Ensayo…

Moverse rápido es el ideal de nuestra era. Buscamos que todo salga pronto, sin importar si sale mal. Aunque lo ideal es que todo salga perfecto al primer intento y sin necesidad de ningún ensayo. Quizá es por ello que la sana costumbre de ensayar se está perdiendo, buscamos ser prolíficos, pero no buenos, lo que muestra con mucha claridad que confundimos lo basto con lo bello.

 

Maigo.

Es que somos muy chiquitos

Desde pequeña siempre preferí el diminutivo abuelita al sustantivo abuela para referirme a la madre de mi madre por considerar que el sonido de aquél era mucho más amable, suave y tierno que el de este otro, el cual resultaba –a mi parecer– no sólo más seco sino irrespetuoso e incluso despectivo; nada idóneo, pues, para llamar a alguien a quien yo quería tanto. Sin embargo, no fui consciente de cuán usual era esta costumbre hasta que un día, mientras tomaba clase de portugués, alguien preguntó cómo es que se decía abuelita en ese idioma. El profesor se mostró extrañado ante aquella pregunta y, aunque aclaró la duda de la persona en cuestión, enseguida nos hizo saber que, al menos en los países luso-parlantes, no se acostumbraba usar diminutivos para referirse a los abuelos, ni siquiera por cariño; ésa más bien parecía ser una práctica oriunda de nuestro país.

Ciertamente, México no sería México si su gente no hiciera uso de diminutivos a diestra y siniestra en frases como “¡Pásele, güerita!”, “¿Me esperas un momentito?”, “Ahorita voy…”, “¡Ay, virgencita!” y muchas otras que podemos escuchar a diario en casi cualquier lugar donde nos encontremos; “la cuestión –como dice cierta chela– es buscarle” o, en todo caso, escucharle. Sea como sea, algo que me causa bastante gracia sobre este asunto es que no importa si la palabra no admite diminutivos, nosotros por nuestros calzones se lo inventamos, ¿pus por qué no? Tal es el caso de ahora que, por su calidad de adverbio, resulta una palabra invariable, pero nada de eso nos impide sustituirlo por el mexicanísimo ahorita que, para terminarla de amolar, no quiere indicar “en este momento” sino “en algún momento”; en resumidas cuentas, el ahorita significa que si bien haremos lo que nos mandaron, no será en el momento en que nos haya sido encomendado, sino cuando se nos dé la gana hacerlo… si es que se nos da.

Ahora bien, lo mismo sucede con algunos nombres propios como el mío, por ejemplo. Al principio, la gente batallaba con él por tratarse de un nombre extranjero, pero tan pronto se sintieron familiarizados, comenzaron a buscarle un diminutivo. Primero optaron por acortar el nombre y pasé de ser Hiromi a Hiro, lo cual no me desagradó en absoluto; luego decidieron que Hiri tenía más pinta de ser diminutivo que Hiro y tampoco me molestó el cambio; sin embargo, justo cuando creí que ya me estaba librando de la temible terminación –ito(a) que generalmente acompaña al nombre para hacer de él un diminutivo –como Anita, Juanito, Panchita, Jorgito, etc. –, la gente comenzó a llamarme Hiromita. Con el tiempo me he ido acostumbrando más porque entiendo que me lo dicen de cariño que por otra cosa, aunque –como en el caso de abuela– no me gusta el sonido que produce porque me resulta cacofónico; no obstante, esto llevó a que me preguntara por las razones que tendremos para seguir haciendo uso de los diminutivos aunque el resultado sea nefasto, por decir lo menos.

Como ya se ha visto, expresarle afecto a los otros es ciertamente un motivo para recurrir a los diminutivos, pues –creo yo– la suavidad del sonido que éstos brindan nos remite al cariño de la persona que así nos llama; o bien, una variante de aquél será proporcionarle un trato amable a la gente que nos rodea, con la que quizá no intimamos pero sí tratamos con frecuencia. Una segunda razón es el hecho de que los diminutivos llegan a dotar de mucha fuerza ciertas expresiones que tienen como fin la ironía o el sarcasmo, sobre todo en el caso de las madres, quienes nos dicen cosas como “¡Pobrecito de ti! No te vayas a cansar (de no hacer nada)…” o “¡Qué costumbrita la tuya de dejar todo tu cuarto tirado!”. Sin duda, no sería lo mismo si estas frases no incluyeran esos diminutivos que les dan un estilo muy sui generis de mamá. La tercera razón, aunque suene a psicología barata, podría deberse a ese sentimiento de inferioridad que se nos achaca a los mexicanos, por lo que quizá el uso de diminutivos no sea más que el reflejo de dicha inferioridad, misma que nos impide decir las cosas como son –por ejemplo, llamar a un obeso gordito por temor a herir susceptibilidades– o bien aceptar las consecuencias de nuestros actos –como cuando decimos que “tenemos un problemita” con el afán de minimizar el gran enredo en el que estamos envueltos–.

