Problema de poder

La destrucción de la violencia engendrada por la búsqueda del poder (en todos sus recovecos) es tan estruendosa que nos dificulta oír las inhalaciones y exhalaciones de los adictos, carne latente para los sacrificios al descontrolado poder. Las llamas de la violencia que cercena cualquier posibilidad de vivir tranquilamente, las que degüellan las decisiones políticas, nos inmovilizan a tal grado que consideramos ese el problema principal de la lucha por el control. El adicto, escondido en su propio rincón o enredado en el frenesí festivo, es relegado al olvido, dejado en el segundo escalón. ¿Cuál es el problema central, la disputa por el poder o el saber el porqué se genera la adicción?

La pregunta por la causa o las causas de la adicción podría generalizarse no sólo a las sustancias ilegales, sino también a las legales. Esa diferencia nos ayuda a notar la influencia de la sustancia en la causa de la adicción, pues hay sustancias cuyo control es mayor en los adictos; hay sustancias que devoran con mayor rapidez; aunque todas dañan según la frecuencia en la que sean consumidas. Pero, ¿por qué se prefiere una sustancia a otra?, ¿por qué hay quienes no se vuelven adictos pese a consumir varias veces sustancias como el alcohol o la marihuana? Hay muchas respuestas que se presentan sin ser convocadas, clichés de quienes no pueden entender las adicciones, como encontrar la causa de una adicción en el factor social o en la curiosidad adolescente o en una mezcla de las dos; es decir, una persona tiene necesidad por una adicción debido a que la influencia de los amigos es decisiva o el afán por experimentar diversos estados de ánimo impera cuando apenas si se sabe cuáles son las propias aspiraciones. Estas respuestas denigran, no sólo porque apenas si buscan asomarse en el alma del adicto, sino porque dejan de lado al adicto en solitario o a quien consume, pero quiere dejar de hacerlo.

Marmeládov, uno de los personajes más miserables de Crimen y Castigo, sabe que el alcohol ha arruinado su vida, ha agravado la locura de su esposa, ha orillado a su hija mayor a conseguir dinero rápido (camino por el que quizá su hija menor también deba deambular), pero no puede dejar de consumirlo. Intenta olvidar su pena mediante el alcohol, aunque sabe que la agrava; busca esa situación para volverse más miserable, pues él sabe que lo merece. Su culpa es su castigo. Pero su principal culpa es saberse en falta con su esposa, en hundirla lentamente junto con él. Tal vez Marmeládov, luego de ver y soportar tanta miseria, no podía ver nada más y por eso caía constantemente al fondo de las copas. Un adicto podría ser alguien así, quien no conoce mejores momentos que los provocados por la sustancia dentro de sí, quien no ha experimentado momentos felices, quien en su determinante sopor o exiguo éxtasis no ve lo bueno.

Yaddir

Un buen hombre (segunda parte)

El uniformado no ostentaba una fisonomía obesa, como muchos pensarán cuando se habla de policías, sino robusta, propia de quien está acostumbrado a enfrentarse con su fuerza física a los delincuentes. Su rostro era moreno, bastante serio, como trazado con escuadra. Miró al desconcertado y tambaleante joven y le preguntó:
-¿Qué pasa, joven?, ¿todo bien? Su tono era compasivamente acusatorio, ambiguo, astuto. Al joven le temblaba la quijada, tal vez por la sorpresa del encuentro; sentía sus piernas débiles, como agotadas, sentía caerse en las vías desnudas. Logró, pese a su incertidumbre y miedo, mantener el equilibrio, recomponerse y, con los puños apretados, guardados en su moderna chamarra de piel, decir:
-Sí… No. Es que me acaban de asaltar oficial. Esto último lo dijo con un tono apenas perceptible.
-¿Dentro del vagón, joven?, ¿qué le robaron?
-Sí; ahí dentro. Me robaron mi celular. Decir esto fue muy permitente, pues no sólo es lo más codiciado por los ladrones, sino que tampoco lo llevaba en ese momento por un olvido que hace poco se reprochaba.
-¿Por qué no activó la señal de alarma, joven? ¿Nadie más se percató de los que hacían los dos tipos?
-Creo que no. Estaban a mis espaldas. Eran dos y me picaron con algo en el costado izquierdo. Estaban pegados a la puerta y yo a lado del asiento reservado, de pie.
-A mí me pareció que usted, joven, estaba sentado a lado de un señor. No estaba usted de pie y no tenía a nadie atrás. ¿Qué me está ocultando, joven?
-Nada… Nada… El asalto fue hace unas cuantas estaciones, creo que tres o cuatro, no recuerdo bien. Los asaltantes me dijeron que me volteará y que no me bajara hasta que llegara al final de la línea. Me dio tanto miedo que los obedecí. Hace tiempo golpearon a un primo por resistirse a un asalto y no quería que me pasara lo mismo. Tan bien le había quedado su historia, que se sintió tranquilo por la certeza de su triunfo. Más adelante, al recordar dicho episodio, le habría de preocupar hasta casi darle miedo.

