Punto Final

Después de tantos años, se vio al espejo, y en el reflejo vio las muchas palabras que había gastado, los miles de discursos que había profesado, las mentiras, las contradicciones, las sonrisas sin sentido y los manoteos absurdos.

Vio que su vida no había servido ni como ejemplo, ni como sacrificio en aras del bien humano, y cansado tras tantos golpes recibidos por la realidad, decidió actuar dignamente, enfrentarse a lo desconocido y poner punto final a su perorata.

Sin despidos, ni intentos por llamar la atención de aquellos que lo seguían por haber sido por él insultados, el hombre frente al espejo en silencio se bajó del púlpito sabiéndose por su propias necedades derrotado.

Maigo

Huachicoleo del alma

Huachicoleo del alma

Parece que la conversación pública padece huachicoleo del alma. Y no lo digo sólo por la oportunidad de la expresión o la permeable presencia del desabasto de combustibles en las ciudades de México, sino por la abundancia de alegatos publicados mas no públicos, politiqueros pero no políticos. Los huachicoleros del alma han conseguido el desabasto de ideas políticas en la conversación pública y la sobreoferta de combustibles antipolíticos. Sólo así explico mi sorpresa: estamos viviendo un ensayo de Estado de Excepción y la preocupación mayoritaria no parece haberse dado cuenta. Sí, ya sé que se me objetará que todavía soy libre de inventarme un Estado de Excepción, que a pesar del desabasto la mayoría de las personas se ha desenvuelto libre y rutinariamente, que las garantías todavía no han sido tocadas, o que todo ha sido magnificado por la verbosidad mediática. Todo lo cual es casi cierto. No afirmo que estamos en Estado de Excepción, sino que estamos presenciando un ensayo de Estado de Excepción. Y añado: el ensayo va resultando tan exitoso que la abundancia de opiniones en torno a él es buena prueba. Intentaré explicarme.

         Desde el poder ejecutivo se ordenó que las fuerzas armadas tomaran control y posesión de las instalaciones de una empresa. Para justificar pragmáticamente la decisión se alegó que fuera de esas instalaciones, pero en algunas propiedades de la empresa, se cometían crímenes. Tomada militarmente la empresa se añadió que la justificación última de la decisión es la soberanía nacional. La justificación última encontró aceptación por varios de los elementos esenciales de la ideología política dominante (y en el poder): la convicción de la superioridad de la unidad sobre la ley, la teología del petróleo y la reinterpretación lópezobradorista del origen de la violencia.

         Que en nuestros días se ha supuesto a la unidad como objeto de cuidado en detrimento de la ley se reconoce desde los días posteriores a la elección: aunque casi medio país no votó por él, se dice, hay que apoyar al presidente para que las cosas salgan bien. Opinión que se refuerza con el protagonismo autocrático de Andrés Manuel López Obrador, quien insiste en presentarse como el camino a la unidad y la concordia. Cierto, entre los eslóganes habituales de su rutinario y limitado discurso, el presidente insiste en que nada contra o sobre la ley, siendo él y no la ley la garantía de lo dicho. “Yo no miento”, insiste. En estos términos, la toma militar de una empresa pública se vio públicamente como aceptable: ¡primero la unidad!

         La teología del petróleo es el discurso nacionalista que para arraigarse en un pasado fabulado cree encontrar la identidad nacional en el subsuelo. Manipulador ideológico de la historia, López Obrador ha insistido -desde hace mas de treinta años- que el destino del petróleo es el destino de México. Incapaz de reconocer al petróleo como un recurso agotable, el presidente ha pretendido que Pemex es la promesa del futuro nacional. ¿Qué pasará con México cuando el petróleo se haya terminado? Encontrará la identidad en el rencor, buscará culpables y sacrificará a los corruptos que hayan “saqueado” a México. Andrés Manuel, profeta petrolero, no será el responsable, sólo el conducto, el enviado. ¿Acaso no dijo en el espectáculo multicolor en que recibió el “bastón de mando” que él ya no se pertenece?