Puede que éstas no sean las únicas razones por las que usamos diminutivos –o que ni siquiera sean las razones–, pero si algún crédito merecen es el de distinguirnos de alguna forma de los demás habitantes del mundo, orita para bien, orita para mal.

Hiro postal

Dormirse en la costumbre

«Al comienzo fueron vicios, hoy son costumbres”

S.

Era el primer día de calor. Calor de a de veras, calor de muerte.  Ya casi nos derretíamos. Podía ver cómo, poco a poco, todos nos escurriríamos. De por si prefiero el frío, la lluvia y el viento. El sol ahora sí parecía estarnos presumiendo todo de lo que era capaz. Estará muy feliz o muy enojado. Era sorpresa cuál de las dos era. Pero no era sólo yo, la mayoría tampoco podía más. Dolores de cabeza y mal humor. Agua, huaraches, gorras, bloqueador, abanicos y ventiladores portátiles. Todo cargábamos, pero nada parecía ser suficiente. “Seguro es Dios, nos está matando lento” –me dijo mi amigo, el que cree que es como de vampiro… La semana siguiente el calor no se había ido. Seguía igual: infernal. Pero ahora casi nadie parecía padecer tantísimo calor. Poco a poco nos íbamos quejando menos. Cada vez nos acostumbrábamos más. Quizá era bueno, para estar de malas, para no sufrir tanto. Quizá sea inevitable eso de acostumbrarse, y más al calor, porque así como mucho contra él no podemos hacer. Aunque, también, luego la costumbre se confunde, o viene acompañada de conformismo e indiferencia. Así como al calor, poco a poco, nos acostumbramos a lo feo. Ya no nos asusta, nos parece extraño ni ajeno. Cada vez pesa menos estar a treinta y tantos grados de temperatura,  leer de la violencia y  de los tantísimos muertos que siguen habiendo. Quizá sea inevitable, quizá sea nuestro mecanismo de defensa o escape. Pero qué cosa tan triste que lo que ahora nos duela, arda o quema, luego se desaparezca. Qué triste acostumbrarse a lo feo, conformarse, vivir y hasta , como dicen, ser feliz con lo que hay. Tal vez sea cierto eso que leí el otro día que decía que los satisfechos no aman, pues se duermen en la costumbre. 

PARA APUNTARLE BIEN: “Cuando los vicios nos dejan, nos envanecemos con la creencia de que los hemos dejado. Lo que nos impide muchas veces entregarnos en manos de un solo vicio es el estar prisioneros de multitud de ellos” Francois de La-Rochefoucauld

MISERERES: Rectoría sigue “tomada”. La SEP ordenó urgió –según- a los encapuchados a que se libere. Pero sigue sin pasar. Por otro lado, ahora sí ya se aprobó la reforma a Telecom, aunque hubo modificaciones al final (está bueno saber, además, que ahora en las novelas de Televisa se están anunciando esto de las reformas). Luego del escándalo de la SEDESOL en Veracruz, aún no es claro en qué estado está el llamado “Pacto por México” y las próximas reformas. Acá el artículo de Aguayo de la semana pasada sobre eso: http://www.sergioaguayo.org/html/columnas/Preocupemonos_240413.html

Comunidades que Cuentan

Desconozco la opinión de la mayoría sobre la puntualidad. Bueno, quiero decir que desconozco su posición ante ella. Sé que no es cosa que se respete, pero no estoy seguro de si lo más corriente es que se considere con irritación la necesidad de llegar a una hora determinada por alguien, o si simplemente se vea como uno más de los eventos en la vida de los obsesivos compulsivos con los que podemos seguir viviendo. Al loquito le sonreímos y accedemos a lo que dice, aunque sepamos que está equivocado.

En ningún caso es ajeno a nosotros lo que quiere decir eso: puntual. La palabra suena vieja pero no es fea, es vigente pero poco atendida, y hace pensar en concordancia, en estar en algún lugar al mismo tiempo que la manecilla del reloj alcanza el punto. También hace pensar en el buen cálculo de la llegada a un sitio (punto) elegido. Cuando se proyecta viajar de un lado a otro, y llegar en tal o cual tiempo, es el éxito del proyecto. Pero además, es un proyecto de común acuerdo: se decide la hora y se proyecta con ella. En una película que disfruto mucho ver dice un hombre puntual que alguien de su tipo “nunca está tarde, ni tampoco demasiado temprano: él llega precisamente cuando lo desea”. Mas podría parecerle al muy puntual que ya no tiene mucho caso llegar a la hora estimada cuando el resto de los invitados da por sentado que todos llegarán después. Bueno, no nos interesa tanto lo que piense el muy puntual, sino más bien si nosotros mismos creemos que no tiene sentido.