El policía escrutaba sus alegres facciones (su tez blanca sin acné y sus facciones como de niño bien), su vestimenta pulcra (pantalones y camisa de temporada, chamarra de moda, todo comprado en una mega plaza). Se daba cuenta, con la claridad que sólo ofrece la experiencia, de que alguien así era la víctima perfecta de los ladrones. “A lo mejor sólo lo espantaron y el pendejo les dio todo.” Pensó el oficial mientras miraba su reloj. A modo de despedida y sin mirarlo, le dijo al joven:
-Si quiere puede ir a denunciar, joven, pero como dice que no vio a los que le quitaron el teléfono, ni va a servir de nada. Perdería nada más el tiempo. Nos vemos. Sentenció y se subió al tren.

El joven se encontraba alegre por haberse librado del policía, y a la vez se sentía turbado por haber desaprovechado la oportunidad; una rara emoción lo embargaba, aunque se sentía preocupado por el señor de gorra roja. Cambió de dirección y bajó en la estación correcta. Haya sido por el brusco cambio de dirección, por la entrevista con el policía o por haber visto al señor tan desprotegido, o por todo junto, el joven se sentía sumamente desconcertado, desorientado, como si todo dejara de ser como él lo conocía, como si en cualquier momento pudiera llover tierra o el sol se fuese a quitar y nunca más volviese a salir. “¿Podrá volver a ser todo como antes; podrá volver la normalidad?” Se preguntaba y volvía a preguntas, concentrándose tanto en su pregunta que no podía o no quería contestarse. Aunque hubiese querido contestarse no pudo hacerlo, al menos no en ese momento, pues no llevaba de camino más de dos calles desde que salió del metro, cuando se le apareció una joven amiga. Ella tenía la rara cualidad de encontrarse en todo momento de buen humor. Al verla, el joven pensó: “¿Exagerará en sus expresiones alegres para demostrar que no se preocupa de nada?”
-¡Hola! ¿Cómo estás? Dijo repentinamente la joven, con fuerte voz y alzando los brazos.
-Hola. Bien. Bien… ¿Y tú?
-Súper bien. Me acaban de dar una muy buena noticia. De hecho creo que es la mejor noticia del año. ¡No del año, de mi vida!
-Qué bueno. Me alegro. Contestó el joven y miró a la muchacha con suma atención. “Hay algo raro en su rostro, sus ojos están demasiado brillosos.” Reflexionó el joven.
-Sí, así es. Es una muy buena noticia. Como el joven dejó pasar aproximadamente quince segundos sin responder, ella añadió: ¿no quieres qué noticia me tiene tan contenta?
-Sí. Claro. Dime; eso me pondrá muy feliz.
-Está bien, te lo diré. Pero con una condición.
-¿Cuál?
-Que me respondas: ¿por qué estás tan blanco y caminabas con joroba?
-No es nada. Sólo me siento un poco cansado, ¿sabes? Además, creo que me voy a enfermar. Pero, ahora sí dime: ¿cuál es esa noticia?
-No me gusta ver tristes a las personas. Mucho menos a ti. Dijo enternecida la muchacha, con cierto tono de preocupación maternal, como buscando consolar a un ser querido.
-No pasa nada. Verás, es que…
-¡Ya sé! ¡Ya sé que te va a animar! Es algo pequeñito, que te transportará a las puertas de la felicidad. Dijo su amiga interrumpiéndolo.
El joven, cuando la oyó, se espantó muchísimo, pues pensó que ella había consumido una rara sustancia. “Ella también.” Reflexionó y se puso muy triste. “Por eso siempre está tan feliz, tan alterada.” En ese momento su amiga abrió los brazos y lo abrazó fuertemente. “Tan sólo era esto. Qué bien se siente. Vaya errores a los que me han llevado mis sospechas.” Se dijo y se apresuró a despedirse, pues una rara sensación surgió de su estómago e iba subiendo a su garganta.
-Nos vemos. Muchas gracias; en verdad, gracias…
-¡Adiós! Al rato paso a tu casa y platicamos. ¡No, mejor tú pasa a la mía! Es que mi mamá quiere verte. Esto último lo dijo la joven gritando, porque su amigo ya se encontraba como a unos quince metros de distancia.
Si bien era cierto que aquella muestra de cariño lo había alegrado, no dejaba de sentirse triste, inútil, cual si todo le hiciera daño y él no pudiera hacer nada para evitarlo. “Todo esto de alguna manera me destruirá.” Pensaba mientras llegaba a su casa. Cuando estuvo dentro de su tranquilo hogar, miró a su alrededor y encontró todo en perfecto orden, tal como hace un rato lo había dejado. Llamó por teléfono a la persona que le había encargado lo del dinero y se citó con él para verse en algunas horas. Curioso fue que no se le ocurriera preguntar de dónde provenía el dinero ni para qué sería usado; quizá ya no le quedasen energías para ello. Miró su sala, su comedor y su pasillo una vez más; abrió la puerta de su recámara. Se sentó en su cama, sin ganas de pensar, mirando los suaves plieges de la alfombra de su cuarto. Se recostó boca abajo, sin poder pensar en nada preciso, con calma, queriendo ahuyentar cualquier pensamiento o sentimiento inquietante. Pero una ligera sensación, como un susurro, inundó su pecho y le provocó un callado, intranquilo e impostergable llanto.

