¿Cómo han pasado los años?

¿Qué es la edad? La pregunta tiene la cualidad de nunca ofrecer una respuesta satisfactoria, mucho menos una que pueda compartirse. Eso nos hace sospechar que se trata de una pregunta importante. La hacemos una vez, luego otra, creemos poder saber lo suficiente para responderla, pues el incremento de años en nosotros (de edad, se dice constantemente) nos vuelve más propensos a la arrogancia de creer que sabemos tanto de la vida que tenemos respuestas como monedas, pero aumentan los años y aumentan las dudas. Un corazón joven ha pasado la medición de cincuenta años como se cierra la juventud en otro a los cinco. Ambos bombean sangre; ambos viven. Pero es obvio que algo los distancia, que algo visiblemente los distingue.

Como toda medición, la edad no está exenta de nuestra arrogancia de querer controlarla. Creemos que se tiene poca edad por hacer lo que el común de los jóvenes hace. Es joven quien sale a tantas fiestas como la cantidad de enfermedades con las que carga. Se cree que no se carga con mucha edad porque se parece de pocos años. Las cremas, tratamientos, maquillajes, tintes, suplementos alimenticios, hilos, inyecciones y cirugías pláticas controlan nuestra edad como propician nuestro ahorro. Las estratagemas rejuvenecedoras a veces funcionan, pero sólo en apariencia. El alma no puede rejuvenecer. Hay cualidades que no podemos controlar. Por eso resulta tan extraño el adulto-joven (en México usamos el oxímoron chavorruco para referirnos a ellos) entre los que tienen el alma joven.

Si bien es difícil saber qué es el alma y qué el cuerpo, pues nunca sabemos dónde empieza una y dónde termina el otro, o cuál función claramente es de uno y cuál de otra, una cirugía plástica no quita años más que a las fotos. La persona de cuarenta años no va a tomar una decisión como la que tomaba a los treinta porque una cirugía o cualquier otro tratamiento le hayan ayudado a verse como si tuviera esa edad. Esa alma ha tomado decisiones que la han cambiado, pese a que pueda no aparentarlo o manifestarlo en su cuerpo.

El misterio de la relación del alma y el cuerpo podría pensarse preguntando ¿qué es la edad? Pero eso, por más que suene a tema temido por su extrema complejidad, no lo vuelve absolutamente incomprensible. Porque esa pregunta no tiene que ver con el febril afán de rejuvenecer. Sino con entender qué clase de vida se ha llevado; qué circunstancias son decisivas para comprendernos; cómo nos conocemos a nosotros mismos a partir de lo que hemos querido hacer. Aquí ya contradije algo que dije previamente, pues hasta el chavorruco podría ser joven si se autoconoce lo suficiente como para saber que es bueno para él ser chavorruco (aunque esto podría sonar contradictorio). ¿Habrá quien ame ser chavorruco? Tal vez la edad se relaciona con lo que amamos hacer; lo que amamos hacer, lo que sabemos que es bueno hacer, no es una cuestión de vanidad. El amor, finalmente, es uno de los misterios que principalmente se manifiestan en la misteriosa relación entre el cuerpo y el alma. El amor nos ayuda a entender lo que somos.

