La celebración de la indecencia

Lo decente es lo plausible, y en ese sentido es lo que se puede y merece ser dicho y mostrado en la plaza pública, en donde todos los miembros de la comunidad pueden no sólo apreciarlo sino hasta emularlo en tanto que es digno de honores por ser conveniente a la vida en común.

Por el contrario lo indecente, es lo que carece de decoro y, en ese sentido, carece  de la dignidad que corresponde a lo que debe ser honrado y dicho, es lo que debe mantenerse oculto por temor a horrorizar y dañar con ello a la vida de la comunidad entera, aunque los villanos y malvados lo ocultan más por temor a recibir algún castigo.

Una persona honrada, es una persona decente, es decir, es aquella que realiza actos que contribuyen al bienestar de la comunidad justa porque así le corresponde hacerlo, hace lo conveniente conforme a lo que la comunidad acepta como tal porque su aceptación de los actos corresponden con lo que es justo.

Cuando la comunidad a la que pertenece el hombre decente es una comunidad justa, lo decente será lo que se ajuste a la legalidad fundada en la justicia, pero en el seno de una comunidad injusta, en lugar de decencia y decoro se aprecia la desvergüenza y el cinismo para hacer lo más injusto sin recibir castigo por ello.

En una comunidad injusta, lo indecoroso no escandaliza y lo que apela a lo decente es mal visto y hasta juzgado como lo propio de quienes por falta de poder no logran imponerse al que es abiertamente indecente.

En una comunidad indecente es posible apelar a los buenos sentimientos, aunque esa apelación sirva para continuar haciendo lo que no sería decoroso en el seno de una comunidad justa. En una comunidad indecente lo que importa no es el decoro sino el poder para hacer que lo indecente parezca probo y que lo incorrecto sea buscar lo decoroso.

Un buen Tirano tiene que ser indecente, porque sólo así consigue que los indecentes de la comunidad injusta le apoyen y defiendan aún a pesar de los decentes, el poder del Tirano se apoya en el deseo que por la indecencia tiene el injusto que aspira a algún día convertirse en un cínico, capaz de hacer legal lo indecente y de mostrar como propio de ardidos lo que alguna vez fue legal.

Maigo

 

 

Caballeros con los dedos cruzados

Everybody knows that the dice are loaded
Everybody rolls with their fingers crossed

Leonard Cohen

Sebastián era un hombre con una conducta intachable. No por nada se había ganado su apodo del Teacher. Su parecido no era con López Dóriga ni el sobrenombre se le puso por su vestimenta usualmente formal. Varios amigos y compañeros lo habían llamado así por ser un hombre recto y serio. Trataba con propiedad a las personas, frente a frente, incluso detestaba alburearlos o dirigirse con groserías en demasía. Para los de su alrededor era una figura emérita, alguien respetable que podía enseñarnos la decencia restante en el mundo.

Bebía muy poco, lo suficiente para no perderse y comportarse como un verdadero civilizado (un gran ejemplo de continencia). Cuando salía a reuniones y fiestas, su novia podía sentirse tranquila de estar en sus manos. Estaba segura de que Sebastián cumpliría su promesa de traerla a casa, sea la hora que sea. Siempre respetaba sus decisiones y amablemente mostraba su desacuerdo si era pertinente. Las discusiones casi nunca ocurrían y de hacerlo rápidamente se arreglaban. Carla debía sentirse orgullosa de tener un caballero a su lado.

Así como la novia, Antonio sentía placer de conocer a Sebastián, en especial de tenerlo como contrincante en la partida de ajedrez. Llevaban alrededor de media hora intentando terminar la potestad contraria, capturar y posicionarse con el reino del rival. Antonio creía que una riña digna dependía de la inteligencia y destreza con quien se enfrentaba. Confiaba en ello por otras disputas y por conocer desde hace varios años al Teacher. A partir de que se conocieron en Relaciones Internacionales pudo nutrirse una amistad, misma que Antonio apreciaba mucho. Por lo general éste era un hombre receloso de otros, muy pocos podían ganarse una buena opinión de él.