Yaddir

Un buen hombre (primera parte)

Hace algún tiempo me enteré, casualmente, de la historia de un buen joven; al menos así le decían. El joven fue educado por personas adultas, herederas de las buenas costumbres, aquellas que pretenden fortalecer la buena convivencia en los distintos ámbitos humanos. No le disgustó recibir semejante educación, como fácilmente se podría esperar de una persona que convive con muchos niños inculcados con principios manifiestamente diferentes a los suyos, ni juró vanamente jamás llevarla a cabo una vez estuviera libre; incluso podría decirse que se sentía muy contento cuando actuaba conforme le enseñaron las personas adultas. Él se lo explicaba diciendo que una dulce y tranquila emoción lo embargaba cada vez que actuaba decidiendo con sus tradicionales principios, pues éstos le fueron inculcados con una paciencia y una dulzura constantes. Quizá también le gustaba actuar de esa manera, según investigué, porque en los lugares en los que trabajó (talleres donde se hacían excelentes productos) tenía compañeros guiados por las mismas costumbres que conocía. En pocas palabras, el joven había conocido a muchas personas que el actuar bien les había proporcionado una sólida y tranquila vida.

Por sus juiciosas acciones, el joven era flanco de innumerables elogios; a veces lo invitaban a comer y durante bastantes horas, hasta muy entrada la noche, lo ensalzaban. Él permanecía callado mientras todos le proferían los más altos cumplidos, cuando éstos terminaban él sólo se limitaba a decir, modestamente, unas pocas palabras que sellaba con una amable sonrisa. Cabe señalar que las invitaciones eran muy frecuentes. Tantas buenas palabras generaban, en muchas personas, innúmeras sospechas de que los motivos por los cuales el joven actuaba bien eran: para ser reconocido, engrandecer su ego y, cuando nadie lo sospechase, a todas las personas que en él confiaban las traicionaría con algún fraude económico o alguna cosa por el estilo. Pero para nada albergaba tales intenciones dicho joven. Si pacientemente escuchaba tantos elogios era para que las personas que reconocían lo correcto de sus acciones, se esforzaran en emularlas e inculcarles buenos principios a sus hijos. Aunque en no pocas ocasiones ocurría lo contrario a su deseo, mejor dicho, al deseo de sus educadores.

Un día cualquiera, me parece era un martes, el joven regresaba de un encargo de esos que sólo le podían confiar a él: ir por una fuerte suma de dinero. Abordó el metro en la estación Balderas. Inusualmente ésta se encontraba casi vacía y sin ningún vendedor ambulante. Al entrar al vagón vio muchos lugares vacíos y se dispuso a sentarse en el asiento donde caben dos personas (evidentemente no lo hubiera hecho de haber pocos asientos, pues siempre prefería que otras personas los aprovecharan de mejor manera); él se sentó en el espacio que daba hacia la ventana, de manera que se encontraba, por así decirlo, arrinconado, y se sumió en una actividad que siempre le complacía: la contemplación de las paredes del oscuro túnel. En la siguiente estación un adulto mayor (como él les decía) lo desconcentró, aún más que las luces de los pasillos, cuando se sentó a su lado. Sin embargo, cuando nuevamente el tren se sumergía en el túnel, volvió a observar símbolos y cables a través de la ventana. Aunque esto no duró por mucho tiempo, ya que el señor mayor hizo un ruido que lo despegó de la ventana. Se trataba tan sólo de una bolsa amarilla, de esas que traen una carita feliz estampada. El joven regresó a ver la oscuridad. Pero una imagen lo mantenía impaciente. Aquella bolsa tan amigable parecía tener algo nada inocente. “¿De qué se trataba?” Pensó extrañamente consternado, y no por verse presa de una insulsa curiosidad, sino porque algo excesivamente extraño había reconocido. De repente comenzó a percibir un olor extraño, como humedad mezclada con sudor rancio, agrio. “¿Será el viejo?” se preguntó e inmediatamente se amonestó por su adjetivo recientemente usado. Pero no se atrevía a voltear, ni para comprobar de dónde provenía el olor; su cautela le corroboraba el presentimiento de que algo malo llevaba esa bolsa. Un ligero miedo comenzó a recorrerlo y le hizo lanzar su mirada presurosamente a derecha e izquierda, todavía sin voltear. Reprochándose su cobardía se volvió a ver al señor y a su bolsa. Éste llevaba una gorra roja (regalo de algún partido político en peligro de extinción), ostentaba una cara hinchada (quemada por una larga exposición al sol) en la que destacaba una mirada cansina. Su vestimenta lo delataba como una persona con ingresos insuficientes para conservar el estilo de los señores de su edad, ese marcado por Pedro Infante en sus películas. En la bolsa, que se encontraba recargada en las piernas del señor, estaba efectivamente lo que tanto inquietaba al joven: unos paquetes con polvo blanco, como si tuvieran cal, yeso o… El joven, al notar los apretados paquetes, abrió terriblemente los ojos, cual si lo hubiesen golpeado fuertemente en el estómago, y giró su cabeza nuevamente hacia la ventana, acercándose tanto a ésta que casi la golpea. Se detuvo antes de chocar porque se dijo: “no puedo llamar la atención; se dará cuenta de que algo sé.” Además el metro se había detenido en una estación concurrida y su sorpresa podía llamar la atención de otras personas. “Quizá viste mal; seguramente sí es yeso fino… muy fino.” Mientras se decía esto, giraba tranquilamente la cabeza de un lado a otro del vagón, simulando querer observar el motivo de aquella pausa en el avance del metro. El señor mantenía la vista al frente, con una tranquilidad y paciencia como quien se sabe seguro, lo cual era desesperante para el joven.