Yaddir

Un rastro

Un rastro

La amistad prueba que el cuerpo no es un estorbo. Por más absurdo y trivial que parezca, la palabra y la mano no serían símbolo de nada para el que busca dividirse. ¿Por qué entonces hablar de alma? No es una metáfora. En realidad, nuestro uso de la palabra cuerpo tiene más de metafórico de lo que en realidad solemos pensar: ¿cuántos se conocen tanto a sí mismos como para ser fieles a la experiencia? Esto no hace de la metáfora el lenguaje de lo oscuro, como querían los positivistas; aunque supiéramos lo suficiente de lo que sucede con cada órgano y función, demostrando exactitud invariable, ¿no partiríamos de la confianza en que la exactitud es posible porque hay cuerpo? Uno buscaría eliminar las imprecisiones basados en la idea que manifestamos a través de una imagen de nosotros mismos: el término cuerpo. Aquí es donde resurgen otros compromisos de urgencia. Aceptar la corporalidad es no pelearse con los hechos. Pero, en todo caso, el hecho sería que hay algo sobre lo que parece imposible la duda, a pesar de que no contemplemos aquello que sostiene a dicha imposibilidad. ¿Me conozco sabiendo que la fuente de mis emociones se halla en la causalidad inevitable de los fluidos? Sería falso asumir que conocerse es sinónimo de controlarse. Eso impediría que la modalidad más genuina del autoconocimiento sea, también, una actividad que comparte tiempo con el daimon. ¿Por qué el daimon puede sugerir la lejanía sin albergarse en el ser? Si sólo fuera fuerza, ¿cómo determinar su influencia? Volvamos a la amistad. Por ella uno vislumbra que no hay necesidad de dividirse, pero tampoco de reducirse. ¿Qué podría ser ese encuentro sin la efectiva presencia de la sutileza del alma? Incluso al maravillarnos por la pregunta de la posibilidad de la amistad, nada ganaremos hablando de afinidades internas que nada dicen sobre el misterio mismo de la vida que se muestra en el otro y en quien mira al otro. El cuerpo es un prejuicio moral cuando no puede verse a Eros íntegro.

Tacitus

Lugares del otro

Lugares del otro

 

La ingratitud demerita la vida; algunos compromisos la frivolizan. Comprometerse no es malo en sí mismo, sino que es bueno en tanto el compromiso nos reúna en lo mejor. Problema de algunos comprometidos es que reducen su experiencia al cumplimiento fácil: prometen con desparpajo, elogian con liviandad, confunden la simplonería de la obediencia imbécil con la convicción esforzada de una acción notable. El problema no es el compromiso, sino comprometerse para reposar plácidamente en la insulsez. Comprometerse con la frivolidad hace a la vida ingrata.

         Frívola y comprometida ha sido la nota con la que Elena Poniatowska homenajeó a Fernando del Paso. Véase el primer párrafo: “Más que ningún otro escritor, por medio de La Jornada Fernando del Paso manifestó su indignación ante injusticias sociales y participó con su pluma en los acontecimientos políticos y sociales, entre ellos el apoyo definitivo a Andrés Manuel López Obrador en los meses que precedieron a la elección del 1º de julio”. No sorprende la simplonería de matraquero, sino que quien se dice escritora decida homenajear a un colega por algo muy distinto de las letras. Reducir al escritor a comparsa del movimiento político, soliviantar el acto creativo por la jactancia de la convicción abajofirmante, confundir la crítica literaria con el pase de lista, no es indigno de la Poni, sino ingrato para don Fernando. ¡Aprovechemos la fama efímera e inmediata del escritor fallecido para propalar nuestro mensaje! ¡Utilicemos la muerte de del Paso para nuestra causa! ¡Aprovechemos que el cadáver no se ha enfriado para sumarlo a la Cuarta Transformación! “Hágase todo para conservar el poder”, se rumora con sevicia en los pasillos del nuevo régimen. Vamos, jóvenes, gánense los favores del poderoso siguiendo el ejemplo de la falsaria. Mientras, los demás podemos leer, podemos esforzarnos por tomar en serio a Fernando del Paso, que es tomarnos en serio y tomar en serio al otro.

         Leo uno de los “Sonetos para un cuerpo ajeno y propio”.

Cuerpo de lento, tardo entendimiento:

tarde te has descubierto, cuerpo amado;

largo tu sueño ha sido y desdichado,

breve tu amor, tu aprendizaje lento.

 

Solo en tu desolado pensamiento

y al rencor de ti mismo abandonado

tarde aprendiste a amarte, tarde has dado

muerte a tu olvido y a tu vida aliento.

 

Lento cuerpo sin nombre y sin edades,

cuerpo de lentitud impronunciable:

deja que larga, dulce, lentamente,

 

y cuerpo a cuerpo, acariciadamente,

en una soledad inacabable

se junten nuestras lentas soledades.

