícito cualquier acto mientras no lo lleve a la muerte. Su ceguera política lo lleva a creer en las conspiraciones. Lo desproporcionado lo amedrenta. Sin embargo, el mito esconde lo atroz del mal; es una versión cómoda para mantenerlo alejado.