         El carácter sacrosanto y nomotético que el presidente se adjudica tiene una consecuencia importante en la comprensión de la violencia y en la posibilidad de instaurar un Estado de Excepción. Con Felipe Calderón la explicación, casi nula, del origen de la violencia intentó ser legal pero su temperamento la emplazó al desplante y el capricho: del alegato por la salvación de los hijos al desdén desesperado del sólo son malandros. El carácter de Calderón Hinojosa, su falta de templanza, le impidió cualquier condición que acercara al Estado de Excepción. Incapaz de contenerse, el presidente parapetó con la ley su enojo y presumió como tenacidad su capricho. Con Enrique Peña la explicación se impuso, pues su estrategia de erradicar la violencia no hablando de ella quedó calcinada en el río San Juan. Tentado a decretar el Estado de Excepción a partir del reconocimiento de su desprestigio y desdibujamiento público, fue capaz de ver que la violencia misma bloqueaba el intento de rescatar al Estado. Apocado y timorato, Peña Nieto se hizo a un lado esperando que el terror fuese disuasión efectiva. La falta de carácter del presidente redujo las leyes a reglamentos, consiguió que el cumplimiento de los segundos fuese un trámite burocrático, logró que las primeras fueran un rumor académico. La violencia se consideró sólo un problema técnico y fue técnicamente incorregible. Y en el escenario de descrédito de la técnica, el análisis, los reglamentos y las leyes, apareció la modificación de la explicación del origen de la violencia de Andrés Manuel López Obrador: la causalidad moralista. Si la ley es límite contra el Estado de Excepción, la moral podría pedirnos suspender la ley. Si los reglamentos nos impiden el Estado de Excepción, la moral nos dictará modificarlos. Si el Estado de Excepción es técnicamente inviable, la moral corregirá a la técnica. La situación límite no tuvo, ni con Calderón ni con Peña, una interpretación moral. Para López Obrador, la situación límite es moral: me colmaron el plato. En su postura, Andrés Manuel supone que el límite no lo da la ley, o los reglamentos, tampoco los análisis o los especialistas; el límite es Él, el señor presidente, el garante de la moral. El Estado de Excepción ya tiene listo el camino. El desabasto de gasolina va siendo un ensayo exitoso.

         Tres ejemplos para ilustrar el éxito del ensayo.

  1. En Tamaulipas, habiendo tomado control militar de las instalaciones de Pemex, el ejército prohibió a los trabajadores el uso de dispositivos móviles. Los empleados acataron, ya sea porque están convencidos de la moralidad de la medida, ya sea porque están aterrados de nuestro régimen de delación y sospecha. Los lectores de noticias transmitieron el hecho. A los analistas no les pareció raro. ¿Y al lector? No hizo falta modificar la ley o los reglamentos para que un sector de la población renunciara a sus derechos laborales.
  2. En la morbosa exhibición de los desesperados en las gasolineras fue lugar común la aceptación de racionamiento. La población mexicana se habituó a un régimen de guerra sin declaración de por medio. La convicción, según los entrevistados, es moral. Todos dicen estar en contra del crimen. ¿Qué diferencia habría con el racionamiento en el resto de los productos? La facilidad con la que el argumento moral manipula las convicciones vuelve el asunto preocupante.
  3. En el discurso público y las tomas de partido de estos días abundan los alegatos técnicos, legaloides, morales, politiqueros y conspiracionistas… pero casi nadie ha notado la renuncia a los propios derechos, la sumisión de la vida a un régimen extremo que por una presumida superioridad moral ha ensayado un Estado de Excepción. No se ha de prohibir la expresión en tanto carezca de ideas políticas. Para el Estado de Excepción la verborragia es buena herramienta, pues por ella se transmite el imperativo moral.

Vamos, muchachos, sigan saturando lo público con lo que no es político, que ya hasta a la conocida frase de Cosío Villegas ha aludido el simulador. El ensayo de Estado de Excepción va siendo todo un éxito. El huachicoleo del alma nos ha dejado en desabasto de ideas políticas. El mercado sólo tiene combustibles de inflamación del ánimo. Todo está puesto para que, inflamados los ánimos, del ensayo pasemos a la ejecución. ¿Y cuando la moralina no sea suficiente?

