Hermandad

El llanto de tus ojos propicia angustia en mi alma, la ausencia de tu voz me agüita el corazón, el sudor de tu frente me mueve y amilana. Mis egoísmos se pierden cuando veo tu dolor, quisiera calmarlo y veo que no puedo hacer nada, sólo puedo tomar tu mano y acompañarte en tu dolor, mi impotencia y tu sufrimiento en algún sentido nos hermanan, porque sin sentir siento y sin sufrir sufro y porque tu alegría me alegra y tu salud me devuelve la mía.

 

Maigo

La vida y muerte en el dolor

La vida y muerte en el dolor

No hay manera de tasar el peso del dolor, porque los dolores no se pueden contar. Se expresan de otro modo, como todas las sensaciones y las emociones. La manera más inmediata es apenas una palabra (¡ay!), como las risas fugaces de la jactancia. El brazo helado de la muerte que vemos en un cadáver nos deja silenciosos, aunque la muerte llegue en un momento en el que no nos sorprenda ni acongoje. Como que frente al fin de ese pasaje que es la vida no hay más que decir. Incluso los dolores profundos no hallan otro vehículo que el silencio. Quien habla mucho de él parece actuarlo, fingirlo, como Sancho Panza cuando se queja del dolor que los varapalos imprimieron en sus espaldas, azotándolo debido a su asnal impertinencia.

La comparación de los dolores no se puede comprobar, sino a lo mucho comprender. La madre que pierde a un hijo puede llegar a percibir a quien ha perdido a su mujer o a su esposo. Podemos comprender a quien se queja del piquete de una abeja, aunque el dolor no sea actual. Tal vez por esas dificultades en la comprensión de lo que no vemos con los ojos es que nos es más complicado aceptar el dolor de alguien más. Nos incomoda porque es algo que nos pide una atención que no sabemos dar. Más aún: hay algo moral en los dolores que, incluso en las graves enfermedades, piden algo de nuestro corazón que podríamos no saber dar. Que moralmente no estemos orientados para escuchar gritos de dolor a través de un par de ojos vidriosos. Podemos ver y comprender a medias también, pero ignorar. No es una falta de la expresión del dolor, es una incapacidad del ojo. Puede ser una fractura en el lenguaje, en el sentido en que él nos ayuda moralmente a comprender incluso en su ausencia.

No existe la incapacidad del lenguaje por naturaleza, a menos que comprendamos por incapacidad algo que esté dentro del mismo lenguaje y que lo haga complejo. El diálogo lo muestra: el desacuerdo existe entre sujetos que ven y creen hablar del mismo mundo. La incapacidad para el diálogo sería también una falta moral. No escuchamos porque no lo deseamos, porque no estamos dispuestos incluso a hacerlo. No somos sordos. La sordera o es una privación que viene con el nacimiento o, como la de Beethoven, se adquiere por una problema del órgano. Y el hombre no es sordo por naturaleza, pues entonces no podría llamársele privación. ¿No podría ser que hay corrupciones o decadencias del alma que no sea nada más la de la decadencia orgánica de la vida? No corrupciones que hablen históricamente de detrimentos históricos en la plástica y artística del espíritu. No hay originales en el caso del hombre. La esencia no es eso, en todo caso. La corrupción moral es también política porque la ciudad mantiene la buena vida de sus ciudadanos. Cuando la buena vida está en el dinero, la bestialidad aflora en la consciencia. Las tiranías modernas están sostenidas en una nueva esclavitud. La corrupción moral nos muestra esclavos.

La sordera moral para el dolor es ceguera para el mal. No es que no lo veamos del todo, es que nos venda la vista. Nos incapacita ante lo próximo. Por eso la esclavitud es habitante de esa sordera. No hay manera, por eso, de salir de la corrupción por medio de la felicidad individual. El dolor de los demás, de las víctimas nos seguirá imprecando, recordándonos el autoengaño y el sentido del arrepentimiento contra la ignorancia. La degradación no se entiende sin lo mejor. Lo mejor que perdimos, que no tenemos. No lo que no podemos tener. Tal vez por ello nuestra incapacidad es también parte del daño que un mal hace. Mal que no es enfermedad. Para el mal moral no hay cura, ni destino cierto, porque no se trata de medicarse o de esperar la muerte por causas ya sabidas. Nada es irreversible de manera total.

Tacitus

Amor al cambio

Las revoluciones no cambian al mundo, porque se limitan a cambiar a los sistemas, procuran abolir lo que siempre ha existido y cuando mucho cambian a los actores que se trepan a un viejo escenario para representar un mismo papel.

Las reformas tampoco funcionan, porque con dolor en el corazón cambian lo visible con la intensión de que se acepte mejor lo invisible, y renuncian a lo que se puede hacer bajo la luz del sol, sin importar que bajo esa luz brilla lo que se canta en la plaza pública como las buenas obras que se hacen sólo para los ojos del Creador.

