Sobre los daños y los beneficios

Dice una vieja máxima humana que no hay beneficio de uno sin perjuicio del otro. Lo cual se puede traducir en lenguaje más coloquial como que hay que chingar para que no se lo chinguen a uno y el que más chinga es el ganador (en México usamos la palabra chingón). De manera más o menos semejante, si ocurre una tragedia y se caen diversos edificios, habrá quienes tengan trabajo y ganen dinero por eso. Si un matrimonio tiene problemas y no sabe cómo resolverlos, habrá abogados que busquen la manera de beneficiarse del suceso. Si hay situaciones violentas que una comunidad o la seguridad del estado no sepan y no puedan resolver, habrá quienes ofrezcan sus armas para solucionar el conflicto y controlar a los demás. Pero la máxima, pese a que parezca tener sustento en buena parte de nuestra experiencia, no evidencia que el hombre esté contra el hombre o que no sepa entender alguna situación en desgracia para en vez de beneficiarse con la desgracia, ayudar en dicha situación. Podríamos preguntarnos si es una cuestión de justicia dar en momentos en los que alguien lo necesite. Si el amigo requiere de dinero en determinado momento, ¿es justo darle o prestarle ese dinero? Podríamos pensar que es calculador hacer un préstamo buscando su retribución y además el agradecimiento. Pero el amigo puede dar desinteresadamente porque quiere a su amigo. Aunque no querramos a alguien y no busquemos su reconocimiento ni su agradecimiento, ni saldar alguna culpa, podemos ayudar desinteresadamente, sólo porque vemos que se requiere nuestra ayuda y será bueno hacerlo. Podríamos decir que buscamos el bien de la comunidad o simplemente el bien de nuestro prójimo.

Yaddir

Anuncios

Altruismo egoísta

Ayudar a otros para que el cerebro libere sustancias por satisfacción, es usarlos para sentirse bien, y sentirse bueno sin realmente serlo.

Maigo

Mundo

Me dejé llevar por la corriente del mundo, pero esa misma corriente me ahogó. Y ahogada en llanto me di cuenta, de que el mundo por el que perdí la vida era sólo mío.

Maigo.

Hermandad

El llanto de tus ojos propicia angustia en mi alma, la ausencia de tu voz me agüita el corazón, el sudor de tu frente me mueve y amilana. Mis egoísmos se pierden cuando veo tu dolor, quisiera calmarlo y veo que no puedo hacer nada, sólo puedo tomar tu mano y acompañarte en tu dolor, mi impotencia y tu sufrimiento en algún sentido nos hermanan, porque sin sentir siento y sin sufrir sufro y porque tu alegría me alegra y tu salud me devuelve la mía.

 

Maigo

Salvífica amistad

Para ti que eres bueno, y especialmente para RAM.

La amistad es una práctica constante, en ese sentido es un hábito que caracteriza a quien es amistoso. El amistoso procura a los demás porque en ellos ve lo que hay de valioso en el hombre, y lo que hay de valioso en el hombre es el alma. Quien niega al alma se niega a los placeres de la misma, tales como el diálogo y el deseo de conocer al otro que anima a la amistad, así pues, quien niega al alma se niega a sí mismo la experiencia amistosa de compartir con el otro la conversación que trasciende, y ésta es así porque para llevarse a cabo es necesario ir más allá de la individuación que también le es propia al hombre.

Tiene sentido que no haya amor más grande que el de aquel que da la vida por sus amigos, si pensamos que en la amistad se realiza lo más perfecto del alma, es decir, la posibilidad de salir de sí mismo dejando a un lado el encierro que trae consigo el egoísmo.

Quien niega el alma, niega el carácter amistoso del hombre, y quien esto niega se condena por completo a la soledad, al negar al amigo la posibilidad de salvarse en el servicio al otro se pierde y ante ante tal pérdida la única salida es la extinción de la vida.

 

Maigo.

Adendum. He de agradecer a mis amigos por ser cuerda de salvación y no permitir que me perdiera en la tristeza que trae consigo el egoísmo.

Egoismo

No es tu amor propio el que me ahuyenta, es el mío el que se alimenta con tus actos.

 

Maigo.

 

Adendum: La muerte de Juan Gabriel ha servido para que se haga una clara muestra de la intolerancia que nos rodea, algunos, sus seguidores no soportan las críticas ácidas de quienes son sus detractores. Mientras que los otros montados en discurso que también defiende la tolerancia aprovechan para mostrar cuan intolerantes son con aquellos que no comparten sus afecciones. Al final, seguidores y detractores acaban quejandose de lo mismo que culpan a los demás.

 

 

Susurro infernal

Susurro infernal

Ocurre tan seguido que no es nada extraño que las personas piensen en aislarse del resto del mundo. Guerras aquí, maltratos allá, desaparecidos. El poder sigue siendo el acicate agridulce de los déspotas, pero el martirio de los inocentes. Los aparentes fragmentos que van dejando las dentelladas rabiosas del crimen no dejan de punzar en el sentimiento colectivo. El mal desprende la unidad que es el bien. Lo más sensato sería aislarse del mal, para que el resto del bien que aún nos queda siga entre nosotros.

Mientras a mí no me pase, mientras yo y los míos estemos seguros, protegidos, lo demás qué importa. Esta máxima del actuar moderno es el susurro que la serpiente azuza en el alma de los hombres. Las argucias de la malvada quieren deshilar la relación que hay entre el hombre y el bien; ella sabe que no se puede resquebrajar el árbol que da frutos, pero se puede alejar a los hombres de esa sombra paternal. Perdido el rebaño, es fácil hacer que se olviden del bien como eterna unidad.

Por eso bien se dijo que el mal es la ausencia del bien, o el olvido de éste. Pero el bien no puede ser destruido, fragmentado. Esto quiere decir que el bien siempre ahí sigue, como promesa de lo venidero. Si el mal es ausencia del bien, lo que sigue es reconciliarnos con él. El sentimiento y la idea que nos genera la ausencia nos incita a buscar. Es por esto que se hace patente el volver a pensar al bien como uno solo, como un cuerpo que no puede ser desmembrado por más que lo martiricen. El bien es unidad no sólo porque esté todo junto, sino porque puede, verdaderamente, unir.

Buscar aislarse del mundo es estar bajo los encantos de la sierpe. Es soportar el mal sabiendo que la luz que es el bien un día se extinguirá. Pero así quedamos solos, temerosos, en posición de quien lucha y espera el último golpe. Es peor si somos varios bajo el influjo de la serpiente, pues así, únicamente estaremos esperando la traición por cualquier costado. El poder seguirá siendo el acicate agridulce de los déspotas si no buscamos el bien unificador en la promesa del que viene: en nuestro hermano el hombre. Si la serpiente gana, ya no habrá inocentes que salvar, no habrá paz que heredar.

Javel