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Hoy, estimado lector, nuestro blog celebra 10 años. Quiero agradecerte a ti y a mis amigos. Tanta complicidad, ¿dónde encontrarla? “Mis amigos son unos malhechores, convictos de atrapar sueños al vuelo, que aplauden cuando el sol se trepa al cielo y me abren su corazón como las flores”. Gracias.

Pocas nueces

Digamos que la palabra no es un medio para ser feliz
— Nacho Vegas

Tal vez parezca exagerado pensar aunque sea un solo instante que en esta acción tan mundana y necesaria llamada respirar nos estemos jugando la vida a cada instante. Sin embargo, y a pesar de lo que nos gustaría admitir a muchos, no se acerca ni por poquito a ser una exageración, es tan verdadero como la verdad misma del Siddhartha de Hesse. No lo digo en el sentido pasivo y distante en el que algún día nos fallará el sistema respiratorio y al no poder proveernos a nosotros mismos el tan vital sustento, terminaremos la cuenta de nuestras horas de tedio. No, en esta ocasión quiero referirme a un momento más inmediato, más real y mucho más violento. Con cada respiración, estamos jugándonos la vida apostándole a la calaca a que nuestra saliva no extraviará su camino. Nuevamente podría parecer exagerado, pero, yo me atraganto con mi propia saliva mucho más de lo que me gustaría y en cada una de esas ocasiones tengo al mismo tiempo la misma incertidumbre de no saber si podré volver a respirar, y ese profundo sentimiento de resignación que precede a los momentos donde uno pierde genuinamente la esperanza.

A este singular riesgo de morir en cualquier momento, podemos agregarle otros tantos ejemplos igual de fantásticos como de cotidianos. No lo haré, la razón es sencilla, no tengo la intención de alarmarlos, de ponerlos un tanto paranoicos a todo momento o de vivir una vida como si fuesen un poeta trágico. Tampoco, ya se habrán dado cuenta quienes me leen con cierta regularidad, o quienes me conocen en persona, que mi intención dista mucho de ser una mera siembra de consciencias, como las que ejercen esos ingenuos muchachitos bárbaros que se hacen llamar animalistas, o los veganos, o los que andan en bici, o los que no tiran basura en la calle, o los que gustosos separan su basura en orgánica y no orgánica sin chistar por estarle haciendo la chamba a los basureros o a los pepenadores. Les envío un afectuoso saludo a todos los granjeros de la consciencia, y les deseo de corazón que puedan cambiar el mundo. En fin, la intención que tengo, una vez más, es completamente egoísta, y nace de un pensamiento, hasta cierto punto secreto, acerca de nuestra propia finitud. ¿Qué podemos hacer contra la muerte? Es una pregunta seria, tal vez podría ser incluso la única pregunta que valga la pena plantearse y buscar darle una solución como si nuestra vida dependiera de ella. Lamentablemente esta investigación todavía me sobrepasa, por más que quiera, no he podido hilar muchos cabos sueltos, ni siquiera he podido encontrar algún tipo de consuelo en la palabra.

