Entrega

No es lo mismo dejar el alma en las cosas a que las cosas te chupen el alma.

Hiro postal

De cosas

Hay cosas que no deberían decirse. Cosas que la prudencia debería acallar. Cosas que, en su momento, deberían ser instantáneamente bloqueadas por el inconsciente y enviadas diréctamente (sí, diréctamente) a las profundidades; arrojadas a las oscuras cavernas donde habitan las imágenes que le mismo Platón condenó y negó lugar alguno entre las luces de la verdad.

Hay cosas que no deberían escucharse. Cosas tan terribles que el oído debería mantener en el secreto de lo indescifrable. Cosas cuyo semblante resplandece hermoso en la memoria pero que en el fondo no son más que máscaras que llenan de ilusión con su mentira y derrumban los castillos lenta y laboriosamente construidos.

Hay cosas que no deberían decirse… y se dijeron. Cosas que no deberían escucharse… y se escucharon. Cosas que por la putísima madre me veo obligado a olvidar…

Gazmogno

Un Poquito sobre Ciencia

A. Cortés

Me preguntó Námaste Heptákis en la ocasión anterior que tuve de escribir para el blog, qué cosa era esta generalidad de la que hablo cuando menciono en Mutaciones y Fijezas que hay una noción de más amplitud que el individuo que se nos da a los sentidos. Me parece que ahora se presenta una buena oportunidad para responder a esa pregunta.

El asunto, pues, es intentar entender por qué la ciencia es un tipo de conocimiento que no se asemeja a aquél en el que las cosas podrían no ser así como sabemos que son, o que no son entendidas como una totalidad única y abarcadora en el mundo. En realidad, estoy pensando en si hay o no conocimiento que no sea ni universal, ni necesario. Según yo sí lo hay. Pienso por ejemplo, en la historia o en el conocimiento de alguna actividad particular, como el conocer que el sábado pasado alguien (digamos, Moe) se fue de viaje a las Bermudas, o cosas por el estilo. En cuanto a la universalidad, quizá en cierto sentido podamos decir que no son universales porque, si bien es cierto que de todo lo que es Moe su ser se dio como uno que fue a las Bermudas en sentido absoluto, al pensar en este hombre como miembro de la especie humana se nos revela que para nada tal afirmación de su ser puede ser totalmente abarcadora. Ahora, en cuanto a la necesidad, lo que veo en ejemplos como aquéste, es que lo que se sabe se refiere a individuos en particular, o a situaciones en las que reconocemos cierta forma de ser que se podría bien haber dado de otra manera sin violencia. Hay que aclarar: no me refiero a que Napoleón podría no haber sido bajito, sino alto, o a que Hitler podría haber muerto antes de empezada la Segunda Guerra Mundial, porque eso no sucedió, y la posibilidad de que sucedieran tales cosas nunca podrá ser tomada como algo que es, en el sentido de lo que se nos presenta actualmente; sino más bien hablo de que esos acontecimientos sucedieron o no sucedieron en un marco de acción que, de presentársenos en la reflexión como completamente al contrario de como pasaron, no hallaríamos nada de imposible o de absurdo. No es ni imposible ni absurdo que los hombres sean altos o bajos, ni que los militares se mueran. A ésto me refiero cuando pienso en que no son necesarios. Lo que sí es imposible es que, por decir algo, el agua no reaccione con el sodio puro en condiciones ambientales[1].

