El retoño

“Y morirme contigo si te matas

y matarme contigo si te mueres,

porque el amor cuando no muere, mata;

porque amores que matan nunca mueren.”

Joaquín Sabina

Fue por diciembre que nació Panchita, cuando todavía no hacía demasiado frío como para que éste se le colara entre sus endebles huesos. Siendo la menor de seis hermanos, resultaba comprensible que su mama tendiera a protegerla sobremanera. Panchita disfrutó de este excesivo cuidado maternal todo lo que duró su infancia, pues no hay nada mejor para un niño que ser el centro de gravedad en torno al cual gira el mundo de sus padres. Es cierto que don Miguel, su padre, la adoraba, de eso no cabía la menor duda, pero era doña Juana quien le procuraba los mimos más dulces y tiernos a Panchita, la cual vivía feliz siendo la niña de sus ojos.

Sin embargo, aquel paraíso infantil se convirtió en el peor de los purgatorios cuando la atención de doña Juana comenzó a sofocar a Panchita, pues, llegado el tiempo, aquel menudo y torpe botón se abrió de par en par para dar paso a una preciosa y delicada flor de formas exquisitas y delicioso aroma que capturaba la mirada de cualquiera que se cruzaba con ella. Esto no le hacía ni pizca de gracia a doña Juana, quien pronto le prohibió a Panchita salir de casa y si tenía que hacerlo, ella la acompañaba a sol y a sombra, pues no iba a dejar a su retoño a merced de aquellos zánganos que la pretendían. ¿Qué tal si alguno la hipnotizaba con su zumbido y se la llevaba lejos, muy lejos de allí, de ella? No, eso simplemente no podía permitirlo.

A don Miguel le preocupaba la actitud de su mujer, pues aunque Panchita era una joven casadera bastante codiciada, si seguían dejando que el tiempo transcurriera sólo conseguirían que pronto se quedara para vestir santos. Dios no lo quisiera, pero si él llegaba a faltar y Panchita no se había casado para entonces, ¿qué sería de ella? ¿Quién se encargaría de su bienestar? Más aun, si esto sucedía, ¿cómo podría él partir de este mundo con semejante cargo de conciencia que no lo dejaría descansar en paz en su tumba? Claro que a doña Juana no le importaba en lo más mínimo que Panchita se quedara soltera, pues de esa forma su hermoso retoño no la abandonaría jamás.

Pese a que a Panchita la llenaba de gran ilusión casarse y formar su propia familia, como a toda joven mujer de su época –y como ya también habían hecho sus hermanos mucho antes que ella–, se sometía al yugo de doña Juana sin quejarse, pues al fin y al cabo se trataba de su madre. Sin embargo, no alcanzaba a comprender por qué si ella juraba quererla tanto como decía, le causaba tremendo daño con semejantes peticiones. No es que Panchita no quisiera a su madre, por supuesto que la amaba, tanto así que estaba dispuesta a sacrificar su propia felicidad para ver feliz a doña Juana, pero no podía evitar preguntarse por qué su madre no podía hacer lo mismo.

Resignada a este aciago destino, Panchita comenzó a vestirse como una auténtica solterona, lo que provocó que varios de sus pretendientes perdieran interés en ella. Así, Panchita se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a sus padres, en especial a doña Juana, quien a pesar de haber logrado su cometido no dejaba de asfixiar a su hija con las mismas obsesivas atenciones de toda la vida. Panchita soportaba en silencio esta pena y hasta había aprendido a querer la vida que ahora llevaba; no obstante, había veces que, no sin culpa, deseaba la muerte de su madre para entonces sí poder dedicarse a la suya por completo. Para su infortunio, sus padres habrían de vivir mucho tiempo más, por lo que pronto aquella flor se fue deshojando hasta perder por completo su color.

Aunque ambos gozaban de buena salud, don Miguel auguraba que moriría antes que su esposa, con lo que dejaría a Panchita a merced de doña Juana y de cumplirse su presentimiento, no necesitaba tener una bola de cristal para saber que la vida de su hija terminaría siendo un completo infierno si la dejaba sola en este mundo con esa mujer, su mujer, a menos que él pudiera hacer algo para evitarlo. Conforme pasaba el tiempo, más le urgía a don Miguel encontrarle una solución a Panchita, quien le decía que no se preocupara, que ella era feliz sirviéndolos a ellos y que ésa era su vida ahora y para siempre…

Por su parte, Panchita también se daba cuenta de que su padre tenía contados los días, por eso no le sorprendió nada encontrárselo muerto en el viejo diván que había a un costado de la habitación del longevo matrimonio. Ese día, como todas las mañanas, Panchita le llevó a la pareja de ancianos el desayuno a su cuarto. Inmediatamente notó que su padre estaba inusualmente quieto, así que se acercó a él para confirmar la terrible noticia. Panchita lo tomó con serenidad y se dirigió entonces a la cama para despertar a su madre y contarle lo ocurrido. Sin embargo, se quedó paralizada del terror cuando vio que su madre estaba tan tiesa como lo estaba don Manuel en su diván.

