Traición atómica

Un buen científico sabe que debe seguir, ante todo, el método; por eso estudia todo separando por partes lo que al principio era unidad. Sin embargo, la necesidad de separar partículas es tanta, que la unidad cada día cambia: lo que antes era un ser vivo pronto se convirtió en un cuerpo inerte y en poco tiempo pasó a ser un conjunto de partículas atómicas, las cuales en breve se traicionan y de dividen aún más, hasta que llegan a una particular nada que nada dice al científico.

Un buen hombre, en cambio, sabe que las partes sólo son partes si es que pertenecen a un todo, y prefiere conocer a la unidad cuando ésta se mueve, que sacrificarla en pos de una disección que lo dejará en la nada absoluta. Entiende que estudiar a la unidad de otra manera implica traicionarse y hacer de sí mismo un científico moderno, luego un cuerpo inerte, después un montón de partículas indivisibles, y por último un conjunto muy grande de subpartículas incontables, todas ellas incapaces de elegir o de pensar en lo mejor.

Entre ambos, el científico y el buen hombre, la semejanza se concentra en el ánimo por saber, pero la diferencia radica en que el primero busca lo que quiere a costa de su propia vida y se sacrifica en aras del progreso convirtiéndose así en mártir de la ciencia;  y el segundo comienza por reconocer sus propios límites, lo que en última instancia le impide traicionarse a sí mismo y convertirse en un ídolo para los demás.

 

Maigo

El Ocio Responsable

“El hombre maduro sabe mandar y sabe acatar mandatos.”

-Proverbio marinero

Hacer un elogio apropiado del ocio es de lo más difícil. No sé si siempre haya sido de la misma manera o si esta época prueba ser peor que todas las anteriores para ello, pero sospecho que se debe a la disposición de la mayoría de las personas para admitir un modo de vida distinto al más práctico. Cuando alguien escucha un elogio, en el más aciago de los casos, debe estar abierto a que lo que se discute tiene algo de bueno; pero vivimos en un mundo dominado por la idea de que el ocio es madre de los vicios (nunca de las virtudes), cuna del capricho, deleite de los vagos y guarida de los perezosos. Por el contrario, el trabajo duro es valorado como lo más importante de la vida, el hombre de negocios es modelo de excelencia y los más poderosos y tomados por mejores hombres también son los mejores negociantes. Evidencia de esto es que nuestra sociedad está infinitamente más dispuesta a decir que un buen hombre que hace lo que quiere es autoempleado, el objetivo de muchos, antes que admitir que es un desempleado, que suena hasta a insulto.

Mientras más dominante es el mercado como el modelo de organización de todos los asuntos vitales, obviamente también es mayor la inmersión de las personas en los negocios. Los negocios son mejores cuando son veloces, cuando son muchos, bien dirigidos y eficaces. Los negocios deben tener resultados visibles porque deben producir. El trabajo que no produce nada es inútil, y por tanto, se le toma por indeseable (apostaría a que pocos pensaron en la posibilidad de trabajo inútil y deseable). Ahora, por ejemplo, la palabra económico se usa como sinónimo de rápido y eficiente. Sin embargo, la maestría de esta técnica tiene un precio (como todo negociante sabe bien): consume el tiempo del exitoso empresario en el interés de todas las cosas que lo rodean y éstas lo alejan de cualquier pensamiento ajeno a sus negocios. Los primeros pensamientos exiliados son los que conciernen a uno mismo: es imposible conocerse bien a uno mismo sin pensar en uno mismo, pero como hacer tal cosa no produce nada, es tiempo desperdiciado desde el punto de vista práctico. Hay muchas cosas en este mundo que no tienen una buena respuesta cuando se pregunta “¿y eso para qué?” Todas ellas las desdeña el hombre práctico. El buen negociante tiene que desprenderse de la posibilidad de pensar en sí mismo demasiado, o en cualquier cosa que no sea útil. Este escrito, para empezar, ya es demasiado largo como para que merezca ser leído por un buen negociante. Obviamente, la sugerencia de que el ocio es deseable no vale la pena siquiera considerarse porque se pierde tiempo para el negocio.

Hay una consecuencia interesante de todo esto. A mi juicio, un adulto hecho y derecho es una persona responsable. Me parece que responsable quiere decir que puede responder por lo que hace y lo que dice, que puede enfrentar las consecuencias de sus acciones porque sabe por qué las hizo (hasta cuando las hace por equivocación) y, en caso de errar, está preparado para encarar el error de la que considere la mejor manera. Por supuesto, nadie puede ser completamente dueño de sus acciones porque nadie conoce el futuro; pero el responsable debe serlo en la medida de lo posible. Un hombre responsable vale tanto como vale su palabra y como vale su acción. Él es quien da cuenta de quién es, y también se da cuenta de quién es. Eso no se puede pedir de un niño porque las más de las veces hace cosas sin saber qué hace. Ya sea que interpretemos que “el impulso” lo domina, o simplemente que no tiene un juicio plenamente formado, el niño no es responsable de sus acciones porque al querer darse cuenta de lo que hace sigue sin entender bien qué pasó. Lo bueno y lo malo de sus palabras y acciones no es suficientemente evidente para él como para que tome decisiones, plenamente hablando. Resulta, pues, que el niño no puede actuar como adulto porque aún no puede juzgar y aún no puede juzgarse. El hombre de negocios, por su parte, se obliga a alejarse de pensar en sí mismo. Como ven, esto lo acerca más al niño que al adulto.

