Sobre las metas y los fines

Actualmente no solemos utilizar la palabra fin para referirnos a lo bueno, a lo mejor o a la naturaleza humana. Cuando hablamos de alguna situación donde se muestra un aspecto destacable del hombre que éste realizó, hablamos de metas o logros. Un buen deseo se expresa diciendo: “espero que cumplas tus metas (o logros”; jamás escuchamos o leemos que alguien diga: “espero que actúes con excelencia con respecto a tus fines”. La diferencia parecería inexistente, de no ser porque hablar de metas o fines trae implícita alguna idea de las capacidades humanas.

Que el hombre no puede controlarlo todo, que no es un ser todo poderoso, ha sido corroborado en más de una ocasión de manera dolorosa. Si el hombre hace de sí mismo una estatua mediante sus logros, va perdiendo la posibilidad de verse como es; es decir, el hombre al alcanzar sus aspiraciones puede encontrar la falsa idea de que su poder es ilimitado. La idea sería sólo un conflicto psicológico, del ego de ciertas personas, si no tuviera de base una idea de la historia, la cual supone que el conocimiento humano va enlazándose a través de los años y que va incrementando indefinidamente. La idea resulta complicada porque no se puede precisar si la historia tiene alguna finalidad clara o si no la tiene; si no la tiene el problema es que quizá nunca fue pensada y su sendero es errante, azaroso, y si la tiene, si se ha sobrepasado lo planeado, es decir, el problema es si la historia es controlada por el hombre o el hombre ha sido controlado por la historia. Aunque el hombre controlara el rumbo de la historia, nos encontraríamos con qué hace alguien tan poderoso con los demás hombres, ¿los ayuda a ser tan poderosos como él?, ¿los limita para que su poder no se vea en peligro?, ¿cuándo a las personas les desean éxito, implícitamente también les desean que sean poderosas?

El éxito es algo tan ambiguo como el poder, aunque el segundo parezca manifestarse cuando se ejerce, ¿del primero cómo tenemos noción?, ¿al ser reconocidos por alguna institución o empresa por algún papel o un nombramiento? De ser así, el éxito sería algo sumamente efímero, de un solo momento o lo que dure el recuerdo en la mente de los demás. El exitoso debería de encargarse de estimular dicha idea en los demás, es decir, de hacer cosas exitosas constantemente. Pero, ¿dónde tiene fin su éxito?, ¿alcanzará un día el pináculo del éxito y no lo deseará más porque de ahí no puede bajar? Pero en nuestra experiencia nunca vemos que los hombres progresen indefinidamente en su éxito, hasta los más ricos descienden en el peldaño de la riqueza y sus aspiraciones se ven limitadas por las aspiraciones de los poderosos. A menos que el éxito no se encuentre ni en la riqueza o en el poder político. El exitoso es aquel que debido a su conocimiento es reconocido. Esto no quiere decir que el éxito radique en la comprensión del hombre que por su conocimiento es reconocido, sino sólo en que se le aplauda. Aquí surge la pregunta: ¿la felicidad radica en lo que se realiza o en el reconocimiento de lo realizado? De nada sirve el reconocimiento si no se hace nada bueno, pero lo bueno sólo podemos entenderlo con respecto a los fines humanos. El éxito es una imagen de lo que el hombre puede hacer.

Yaddir

Sobre el miedo

El miedo es una pasión tan misteriosa que solemos tenerle miedo a lo inexistente. Que temamos lo inexistente no quiere decir que seamos irracionales en cuanto a nuestros temores, pues precisamente podemos temer lo posible. En un ambiente violento, pese a que no veamos una sola arma, sabemos que no es difícil ser víctimas de una bala a cualquier hora del día en cualquier lugar, aunque sepamos que quizás en las calles que transitamos constantemente nunca haya habido una balacera. De manera semejante, podemos temer un posible regaño o una reprimenda en caso de ser conscientes que algo mal hemos hecho; le tememos a lo que nuestra consciencia pueda mostrarnos. ¿A qué le tememos más, al daño físico o al moral?

El miedo puede impedirnos actuar, dejándonos estáticos ante una situación complicada o de peligro; el temor paraliza nuestra capacidad para reflexionar. Pero el sentirnos en peligro puede llevarnos a utilizar nuestras capacidades de la mejor manera posible para salir de dicha situación. La supervivencia en los ambientes más inhóspitos nos permite descubrir los límites de nuestras capacidades.

¿Pero qué es lo que nos hace temer?, ¿será acaso el dolor o el no saber ante qué situaciones nos enfrentaremos? Es decir, ¿tememos no poder controlar todo a nuestro alrededor, pues creemos que un completo control nos garantiza plena seguridad y completo placer?, ¿cómo se vive mejor, entender que no todo puede ser controlado o buscando dominar a la fortuna?

Quizá podamos dominar el miedo si entendemos qué es lo que lo causa, pero eso no quiere decir que ante situaciones que no entendamos o que no hayamos previsto, desaparezca de nosotros el miedo en su totalidad. Por más que intentemos tener el control de todo lo que está a nuestro alrededor, siempre habrá situaciones que no se hayan contemplado o que no podamos controlar. Tampoco se trata de dejarse llevar por la corriente de la historia hasta que destruya o construya dado que no podemos influir ni un ápice. Parece que, si queremos vivir bien, debemos pensar qué podemos controlar y qué está fuera de nuestro alcance. No podemos temer a todo ni creer que nada nos pondrá en peligro.

Yo nomás Digo

Muy orgullosos estábamos de haber sometido a la naturaleza con el yugo de nuestras prodigiosas artes; Felix Baumgarten probó para nosotros algo que fácilmente se confunde con la noción de que podemos lograrlo todo: desde el límite último del planeta se lanzó protegido sólo con la seguridad que el ingenio de la humanidad y el entrenamiento podían darle, y sobrevivió contra todo buen sentido (o sea, expectativa desinformada). Y poquito después, ya que teníamos tan fresco ese sentimiento de controlar hasta los más mínimos detalles naturales, que le cae Sandy a Nueva York y lo destroza todo. Salió más caro el desastre del huracán que el gran brinco estratosférico.