Primera lectura: el personaje del poema habla del cuerpo ajeno. El cuerpo ajeno, tan deseado, tarda en entender, en saberse deseado. ¿Cómo es que no logra ver la retinal incandescencia con que lo atrapo? ¿Cómo le pueden pasar desapercibidas mis manos heladas por la distancia? ¿Cómo es que no ha aprendido a ver la excitación que se levanta en los cuidados, o el anhelo que despierta en los esmeros? Tu aprendizaje lento. Para la segunda estrofa la lejanía se distiende solitaria. Nos sabemos separados, distintos. Tarde aprendiste a amarte y la tardanza clausuró tu soledad. Por el mundo buscas, cuerpo ajeno, lo que no conseguimos juntos, pero nada funciona, todos son cuerpo sin nombre y sin edades. Tardaste tanto en aprender a amar que sofocaste el misterio de los otros. Donde no hay otro, donde no hay más, todos son largamente iguales y la soledad inacabable. El cuerpo ajeno, cerrado en sí mismo, carga su ajenidad como castigo: solo sabe del amor enajenante.

         Segunda lectura: el personaje del poema habla de su propio cuerpo. Aquí el poema tiene pasado y a quien habla en el poema por fin se le ha presentado el cuerpo como propio. El que habla reconoce el suyo como un cuerpo de lento, tardo entendimiento. Es lento porque se descubrió a destiempo. Amándose tanto a uno mismo, el cuerpo inventa su leyenda de la tierra ignota (largo tu sueño ha sido y desdichado), fabula en sus deseos terribles amazonas que destruyen a viajeros osados y hábiles conquistadores (en tu desolado pensamiento y al rencor de ti mismo abandonado), fatiga sus virtudes simulando los vicios (muerte a tu olvido y a tu vida aliento), e incluso implora escandaloso por el fin del autoengaño (deja que larga, dulce…) Quien habla en el poema se ha apropiado de su cuerpo sólo cuando ha llegado a saber que, ajeno a las caricias y alimentando el mito de su rectitud, ha terminado en una soledad inacabable. El cuerpo propio, aferrado a su propio mito, cincela con culpas su soledad: solo sabe del amor vergonzante.

         Tercera lectura: el poema muestra la apropiación de los cuerpos. En la intimidad maravillante descubro mi cuerpo de lento, tardo entendimiento, pues las caricias rebasan las explicaciones: el deleite del cuerpo que acaricia se diluye en la delectación del cuerpo acariciado. “Tarde te has descubierto, cuerpo amado”, no es una sentencia del tiempo, sino la perturbación misma de la expectación: no hay caricia plena que respete los planes. “Largo tu sueño ha sido y desdichado”, aquí sí aparece el tiempo: afán de perdurar, miedo a descubrir un nuevo anhelo acechante en la tibieza de una caricia nueva. Breve tu amor para mi esperanza. Tu aprendizaje lento para mis ansias. En la hoguera de la excitación fulgura el descubrimiento: solo en tu desolado pensamiento. En la caricia plena, el pensamiento desolado: Eros es locura. Y al rencor de ti mismo abandonado: palinodia. Tarde aprendiste a amarte: condena del moralista. Tarde has dado muerte a tu olvido y a tu vida aliento: “si yo no conozco a Fedro es que me he olvidado de mí mismo” (Fedro 228a). Mas el olvido, la locura, relampaguea en eternidad: lento cuerpo sin nombre y sin edades. Suplicio de las alas, besos demorados, caricias que se esfuerzan dolorosas por perdurar: cuerpo de lentitud impronunciable. Límite de la palabra: luz. Los cuerpos se encuentran larga, dulce, lentamente. Larga la extensión de la piel explorada a besos. Cálida dulzura de férvidas caricias. Lentamente, y cuerpo a cuerpo, acariciadamente, apropiación mutua, comunidad. En la intimidad, los amantes quisieran ser una soledad inacabable, reunión de nuestras lentas soledades. El amor como vida nueva; amar como gratitud de la vida. Gratuidad y promesa: compromiso de amor. La vida se amerita por amor.