El juego avanzaba cuando repentinamente fue interrumpido. Una llamada entró en el teléfono de Sebastián, una muy esperada por ser de carácter laboral. Saludó formalmente a quien lo solicitaba, bueno, ¿buenos días?,  y su sonrisa iba revelándose conforme la llamada transcurría. Era imaginable que Antonio sintiera bastante curiosidad por lo que sucedía.

—¿Qué pasa? Veo que alguien alegró tu día con una buena noticia.

—Era una oferta laboral, específicamente para cerrar negociaciones y concretar mi ingreso. La situación es sumamente difícil como para haber dicho que no.

—Vamos, no seas tan misterioso. ¿Qué? ¿No confías en mí? Creo que me he ganado tu confianza en estos años.

—Claro, eso es cierto. Sería un hombre solitario en caso de no gozar con tu amistad. Ni Carla podría librarme de ese tormento.

Y eso era cierto, Antonio destacó en sus acciones para poder fortalecer el vínculo con Sebastián, y viceversa. La satisfacción era recíproca entre los individuos y por lo mismo justa. De algún modo ambos vivieron pruebas donde pudieron hacer relucir su amistad, conforme las sorteaban o superaban cada uno reafirmaba el cariño y apoyo con el que contaban. Para ejemplo estaba el trabajo ofrecido para Sebastián. Ambos trabajaban en una empresa que sufría problemas económicos. Debido a ello tuvieron que hacer algunos recortes, varios fueron ejecutados en el área de ventas internacionales. Antonio y Sebastián nunca acabaron como embajadores o diplomáticos, pero sus conocimientos les consiguieron un lugar en aquella área. El primero rápidamente se enteró de los planes en la empresa, entonces decidió adelantarse: con los superiores comenzó a familiarizarse más y a su amigo le informó que solicitaban una vacante cerca de su casa. Pese a que ganaría menos dinero, se compensaría con el ahorro de gasolina en su coche.

—Ya veo, ¿entonces tuve razón con lo del empleo?

—Así es. Todos salimos ganando, resolvimos el dilema de tu cabeza o la mía. Tú pudiste permanecer en el tuyo y no he quedado a la deriva. Me has protegido, estoy agradecido contigo.

—La confianza se prueba así, amigo: con hechos. Puedo demostrarte mi preocupación. Desde que alguien me dijo lo de los recortes, supe que debía haber una forma donde todos ganáramos. Evitar peleas absurdas o envidias innecesarias, mantener la paz entre tú y yo.

—Quién te viera, en ti sigue reluciendo tus aptitudes y propósitos diplomáticos.

—No es sólo eso— rió Antonio y continúo diciendo— pese a toda la corrupción y vileza en el mundo, creo que la bondad sigue en los corazones humanos. Tú y yo somos prueba de eso.

—Concuerdo contigo. En esta época todavía se puede ser alguien honorable. Resulta cobardía y estupidez quien no se atreve a ello. Hace poco me platicó mi vecino que resistió la seducción de una fémina. Ésta era la pareja anterior de su mejor amigo. Supo cumplir la regla de oro que establece nunca ceder o relacionarte con esa clase de mujeres. Actúan como bestias quienes se dejan abatir por sus deseos carnales, resultan deleznables e inexcusables. Me mantengo esperanzado en el, ¿como dices?, corazón humano… Perdón, entre tantas palabras me desconcentré, ¿cómo avanza el caballo? Tres hacia el frente, ¿y uno o dos hacia los lados?

—Dos, y mejor no hablemos de religión. Recuerda que eso y las convicciones políticas siempre exaltan los ánimos…

—¿Qué haces? ¿Crees que cruzando los dedos podrás vencerme? ¡Por favor!— interrumpió Sebastián y hablaba de manera jactanciosa, aunque sin ninguna malicia—Bueno, puede que tengas razón. Te imitaré si no te molesta.