Panchita comenzó a negar frenéticamente con la cabeza mientras se alejaba torpemente de la cama. Se llevó entonces las manos a la cara para enjugarse los ojos que estaban anegados de lágrimas. Luego, cayó de rodillas al suelo, donde adoptó instintivamente una posición fetal, lo que le permitió posar su mirada debajo de la cama de sus padres donde alcanzó a divisar un pequeño bulto blanco. Como pudo, lo alcanzó y notó que se trataba de un sobre cuyo destinatario era Panchita misma. Abrió aquel sobre de un tirón y se encontró entonces con la caligrafía brusca, pero inconfundible de su padre.

Cuando hubo terminado de leer el recado, Panchita no supo qué hacer con la temible verdad que le había sido confiada. Don Miguel había asfixiado a doña Juana cuando ésta todavía dormía y le rogaba encarecidamente a Panchita que rehiciera su vida mientras le pedía perdón por haber dejado que las cosas hubieran llegado tan lejos. Pero ya era demasiado tarde: lo que no sabía don Miguel era que esa flor o, mejor dicho, el retoño de doña Juana, otrora llena de vida, había terminado ya de marchitarse por completo.

Hiro postal

El Placer Solitario

Nuestras vidas serían un suplicio si las viviéramos solos. Sin embargo, el mundo ajetreado en el que vivimos tiende a alejar a las personas y a hacer difíciles las relaciones de amistad entre unos y otros, probablemente porque en el mercado es desaconsejable confiar demasiado en los demás, y nos las hemos arreglado para hacer de todas las áreas de nuestras vidas alguna clase de mercado y de negocio. Así pues, se ha deslavado muchísimo la pinta de vicioso que alguna vez tuvo (por lo que cuentan) el egoísta, y como ahora cunde en todas partes no sólo el discurso de que el egoísmo es la condición natural, sino los persuadidos por él, la apariencia causa una confusión difícil de eludir: ocurre como en una pesada epidemia en la que los enfermos son tantos que han olvidado dónde buscar qué cosa es la salud.

El egoísta se vuelve digno de desconfianza tan pronto como uno conoce su disposición. Lo malo es que para él eso es prueba de que tiene razón, pues sembrada la desconfianza, le parece reafirmada su sospecha de que ella es naturaleza entre hombres y realidad que no puede negarse. Le parece que sólo puede quererse el bien propio, muchas veces granjeándose en ello el mal ajeno, y que los que desconfían de él lo admiten también (quizá ingenuamente sin darse cuenta). Pero esto es tremenda trampa: lo mismo sería argumentar que el estado original del hombre es el aturdimiento y, para demostrarlo, decírselo unas quinientas veces al día a cada conocido hasta que pidiera paz. Pienso en el egoísta auto-admitido, el muy escéptico. Su escepticismo y su solo cuidado de sí mismo van muy bien juntos, porque en primer lugar, suele ser quien no cree que nada sea verdadero más que lo que le consta en él mismo, en un instante dado, y no hay mejor ejemplo de en qué está pensando alguien así que el placer carnal, del que no tenemos noticia más certera que nuestra experiencia y del que no compartimos de nadie más allá de sus signos, en los que tendríamos que confiar. Y en segundo lugar, concluye por obviedad que no hay alguna razón más allá de su propio beneficio para hacer nada, no porque no quiera, sino porque no se puede. Es decir, creyendo solamente en su placer, cree también que no puede (ni tiene por qué) hacer nada por nadie más: cada quien es único juez de la intensidad y modo de su placer. Ese egoísta, como no cree que la vergüenza sea otra cosa que una institución muy hondamente enraizada en la cultura, admitirá de inmediato que lo que hace lo hace por egoísta, y dirá que todos son como él, lo quieran o no aceptar por pudorosos (y por retrógradas).

Hay otro tipo de egoísta, claro: el que no quiere creerse tal. En sus acciones hay resabios de vergüenza de la que el otro llama ingenuidad, y en su ímpetu por atraer a los que lo rodean pretende que no actúa sólo por su beneficio, buscando modos de explicar todas sus acciones por una u otra vía que suenen justas, que suenen comprensibles a quienes tal vez hayan salido perjudicados por sus decisiones. Intenta que los demás le den la razón cuando afirma que, aunque en apariencia él hace lo que hace sólo por él, tiene a los demás en cuenta. Puede armarse esta fachada como si fuera un estratega incomprendido, al que ya entenderán los demás a su debido tiempo, o solamente como alguien que hizo su mejor esfuerzo por beneficiar a los demás, pero que no era lo suficientemente apto para lograrlo (éste además logra la conmiseración, cosa que muchas personas buscan para ser atendidos por los demás). Él quiere que los demás le sirvan, pero no se les acerca lo suficiente como para serles de provecho. Este egoísta pretende que puede querer a alguien más que a sí mismo y juega todo el día a que los que están a su rededor le importan. Escribo esto consciente de que la mía es una exageración conveniente en el discurso, y que no hay sólo tres tipos de personas; pero valga por ahora para que salga a flote el egoísmo.