         Sólo por el amor, cabe decir, podemos comprometernos con lo mejor. Los compromisos viles frivolizan la vida. La frivolidad de la vida siempre es un injusto desprecio del otro. Cuando se trata con frivolidad a la muerte, la injusticia tiene su lugar asegurado. Ojalá aseguremos un lugar justo en nuestra memoria a Fernando del Paso: un espléndido hombre de letras que valoró como compromiso mayor a la literatura, a la belleza y a la creatividad. Quizás el mérito del escritor sea la justicia.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El pasado 7 de julio comenté que la negociación sería la siguiente: Puebla para el PAN, pero Marko Cortés como dirigente. ¿No que no? 2. Vaya batalla que dio la senadora Kenia López en la discusión de la Ley de la Fiscalía General. La mayoría en el Senado no sólo se mofó de la propuesta de la panista para crear una Fiscalía Especial para Feminicidios (la expresión sardónica de Martí Batres no debería ser olvidada), sino que una de sus miembros declaró más que sibilina: “no se requiere una Fiscalía especial para las mujeres porque todas las mujeres somos diferentes, unas por una cosa, otras por otra cosa”. ¡Chíngale! 3. ¿De veras en el PRI andan leyendo mucho a Maquiavelo? No parece. El asunto es así: ¿qué enemigo le conviene más al nuevo régimen? Murat ofrece negociar con la CNTE; del Mazo ofrece una oposición a modo; lo que Chong ofrezca no se necesita, pues Morena tiene mayoría. ¿Quién vale más: Esteban o Delfina? El problema no es la grilla interna del PRI, sino la del nuevo régimen. ¿Ser temido o ser amado?

Coletilla. Esta semana, Radio Educación inició transmisiones en FM. También esta semana nos enteramos que en el gobierno que viene la radio pública se administrará desde Gobernación. Sí, los encargados de la política interna tendrán el control de las estaciones que no son comerciales. ¿Alguien va a convocar a la marcha por la libertad de la radio pública y contra la censura?

La razón viva

La razón viva

Existe una especie de tendencia en ciertos entes vivos a incluir el afecto en las actividades que les permiten mantenerse. Es como si la teleología no pudiera simplificarse demasiado, pues aunque no comprendamos las finalidades a través de una reducción (visión que imposibilitaría la sabiduría), es cierto que ante lo natural no tenemos primero más que la observación. Esos afectos revelan cierta inteligencia de los cuerpos. Uno cree que llega fácilmente a la exploración de lo vivo reconociéndose racional, lo cual es un absurdo porque lo racional es también un rasgo de algo vivo que no se comprende a fondo sólo notando que tenemos palabra. En ese sentido, ¿qué puede explicarse sobre lo natural sin autognosis? La autognosis sería el ejercicio más donoso de lo vivo que trata de coordinar la causalidad con aquello que la mantiene como tal. Como no parece haber inteligibilidad sin inteligencia, la conclusión más sencilla sería abstraer nuestra naturaleza para afirmar que es la razón lo que nos determina plenamente. ¿Puede definirse lo que entendemos por razón sin involucrarnos en el problema de dar razón de lo que uno es y, por tanto, de lo que uno es en el orden racional que intenta comprenderse?

La pregunta no ignora el hecho de que recientemente hemos creído dar con un camino certero a la respuesta. Nunca antes se había sabido con tanto detalle, nunca se había estado consciente de los muchos detalles que aún faltan en torno al conocimiento del cuerpo y sus distintos sistemas y órganos. ¿Qué podría aportar una ignorancia profana a la investigación seria? No obstante, hay algo que no nos deja ceder tan fácilmente. El conocimiento del cuerpo y de sus órganos no es propiamente autognosis más que en un solo sentido. De cierto modo, para creer que el conocimiento del cuerpo responde satisfactoriamente la pregunta por nuestro ser, es necesario haber aceptado que lo humano está claramente limitado por esas relaciones de la materia. Sin reducir la reflexión -como quisiera un materialista poco reflexivo- al debate por la necesidad de una prueba científica moderna del alma humana, no será tan errado decir que también la autognosis requiere de un conocimiento que se nos escapa si no pensamos en que la inteligencia y los afectos humanos comunicables nunca son sencillos: responden a problemas personales, a símbolos íntimos en los que se oculta la posibilidad de la imitación, a situaciones que apenas alcanzamos a ver en su totalidad.

