Saber a medias

Recuerdo cuando me hicieron ver las deficiencias de argumentación. En un ensayo recibí la sugerencia de que faltaba afinarla. De manera obtusa busqué consejos o técnicas para cumplir con la recomendación. Encontré obras que nunca leí, obras que prometían mostrar la forma ideal del argumento. En cuanto a los consejos, muchos coincidían en buscar datos concretos, fechas históricas, fuentes precisas para defender la postura que tuviéramos sobre un asunto. La verdad no se busca cuando ya se tiene en la base. El argumentar intenta extender la certeza a quien no la distingue; lo corroborable, para serlo, debe ser corroborado por otro.

Esta ignorancia y candidez habla sobre mi formación. Así como yo, a muchos estudiantes no nos hacen ver una posible importancia en la argumentación. Con facilidad creemos las escuelas como recintos del conocimiento, y lo son al guardarlo como reliquia. Hay cierta inercia en la educación. Nuestro prejuicio liberal nos hace defender a toda costa la cultura, sin darnos cuenta que muere en las escuelas. La mayoría del cuerpo estudiantil toma lo que aprende como preparación a una vida profesional. No sólo por los conocimientos útiles, sino por los inútiles; la mínima utilidad de la literatura es ingresar a la siguiente etapa de la formación. No existe el paralelismo con la vida cotidiana. En esa medida, el estudiante no se preocupa por refinar lo que sabe, por hacerlo más claro o asequible. Las clases hacen que se satisfaga con lo suficiente. La escuela moderna no ayuda a descubrir un posible amor por el saber.

Para argumentar, hay que tener algo que decir. En ocasiones, la ligereza es tan liviana que es imperceptible. Asumimos que creemos algo, pero es una idea que rápido anidó y rápido morirá. Nuestra poca reflexión se evidencia en la debilidad de nuestras posturas. Sufrimos de un espíritu a la merced del viento. Quien nada sabe, nada opina. Siendo tan mudables las opiniones, nos engañamos creyendo que lo dicho hoy es igual a lo dicho mañana. Sin la claridad de la verdad, son objetos indistinguibles. La vida humana se torna neblina; nada se ve claro, todo cambia. Nada suscita fascinación o excitación. Debido a que somos indiferentes, parece que ya no hay nada importante para justificar.

Promesa

Promesa.

Un nacimiento siempre es una promesa. A veces, la presencia del recién nacido nos dice que ya no es necesario esperar más, que lo que tanto se desea tener enfrente ya está ahí. Y hay otras ocasiones en que el llanto del recién nacido es el que promete algún cambio del que no es posible saber a ciencia cierta si es para bien o para mal.

No importa como se le vea, si como una promesa cumplida o como una recién hecha, lo que importa notar aquí es lo que significa un nacimiento. De no significar una promesa, hablar de nacimientos es un acto que se queda en una mera descripción biológica, la cual a veces puede ser mecanicista y a veces no o bien puede ser una conversación sobre artículos decorativos que no pueden faltar en casa la noche del 24 de diciembre.

El día de ayer se celebró un nacimiento que es la promesa de promesas hechas al hombre, pero el festejo en muchos sitios y momentos cayó en una ridícula farsa, en un conjunto de movimientos mecánicos en donde lo que importa no es lo festejado sino la pompa y el rito con el cual se conmemora lo festejado, tan es así que el día de ayer no nos acordamos de agradecer al Dios del cielo la promesa que es el nacimiento festejado, aún cuando bien pudimos estar presentes en los ritos llevados a cabo. Esto bien se pudo deber a distintos distractores, o a que somos por distraídos solemos acudir al banquete de los santos sin prestar atención a lo que ahí ocurre. Eso es lo de menos cuando ya no se cree en promesas porque ya no se cree en que la palabra tenga valor alguno, en especial cuando de la palabra de Dios se trata.

Ayer que fue navidad muchos de nosotros fuimos ciegos y sordos, no vimos la luz de esperanza que traía consigo la promesa de salvación que se cumplía y menos aun oímos la promesa de cambio que traía consigo la voz del Salvador. Promesa, no de que cambiara el mundo sino, de que cambiáramos nosotros y comenzáramos a ser buenos. Ayer fuimos ciegos y sordos porque somos incrédulos, y ya no por elección si es que tal cosa es posible, sino porque parece no quedarnos de otra una vez que ya no somos capaces de dar posada al que espera recibirla.