Con la desesperación, al joven comenzaron a rebotarle diversos pensamientos. Uno sonaba y resonaba con cierto orden en su cabeza : “si se trata de ese asqueroso polvo, debo hacer algo para que no llegue a su destino y dañe a las personas.” Recordó como su primo, el amigo más cercano de su infancia, pues no tuvo hermanos y los otros niños casi no se le acercaban, se había visto sumido en una terrible adicción, lo mucho que él quiso ayudarle y no pudo, ya que sus consejos eran más débiles que todo lo que se metía su amigo. Recordó, sucesivamente, que sólo una terrible golpiza que recibió su primo por exorbitantes deudas (dejándolo varias semanas en el hospital con la aciaga posibilidad de quedarse paralítico), lo hizo recapacitar sobre su adicción y solicitar ayuda para dejarlo.

“La violencia. La terrible violencia que ha convertido al país en una tumba, donde ya ni siquiera se pueden llorar a los muertos. Tengo que hacerlo; tengo que denunciar a este fétido viejo. Siquiera puedo ayudar a salvar a unos cuantos.” Pensó y paralizó su idea, pues “¿no habría más violencia si denuncio al viejo? Nuevamente contra mi primo, ahora contra mis tíos, incluso contra mi madre.” ¿Él que podía hacer?, ¿qué se podía hacer?, ¿no era mejor callar eternamente? “La culpa es de quien lo dejó pasar. ¿No se percataron del peligroso contenido que cargaba?, ¿no hay policías vigilando los torniquetes?” Quien hubiera visto al joven en ese momento, habría captado una honda preocupación en su semblante, incluso unos ojos vidriosos, a punto de llorar, mas no de tristeza, sino de algo más inquietante. Chirrió la alarma de las puertas, se cerraron y el metro siguió avanzando.

Entonces una chispa iluminó el rostro del joven y casi lo hace reír su nueva idea. “¡claro, no se dieron cuenta de lo que llevaba porque no lleva nada malo!” Se alegró y se repitió una y otra vez la idea, hasta que le pareció absurda. “Muy seguramente sí se fijaron en lo que cargaba y por eso no le dijeron nada.” Mientras se decía esto rodeó con su mirada a las personas que se encontraban en el vagón. Había, aproximadamente, trece personas. Pero todas lucían extrañas, parecían delincuentes. “Son sus cómplices; la mayoría entró junto con él. Si hago algo estúpido me puede ir peor que a mi primo.” En eso el viejo recargó su pie derecho en el asiento que estaba enfrente de él. Se lo sobó y el joven notó que tenía una tremenda mancha roja, como si le hubieran pegado. Una señora, al ver la mancha, soltó unas palabras al viejo:
-Debería usar chanclas, le ayudaran a su circulación.
-No se preocupe, casi ni salgo de mi casa. Además, ni soy diabético. No hay problema. Contestó el señor.
– Pero mi comadre las usa y re bien que le hacen sentirse más a gusto. Me bajo en esta. Hasta luego.
-Ándele, que le vaya bien. Muchas gracias.

La voz del señor también delataba cansancio, y se parecía a la del difunto abuelo del joven. “Tal vez esté muy enfermo el pobre señor y por eso tenga que andar haciendo esos encargos. Tal vez y hasta fue obligado. Por eso hay gente que lo vigila y fue grosero con la señora para no meterla en problemas.” Esta idea le había tranquilizado un poco. Pero también le había preocupado: “pobre señor; también a él. Pobre.” Se percató que ya se había pasado bastantes estaciones y con el tono de las puertas corrió presuroso a bajarse del vagón; pese a su prisa, pidió permiso al señor de manera muy amable; y por lo bajo dijo: “pobre.” Suspiro, traspuso las impacientes puertas de modo aún más impaciente y chocó contra un policía.