—No lo creo, ya lo hice… ¡Jaque mate, amigo mío!

Sorprendido el otro hombre volteó al tablero y paseó los ojos por todas las piezas, para Sebastián estaba bien. Medio día, el parque con demasiada calma que podría adormecer a cualquier fatigado. No había visitantes, ni corredores o ésos que deambulan con sus mascotas. El cielo nublado era perfecto para echarse sobre el césped y relajarse. Ninguna preocupación aqueja. Sí, todo estaba bien…

Bocadillos de la plaza pública. Esta semana hemos aprendido que ni los pilluelos ni los enemigos públicos pueden—¿o deben?—tener privacidad. Esto gracias a Periscope (¿o como diría cierto cronista, Periespión?).

II. Justo hace unos días se dio a conocer que la PGR investiga al responsable de la CIDH, Emilio Alvárez Icaza, por presunto fraude de un par de millones de pesos. La noticia es recibida con sospechas, ya que se sabe que el mismo grupo de expertos ha causado incomodidad con las declaraciones oficiales. La periodista Martha Anaya nos recuerda las discrepancias.

III. Y así, con ingenio y observando alrededor, se puede intrigar. El político hizo su trabajo, el periodista su grilla.

Señor Carmesí

 

La Ley Sinvergüenza

“Desaparece la abundancia para las querencias diarias
y aparece un sórdido maestro que, a muchos,
les iguala su temperamento a su fortuna”.

–Tucídides

Jamás he conocido a nadie que piense que las leyes de nuestro país son exacta y únicamente la justicia. Lo más cercano quizá serían las personas que argumentan que la única manera lícita de juzgar qué es bueno y qué es malo tiene que basarse en la legitimidad oficial y, por tanto, en la interpretación de la ley; pero son esas personas las primeras que obvian que hay modos justos y modos injustos de interpretar las leyes (aun quienes abogan que sólo los modos útiles son permisibles), y quienes primero sacan provecho de las posibilidades personales que les brinda tal maleabilidad. Incluso, para muchos de ellos la ley es más grave en la costumbre y el uso que en la escritura, y el modo en el que pueden hacerse las cosas es el primero en darse a interpretar. El modo en que deben queda siempre después, cuando se le considera.

Independientemente de las buenas, malas, muchas o pocas razones que puedan tenerse para decidirse por alguna posición de la cuestión, el hecho es que actualmente vivimos entre interpretaciones propias y ajenas de lo que es justo de un modo mucho más contrastante que entre quienes entienden la ley como simplemente justa. Llega a ser abrumador. Por un lado, no le veo lo malo a que cada uno de nosotros tenga la posibilidad de fortalecer su opinión sobre lo que cree justo; pero por el otro, la constante tensión hace que fácilmente esa misma opinión vaya perdiendo su peso común hasta que cada cuál iguala lo justo a lo inmediatamente útil para él (o los suyos). No quedan después de esa identificación causas para sentir vergüenza por hacer lo que sea, siempre que el provecho sea evidente.

Esta semana, un servidor de la Comisión Federal de Electricidad me dijo de frente y con una sonrisa que meneaba su bigote pintado de negro: “desafortunadamente, a veces mis compañeros se dejan sobornar. ¿Qué se le va a hacer?”. En nuestras condiciones, esta pregunta no es un modismo. ¿Qué se le va a hacer? Uno pregunta eso porque está obligado a pensar qué sería bueno hacer, qué sería justo y qué sería posible. Sólo en la imaginación nos queda representarnos esas condiciones en las que lo justo, lo legal y lo posible son la misma cosa, y en la esperanza que en una frase como la del servidor público tampoco sea modismo el “desafortunadamente”.