Un buen comerciante, un hombre práctico y productivo, suele actuar sirviéndose de una base para juzgar, misma que ha asumido por su educación tradicional o simplemente por el sitio en el que nació, pero no tiene el tiempo de someter esa misma base a juicio. Cualquier esfuerzo por hacer eso requiere mucho ocio. O sea, que no puede dar cuenta de sus acciones plenamente. Se ha dicho que en nuestros días la “adolescencia” se extiende por mucho más tiempo que antes, ¿no será ésta una buena razón para explicarlo? Una segunda consecuencia resulta de percatarse de que el hombre responsable “responde por sus actos y palabras” ante otras personas responsables. El adulto no puede ser responsable ante los niños; y no por desdén, sino porque ellos no entienden aquello de lo que él da cuenta. Regresando al punto inicial: hacer un elogio del ocio es responder por la vida contemplativa, pero si éste es el mundo dominado por los negociantes, tal elogio no tiene mucho sentido. El ocio es necesario para someter a juicio nociones como, por ejemplo, que el ocio puede ser indispensable para una buena vida. La negación al ocio sin derecho a juicio es parte de la tradición del negociante, es un prejuicio, y escuchar cualquier discurso que intente acabar con el prejuicio tomaría demasiado tiempo. Es una inversión inútil, y eso se nota en el hecho de que los negociantes hoy en día siguen produciendo muchísimo sin necesidad de valorar la vida contemplativa. Esta reflexión no les aporta nada.

Curiosamente, otro de los prejuicios tradicionales del negociante es que el adulto es el hombre práctico, y eso suele ser lo que se toma por madurez aunque quien tenga la supuesta edad para juzgar no se haga responsable de sus actos. En estas condiciones la vida responsable es confundida muy fácilmente por una vida infantil, porque el que juzga con este prejuicio mira la vida contemplativa y mira la vida del niño caprichoso y mira la vida del vago perezoso y no encuentra entre las tres ninguna diferencia. Como un adulto no puede responsabilizarse de sus actos frente a un niño, ¿cómo elogiar el ocio en nuestro mundo? Desafortunada o afortunadamente, supongo que este escrito sólo será leído sin desdén por los que ya desde antes estaban de acuerdo conmigo.

Un Hombre de Acción

“La vida práctica no sólo es la mejor, es la única posible”, dijo el Rey al herético astrónomo y dio luego asentimiento al verdugo a proceder.

Un hombre de acción no tiene tiempo para ponerse a pensar si lo que va a hacer le conviene o no, debe apostar a que así será y a que puede sacarle provecho al fracaso aprendiendo de él cada vez que se presente. Un hombre de acción tiene su vida para mejorarla, para convertirse a sí mismo en un agente de cambio, de más movimiento, de revolución. Un hombre de acción mueve en su vida todo lo estático para que no quede nada que no sea eficiente. Lo eficiente en su vida, lo mejorado, lo superado, lo más veloz, se erige sobre las vidas de los perezosos y muelles como un gigante, como un monolito imbatible, incuestionable por su presencia: allí está, completo en el presente, con todas sus armas pulidas y sus miembros prestos para cualquier eventualidad. Es ejemplo de jóvenes con fuego en el abdomen y vergüenza de los viejos arrepentidos. Él mira a los ojos a los que poco saben y se ríe de ellos: han probado los frutos de su tierra mientras que él conoce los de todo el mundo; han escapado del peligro mientras que él ha enfrentado a todas las caras de la muerte; él ha visto a todas las clases de hombres que el resto tan sólo ha imaginado. Él no necesita a la imaginación. El hombre de acción siente miedo, por supuesto, pero se place en admitirlo y dominarlo. Él nunca creerá que conoce el futuro, no tendrá tiempo para pensar en él porque no importa: estará preparado para el que sea que llegue. Nunca está completamente listo, sin embargo, por eso se apresura a hacerlo todo, a viajar y ver y gritar y romper y correr y construir y andar y saltar y controlar; para que ninguna segunda ocasión sea ningún reto. Así, todo será nuevo. El rumbo del hombre de acción se fija unos segundos solamente, y luego resurge: la labor del hombre de acción nunca termina.

Pero cuando un hombre de acción llega el final de su vida, ¿cuál es el provecho de haberlo movido todo? ¿A dónde se va toda esa sabiduría mudable del hombre de acción, toda esa práctica pulida al más fino punto? ¿Qué es la muerte para el hombre de acción?