Hablar de dualismo entre la materia y el espíritu deja de ser preciso cuando uno quiere explicarse a sí mismo. Ni los afectos más sencillos y comunicables parecen iluminarse en esa oposición. Uno pensaría que la historia siguió aquello que Nietzsche llamaba platonismo al extremo de llegar a exaltar la razón sin notar cómo eso encubría las desigualdades evidentes en todos. No obstante, ¿no es verdad que el platonismo es un término exitoso ante quienes se hallan lejos de la autognosis? En última instancia, ¿es la voluntad de poder algo que se conoce o se interpreta? En todo caso, la pregunta exige que busquemos e interroguemos por la posibilidad de orientar la propia vida, incluso aceptando el caos. Tal vez el problema del nihilismo consista en que no alcanzamos plenamente a descubrir la dificultad de que la palabra tenga sentido para la vida. Esa dificultad no es imposibilidad: cuando nuestras explicaciones se nos revelan insatisfactorias ante lo experimentado, nada queda sino empezar otra vez.

 

Tacitus

El cristal en el río

El cristal en el río

Nunca he sabido a ciencia cierta cómo me miran otros; creo que sólo he poseído sospechas cuando la compasión se hace evidente, cuando la preocupación se mezcla con la impertinencia y cuando la distancia es impuesta intencionalmente, pero eso sólo me ayuda poco. El arte de opinar sobre lo cercano requiere pericia de los afectos, que casi siempre nos nublan, llevándonos al ridículo o al entusiasmo vano. Rara es la moderación genuina, y apreciarla es quizá imposible sin abandonar la egolatría imperante. Pero esta imposibilidad de conocer mi imagen me hace ver también que yo mismo no siempre soy “lo mismo” para mi propia vista. El cuerpo se vuelve un pretexto ante el espejo para estar cierto de mí. La tristeza y la alegría me recuerdan lo susceptible que es mi materia de ser manipulada por motivos desconocidos, pero también me muestran que nada de mi cuerpo responde en sí mismo por la emoción tal como se articula en mí. De nada sirve caer en la pantomima del reflejo si no vemos que el espejo sería inservible si la imagen no fuera una actividad ajena a los cuerpos en general. El rostro es lo más distintivo, pero también lo más complejo: expresa, mira y es mirado, reconoce inmediatamente, acostumbrado a la sorpresa del fenómeno, como si estuviera por siempre tentado a creer en las superficies, aunque sepa que algún fondo lo sostiene en cada reconocimiento.

Todo pareciera apuntar a que es relativamente sencillo distinguir entre la imagen proyectada y lo que somos. Pero una reflexión más detenida nos deshace la ilusión. Estamos fascinados con la aparente distinción entre lo que se es por fuera y por dentro que no notamos la verdad profunda de aquel verso inmejorable de Eliot, que pudiera aplicarse en más de un contexto: we are the hollow men. Tan atiborrados de entusiasmo ante el impacto visual, tan emocionados ante el espejismo de lo distinto y tan convencidos de que nosotros escogemos lo que proyectamos, que no notamos el vacío tremendo que reflejamos. Nadie puede quejarse de la voracidad tediosa de la publicidad en su vida si decide gastarse en la inerme comunicatividad de la conversación simulada o en esculpir su perfil cibernético con el pretexto de la vinculación. ¿En qué consiste ver nuestro interior? ¿A qué nos referimos estrictamente con esa palabra, con la que no atinamos a la interpretación adecuada de nuestros intereses, a pesar de decir que ahí reside la relevancia completa de la personalidad?