Un hombre solo no puede, por más justo que se proponga ser, ejercer su justicia sin consideración de la ley en la sociedad en la que vive. En nuestro caso, menos aún por cuanto resulta que la acción de este hombre justo imaginario no sólo estaría fuera de la ley, sino contra ella. Esto no está cerca de ser un pensamiento precipitado porque la ley escrita no es la vigente en un país donde se le cambia diariamente y donde los que la procuran más bien actúan según su concepción de lo más útil para ellos. Donde las leyes de nombre son farsas, la ley está en otro lugar. Es lo mismo que suponer que el más fuerte rige reconociendo solamente la victoria de su fuerza sobre la debilidad de los demás, a los que les queda solamente acatar su mandato o desaparecer. Yo, por lo menos, no tengo reparo en admitir que tal estado es, efectivamente, desafortunado y vergonzoso. Donde no queda ya vergüenza cada quién tiene, como dice Tucídides, su temperamento al mismo nivel que su fortuna.

Los dos Amables

Nada hay que comunique mayor grado de belleza y elegancia a cuanto nos concierne, que el aseo y la limpieza.

Sin la observancia de las reglas de las buenas costumbres, más o menos perfectas, según el grado de civilización de cada país, los hombres no podrían inspirarse ninguna especie de amor ni estimación.

–Manuel Antonio Carreño

En las sociedades claramente estratificadas, los buenos modales y el recato suelen ser signo de nobleza y acompañan al comportamiento de los más encumbrados. Es la conducta de la llamada tantas veces “crema y nata” de la sociedad. Ésta conoce los modos, a manera de hábito sectario, de decir las cosas y de actuar que se espera de cada uno y de sus familias. Es un protocolo estricto y riguroso. Esto, además, es muy importante: que la forma de comportarse de uno solo es el signo de la familia completa, de manera que el prestigio de una casa depende de que sus miembros puedan contener a sus ovejas negras y presumir en sumo grado a sus baluartes. Deben ser amables, no en sentido etimológico, sino como el cortesano es cortés en su trato con el resto de la corte. Los deberes meticulosos y las obligaciones sociales son aspiraciones augustas para estos refinados de educación y gusto, no son adornos fútiles. La pretensión de las buenas costumbres es que una sociedad mantenga su cohesión, y no se desbarate.

Los modales están presentes en la vida completa, pero su brillo resplandece más en la convivencia. Las buenas costumbres son especialmente notorias en la llamada ‘urbanidad’, que es el “conjunto de reglas que tenemos que observar para comunicar dignidad, decoro y elegancia a nuestras acciones y palabras”, según dice Carreño en su manual. Los modales son siempre, de un modo o de otro, formas de comportarse entre las demás personas; son modos de lo público y reservas de lo privado, y por eso se notan más manifiestamente entre los huéspedes y los hospedados. Claro que el hecho de que esta amabilidad y recato sean el modo de los nobles (que no son lo mismo que los ricos, nótese bien) no quiere decir que sean la única forma de modales. La manera de comportarse es distinta entre todos los habitantes de todos los estratos. Por ejemplo, pensando en la Inglaterra victoriana, sería inapropiado que entre sirvientes de una casa se diera la compostura que se espera de sus señores; o sin entrar en servitudes, el hecho es que en distintos estratos de una sociedad clasificada, es visible una análoga distinción de las costumbres que afirman lo que cada cuál considera bueno y malo. Se “ve bien” lo que se hace observando quién se es, y al contrario también. Cada quién, por supuesto, ha de cuidar al máximo lo que le toca, mas no a todos toca lo mismo: lo apropiado es que cada quién se comporte según su sitio, y que conozca su lugar. Y así pues, en general la nobleza y el modo más fino de actuar forman parte de lo que en tales sociedades se tiene por más decente, y, claro, más deseable.