Una manera que tenemos de combatir la necesidad, sea ésta la última y definitiva de nuestras vidas, o la cotidiana sustento de ellas. Es sencillamente desahogarnos. No necesitamos hacer mucho, aunque siendo sincero, no creo tampoco que tengamos mucho espacio hacia dónde correr. Aquí no viene uno a inventar la rueda, por más ingeniosos que seamos como mejicanos (sí, somos bien ingeniosos, mucho muy, qué orgullo), jamás nos tocará la musa de un modo tan fantástico que logre nimbarnos a un nivel donde no necesitemos la palabra para romper con la necesidad y su tiranía. No sé por qué pasa esto, y si me quieren aceptar que me ponga muy romántico, diré que es la razón la que es innegablemente libre y es a través de su expresión la única manera que tenemos de atraer esta cualidad del ser humano a nuestras vidas. Pueden creerme, pueden estar de acuerdo como se está uno de acuerdo con los memes que vemos en las redes sociales, o pueden sentirse listillos e ir un paso más allá, donde no llega la gente de a pie y alegar acerca de que la libertad no es otra cosa que un invento de los franceses para que aceptemos nuestra condición humana sin chistar y nos volvamos autómatas hijos malcriados del capitalismo. Cualquiera que sea su postura, cualquiera que sea el cuento que se cuentan o el modo en el que toman para ustedes mismos lo que les vengo proponiendo aquí, no es muy importante. Lo que importa es la acción, el tratar de darnos una razón, aunque ésta sea la cosa más forzada e imposible que podamos imaginar. Que el gobierno está coludido con el Chapo Guzmán y todo su escape y recaptura es un montaje para ocultar al verdadero Guzmán Loera en su mansión pitcheada por el mismísimo gobierno. Bien, está chido tu rollo, chavo. Que comer productos provenientes de los animales nos hace seres primitivos porque nuestra consciencia ya está en un punto mucho más elevado que el de nuestros ancestros porque nosotros somos homo videns y nacemos sin muelas del juicio. Chido por dos, chavo. Me da gusto que te enroles de militante en cosas “que importan”.

En fin, dejando a un lado los movimientos sociales del poliamor y sus repercusiones en el gobierno canadiense que se muestra más protector con las parejas del mismo sexo que con las comunidades de amantes, quiero decirles que es imposible detenernos. Los mitos son un quehacer necesario, tan necesario como la mismísima muerte, porque es la palabra (la poesía) la única con el poder de hacernos olvidar nuestro fatídico destino aunque sea un poquito. Tengo claro que no todos tenemos acceso a la poesía, y aunque me pese darle la razón a cierto grupo de intelectuales, la gran mayoría de las personas no tenemos la educación suficiente como para poder refugiarnos en los textos de Nicanor Parra y su Olvido o en los de su hermana. No tenemos siquiera la educación como para que puedan proyectarnos Lucifer en la Cineteca Nacional (bueno, siempre sí terminó mostrándola, pero la censura primera no estaba errada), sin embargo, todos como seres humanos tenemos la necesidad de contarnos uno o miles de cuentos, como si fuésemos Sherezadas con capacidades distintas, tratando de distanciar con nuestra narrativa a un futuro que inevitablemente nos alcanzará. Es por eso que necesitamos de los periodistas, aquellos hombres de letras perdidos en un mundo que no les regresa el favor que ellos le hacen. Necesitamos involucrarnos en chismes, en trending topics, en movimientos sociales en contra del maldito gobierno opresor, en esas protestas absurdas a las que convocan los nuevos radicales mexicanos, esas que funcionan básicamente leyendo en el zócalo capitalino para demostrar que estamos en contra del presidente y a favor de los imbéciles. No estoy muy seguro de cómo decir lo que quiero decir, solo sé que cualquier arma, por pequeña, vulgar, sosa, lela y aburrida que sea, que podamos usar como salida trasera para escapar de las garras de la muerte, es bienvenida. ¡Que viva el discurso, que muera el silencio eterno!

Incoherencia

Habló sobre la vida en comunidad, hizo las loas más bellas sobre el cuidado del otro. Cerró su carpeta, se fue sin hablar y se negó a contestar, pensando en la belleza de su vida.
Maigo.