Entonces, y regresando a la pregunta de Námaste, el sentido de la generalidad más bien debería de ser caracterizado como este hablar de lo universal y lo necesario, porque estamos pensando en la ciencia. Ahora bien, el carácter individual que vemos con los sentidos es el ser de lo que reconocemos como uno. Eso uno es un ser evidente y dado en la experiencia sin más y sin detrás, como me parece que apunta Námaste. Hay, obviamente, un problema grande en pensar qué sea eso que es uno, que se da a distintos órganos de nosotros como cuerpo, y que tiene una forma de ser que puede ser pensada y pronunciada en el discurso, de alguna manera. No parece, por lo menos, que estas cosas que vemos sean la suma de sus atributos sensibles, porque no tendríamos forma de explicar en dónde se unen y cómo es que nosotros los unimos. Por decir, ¿cómo podemos saber que Moe es ese ser que tiene piel amarilla y mal olor, si ambas sensaciones son distintas y captadas por sentidos diferentes, el amarillo con la vista y el hedor con el olfato?  Sólo podríamos hablar de que son en una sola cosa si admitimos que hay algo que es y al que acaecen estas formas  distintas de ser. En ese sentido es que lo que es se nos presenta con evidencia inmediata, y reconocemos por lo que nosotros somos algo que es uno y que se presenta de varias maneras.

Ahora, eso que es y que nos consta que es, no nos dice por completo todo lo que es a simple vista (o no habría estudio de nada que hubiéramos visto tan sólo una vez). Nos deja ver que se da, y luego nos llama a saber todas las formas en que se da. Pienso en que no tenemos dudas de que un hombre se halle ante nosotros mientras nos habla, pero puede ser que cerremos los ojos y distingamos que la manera de ser que tiene cuando se da a mi vista es otra que aquella que se da a mi oído. En ambos casos, sé que ese alguien es, pero su ser se da de muchas maneras. Lo mismo sucede con nuestras demás facultades, porque sin dudar que un pollo sea, lo conocemos mejor cuando lo degustamos que cuando solamente lo vemos, y aún mejor cuando lo recordamos tras habernos relacionado con él en la experiencia. Pensar qué cosas sobre el ser se pueden decir que duren para siempre y que los hombres tengan por más valiosas consistiría pues en un examen que realiza el hombre como uno completo que es alma y es cuerpo, pero considerando cierto uno que no es él mismo y que no se va a hallar en la experiencia, porque lo que se da a los sentidos perece, y se busca lo imperecedero. La química, dando otro ejemplo, no se hace revisando todos los átomos existentes de hidrógeno en el universo, sino viendo con los ojos, imaginando, y pensando eso que es universal y necesario, y que se diferencia de mi experiencia individual con éste o este otro contenedor de gas.

Finalmente, no quisiera afirmar nada al respecto de un sentido común o de la imaginación, o hacer una epistemología sobre nuestra sensorialidad, o cosas por el estilo, porque me parecen temas difíciles, extensos, y que me exceden. Lo que sí me parece muy evidente es que tenemos cierta pretensión por conocer lo universal y lo necesario de algún modo de acuerdo a lo que somos. Quiero en este punto, responder ahora a la pregunta que me hizo Maigo, habiendo aclarado ésto. Pregunta si la contemplación de lo inmutable se hace solamente mediante la palabra. Eso que no cambia y no se mueve, es en este caso lo universal y necesario, porque es lo que siempre será de ese modo en que vemos que es, y es así para todos los casos. El filósofo que observa lo que no cambia hace de una manera o de otra cuando su objeto de investigación es distinto, y la ciencia puede hacerse de muchas cosas. Así, no me parece necesario que aquel que contempla lo inmóvil e imperecedero sea callado y él mismo inmóvil, precisamente por lo que hay lugar a la palabra: puede ser que la verdad valiosa se dé en la palabra, y que de esa manera no haya posibilidad, en un sentido, de que el observador sea inmóvil ante lo inmóvil; aunque también está el otro lado, desde el cual notamos que el hombre que es uno siempre es él mismo, y en ese sentido, no cambia. Creo por ello que en la palabra se dan estos dos modos de ser del investigador, que es en cierto sentido uno y el mismo, y en otro, aprende y reflexiona.


[1] No estoy muy seguro, pero parece que una señal de este tipo de conocimiento universal y necesario, es que ayuda a predecir el modo de ser de algún movimiento. Es como sucede en el caso de las leyes, según las entiendo: si la ley enuncia que lo pesado cae, es porque en efecto, sabemos que lo pesado ha caído, cae y seguirá cayendo aún que no hayamos visto a todas las cosas del mundo caer.