En nuestros días y en nuestro país, sin embargo, estos estratos difícilmente podrían ser más borrosos. Para empezar, ninguna nación moderna acepta otra forma de gobierno que no sea democrática sin tildarla de barbarie y vileza. Esto implicaría por lo menos que la distinción (palabra que en otros contextos es sinónimo de elegancia y excelencia) no debe existir, pues está basada en falsedades. Falsedades deshumanizantes, además. La confusión de nuestros tiempos es causada por la pretensión de suma igualdad, paradójicamente mezclada con la ambición de escalar sin miras a ninguna razón de lo apropiado: cada quién quiere ser igual que todos, pero ser mejor. Y aún así, nuestra dizque democracia es una obvia oligarquía de máscaras y disfraces, y la nobleza de los nuestros no la encontramos entre familias reconocidas y de buena reputación (acaso eso se dará en la aceptación de círculos pequeños), sino en algunas personas a las que escudriñamos con la lupa y sometemos a la variable opinión. El caudal monetario es el mismo para el senador que para el capo del narco: ambos se miden por la cantidad. Por tanto, no podríamos tampoco buscar lo deseable en las consideraciones sobre lo mejor o lo peor. La aceptación pública sobre lo que es mejor está tan revuelta que no se le distingue y nunca nos decidiríamos por el mejor modo de hacer o decir las cosas (ni siquiera los “partidos políticos” que tenemos representan claras actitudes hacia algún problema político obvio). La decencia queda dispuesta en unas marcas muy básicas de comunicación con otras personas, bastante lejos de la pompa de los huéspedes y los hospedados de las grandes casas europeas del siglo XIX.

Ni tenemos muy claro qué es ser amable, ni mucho menos por qué valdría la pena tratar de serlo. ¿Es amable el que aburre con presentaciones ostentosas y gasta “valioso tiempo” en conversaciones triviales, o el que respeta el negocio y va directo al grano? ¿Es grosero el que atiende a quien quiere ser tratado con groserías a su gusto? En las condiciones en las que estamos muchos es imposible tener ‘buenos modales’ en el trato con cualquiera porque es muy difuso a qué se refiere ya la fórmula. A muchos les ofende el cuidado de ciertos detalles (por considerarlos desde frívolos hasta pedantes), a otros les ofende su falta porque la equiparan a la falta del respeto, y a otros aún les tiene sin cuidado una cosa u otra, siempre y cuándo no se les considere inferiores. Entonces fuera de pedir las cosas por favor y dar las gracias estamos más o menos dejados a nuestro juicio. Ejemplos de esto es que ya está comenzando a verse mal en las escuelas hablarle a los maestros ‘de usted’, y saludar en las calles a los peatones es ridículo y hasta peligroso. No creemos que haya quienes son de mejor nacimiento que otros, y si alguien nos dijera que somos unos “igualados” (como solía decirse mucho antes), sería para nosotros gran ofensa. Me refiero a que las personas más humildes no aceptarían nunca ser tratadas como si fueran peores personas sólo por su situación, así como un empleado no considera que merece menos dignidades que su jefe, al que no considera superior. Una persona cualquiera que se saque la lotería puede “subir” en nuestra sociedad, si sabe mantener su riqueza, porque estos escalones tienden a considerarse únicamente por las posibilidades que otorgan sus recursos, sin examen de la calidad de estas posibilidades. La reputación de una familia ya no vale nada en una ciudad en la que difícilmente conocemos al vecino.

Esto, sin embargo, no es necesariamente un infortunio. Y es que la buena educación se da en las casas en la que se confía en que se debe tratar bien a los otros, y al no tener mucha más guía que ésa, la relación con los demás casi nos obliga a preguntarnos, caso con caso, constantemente, qué sería lo decente de hacer y de decir (o de omitir y callar). De la fórmula de la etiqueta no sabemos ya casi nada; pero precisamente eso nos da la oportunidad de buscar el buen trato al otro y aceptándola se promueve el interés por conocerlo, por saber en qué radicaría su bienestar. Eso es bastante prometedor, claro, siempre que por el cansancio no ceje quien busca el modo de comportarse bien, cediendo a la presión de un panorama que parece más bien gris y nauseabundo por su variedad de desazones y su abundante mezquindad (eso sin pensar en la violencia). Al hospedar a alguien en nuestra casa se muestra qué tanto interés tenemos en que esté bien arreglándonoslas de algún modo que consideremos que para él será más cómodo, y agradecemos cuando a nosotros nos trata así el anfitrión. Creo que nos fijamos más en eso que en los modos en los que arregla los cubiertos o en el tipo de entremeses que nos ofrece.