Entre cruces y manzanas

Hay imágenes tan bellas que al presentarse ante nuestros ojos cambian para siempre lo que somos, algunas nos deslumbran con su apariencia y nos pierden: Eva cambió el paraíso por la apariencia apetitosa de un fruto que encierra a la muerte. Pero, otras imágenes son humildes y en lugar de cegar a quien las ve le devuelven la vista, pues en su humildad están llenas de luz verdadera: tal es el caso de la imagen que se presenta ante nosotros, cuando contemplamos al fruto que da vida desde el árbol que es la cruz, esta imagen convierte y mueve al hombre para que abandone una vida vacía y la cambie por la belleza que trae consigo la santidad.
Tal pareciera que el poder de las imágenes es considerable, pero éste depende de nuestra capacidad para entenderlas y vivirlas, no faltará quien vea una manzana en el fruto prohibido, y por ende nada de malo en comerlo, y tampoco lo hará quien vea a un hombre sufriente e ignorante en el crucificado, y por lo mismo incapaz de dar vida eterna al hombre, la cual a su vez es mal entendida.
La imagen sólo cambia a quien puede verla como tal, así como la palabra sólo es entendida por quien puede oír y reconocer que lo hace.

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Obscuro Olvido

Por A. Cortés:

Es muy importante escribir tan bien como se habla y es de igual importancia, hablar bien. Esto si se quiere ser escuchado con atención, al menos. Sobre lo que decimos, podemos hablar de cuatro maneras fundamentalmente: la manera cuidadosa, la que se hace con descuido, alguna que se halla en el medio de estas dos y, finalmente, una de género único y distinto: la que existe sin necesidad alguna de consideración sobre el cuidado. Parecerá muy extraña la cuarta clasificación al principio, sin embargo, es quizá la que los lectores más apreciamos en cuanto la encontramos.

Me explico. Hay varias implicaciones en la forma en la que se dicen las cosas, apartadas del contenido del discurso. Normalmente al charlar reconocemos que algunas nociones son más apegadas a nuestra experiencia que otras, muchas cosas las hemos escuchado ya y tenemos formada alguna opinión a su respecto; mientras más se asemeje el discurso a lo que admitimos como real y que es más cercano a nuestra vida cotidiana, más fácilmente se nos hace ver qué es lo que alude nuestro interlocutor y, obviamente, es más sencillo que nos veamos persuadidos por el argumento –si no concordábamos con él desde el principio-. Ahora, admitido esto, podemos ver con facilidad que el artífice de discursos tiene que enfrentar en cada ocasión una pequeña liza estratégica: mientras más arduo le parezca que el lector vaya a acceder y a conceder razón de lo que se le dice, con mayor cuidado tratará sus palabras para hacerlas susceptibles de admisión. Es un principio básico de retórica éste de conocer la relación entre el público y el tema que se hace público. De este modo, decimos que quien prepara lo que habla se ocupa de esclarecer lo que quiere dar a entender.

Debido a eso, la correspondencia que encontramos entre lo aludido por el discurso, la manera en que se presenta y la forma en que se estructuran sus partes, nos ayuda a apuntar hacia la relación que tendrá él con la inmediatez de nuestra experiencia mundana. A mayor obscuridad en lo dicho, mayor distancia encontraremos entre ello y nuestra vida; y valga del modo contrario también. Por esto, para quien hace un discurso, es mucho más fácil ordenarlo para ser claro cuando dice lo más evidente y obvio.

Por ello que no nos extrañe que lo más claro a lo que podemos acceder sean aquellas ideas indiscutibles que, por su misma naturaleza, no demandan del hablante preocupación por el cuidado que pone en sus palabras más allá del necesario para dar cuenta de algo. En estas ocasiones hasta parecería que el discurso se cuida solo. Por ello es completamente claro que las cosas verdaderas y mejores son por naturaleza las más persuasivas. En efecto, es más sencillo para el orador persuadir a su auditorio de que existe el Cielo que de la presencia de muchos universos.

Si pensamos entonces en qué cosa será el objetivo de quien comunica algo mediante el discurso, nos veremos impelidos a deducir en un primer momento que, sea cual sea este fin, su consolidación dependerá de que por su uso de la palabra el orador sea capaz de persuadir a su auditorio. Después de que este requerimiento se cumple, entonces ya conseguimos ver la meta sucediéndole, que podemos situar en el logro efectivo de una relación comunicativa con el otro. De ese modo, la excelencia del hablante en cuanto hablante se verá en relación con su capacidad de hacer discursos propensos de ser sopesados según lo que alberguen de verdadero, pues esto es lo que da paso a que se establezca la comunicación.