Para cambiar al mundo no bastan revoluciones que regresen todo a un mismo punto inicial, o reformas que cambien las cosas desde lo que es externamente visible, para cambiar al mundo es necesario algo más difícil y profundo, hace falta la conversión que mueve al hombre hacia el amor al prójimo y por tanto al deseo de servirlo como a imagen de Dios que es.

 

Maigo.

Este muchacho por quien reza el viejo

Este muchacho por quien reza el viejo

Yo contra mi Dios no me rebelo, sino únicamente que no acepto su mundo.

Aliosha Karamazov

De cierto que mi corazón está como el vino que no tiene respiradero, y se rompe en los odres nuevos.

Eliú, hijo de Baraquel buzita, Job 32. 19

Por tres veces ha pasado este muchacho vendiendo su pan.

Por tres veces lo han visto los hombres hambrientos, buscando dentro de su gabán… roto

un par de monedas con qué comprar,

pero el muchacho se aleja y ellos no encuentran con qué pagar.

Entonces, vuelven a buscar, pero sólo encuentran palabras en su pecho.

Porfían que el otro no les fiará.

Este muchacho los mira por el rabillo del ojo;

ya el atardecer lo cubre todo de un añil tristísimo:

Para avanzar, el corazón necesita estar en despojo.

Con sentimiento agrío quisiera bajar,

pues a su mente la calcina ya un pensamiento:

¿Por qué del árbol caído todos hacen leña? ¿Por qué los niños que juegan…

harapientos, a espantarse, sonríen juntos, mientras que en casa lloran?

El muchacho que se asfixia en constricciones, de largo decide pasar…

La fiebre aumenta por la lucha que librará.

¡No, no puedo el pan regalar!, aprisiona en su quijada.

El sol detrás de las nubes lastima más.

En verdad no puede, porque lo pidió prestado.

Y no es que no sepa de caridad, pero el dinero no lo hay.

En casa lo esperan con respuesta ¿Al fiador qué dirá?

Es poco el pan y mucha el hambre.

Yo: digo que es terrible la angustia que da Caridad.

Ha seguido de largo sin advertir que el pan lo ha repartido.

Ha seguido de largo y no ve que en el recodo un viejo lo espera,

con su diáfana mirada y con la sonrisa eterna

de quien todo lo comprende, de quien todo lo dispensa.

Este muchacho ya lo ha visto,

así que más rápido pedalea,

llevando el semblante desencajado,

las manos de rabia enfermas,

latiendo el corazón desasosiego.

La voluntad de tantos vuelcos flaquea.

Al fin se encuentran un momento… El tiempo se torna claro suspiro.

La noche, fiel embustera, no lo cubre todo con su ligero abrigo.

El muchacho pide la mano al anciano

y el viejo la extiende como un amparo.

El niño descansa el rostro en la mano.

Una lágrima tibia humedece al pasado.

El muchacho se aleja pensando, así como se queda el viejo

diciendo: Volveré a ver a este muchacho

regresar cual templado guerrero

o como fino acero labrado en sí mismo,

para ayudar al hombre al dolor perdonar

o para probar su desafortunado filo descubierto.

¿Cuál de los dos peleará por la libertad?

Por lo pronto,

¡Espero y salgas victorioso del desierto!, reza el viejo.

Javel

Ausencia

Al ver el dolor en la mirada de tu compañera sufro con ella la ausencia de tu partida, sus lágrimas me dicen cuan bueno eras y su sonrisa al recordarte me indica que fuiste parte de su alegría.

Al ver los ojos de quien por ti llora, veo la esperanza de que llevaste una buena vida, que no sólo fuiste amable, sino que trasladaste las barreras que sólo se rompen cuando en una compañera encuentras una buena amiga.

Al ver el rostro de quien te quisiera tanto, veo la esperanza de llevar una buena vida, no para sembrar recuerdos o lágrimas en los rostros, sino para dejar en ellos la dulzura de una apacible sonrisa.

Descansa en paz y que tu compañera y amiga se queda algo triste, pero en Dios confía.

Maigo.

Malestar

El llanto se apodera de mis ojos, la voz se atora en mi garganta, mis dedos tiemblan de impotencia ante los cambios, que son tantos como para con la escritura y el discurso fijarlos en mi mente que se revuelve y confunde sin encontrar esperanza.

Cualquiera diría que sólo se trata de un resfriado, pero en realidad es malestar. Malestar con el estado de las cosas y conmigo misma por no hacer más que quejarme de mis malestares.

 

Maigo.

Hogar

La insertidumbre de Penélope también es extravío.

 

Maigo.