Continuará…

Yaddir

Balido sin lanas

por razones serenas

pasamos largo tiempo a puerta abierta

Carlos Pellicer

“Piensa qué maravilloso es estar con otra persona, totalmente distinta, con otras piernas y otra piel y otros ojos y es todo tuyo, todo, todo, puedes verlo todo y besar y tocar; cada manchita en su cuerpo, en cualquier parte donde esté y los vellitos dorados que crecen en los brazos, y cada surco, y cada cavidad de su piel que amó más de la cuenta. Y todo lo sabes: cómo camina, cómo come, cómo duerme, cómo se dispersan las arruguitas de su cara al sonreír, cómo piensa, cómo huele su cuerpo. ¡Y entonces te pones fuera de ti, como si fueran tú y él una misma cosa: con carne y piel te pegas a él y cuando hay amor no hay en la tierra mayor felicidad y es una sensación tan increíble! Y te diré que es más fácil no tener a alguien amándolo que tenerlo sin amor”. Así comienza la segunda parte de Alas de Mijaíl Kuzmín, primera novela gay de la literatura rusa. A más de un siglo de su publicación, su lectura se encuentra distorsionada por dos ideas que permean nuestra comprensión del fenómeno erótico: la idea del sexo y la idea del cuerpo. No por nada cada día es más normal creer que gay y homosexual son sinónimos, y que ambos son términos intercambiables para suavizar o recrudecer las expresiones; que el sexo a veces se condimenta con la pimienta del amor y en otras con la melaza de la lujuria; que el cuerpo es una máquina casi perfecta diseñada con un feedback regulador de sus procesos que opera mediante constantes liberaciones de energía libidinosa que cursilonamente se traduce en deseo; que nosotros los persignados andamos por el mundo moralizando un fenómeno tan natural como la lluvia veraniega o los tumores cancerosos; que la virtud y el decoro, atuendos sospechosos de los despreciadores del cuerpo, son fábula de la impotencia sexual del moralista o compensaciones psicológicas del acomplejado al que no alcanza la galanura; que el sexo como mecanismo de equilibrio dinámico del cuerpo nos ha hecho a todos más libres, más tolerantes y más humanos… a todos, menos a esos inanes puritanos que temen al placer o que subliman su vigorexia fálica en desplantes y excentricidades morales. No por nada, insisto, el fenómeno erótico ha pasado de ser actividad del asceta a exhibición del atleta, y por ese paso tanto un asunto de salud pública y educación sexual como de pornografía y visitadoras pantaleónicas. Es preocupante que la diferencia cada día sea menos clara, incluso entre quienes podrían tener mayores bases teóricas para notarla. Me refiero, específicamente, al alud de comentarios –del cual espero el presente no sea uno más- que desencadenó la declaración de su Santidad Francisco I sobre el juicio a la comunidad gay. Sí, como era de esperarse, cada quien escuchó lo que quiso escuchar, pues el padre Bergoglio habló como buen hombre de Estado. De un lado, no faltó aquel perspicaz que logró ver el dejo despectivo con que el obispo de Roma se expresó. Del otro, no faltó el suspicaz que expedito se armó con la declaración para, montado en las olas del horizonte, profetizar los nuevos tiempos de clara humanidad y calorosa fraternidad en el seno de la Iglesia, el Estado, la Ciencia, la Tecnología, los Derechos Humanos, el Rocanrol y, si todavía hay tiempo, dios… Ignoro lo suficiente sobre el Papa como para ofrecer la hermenéutica sucinta de su declaración. Siendo miope del porvenir, tampoco puedo ofrecer la engalanada fábula del prometedor futuro de la sociedad católica. Sin embargo, puedo notar la presbicia contemporánea en cuanto al fenómeno erótico, y señalar algunas ideas que nos alejan de la comprensión de la voz secreta del amor oscuro.

         Tras la declaración del pontífice han bajado desde las galeras tres ideas reformistas: que la Iglesia debe aceptar el sacerdocio femenino, que la Iglesia debe prescindir del celibato y que la Iglesia debe reconocer la existencia de sacerdotes homosexuales. Las tres ideas reformistas se fundan, inconfundiblemente, en una confianza exagerada en nuestros tiempos, nuestros saberes y nuestra superioridad sobre la tradición. Creemos saber más y mejor sobre la relación entre el fenómeno erótico y la experiencia religiosa. Ya “sabemos” que la diferencia sexual no tiene nada que ver con los roles sociales, y por tanto “suponemos” que nada distinguiría a un sacerdote de una sacerdotisa, es más, si ya otras “culturas” han tenido sacerdotisas, ¿por qué lo negaría la cristiana? Además, ya “sabemos” que la sexualidad es un impulso “natural” de conservación de la especie, por lo que exigir el celibato a un grupo de personas es “evidentemente” antinatural. Y además de “natural”, “sabemos” que en el caso humano se puede “diferenciar” el instinto de conservación de la especie del instinto de placer, que es un mecanismo natural en el que el individuo se juega su salud, por lo que rechazar o excluir a los homosexuales de la Iglesia es un acto, no sólo “evidentemente” antinatural, sino contrario a los principios “morales” que rigen nuestro mundo. La Iglesia, en su afán retrógrado, seguimos creyendo saber, es una institución caduca; reformarla, modernizarla, darle vigencia y volver a llenar sus templos, ha de ser cosa, suponemos saber, de modificar aspectos tan innaturales como los anteriores.