El reflejo está ligado misteriosa y abiertamente con la memoria. Curiosamente, nuestra obsesión por retratarnos instantáneamente parece exigir un descuido de la exigencia por recobrar el pasado con la atención. Lo sabroso del recuerdo es el sabor que deja al ser recobrado de la manera adecuada. Parece que el retrato conmueve la facultad dormida, lo cual logra sólo para los momentos de pudimos grabar. La diferencia entre el recuerdo y el afán por el pasado tiene que ver con la actividad involucrada en cada caso. Posamos para el millar de imágenes queriendo destacar nuestro aplomo y particularidad emotiva, y en la ráfaga se nos va el desinterés por recordar. No habremos de capturar nuestra imagen artificialmente por más tiempo que invirtamos. Los pintores muestran su estilo en el retrato ajeno. La mayor parte de apreciaciones que hacemos de los demás, al parecer, tienen la extraña peculiaridad de ser lo menos hirientes con nosotros mismos. Curioso que ese procedimiento sea general: la vara del subjetivismo tiene un carácter extrañamente universal. ¿Qué imagen perfilamos constantemente? Lo que hacemos ver depende de la relación, en la que se abre el campo del reconocimiento, escondido pero explotado por todos. La ansiedad voraz por la memoria postiza intenta prolongar las alegrías que tenemos que mantener con la sonrisa mientras dura la foto; lo interesante es observar cómo ese afán por mantener el momento –ansia nada nueva en su naturaleza-, ese esfuerzo por la imagen propia requiere que la imagen de otros sea captada con los filtros comunes. La poca memoria no sobrevive sin la presunción, a pesar del talento proteico de esa pasión.

 

Tacitus

La pregunta gozosa

La pregunta gozosa

Cuando nos interrogamos qué somos parece haber una respuesta evidente, casi indudable para los no cartesianos, expresada en una palabra: hombre. El procedimiento, si intentamos emular con poca seriedad a los pensadores más serios puede repetirse con esta palabra, siempre que recordemos que no es una simple disputa por palabras. ¿O lo es? Podríamos dar una respuesta afirmativa que no fuese poco reflexiva si nos damos cuenta que la mayor parte de las veces nuestras expresiones apenas rozan la magnificencia posible de una palabra: la explicación. Al preguntar qué es un hombre nos topamos con varias posibilidades que podrían respetar nuestra experiencia sin que por eso alguna de nuestras respuestas llegue a iluminarnos (pues no hablamos de cosas distintas a nosotros). Se nos ha enseñado también que incluso esa pregunta está formada o establecida por una respuesta previa: el hombre es ser, lo cual convierte en algo aun más complejo el intento por indagar sobre nosotros, pues podemos preguntar a qué nos referimos con eso (aunque quizá no deje de tener un grado mínimo de evidencia). Es decir, en nuestra manera de preguntar hay ya un modo de nuestro ser en tanto que inclinado a la reflexión de sí, que ha abordado el intento de pensar y definirse bajo ciertos límites.

No parece descabellada la afirmación de que nunca terminamos de conocer a alguien más. ¿Eso implica que sólo podemos tener conocimiento de nosotros mismos? Lo que se halla en mí no necesariamente se halla en otro, por lo que requerimos pensar cómo el autoconocimiento, actividad en apariencia solitaria, es indagación de la naturaleza propia. Si es indagación de nuestra naturaleza, ¿se agotará la pregunta en la explicación de nuestro ser como parte del cambio y movimiento natural? Por ahí empieza el problema de distinguirnos de lo divino. Nadie puede evitar su muerte: el suicido y la eutanasia son modos de morir, mas no decisión sobre la muerte y la vida como tal, sobre las que no tenemos decisión, porque no son cosas que la inteligencia práctica pueda concebir como posibles o imposibles para la acción. Nuestra influencia sobre lo vivo y lo muerto se limita a la posibilidad del homicidio, de la siembra y de la concepción. Lo imposible es evitar la muerte, posible es prevenirse de morir joven, de morir vanamente o descuidadamente. Pero justo esas posibilidades son las que hacen del ente que somos algo muy distinto al resto de lo que nos rodea. ¿Por qué en esas posibilidades parece radicar no sólo un conocimiento empírico, sino también de lo que es bueno o perjudicial?

