El temple del alma

El temple del alma

A veces la tranquilidad es confundida con la displicencia. No siempre poseemos buen ojo para distinguir las peculiaridades más remotas de nuestro estado de ánimo, llegando a creer que el problema en verdad profundo en torno a nuestra natural emotividad se agota en la contraposición entre el sufrimiento y el placer, lo cual determina las ideas que poseemos en torno a la capacidad de entender nuestras satisfacciones y desventuras moralmente (o inmoralmente). Cuando se escuchan palabras que le otorgan peso a la moderación de inclinaciones y propósitos, el prejuicio se mezcla con lo que en realidad deseamos: aplaudimos el tesón de quienes viven con cierta distancia con respecto a la rapidez del impulso, pero también nos vemos impedidos para ser moderados. Una brecha, llena de niebla, se abre en el terreno caluroso y espinoso por el que camina la apreciación de nosotros mismos y de otros, que separa el acto moderado del respeto ante la moderación. Hay grados entre la ofensa, la recriminación y la amonestación que deben distinguirse para lograr reconocer el problema de los buenos actos en la vida cotidiana, y de la exhortación hacia ella, que parecen fácilmente asequibles de manera ocasional, pero que también se envuelven en una ambigüedad que imposibilita las generalidades. La hipocresía no es un deseo del engaño por el placer de la mentira, sino de los beneficios que esta trae: el encubrimiento es placentero porque nos permite saborear algo que sólo nos figuramos, aunque la hipocresía sea la prueba de que lo desconocemos casi completamente.

Quizá esa distancia que hallamos entre la moderación y la posibilidad de encomiarla superficialmente sea paralela a la dificultad que le es inherente a la reflexión poco cautelosa de separar lo vergonzoso de lo reprobable por el ojo público. Es verdad que en la vergüenza la existencia del otro es importante, pero no lo esencial. Lo vergonzoso no es la presencia del otro, sino el acto, o incluso el deseo, eso es lo que da vergüenza y lo que introduce la imposibilidad de referir la vergüenza a lo abstracto. Es claro que la estima de uno mismo y la de los demás nos juega malas pasadas cuando tratamos de juzgar moralmente. El deseo de levantar vergüenza en otros para orientarlos al examen de sí mismo tampoco puede estar exento de examinación. Este problema parecería reducirse incómodamente a la cuestión de distinguir entre las cualidades de otros y las nuestras, para lo cual solemos usar una medida caprichosa. El capricho no consiste en querer un mundo a nuestra medida, sino en el deseo abarcar el bien con una mirada fugaz; la fuga del relativismo ha de llevarnos a caminar con pasos lentos hacia el problema que es la posibilidad de vivir bien. El apasionamiento de la vida buena no se agota en las exhortaciones hacia ella, sino que más bien parecen una consecuencia posibilitada por los encuentros con almas distintas entre quien posee el gobierno de sí mismo y quienes tienden a él, o incluso entre quienes francamente se hallan lejos de él.

¿Cuál es el verdadero problema que se halla bajo el vínculo entre lo erótico y lo vergonzoso? Para orientarnos sin requerir de la confrontación popular entre el prejuicio y la libertad progresista, habría que observar que ambas pueden defenderse de manera vulgar. Lo decisivo no es la exposición del cuerpo: la desnudez no impide la moderación frente a lo bello. Ese misterio del hilo que se tiende entre las miradas y el deseo de una palabra puede volverse digno de distancia sin necesidad de mojigatería. Parecería, por la experiencia de lo erótico de nosotros, que lo fundamental, lo primordial de dicha experiencia siempre se da de hecho: que la posibilidad de escoger escucharla o no supone dicho carácter de importancia privilegiada. En ese sentido, todo discurso sobre las diferencias en el erotismo parece secundario. Pero la naturaleza no es tan sencilla. Probablemente, la idea griega de la existencia de partes contradictorias en el alma, sin romanticismos, explique algo que no se capta cuando pensamos en lo racional y lo irracional sólo en términos de la continencia y el desenfreno. La racionalidad que permitía la buena vida no podía obviar la existencia de lo irracional: la requería. De ese modo apelaba de manera práctica a la experiencia del deseo y su conflictivo despertar y desarrollo en toda pretensión. Lo malo de acercarse a lo no humano no reside en la bestialidad por sí misma, sino en lo impráctico de esta para el hombre: quien vive esclavo de cada ilusión estará encarcelado en la ignorancia. Si no se da cuenta, será peor para él, aunque eso no le produzca dolor. Por eso toda experiencia humana, mucho menos la del erotismo, puede reducirse sólo a la existencia de dolor y placer en ellas.