El lado temible de estas tesis es que ante el buen orador, estamos entonces desarmados, pues de lo que hemos admitido hasta ahora se desprende que nuestra aceptación depende de la claridad del discurso al que prestemos atención. Si diremos del hablante que es excelente en lo que hace en tanto que puede persuadir de la veracidad de sus palabras, y su modo de trabajar cada frase y de concatenar cada oración les da la mayor claridad a la que se puede aspirar, pensaremos entonces en el extremo: puede hacer parecer clarísimas las nociones más alejadas de la realidad.

¡Qué terrible conclusión se deja ver!: estamos en las manos de los oradores, de los que arengan hábilmente haciendo públicos discursos y moviendo nuestros ímpetus ora hacia un lado, ora hacia el otro. Somos víctimas del poder sumo de la retórica, porque es imposible para nosotros juzgar cuánto cuidado puso el forjador en sus palabras maleadas. Apreciamos fundamentalmente que nos digan lo que nos parece lo más claro, porque se nos hace normal. Nos parecerá siempre que este hábil orador no tuvo cuidado alguno en sus bellas frases, y que salieron así solas, con naturalidad: que son la pura verdad. La intensidad de sus brillos puede deslumbrarnos sobre lo que sea, y hacernos considerar experiencia verdadera la que sea.

Nada puede hacerse en este mundo para buscar la verdad, porque queremos el discurso descuidado.

A ver, ya no estoy tan seguro de que sea tan ominoso nuestro destino en el habla; ¿de verdad estamos tan vulnerables arrojados al designio de oradores y sofistas? Parece que me faltó mencionar algo, algo que se me olvidó y por lo que no pude más que encontrar este triste camino entre opiniones devaluadas y acciones sin sentido, guiadas por la demagogia. ¿Qué se me olvidó? Parece infame decir que en verdad es posible hablar sin cuidado, dejando que las cosas se digan solas, como si la palabra contuviera lo dicho, y fuera un saquito protector de lo legado por el habla. Eso, por lo menos, ahora parece infamia que denigra la palabra: no veo cómo pueda argüirse que las palabras guardan significados ajenos a ellas mismas. Pero, ¿cómo fue que caí en la obscuridad de esta zanja, hablando de lo claro del discurso?

El cuidado de lo dicho no es ajeno a lo que se dice, como es ajeno el barniz con el que se embellece la madera. El cuidado del lógos conviene al alma que hablando se deja ver. El cuidado de la palabra es lo mismo que el ejercicio de la sinceridad. Y le viene por lo que el discurso mismo es, porque no puede entendérsele separado de lo que nombra. Él es los nombres y es las relaciones entre nombres, y es las relaciones entre hablantes y las cosas habladas. Es el discurso el cuidadoso, es la palabra la cuidada; no es el orador quien entrando a su taller la encera y la pule para que de nuevo al ser dicha de un modo lustroso, diga lo mismo de modo más persuasivo: si la acicala, ya dice más o dice menos, dice mejor o dice peor, o sólo dice otra cosa. La palabra se envilece o desvirtúa, se ensalza o se honra, así como un hombre es al mismo tiempo quien merece los encomios y quien los recibe: no sólo es honrado, sino que se le vio actuando y por eso mueve al reconocimiento. Un buen guerrero no se gana el honor sino siendo en serio honorable. Y entonces, si esto es así, y no del otro modo; si sólo son tres las maneras en las que fundamentalmente podemos hablar, (no cuatro, tres), la cuidadosa, la descuidada y lo que anda por el medio según la claridad, ¿qué se me olvidó?

Tiene que haber sido algo que permitiera al diálogo darse no sólo como dato arrojado, que permitiera a la palabra verse clara por cuidada, y verdadera por sincera. Tiene que haber sido algo que nos dejara sopesar lo dicho por más embellecido que fuera, y que no nos dejara la guardia baja con cualquiera que supiera decir unas cuántas bonitas frases. ¿Pero qué fue, qué fue?