21 siglos después

Dicen que Virgilio escribió la Eneida por encargo, y que el encargo no consistió en la métrica o en el tema de la Épica, sino en mostrar que la familia Julia provenía de Eneas, héroe salido de Troya con los penates y su padre en la espalda.

La necesidad de esa demostración tiene algo de sentido cuando pensamos en que Julio César se veía así mismo como descendiente de Venus, quien fuera la madre de Eneas, de modo que tener sus manos el poder Roma fuera algo así como el destino que correspondía al gobernante y a quienes él eligiera.

Rescribir la historia remontándose a viejos tiempos, digamos unos 500 años atrás, es necesario cuando se quiere justificar en mandatos divinos la ostentación del poder que se muestra en la tierra. Los reyes justifican su gobierno en la elección que los dioses hacen de ellos, pero para que el poder del rey sea válido de igual modo debe ser válido el Dios que nombra al rey.

Así pues la entrega de bastones de mando, fundados en la divinidad, sólo adquiere significado cuando ese bastón es válido y por tanto es reconocido como tal por todos aquellos que en algún sentido lo rodearon.

Virgilio tuvo que revalidar la posición de la familia Julia en el Imperio recién formado y hay quienes buscan en tradiciones perdidas la validez de su mandato. Un bastón de mando sólo es significativo cuando el que lo otorga manda y no es conquistado, como nunca lo había sido el hasta entonces pueblo romano.

 Quizá por ello, a tantos años de la Eneida  hay quienes exigen reescrituras de la historia, porque con ellas se crean culpas y se inventan perdones que funden una tradición capaz de mantener en el poder a quienes se sienten por la divinidad tocados.

Maigo

Ofensiva

Para ti, que generosamente me has disculpado.

Ofender es fácil, muchas veces lo hacemos; a veces con todo el dolo del mundo, a veces justo cuando no queremos. Cuando lo hacemos con dolo sucede que no conformes con la ofensa alardeamos de ella, tratamos de justificarla señalando los grandes defectos del otro en comparación con nuestras altas virtudes, al atacar al otro nos sentimos superiores a él y a nosotros mismos, pues siempre negamos el daño que nos hacemos. No vemos que al dañar nos vaciamos y cada vez pasamos más tiempo pensando en lo bueno que fue el daño que hemos realizado. Y no conformes con ello, vemos en los otros que nos rodean a sujetos que tarde o temprano merecerán de nuestra mezquina ofensiva, en especial si sus vidas son en algún sentido más afortunadas que las nuestras.

En definitiva enviar contra el vecino la ofensiva es fácil, lo que es difícil es percatarse del daño que ésta causa en el alma del ofensor, a veces lo notamos cuando lastimamos al otro por descuido, porque sobreponemos a la verdad lo que consideramos como mejor, nos movemos por el mundo con una gruesa venda en los ojos y cuando tropesamos nos libramos de culpas señalando al vendaje, sin reconocer que a veces éste se encuentra ahí por mano propia.

Atacamos sin saberlo y lastimamos sin quererlo. Y cuando vemos lo que ocurre acudimos a la pila y lavamos nuestras manos, remedando malamente al juez llamado Pilatos y pensando que es cordura apelar a que lo hecho, hecho está, por lo que no merecemos fama ni castigo que se encuentre a la altura del mal que hemos hecho.

La disculpa no redime, porque supone seguir igual. Quien se gloria en el mal se pierde y quien se disculpa por el mal hecho sin querer, sin querer se queda en donde está. Ambos ofensores se condenan a la infelicidad, uno voluntariamente otro sin quererlo, porque su error no quiere aceptar. Sólo el perdón salva al ofensor y al ofendido que en venganzas no se perderá.

En mi caso, puedo decir que sin meditar con clama en esto, muchas veces me he disculpado, pero ahora me percato de que con la disculpa no consigo la alegría que sí tiene quien sin merecerlo ha sido perdonado. Necesito del perdón, porque éste le da vida al condenado, redime y cambia al hombre, lo salva de vivir atormentado, y lo funda en la alegría de quien estando perdido siente el gozo de haber sido encontrado.

Maigo.

 

Escritura horrible

Aquel calla que escribe lo que nadie lee; y es peor que el silencio escribir lo que no puede acabarse de leer, y más reprensible acabar de escribir lo que  cualquiera se arrepiente de acabar de leer.

Hoy no puedo escribir sobre algo bello, y eso que hay bastantes cosas bellas rodeándome, seres vivos increíbles que demuestran constantemente que hay voluntad y seres eternos que iluminan nuestras vidas.

Me siento abandonada por las musas, y dudo de que en algún momento me asistieran en mi hacer diario. Quizá por eso condeno lo que puedo al calor de las llamas y de lo demás reniego.

Hoy podría escribir sobre cosas horribles y miserables, parece que no puedo ver otra cosa que lo que es nauseabundo, pero si eso es así prefiero no escribir esta vez y no contagiar ni mi pesimismo ni mis nauseas. Así que me disculpo por mi imposibilidad.

Maigo.