La pregunta quizá requiera explicación. De lo posible en lo natural tenemos conocimiento en tanto que lo requerimos, y requerimos algo de lo natural en tanto que lo deseamos también. No sólo eso: sabemos de lo bueno en lo natural porque reconocemos el fin en las distintas posibilidades. De ahí que reconozcamos el saber de alguien cuando lo vemos ejercerlo u obrar de cierta manera que otros no logran: distinguimos entre un campesino de oficio y un niño con el frijol en el frasco de papilla. El conocimiento de la causalidad podría reducirse a lo que reconocen en la relación entre la tierra, la semilla, el agua, el sol y el aire, pero el saber de uno nos parece que merece más ese nombre porque posee una técnica. No obstante ese conocimiento de las causas es limitado: difícilmente encontraremos una explicación sobre la generación, el crecimiento y el fin de lo material en la agricultura, pues no es la técnica el saber de las causas que hacen que algo sea como es y no de otro modo, lo cual significa, por supuesto que algo tiene cierto fin y que ese fin está relacionado con el ser de algo. Lo bueno no se reduce sólo al sentido moral de la palabra, puesto que también hablamos de cuando algo es bueno o malo para un proceso de desarrollo de lo vivo, siendo eso totalmente ajeno a lo moral. Es el bien lo que nos permite comprender incluso todo desarrollo como tal, pues de otro modo no podríamos hablar nunca de crecimiento o reducción, de cambio y permanencia en lo natural si no distinguiéramos al ente que atraviesa esos estados.

Al responder con nuestra humanidad a la pregunta por nuestro ser, generalmente atropellamos las explicaciones. No tenemos más que las palabras para comenzar a distinguirnos, además de la diferencia evidente en la constitución material. Distinguirnos de lo natural no es todavía autoconocimiento, pero sólo nosotros poseemos esa posibilidad, entre otras quizá menos relevantes en comparación. Si las más de las veces podemos distinguirnos ente otros seres de manera demasiado burda, se debe a que quizá la explicación sobre nosotros requiere de autognosis. Las palabras escapan a quien no las busca. La fuente que mueve la necesidad de la palabra más sensata y atinada es la misma que la que nos mueve a conocernos. Esa fuente no cesa de recordarnos que la materia está en el hombre constreñida por la insistencia de lo eterno. Lo regular no deja de sorprender a través del descubrimiento de lo humano mismo.

 

Tacitus

De la materia milagrosa

De la materia milagrosa

Ortodoxos les llamamos, oscuramente, a quienes no están dispuestos a soltar el esquema rígido de pensamiento que la tradición impone. Heterodoxos nos sentimos en la innovación. Ortodoxo parece, por ejemplo, la imposición de lo bueno. Pero contrasta esa idea nuestra con el hecho de que nuestra negación de la posibilidad de juzgar sabiamente lo bueno es una impostura, un disfraz que rápidamente se desenmascara, aunque la idea no se extirpe fácilmente por la comodidad que trae. La diferencia entre lo ortodoxo y su contraparte no se hace adecuadamente cuando en el campo de la opinión no puede haber rectitud alguna. Nuestra supuesta afirmación del derecho a la heterodoxia se convirtió en un mal producto ortodoxo. Un éxito incontrovertido, sin duda, pero que también posee poca legitimidad. Nuestra ortodoxia no puede llamarse así realmente porque la opinión, aunque siga siendo el terreno fértil de toda orientación moral y reflexiva, se ha uniformado de manera gris. La uniformidad no es ortodoxia, sino pobreza.