Mi madre me dijo alguna vez que la raíz de los buenos modales es la intención de hacer que el otro se sienta bien, y me parece que habló con mucha razón. La etiqueta nace como una fórmula de comportamiento que cifra todas las posibilidades que a uno se le ocurran en su trato con otros, sean quienes sean. O sea, la etiqueta es para los extraños. Es diplomacia conciudadana (porque nada impide que los vecinos sean extraños, ni en nuestra sociedad ni en las anteriores). Se debe ser considerado, mas es difícil considerar el bienestar de alguien si no lo conozco. De este modo resulta como un término medio en el que no se le pedirá ni dará nada al extraño que lo pueda hacer sentir mal, dentro de unos límites probables, claro; y al mismo tiempo, el extraño bien educado sabe que no debe pedir nada que no esté contemplado por la etiqueta, porque sería mala educación y promovería en sus hospederos el enojo del inconveniente. El hospedero finge que quiere hacer bien, el huésped finge que se le ha hecho bien. Ambos son conscientes del juego en todo momento. Hay que comer de tal modo, hablar de tal otro, levantarse en tal momento, dirigirse acá, allá, posar la vista en… son todas las cosas que sentarían bien entre nobles de igual educación. Pero estos límites constriñen los deseos tanto, que es imposible sentirse verdaderamente cómodo si no se coincide plenamente con los lineamientos de la etiqueta. ¿Qué tan probable es que alguien viva en esta coincidencia? Es imposible que la etiqueta no caiga en exceso en donde ésta es el único camino previsto hacia la cohesión social, y la buena familia se identifica con la de buena reputación. Al volverse modo de vida entre cualquiera, propicia que se simule satisfacción en todo momento y que las relaciones entre todas las personas sean tan genéricas como las conductas que proponen. Hacen de todo farsa pesada y distancia a las personas que participan de ella (o impiden su cercanía).

Por el otro lado, la apertura honesta a la satisfacción del huésped, aunque en general vuelva el trato más torpe, incluye el interés por conocerlo. Dicen por allí (yo confío en los rumores porque no he tenido el gusto de comprobarlo) que solemos ser más cálidos con nuestros invitados aquí que en muchas partes del mundo, y esto puede ser buena señal. Al tratar de conocer a alguien nos acercamos más a su amistad. Al amigo no tenemos que tratarlo conforme a la etiqueta (a menos que genuinamente lo aprecie de ese modo) porque tenemos una noción más clara de qué considera bueno, y de qué modo está más cómodo. Esta disposición nos puede inclinar a ser amables por gusto, no por convención.

Así, los buenos modales no son exactamente lo mismo que la buena educación, aunque solamos usar ambas frases como sinónimas. Los primeros pueden ser muy útiles en el trato con los extraños, no sea que los ofendamos sin quererlo o que manchemos la poquita reputación que queda en nuestra desbandada comunidad. De hecho son importantísimos para la convivencia en una sociedad tan grande como ésta en la que estamos, y de la que podemos conocer en realidad a muy pocos; pero más valioso es preocuparse por ser decente, y encontrar en la satisfacción de quien nos importa la nuestra propia. Podemos de ese modo abrirnos a nuestros amigos sin farsas (que es mínima concesión a la amistad) y, con la inclinación del otro también, a ser amables en el sentido etimológico de la palabra.