 

Tacitus

Visibilidad del acto

Visibilidad del acto

El sentido de la palabra acción parece aclararse lo suficiente al indicar la presencia de la voluntad en los movimientos producidos por ella. La distinción parece suficiente bajo la idea de que la voluntad es un fenómeno evidente, accesible de primera mano, sin aparentes intermediarios. La acción, tal y como la pensamos cotidianamente, es aquello que podemos señalar como pertenencia de la libertad de elección, de perspectiva, de deseos. No obstante, ¿es el acto un resultado, un proceso, o algo inmediato? ¿Qué pasa al notar que la comprensión de nuestro voluntad puede obstruirse si no pensamos más que en la adversidad o las pasiones como la oscuridad que puede a veces rodearla? Responder esto acaso sea más difícil al pensar en nuestras posibilidades reales, que a veces no conocemos, por reducir la palabra posibilidad a lo deseado, que no siempre son lo mismo. Las preguntas u observaciones que nos hacemos sobre lo que hicimos y dijimos, sean demasiado incisivas o relajadas, muestran que la existencia de lo voluntario no aclara por sí mismo la experiencia misma de la satisfacción, pues no hay tal cosa si no obtenemos algo que concebíamos en un principio como bueno, aunque sea para nosotros mismos. Es decir, la elección de eludir el significado de lo bueno no asegura que de hecho no haya algo bueno, así como decir que hicimos lo correcto no garantiza que lo hayamos hecho. Hay quien se siente bien con falsas ilusiones.

Al afirmar que sólo yo puede saber lo que es bueno para mí, generalmente aceptamos también que la enseñanza práctica depende de la experiencia, siendo ésta fundamentalmente una acumulación de vivencias. Interpretamos la existencia de la prudencia en el alma adulta a partir del recorrido de la vida. No obstante, si bien es cierto que no hay buen juicio sin experiencia a guiar, también es cierto que incluso podemos ser experimentados en el vicio: hay quienes escogen mejores medios (en tanto que eficaces) para fines que no están dispuestos a discutir. ¿Qué hace más experimentado el juicio adulto, y más audaz o descuidado el de un joven? ¿Podría ser la madurez de la voluntad? ¿Qué pasa si pensamos que incluso el conocimiento de los medios proviene del que poseemos de los fines mismos? En otras palabras, si no sabemos de los fines, la posibilidad de hablar pertinentemente de acciones distinguibles no tiene caso, pues tendríamos que renunciar en última instancia a explicar la posibilidad de la elección, bajo la cual se abren las posibilidades. Cuando sentimos las posibilidades subordinadas a la capacidad de desear, perdemos de vista lo importante: las posibilidades se abren de acuerdo a la situación, no sólo por lo que deseo. El deseo puede malograr lo que se ofrecía como posible si desconoce lo que ha de desearse en cierto momento. Así, para unos el momento de ser justo se ofrece como la oportunidad de ser elogiado.

¿Puede entonces reconocerse tal cosa a desear, con independencia de nuestro criterio? Puede serlo sólo si aceptamos que no poseemos con frecuencia, con regularidad, lo que es bueno para nosotros. Eso quiere decir que afrontamos la vida de la manera más impráctica, porque lo “práctico” nos es tremendamente desconocido a pesar de estar en constante ensayo de nuestras apetencias. No es que nos la pasemos pensando más que actuando, sino que ni siquiera sabemos ya el lugar que “pensar” tiene en nuestra orientación a lo práctico, pues, por ver esa orientación en todo hombre, argüimos que todos pueden realizar aquello a lo tienden de la manera en que les plazca, pues argumentar lo contrario nos convierte, decimos, en tiranos. Toda referencia a la manera en que hay que vivir proviene, para nosotros, de ese constructo llamado cultura, en la cual nos desarrollamos sin saber bien la razón de ello. Lo más que pide la conciencia moderna es el reconocimiento ilustrado de la diversidad.