De entre nuestras ortodoxas heterodoxias, resalta la “normalidad” del cuerpo. Por normalidad no sólo nos referimos al hecho de que nuestros congéneres aparezcan siempre bajo una materialidad semejante, sino a la normalidad instaurada por otros múltiples factores. El cuerpo es normal en el sentido también de una “norma”, que fija y rectifica nuestras aproximaciones a lo natural, lo erótico, lo social, lo político, lo imaginativo, lo onírico e incluso lo artístico. No parece que esta relatividad de ámbitos sea producto sólo de la ciencia moderna. Quizá la ciencia moderna haya sido elaborada con un atisbo primario de la corporalidad, que pudo haberse desarrollado y diseminado. ¿A qué nos referimos con la normalidad? Sabemos bien que los “misterios” del cuerpo nos han sido revelados, desde el sexo hasta los procesos cerebrales, aunque de éstos muchos nos sean todavía desconocidos. Pero ¿qué hizo de lo normal lo contrario de lo misterioso, de lo ignoto? Lo normal puede ser desconocido, aunque no por ello deja de ser evidente. Los primeros pensadores de la naturaleza lo mostraban. La norma del cuerpo es ya un presupuesto psicológico de quien busca respuestas por su actitud “normal”, entendida esta palabra como aquello que parece natural y regular. Pero esto es demasiado aventurado: lo normal no se comprende sin una especie de sorpresa que nos introduzca en ello, sin el estado verdaderamente natural de la ignorancia educable desde el que toda alma se enfrenta con este mundo, y que no nos abandona del todo mediante la sola experiencia.

Aquello que parece la evidencia previa tiene una interpretación que lo convierte en lo normal. ¿Por qué nos rige la idea del cuerpo? ¿Acaso no es constatable en cualquier acto sensible? Lo es, pero acaso perdemos de vista lo más importante de nuestra relación con la materia: la incapacidad de separarse de algo que la haga estar y ser de tal modo. El “cuerpo” humano es un fenómeno que vemos y pensamos distinto a los vegetales. La visión misma de la materia implica no un acto material o espiritual, sino una constancia entre la sensibilidad y lo que la mantiene. El erotismo del ser humano no es una característica ajena a su existencia como ser vivo, siempre y cuando veamos que la relación entre los “cuerpos” que abre el erotismo no puede nunca ser abstracta. El cerebro cumple sus funciones con indiferente regularidad, aunque no puede eso decirnos nada sobre la experiencia de enamorarse, o de conocer. No nos dice nada porque la explicación de la experiencia requiere de aclaraciones ontológicas, de exploraciones literarias y de la palabra, no de esquematismos descriptivos. La verdad sobre el cuerpo no es necesariamente lo mismo que la evidencia de lo material. Podemos saber lo que sucede tras el apareamiento sexual, el número y orden de las sustancias que produce el deseo, puede haber clasificación de los fetiches y técnica anticonceptiva sin que eso deshaga del todo nuestra perplejidad inicial. El milagro podría estar presente sin que tengamos los ojos para verlo.

¿Se está negando la capacidad inigualable de la ciencia? No, pero se puede resaltar el carácter pragmático que desde hace tiempo impera sobre buena parte de sus descubrimientos. ¿Podría comprenderse al cuerpo como una regla pragmática del pensamiento? Eso puede orientarnos a interrogarnos éticamente sobre la aparente necesidad que vemos en nosotros de acudir a lo corporal en el ámbito del deseo. La normalidad del cuerpo, por ejemplo, es el dogma que permitió la “liberación” de éste. Pero ¿qué se liberó? Nuestra ortodoxia sobre el cuerpo trastabilla en este caso, porque no nos sabe decir cuál es el ámbito de la libertad. La norma del cuerpo conlleva una producción imaginativa que no se explica siquiera desde la separación entre el espíritu y la materia. ¿Somos libres del cuerpo, o de los prejuicios sobre él? La libertad, no obstante, tiene que ver con los actos. ¿Qué decisiones conlleva la idea del cuerpo? Ahí está propiamente la dimensión ética que tiene todo el peso de la responsabilidad. Decimos que esa liberación nos hizo más responsables, aunque eso no es del todo claro. La pregunta política por la justicia y su contraparte en el conocimiento ético de la virtud nos ayudan a ver que la prudencia es la verdad en el ámbito de la autarquía. La vida feliz es placentera, pero no hedonista. Nuestra libertad es la apariencia de una engañosa esclavitud. Sólo hace falta ser un poco suspicaces para notar que el deseo no se aclara en nada ni se guía meramente por cuerpos. La “heterodoxia” moderna del cuerpo es reacia a contemplar la rectitud en la práctica.

 

Tacitus