         La Iglesia corre un gran riesgo si, carente de análisis, se deja seducir por la “cientificidad” del saber contemporáneo. La diferenciación entre roles e identidad sexual, más allá de ser una construcción teórica que difumina la vida social (cual lo mostró Iván Illich en El género vernáculo), es inaccesible a la experiencia religiosa cristiana. Quizás hay muchas culturas en que hubo sacerdotisas, algunas más en que hubo ascetas, pero es propio de la religiosidad cristiana hablar de la divinidad de María, y a partir de esa experiencia resignificar la participación de la mujer en el seno de la Iglesia; o dicho de otro modo, el papel peculiarísimo que María desempeña en la encarnación de la Iglesia vuelve fatuo pensar en la posibilidad de sacerdotisas cristianas (la guía perfecta para comprenderlo es Karl Rahner en María, madre del Señor), así como resalta el importantísimo papel de las religiosas en la Iglesia (cual puede leerse en los escritos de Santa Clara de Asís o en la Historia de un alma de Santa Teresita del Niño Jesús). Asignar al sacerdocio el papel de rol y desarraigarlo del género es rasgar la experiencia prínceps de la vida espiritual cristiana, es despreciar para siempre la comprensión de aquel poema de Santa Teresa de Jesús que inicia diciendo

Hermana, porque veléis,

os han dado hoy este velo,

y no os va menos que el cielo;

por eso no os descuidéis.

El celibato tiene, aproximadamente, los mismos problemas de comprensión. Tras volver inaccesible la especificidad de la mujer en la vida de la carne, los “sabios” de nuestros días son ciegos al asunto de la carne misma. El celibato es antinatural si nuestra naturaleza no es carnal; si somos carne, el celibato es virtud. El Cántico espiritual y la Llama de amor viva nos enseñan el misterio de la carne. La educación sexual nos enseña los poco misteriosos vectores del deseo. Olvidar el misterio de la carne y la experiencia cristiana de la mujer nos hace confundir completamente lo que, en buen cristianismo, puede decirse de la voz secreta del amor oscuro. El centro del asunto está en qué es la carne y cómo es posible que el cristiano tenga una vida carnal virtuosa. El primer paso es notar lo que ya casi nadie ve: la realidad de la carne. Y el único modo en que podríamos volver a ver esa realidad es descubriendo la falsedad del cuerpo y del sexo. Sólo hasta que vivamos la inexistencia del sexo podremos comenzar a vivir la existencia de la carne, y sólo entonces comenzar el camino para una vida de virtud. El gran peligro de la Iglesia, de mi Iglesia, es que se acepte la homosexualidad como una realidad, pues significaría aceptar como reales al cuerpo y al sexo, y con ello rechazar la realidad de la carne. En la Iglesia no puede haber homosexuales ni heterosexuales, pues para el creyente la experiencia del otro es la de la ternura de la carne: solo el amor vuelve al mundo tierno.

Námaste Heptákis

Escenas del terruño. Otra vez, y va de nuez, que corren por las charcas de la habladuría política las propuesta para legalizar la marihuana. Desde la derecha se alega el término del negocio del narco; desde la izquierda, la reducción de la violencia. Ambos alegatos me parecen falsos y cortos de vista. El 26 de agosto de 2007, en las páginas del diario Reforma, Gabriel Zaid publicó, para responder a ambos puntos, el ensayo intitulado “El negocio de los narcos”, lo comparto a continuación.

 

Los ferrocarriles eran muy buen negocio en los Estados Unidos, cuando empezó el servicio de pasajeros y de carga por carretera. Para frenar la competencia, los ferrocarrileros cabildearon contra la construcción de carreteras; pero no pudieron detenerlas, fueron perdiendo mercados y su bonanza terminó.

En un famoso artículo publicado en la Harvard Business Review (“Marketing myopia”, July-August, 1960), Theodore Levitt los acusó de miopes: no vieron que su negocio era el transporte, no el ferrocarril. Pudieron haber ampliado sus operaciones a las nuevas vías. Estaban en una posición fuerte para competir, ofreciendo trayectos combinados de ferrocarril y carretera. Pero no vieron la oportunidad, sino el problema.