Puede decirse que el ámbito científico es inmune a los argumentos en torno a lo práctico, pero eso no deja en claro el alcance que la relación entre teoría y práctica ha tenido para el hombre moderno. Es decir, no podemos huir de la pregunta por lo práctico arguyendo que el alcance científico habrá de allanar ese panorama para nosotros. Los hombres de ciencia están sujetos al ámbito de la práctica como el lego lo está. La respuesta a ¿qué deseo?, parece responderse aclarando el objeto que perseguimos, pero eso sería falsear nuestra experiencia de nuevo: lo que perseguimos no está en cada satisfacción, sino en lo que permite la satisfacción misma. El placer por saber no es necesariamente filantrópico, lo cual no quiere decir que se produzca por lo opuesto a la filantropía, pues lo deseado en este caso es el saber, no los seres semejantes a nosotros. ¿Hay deseos que orienten a una mayoría, o sólo existe un artefacto que posibilita que subsistan juntos los deseos de cada hombre? Más allá de si el egoísmo es o no natural, vale preguntarse si desear algo para mí implica sólo el reino personal, cuando sabemos que más de una vez somos triviales en lo común, en la invaluable rareza de nuestro ser que se orienta a algo visible en otros. No podríamos ser únicos si no hay género –en un individuo está el género-. Esto no quiere decir que seamos entes bondadosos por naturaleza, sino que, como lo muestra la envidia natural (en tanto que propia del hombre) miramos al otro a la luz de lo que deseamos de él. El reino de los deseos se esconde velado por nuestras interpretaciones de lo que somos y seremos. Pero eso es más un acicate hacia la verdad, que un pretexto para renunciar a ella.

 

Tacitus

Jornada

Jornada

I

Una claridad roza la entraña de mi sueño

y me besa con su gracia de doncella:

“Sacude el hielo dulce de tu piel,

que amar no es esperar la carne cierta,

sino la vida difunta, la sangre abierta

en que se baste tu sospecha fiel”.

 

II

Este sol reviste la hermosura del recuerdo.

Desnuda de sombra mi mirada se asoma

y encarna en este canto a medio ser;

te miro nacer dormida en plena tarde,

tu olor a espuma riega mi huerto:

una brisa hiere mi frente que arde.

 

Tacitus

La peligrosa reflexión

Peligroso oficio es el de reflexionar, estimado lector. Tan peligroso es que temo una reacción negativa si te cuento qué me lleva a afirmar esto. Pero luego de reflexionar brevemente he llegado a la conclusión de que la reflexión puede conducirnos a la mesura. De cualquier manera, la importancia del asunto me orilla a escribir algunas reflexiones sobre las que a continuación leerás.

Leía tranquilamente a lado de una jardinera, tan tranquilo que si me hubieras visto, curioso lector, pensarías que el libro y yo nos habíamos vuelto uno; yo le daba mi vida a las frases que leía, ellas me daban la suya; vagábamos por senderos accidentados, intentando caminar por pasos firmes, seguros, que nos permitieran alumbrar nuestra realidad. Pero un oscuro designio cayó ante mí sorpresivamente y, como si no pasara nada, inclusive me saludo sonriente, ignorando lo funesto de su presencia; yo le devolví el saludo con una ignorante sonrisa, pues no tenía intenciones de abandonar mi lectura. Seriamente mi amigo, que por su seguridad llamaré Pedro, me preguntó: “¿has reflexionado sobre el acoso?” Su pregunta, el tono en el que me la formuló y la cercanía que tenía hacia mí en la jardinera, me hicieron guardar el libro en mi mochila y responderle con un vacilante movimiento de cabeza. Un poco más tranquilo, pero con una mirada vehemente volvió a atacar: “¿has reflexionado, específicamente, en qué podría ser considerado acoso y qué simple coqueteo?” Muy sorprendido por la concreción de su pregunta, pues mi amigo no suele interesarse por los asuntos concretos, le respondí: “Bueno. Como podrás imaginar no le he dedicado años enteros al tema, pero sabrás que el asunto, como en toda interacción que involucra las pasiones de dos o más personas, se trata de algo sumamente complejo y, por ello, sólo lo he pensado brevemente. Te agradecería que me contaras por qué te preocupa tanto.” Girando con un rápido movimiento, quedándose de perfil ante mi vista, me contó: “Está bien, creo que necesito desahogarme. La otra vez invité a Nancy (otro nombre ficticio) a salir; sabes que me gusta mucho, que me encanta, que valoro muchísimo lo que hace, la admiro y mis pretensiones hacia ella son sumamente serias. Como te decía, la invité a salir. Pero ella parecía dudar, parecía apenada, no, apenada no. Más bien se encontraba indecisa por un motivo acorazado en su pecho. Creo que se tardó mucho en contestar o quizá no tanto, no sé bien. Justo cuando di todo por perdido, cuando creía que me iba a decir un rotundo no, se me ocurrió decir: “y no aceptaré un no como respuesta”.