Maigo.

Creencia

Tal vez el único acto de verdadera libertad consista en la decisión de creer o no creer en dios.

Gazmogno

Cambio de Opinión

A un amigo:

Los adultos dan la cara por lo que dicen y por lo que hacen. Ser capaz de dar una respuesta a lo que sea que se pregunte sobre los hechos y sobre los dichos es mínimamente lo que uno espera de alguien serio, y es en ellos en quienes más se confía porque tenemos el hábito de notar la “entereza” como signo de buena disposición. Puede ser que haya más de una razón para esto. Se me ocurre por lo pronto que quien tiene palabra la mantiene como reflejo de que él mismo se mantiene, y por ser más regular que quien es descuidado, resulta natural que esperemos de él lo que hará: lo que dice que va a hacer, o lo que siempre hace.

Esto quiere decir una de dos cosas: o que es falso el dicho popular de que “es de sabios cambiar de opinión”, o que tenemos en muy baja estima este cambio. Como dijo ya hace mucho tiempo un hombre que cuidaba su manera de hablar, y como repitieron muchos después de él, afirmar no sólo es decir que algo sí es algo. Afirmar es una acción, y el movimiento en que consiste es -como indica su nombre- hacer que algo se vuelva firme. Tendríamos por necio a quien pensara que el perico afirma, y no que repite afirmaciones. ¿Pero qué cosa se vuelve firme y en dónde? La opinión se vuelve firme en el pensamiento, porque se afirma lo que se piensa. La diferencia entre una y otra manera de entender el viejo dicho es notoria cuando en efecto se tiene una opinión, pues quien repite lo que escucha sin pensarlo no afirma nada, y no tiene opinión. Es de sabios cambiar de opinión porque ésta no siempre es verdadera, pero quien puede cambiarla es porque de hecho la había ya afirmado y ahora nota por qué estaba en un error al comunicarla. Es responsable quien puede responder por sus actos y opiniones, y es responsable también quien está abierto a que le demuestren que está equivocado.

La apertura al error es, sin embargo, cosa mucho más complicada que la que dejaría ver un esquema a blanco y negro en el que las cosas o bien son, o bien no son. El ser se dice de muchas maneras, dijo alguien más. Cuando quien habla solamente repite lo que “pasa” o “lo que es”, sin tener opinión ni juicio sobre lo que pasa y sobre lo que es, no hace nada distinto de alguien que repitiera como loro las tablas de multiplicar. Cuando se habla sobre la situación del país, por ejemplo, o cuando se habla sobre el carácter de la mayoría de la gente y sus costumbres, no se puede relatar sin juicio como si hubiera un estado puro ajeno a nosotros al que el historiador tiene mágico acceso. “¡Las cosas como son!” gritan muchos sin pensar que todos tenemos que preguntarnos todo el tiempo cómo son. Quien escandalosamente habla sobre las tragedias y el horror del presente, y al doble se altera proyectando las calamidades futuras; y más, que censura a quien habla de lo mejor por ser un “ingenuo” que no alcanza a ver cómo son las cosas; éste es incluso más ingenuo, pues piensa que existen los eventos en su mundo y, apartado pero observando, él que habla de ellos desde el suyo, ambos puros y sin afecciones del otro. Peor aún, quien así habla es un irresponsable, pues fácilmente confunde a quien escucha haciéndolo creer que las cosas que son sólo tienen un modo de ser. Quien así habla supone que la enfermedad sólo es enfermedad, y no que también nos deja ver por contraste la salud. No por ser responsable es alguien sabio, pero está en mejor disposición para aprender. Aprendemos de ese dicho que sería mucho esperar que los irresponsables cambiaran su modo de hablar, pues después de la catástrofe difícilmente darán la cara por lo que dijeron. Después de todo, ellos “¿qué responsabilidad tienen de lo que pasa si sólo nos informaron de ello?”. Mejor nos hará a nosotros que vivimos entre el escándalo, escuchar con atención a los que hablaron sobre las cosas importantes con la disposición de percatarse del error en la calma, y responder por él.