La comunidad en la que este tipo de asuntos cobra o pierde importancia es el lugar fundamental desde el cual se nota qué sentido tienen, así como viajando en una embarcación la relación entre las constelaciones indica la dirección en la que se navega; porque aún diciendo que es importante para uno mismo saberse puntual, la puntualidad ya no tiene el mismo significado si sólo es para él que si es para todos con los que convive (se vuelve asunto de, como lo dije ya exageradamente, obsesivo compulsivo). Se necesita de una participación de los que viven juntos, y al final es imposible escapar al hecho de que las cosas que hacemos y omitimos siempre tienen una imagen ante los demás. Es muy lógico pensar que esa imagen tiene que cambiar en buena medida dependiendo de quiénes son esos “demás” y de qué hacen ellos mismos. Por más “individuos libres e independientes” que nos creamos, no podemos aislarnos de manera pura de la convivencia. Si para la gente entre la que vivimos no es importante la puntualidad, entonces podemos pensarla muerta, como muere una tradición cuando ya no se celebra (y ya sólo se repite rutinariamente para “rescatarla”).

La puntualidad es buena costumbre -dirá entonces al que tratamos de convencer de que no tiene sentido-, y vale la pena mantenerla porque en nada daña quien llega a tiempo, aunque sea el único, mientras que los que se dilatan demasiado sí molestan. Claro, muchas otras cosas también parecen buenas costumbres por evitar molestias o por mantener más orden en nuestras relaciones, como el buen acomodo de los cubiertos al comer, o el guardar silencio mientras alguien más está hablando. El problema del que quiere cuidar lo que le parece buena costumbre es que tiene tarde o temprano que aceptar, si piensa un poco en lo que hace, que ya no es costumbre lo que no se estila entre los suyos, y que por más buena que se la imagine, no puede ser parte de lo que está en sus manos conservar. Se vuelve más bien un buen hábito, y eso sólo en espera de una buena respuesta (como quien siempre llega a tiempo guardándose de hacer esperar a alguien más que resultara ser puntual).

Se vuelve mucho más importante esto cuando nos damos cuenta de que incluso pensando que estas cosas son de recatados y pomposos, también son de las que menos tenemos que preocuparnos: muchísimas de las cosas más importantes dependen de la naturaleza de nuestra comunidad. Y ahora sí que no creo estar exagerando. Me refiero por ejemplo a que nuestra noción de qué es una buena persona, o de qué significa ser inteligente, qué significa hacer bien, qué significa “ser hombre de bien”, ser justo al decidir o al hacer, qué es admirable y por qué cosas se vale insultar. Éstas forman buenísima parte de nuestra vida, y tienen su suelo plantado en el tipo de comunidad que somos. Entonces cabe preguntarse gravemente si tiene caso que las intentemos conservar de un modo o de otro por cuanto depende de nosotros, después de darnos cuenta de que eso es poquísimo. O más bien la pregunta sería si “conservar” es algo que podemos hacer con ellas. Sería gran soberbia pensar que siendo uno “bien educado”, o “decente”, se puede mover a todos los demás a que lo sean con uno. Eso nomás no pasa. Y si acaso nos sonríe la fortuna, quizá se mueva a uno o a dos a que nos emulen cuando creemos estar en lo correcto sobre estos asuntos (y ¿qué nos asegura que lo estamos?).

Ahora, yo pienso que sí vale mucho cuidarse uno mismo de estas cosas, y tratar de vivir conforme a buenos hábitos aún cuando dije en tantas líneas que la comunidad puede haber dejado de prestarles atención. La razón de mi confianza es que sí tenemos en algo de esto poder para elegir entre quiénes vivimos. No mucho, quizá, pero sí tenemos cierto alcance: para empezar, no veo cómo la comunidad sería el Estado, ni mucho menos el país, sino que más bien son aquellos que en verdad viven juntos y que por ello tienen mucho en común. Presumiblemente tienen en común lo que creen más importante. Por lo menos tenemos la posibilidad de elegir con quiénes nos juntamos (y de quiénes nos alejamos), y buscar con quiénes hacemos nuestras vidas, y en ello tal vez esperar que las cosas que creemos buenas se conserven entre varios (que pueden no tener nada que ver con la puntualidad). No sólo que se conserven, sino que se promuevan.

Es verosímil esperar tener esa posibilidad de afectar, aunque sea en muy poco, lo que nos pasa y lo que hacemos de nuestra comunidad. Sin embargo, hay un caso más complicado que, aunque está fuera de la discusión presente, cabe preguntarse con detenimiento: ¿y entonces qué pasa cuando nuestra intención es educar a alguien -como a un hijo-, tenemos poder de elegir lo que le es conveniente, o estamos a las manos de la suerte?