Apenas me percaté que mi amigo se levantó; empezó a caminar y a buscar respuestas sin quitar su mirada del suelo; al parecer no sabía qué decir. Luego de un par de vueltas delante de mí, recobró la calma, se sentó y con un hilo de voz soltó: “Luego de decir esto, ella se alteró como nunca la había visto en mi vida. Se sonrojó como un jitomate, o creo que como una manzana, como sea, segundos después me gritó ‘¡esa es una frase de violador!’. Verdaderamente atónito no supe qué decir. Quería que me pegara, creo que me lo merecía. ¿Todavía me lo merezco? Pero simplemente se fue. Desconcertado, le pregunté a una amiga feminista si había ofendido a Nancy en algún sentido y ella sin vacilarlo sentenció: ‘la acosaste’. Confundido, vine a ti por una segunda opinión, pensando que tal vez me ayudarías a ver qué hice. Quizá sólo quiero que me digas que no dije nada malo. Jamás le diría nada malo a ella.” Ahora el atónito era yo. Temía decirle a mi amigo algo que lo alterara más. Pero supuse que mi sinceridad y algo de mesura le caerían bien. Así pues, le dije: “como ya te dije, toda interacción humana parte de un contexto complejo. Por lo que me dices, y porque conozco tu carácter, sé que usaste la frase ‘no aceptaré un no como respuesta’ sin una actitud coercitiva, es decir, no la querías obligar en contra de sus deseos. Me parece que sólo le querías manifestar lo mucho que deseabas salir con ella, así como lo doloroso que hubiera sido para ti un no como respuesta. Si bien las frases hechas tienen una base en la experiencia común, no todas las personas las usan de la misma manera; habrá quienes sí quieran obligar a una mujer a salir con ellos cuando usan esa frase, es decir, que quieran imponerse, mostrar su fuerza y suponer que ellas son débiles (puede ser que, en una idea bastante extraña de la atracción, crean que a las mujeres les gusta eso, el que ellos se impongan), en ese caso sí estaríamos hablando de acoso.” Me detuve un poco a observar el rostro de mi amigo. Estaba sumamente atento, como nunca antes lo vi. Pero no supe si se encontraba más tranquilo o si lo había noqueado por alguna frase involuntaria y su calma se debía a una especie de resignación.

Luego de casi un minuto continúe, no sin detenerme varios segundos luego de pronunciar cada frase: “Lo que no sé si sea correcto afirmar es si esa es una frase de violador. Eso sería suponer que la frase siempre se utiliza para obligar a una mujer a decir lo que el hombre quiere que diga, lo cual es no ver la multiplicidad de intenciones con las cuales se puede pronunciar una misma frase, las complejidades de los contextos, ni los muchos caracteres humanos. Una misma persona puede usar una frase hecha, conocida por todos, para reír, llorar o lamentarse. ¿Una frase puede definir ya no las intenciones de alguien, sino a una persona?, ¿somos siempre conscientes de lo que decimos y todo lo que desencadenarán nuestras palabras? ¿Qué piensas de todo esto, Pedro?” Mi amigo parecía pensativo o distraído, pero no podía deducir si se encontraba más tranquilo. Justo en el momento de la respuesta, un grupo de mujeres se nos acercó y nos pidió con poca amabilidad que nos marcháramos, que ese espacio (estábamos en una universidad) no era para gente con ideas retrógradas que además defienden ideas violentas. Intenté decirles que nosotros lejos estábamos de ser personas violentas o que defendieran esa clase de ideas. Pero ellas argumentaron que nuestra plática las había ofendido, mucho más porque habíamos hablado de modo muy acomodaticio, sin tomar postura, como esa gente que nunca quiere quedar mal con nadie y por ello no ve las mayores problemáticas sociales. Dado que ellas eran seis y no queríamos confrontarlas, nos alejamos no sin antes disculparnos, por si habíamos dicho algo que las hubiera molestado. Con paso tranquilo nos alejamos, pero desafortunadamente mi amigo estaba más intranquilo que cuando llegó. Para finalizar nuestro tema le aconsejé: “Habla con Nancy y explícale a detalle lo que quieres con ella sin olvidarte de ofrecerle una disculpa por tu impaciencia. Seguro que ella podrá entenderte. La última vez que la vi, hablamos y me contó una historia agridulce: ‘¿Qué crees que leí? Según un ruso mandó al hospital a otro ruso porque estaban discutiendo sobre Kant. Aparentemente estaban borrachos, pero vaya que la reflexión es peligrosa, al menos para ciertas personas. Lo desafortunado es que no decían cuáles eran las posiciones que cada uno defendía; puede que el agredido necesitara el reposo.’ Ves, una persona como ella sabrá comprenderte.” La risa de mi amigo ante la anécdota me tranquilizó.