Hay quienes piensan que el negocio de los narcos es la droga. Ven que disponen de tecnología avanzada en la producción agrícola, la transformación industrial, el transporte, las comunicaciones, las armas, el desarrollo de nuevos productos. Que tienen ingenieros, abogados, contadores y otros universitarios bien pagados en sus departamentos jurídicos, científicos, logísticos, de mercadotecnia, relaciones públicas, finanzas. Que, para defenderse, tienen recursos superiores a quienes tratan de arrestarlos. Ante lo cual, The Economist recomienda una solución de mercado: arruinarles el negocio, legalizando la droga. Parece realista, y, sin embargo, es miope. El negocio de los narcos no es la droga, sino la prohibición. Mientras algo esté prohibido, tendrán oportunidades.

Supongamos que la droga llegue a ser un negocio lícito. El efecto inmediato sería un desplome de precios, lo cual aumentaría la demanda, pero no la rentabilidad del negocio. Teniendo ya montado el aparato de producción y distribución, y hasta mercancía almacenada, es de suponerse que, al principio, los narcos sigan vendiendo droga (pirata, frente a la legítima). Y que busquen mercados más prometedores, ya sea de lo mismo en otros países o de otra cosa prohibida en el país. Oportunidades no faltan. Están prohibidos los secuestros, el contrabando, el pirateo, la trata de blancas, la prostitución infantil. Tendrían que hacer estudios de mercados, estrategias competitivas, costos y planes de negocio para cada caso. Tendrían que considerar el riesgo de que también los secuestros, por ejemplo, se legalizaran. O de que el IVA se eliminara, para arruinar el contrabando. Lo que no es creíble es que optaran por arrepentirse, desmantelar sus empresas y meterse a un convento.

El crimen organizado en México fue la trastienda del Grupo Industrial Los Pinos. Estaba organizado como una franquiciadora del poder impune, de manera central y piramidada; con un control político supremo, porque también los franquiciados estaban sujetos al poder impune. Abusar de la franquicia podía acabar en perderla o, en caso extremo, ser tirados al caño (literalmente). El Señor Presidente era el jefe del Estado, del gobierno y de la trastienda. La monocracia por turnos de seis años le daba al sistema estabilidad. A diferencia del Porfiriato, no dependía de un hombre indispensable. Las franquicias porfirianas de poder impune eran espaciales (por estados o territorios), las del PRI, temporales (por turnos). Hoy, el poder impune ya no está franquiciado desde la presidencia: opera sin control, en una guerra de todos contra todos.

Según la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito, la cocaína puesta en México al mayoreo vale ocho millones de dólares por tonelada, pero 24 en los Estados Unidos; donde se vende al menudeo a cerca de 120 dólares el gramo (120 millones de dólares por tonelada). O sea que el negocio de pasar droga a los Estados Unidos tiene un margen bruto de 16 millones de dólares por tonelada, pero el margen para el distribuidor allá es de 96. El menudeo requiere mucho más personal (y más visible) que el mayoreo, pero tiene más valor agregado.

Extrañamente, la DEA no logra desmantelar el negocio seis veces mayor y más visible en su propio país. Pretende arruinarlo, eliminando el abasto externo. Doble miopía. En primer lugar, el abasto eliminado desde un país se mueve a otro. Invadir a Panamá y secuestrar a su presidente sirvió para que el abasto hoy se haga desde México. Pero, además, en el supuesto caso de eliminar todo abasto externo, ¿qué van a hacer los narcos de los Estados Unidos? ¿Meterse a un convento? Por supuesto que no. Van a sustituir las importaciones con producción interna, incluso de mejor calidad. O a desarrollar nuevas líneas de productos y servicios prohibidos. Los gánsteres no desaparecieron cuando terminó la prohibición del alcohol. Entraron al negocio de traficar cigarros y otros productos racionados durante la segunda Guerra Mundial, al agiotismo, los casinos, la droga.

Nunca faltan oportunidades en el mercado de lo prohibido.

Coletilla. Ayer, 2 de agosto, falleció el Maestro José Moreno de Alba, hombre de imponente sabiduría de la palabra, quien en Minucias del lenguaje ofreció a los lectores de habla hispana uno de los catálogos más didácticos sobre nuestra lengua, sus recovecos, tersuras y suturas, catálogo obligado para aquellos que, en teoría, quieren aprender a escribir bien. Descanse en paz.

Ira

Rabia de vómito

que atraganta con piedras

la garganta.

¡¡PARO LA BANDA!!

El Muelas levantó el brazo a media calle, sobre el carril del arroyo vehicular. Su torso desnudo desafiaba los autos que pitaban al pasar a su lado. Paró el micro más vacío que vio, detrás de él su banda faltoseaba en la espera. Con los ojos enrojecidos y en llamas puso sus hombros y pecho confrontantes frente a la puerta del camión que frenaba abruptamente. Golpeó con la mano abierta aquel transporte público y al instante se abrió la puerta. La vista desganada del chofer apareció como el reclamo de una intimidad violada más que un reto al temerario y sus secuaces.

 “¡¡Hazme un paro, carnal!!” dijo el descamisado, con tono agudo y ladeando la cabeza, sin pausa ni reparo, en sus palabras había amenaza acompañada con siete gandayas pendientes del vocero y el bisne; con ambas manos en el volante y cabizbajo, irguió el cuello, volteó al interior del camión y pidió a sus tres pasajeros que pasaran a la unidad estacionada detrás de él. Los usuarios salieron por la puerta trasera dejando murmullos de inconformidad y disgusto.