Yaddir

Perfil

Perfil

El amor se expresa en los silencios que buscan no apurar el misterio de otra alma. En la palabra, perfila la existencia de lo bello, que inunda hasta ámbitos de lo vulgar, afirmando un peligro latente, una confusión al filo del placer en la imagen. Que esto último no nos confunda: las imágenes son placenteras, pero es la imaginación y, por ende, nosotros quienes con ellas nos deleitamos. ¿Es que la diferencia entre lo noble y lo reprobable es meramente estética en la imagen? ¿No es eso un atropello de esa facultad que ilumina y nos extravía en el amor? Difícil es separar los mitos que elaboramos en torno a nuestro erotismo de la posibilidad de que sea él la sede de la verdad en nuestra vida. Las discusiones sobre lo exterior y lo interior manifiestan algo extraño: ¿qué justificó separar ambos ámbitos para decidir sobre dos bellezas distintas? ¿Qué hay en un rostro bello que pueda compararse con lo que llamamos un alma bella, si según esa misma distinción parecen corresponder ambos ámbitos a dos categorías distintas?

Parece que la separación obedece al fenómeno de lo visible: lo interior se manifiesta de manera distinta, es, en relación a lo ocular, invisible. Esa distinción es insuficiente, porque lo bello, como señala la pregunta por su ser, no es una cosa. Es lo bello, extrañamente, lo que permite señalar a las cosas bellas. La educación tiene algo que ver con la experiencia de la belleza, pero ella no puede producir la idea misma de lo bello. La belleza de un poema espera de esa capacidad para acariciarnos en ágil comunión: se nos escapa cuando vemos sólo la métrica, y también si aislamos el sentido de la estructura, el sonido y el sentido. La composición siempre es teleológica porque tiende a la unidad, incluso en los experimentos más extremos. Lo bello no se goza por acumulación: el mundo se aclara y se revive desde la visibilidad primaria de lo bello, ámbito del hombre. La producción y los actos son signos en los que el hombre habla esa constante. La poética del amor y su cursilería serían inútiles e inefectivas sin la complacencia amorosa por una sonrisa, por la repercusión afortunada o desafortunada que nuestras señales tienen en otros. Son esas repercusiones las que buscamos.

¿Hay medida alguna para el amor? El hombre la ha puesto siempre. El mero hecho de decir que hay diferencia entre el amor y el sexo, por la cual el acto sexual no debe interpretarse como señal de enamoramiento es una especie de medida. La tendencia a relacionar lo bello con la pregunta por lo bueno es tácita: tan incuestionable para nosotros resulta cada palabra por la misma razón. No hará falta mucho pensar para reconocer que nuestras desilusiones no sólo esconden la verdad de nuestras expectativas: nos equivocamos en juzgar lo que es deseable al perseguir lo eficientemente reconfortante. Lo que nos reconforta tiene siempre la máscara de lo mudable: de ahí la idea manida de que la infelicidad es una constante. Extraña cordura es esa la de quienes reducen la belleza a la sensación aislada. Es razón profunda la que asocia la vanidad a la visibilidad de los rostros bellos: alcanza el dominio de esa voz que se debate cada día por el otro, por la imagen ante el otro, por el ser de lo que perseguimos, llorando en los fracasos, sonriendo ante los éxitos.

 

Tacitus

¿Deseo?

Hay quien considera que no desear es la fuente de la felicidad: parece tan cierto que cuando no deseamos no sufrimos que en ocasiones intentamos borrar de nuestro ser los apetitos, y los cancelamos sin fijarnos en que negar el hambre no acaba con ella.

Por otro lado también están aquellos que descuidadamente piensan que la felicidad consiste en estar satisfecho todo el tiempo, y para ello sólo hace falta ver que nada hace falta realmente, esta búsqueda es más difícil que la anterior, pero no por ello está libre de errores, pues no falta quien está satisfecho sólo de dientes para afuera y pregona una plenitud de la que carece.

Quizá el problema de quien dice no desear o de quien considera que la felicidad consiste en estar siempre satisfecho, es que habla de la felicidad sin comprender qué es el deseo.

 

Maigo

El camino de eros

El camino de eros

La razón nunca es espontánea. Explicar las cosas es una empresa que se nutre, como todas las empresas humanas, de un deseo, y, enseña la ética de manera superficial, ningún deseo puede ser ajeno a un fin. Por eso la filosofía es un modo de ser que, como tal, no puede dejar de ser erótico. Se cree que el erotismo filosófico consiste en una disciplina del intelecto. La disciplina, diría yo, no puede ser sino una consecuencia, una elección acaso, que, extrañamente, nace del propio erotismo. Esa es una cuestión de interés primordial para quién se pregunte qué es la filosofía en la vida moderna, vida que mantiene, a pesar de la fe en el progreso, ecos de las otras vidas de los hombres. Es primordial porque la cuestión de la filosofía como modo de vida tiene que ser una indagación sobre su posible practicidad, sobre la practicidad misma de la vida, que es una pregunta ética, política y hasta metafísica. Es primordial para indagar sobre un conflicto propio de eros y lógos como el poder, la tiranía que es una nube que persigue la pregunta por la justicia. Es peligroso decir que el filósofo es el máximo idealista, que los buenos son los idealistas, porque así no se entiende el sentido de las ideas y, por tanto, se pierde uno en el camino a la verdad. Se confunden las ideas con las doctrinas, lo erótico se estremece entre las neblinas borrascosas de los deseos, se cree que la justicia no es algo que pueda pensarse a partir de las condiciones actuales de todo momento práctico.

El erotismo del filósofo, en primer lugar, pide una reflexión sobre nuestros prejuicios en torno al erotismo como tal. Quizá uno de los más interesantes es nuestra explicación de la relación entre el pudor y eros. Más allá de la conexión química que hace posibles las reacciones visibles del cuerpo, hay que pensar en nuestro descaro y nuestro modo de ver el pudor como símil de la vergüenza, como juego entre lo privado y lo visible, entre la educación tradicional y la desenvoltura. En este sentido, la axiología moderna es una serpiente que se muerde la cola: no puede pedir conocimiento de algo en fluctuación. No puede decir que la vergüenza es un mal de la tradición cuando acepta que el bien es algo inexplicable. El erotismo de la autognosis no puede simplemente aceptar que la vergüenza sea el límite claro del bien. El puritanismo es un falso recato del erotismo. El filósofo no es el puritano de las cavernas. Su confrontación constante con los dogmas de la polis no lo reducen al escándalo. No puede conformarse con ser bien visto, porque a veces eso es motivo de vergüenza; y ese juego entre lo privado y lo público no sería posible sin la autognosis que persigue.

¿Cómo puede hablarse de erotismo sin involucrar al otro, orientando el deseo hacia algo que parece determinable por el individuo, una búsqueda vana ante la evidencia de lo práctico? Esto equivale a pensar si acaso la reserva del filósofo en el deseo del otro es sólo un imperativo o una práctica que no deja de ser erótica. Amor por la palabra implica erotismo por el otro. A la pregunta ¿qué es el hombre?, no puede haber respuesta sin la memoria activa y común del diálogo, que es unión cuando no es pragmatismo por el otro (saciedad de otro deseo que no sea la verdad). El amor no es de naturaleza pragmática. Los contratos sí lo son. La filosofía no puede ser anerótica como tampoco puede ser retórica de lo sexual. El lógos cumple su naturaleza de órgano en el amor que lo mantiene vínculo de las presencias erotizadas; de nuevo, amor a la palabra es también amor al otro.

No es igual pensar esa relación si hablamos de un alma desbordante en sabiduría que hablar de una navegación que se realiza sin remos. Las almas desbordantes viven en la sapiencia trágica de la limitación erótica; el amor nunca es un afecto evidente, excitable por medio de la acción o la palabra. La navegación sin remos hace del alma un ser naturalmente erótico, limitado entre la ignorancia y el saber; elimina el pragmatismo del deseo y cuestiona la visión trágica en medio de la nada para ofrecer una imagen más completa del amor, sin la cual el conocimiento del alma estaría vedado: el saber es para el hombre una muestra de su carácter intermedio. El vicio y la virtud son ambos racionales, pues ambos son posibles gracias a que el hombre es racional y erótico. La irracionalidad relativa del vicio no puede explicarse sin el erotismo. La razón y el amor son ambos signos de la naturaleza humana que no representan un dualismo. Por eso la filosofía no es dominio de la pasión, sino conocimiento del deseo.

 

Tacitus