 “¿Qué quieren?”. Se dirigió el chofer a un punto neutro del marco de la puerta, sin ver al vocero, sin atender a los acompañantes que esperaban abordar, dos todavía sentados en la banqueta y cinco más aproximándose al camión detenido. “Un paro mi chavo, lo que es nomás. Andamos erizos, mira… por las buenas. Danos un raite a la esquina de la zapatería, a lado de la capillita…” dijo el descamisado al tiempo que un arete en su oreja izquierda brillaba legendario, sus cejas poco a poco se tensaban sobre el ceño y su labio superior iba adquiriendo una rigidez sintonizada con las fosas de su nariz, forzando un resoplido mandón.

 Acercándose sobre la puerta uno más joven que la mayoría empuña una mona sobre la boca y la nariz, con la otra apunta su dedo señalando al chofer y dispara sus palabras: “¡No te cotices ruco! ¡Que andamos locos! ¡Al chile no la estamos mamando!”. Una figura pequeña pero resuelta, cubierta de sudadera rosa con capucha alarga la mano para detener al juancamaney. “Aguántala Pipiolo, na’ más la cagas mi’jo y te parto tu madre…”. “¡Pues que se pare el puto!” respondió el morro mientras caminaba como si siguiera al fantasma del microbus que todavía no se detenía y seguía avanzando.

 “Háganse una vaquera a ver que sale. Así como así… a mi no me sale… no mi chavo” dijo el chofer. “Al chile padrino no haga pancho ni muina. Chitón y llévenos… Mire, mire somos ocho. ¿Qué le quita? Es acá abajo, en el centro, a lado de la calzada. ¡No se pare su culo, ruco, al chile mire, por las buenas!” decía el Muelas mientras tomaba con fuerza los pasamanos y subía con paso pesado y sólido sobre los tres escalones de ascenso, sin dejar de buscar la mirada del chofer que la dejaba en el horizonte, sin inmutarse. Volteó y con un movimiento de cabeza llamó a sus colegas a bordo.  Detrás del de la mona y de la de sudadera rosa, siguieron dos delgados de camisa sin mangas, una chica de coletas con sombras verdes y corridas bajo los ojos de color verde; desde la banqueta dos bultos abrazados trastabillaban de borrachos al levantarse. Todos con marcas de desconsuelo y una duradera ebriedad subieron raudos y veloces al transporte.

 “Yo soy el Lalo pero me dicen El Hojaldra… por ojete…” se presentó uno de los flacos mientras se acomodaba la gorra hacía adelante y hacía señal de brindis con  una caguama al chofer del microbús. Los borrachos del último cargaron sus cuerpos sobre los escalones  para quedarse sentados en los dos más altos, ahí nada más, a lado de la palanca de cambios. “No se va a cotizar, verdá don?” dijo la Pulga, chica en sudadera rosa, de cachetes redondos y cejas muy depiladas color magenta. “Pus ya me chingaron hijos de su puta madre” dijo el chofer conteniendo la explosión. Con el descamisado justo detrás del asiento del chofer, el Hoja abrazado al asiento del mismo, el Tripa afilando la mirada sobre el mismo chofer, la Pulga dirigiendo los ojos a la chela que no soltaba el Hoja y los dos borrachos en los escalones, más el Pipiolo degustando su mona acostado en el cuarto asiento al fondo; el operador metió primera y arrancó, convencido que su oposición sería reprimida por la víscera de la horda. Fuera de esa escena, la de coletas fijó su rostro entero en la ventana y la calle, dejándose llevar por la banda.

 Una risotada partió el silencio. El Pipiolo se levantó sobre el asiento, abrió la ventana al máximo y saco su torso y cadera hasta poder sentarse sobre el marco y ponerse después cabezabajo y abrir su brazos libres al aire. Todos voltearon, los flacos se destornillaron en risas, la Pulga cerró los ojos y retiró sus atención del exhibicionista, el Muelas clavo su vista en la calle, la de las coletas ni se inmutaba.

 “Díganle al hijo de su pinche madre que no esté mamando…” desde el retrovisor el chofer gritó, pero el chillido de la Pulga le ganó. “¡Déjelo, no le pasa nada! ¡Usté no es su papá! Además ya se metió, que le afecta!”. El chofer solo mascó agriamente un “Chingao…”.

 El Muelas abuzado del camino, indicó con su brazo extendido señalando la acera. “Párese en la florería, que la Chivis le tiene que comprar unas flores a su hermano el difuntito, ni modo de llegar así al velorio…”. El Muelas volteó hacia la chica de coletas. Ella dejó el vacío de la ventana y sintió esos ojos solidarios que se hundían en unos ojos acuosos, enrojecidos enmarcados en un corrido maquillaje verde.

Oktli