Ahora, los admitidos egoístas desagradan y alejan a la gente: por lo menos los que no creen en ellos tienen la oportunidad de buscar otras aguas menos hostiles; pero estos segundos se inmiscuyen entre los demás y no hay modo de descubrirlos. Se vuelven indistinguibles. Éstos son más peligrosos para sí mismos y para quienes los rodean; pero es en ellos en quienes podría notarse con más nitidez el hoyo que cavan a sus pies los más escépticos: la ficción de que uno disfruta estando con los demás no sería necesaria si el placer fuera la única cosa que nos importa. En efecto, si las cosas fueran como dicen los cínicos, no tendríamos que pensar que algunos mojigatos aún no se han dado cuenta de la verdad, porque todos, hasta ellos, sienten placeres personales. En cuanto esta ‘verdad’ se hubiera sabido, no habría en la Tierra quien quisiera refutarla, especialmente porque hacerlo es trabajoso, difícil, y requiere admitir la necesidad de la compañía de los demás para dialogar. De hecho, parecería imposible imaginar por qué alguien inventaría en algún momento de la historia la mentira de que la gente puede quererse mutuamente. El montaje del egoísta que finge interés sólo es necesario porque en el fondo cree que el placer solitario no aporta ningún beneficio más allá del instantáneo, y busca que los demás le den más, aunque nunca encuentre lo que busca, porque seguirá alejado de ellos. Está entre ambos mundos porque quiere los beneficios que prometen ambos.

El anhelo de placeres que no compartimos con nadie crece y crece, nos pide que los produzcamos con fuerza que cansa, y no es raro que los deseos más voraces terminen haciendo al más ávido de soledad el más dependiente de todos los hombres, pues lo que quiere para sí es tan grande que no puede él solo procurárselo. El egoísta convencido, por supuesto, me dirá que no es así, y que pensar que todos son herramientas no es lo mismo que decir que no se necesita de nadie; que simplemente los pone uno en su lugar. Se puede pensar que para cada muestra de familiaridad o ímpetu por relacionarse sinceramente con otra persona el egoísta tendrá a la mano una amonestación. Finalmente, aunque sea casi imposible argumentar a favor de la vida compartida ante los que pretendan alejarse de los suyos, esto no es razón para sentirse defraudados. Solemos confiar en quienes confían en nosotros, y por eso buscamos no a los autoexiliados, sino a quienes se pueden encontrar. Puede producir compasión notar que los que nunca hicieron nada para nadie más que ellos, poco a poco se quedan sin amigos y sus familiares se les alejan, pero no se les busca para amistarse. En realidad no tienen nunca cerca a “los suyos” porque no admitieron que hubiera en el mundo nadie digno de ese nombre, en primer lugar. Así es como les han dicho de frente, o con el tiempo han dejado notar, que no confían en los demás. ¿Y qué mejor manera de alejar a alguien que decirle que no es uno digno de confianza, además de decirle que no lo juzgamos digno de confianza a él? No hay una sola persona en este mundo que tenga control de todo lo que ocurre, ni siquiera quien domine completamente sus propios placeres y deseos. No hay quien pueda preverlo todo, ni quien se tenga planeado minuciosamente de aquí al último segundo de su vida. Estar a la merced del destino no es cosa sencilla ni digna de burla: la vida es dura para todos. Esto no es otra cosa que decir que aun si fuera verdad que estamos hechos para vivir solos, sería mejor que nos acompañáramos; y si así fuera, mejor que fuera sinceramente y no entre la agria vida de la desconfianza. Afortunadamente, hay todavía quienes piensan que no estamos hechos para vivir solos. Hay quienes piensan que es posible la amistad, y a ellos hay que acercárseles para probar juntos si es verdad, porque sería lo más benéfico encontrarla y no querríamos vivir con ningún otro bien, si nos faltara éste.

Ebenezer Scrooge

“Selfishness must always be forgiven, you know,

because there is no hope for a cure”

J. A.

Se rió. “Eso que dices son puros cuentos. Así es el mundo, aunque tú no lo quieras ver” –me dijo. Estos días, parecen tontos los que se atreven a cuestionar el llamado “egoísmo natural”. Eso, ha de pensar más de uno, sólo lo hacen los desobligados que creen que el tiempo sobra. Pero como no entendía, le pedí al burlón que me explicara bien. No se enojó, me insistió que mirara bien: que no había ningún sustrato ni fin último, que cada quien íbamos  y veníamos como mejor nos parecía, como mejor nos placiera o menos nos doliera. Los hombres así, le contesté, son una verdadera verbena. Y me dijo que sí. Que ni modo, que así era. Que así como a mí me gustaba el amarillo y a él el rojo vivo; así a todos nos gustaban miles de cosas diferentes y variadas. Que hasta en una misma persona, los gustos nacían, morían y cambiaban casi como parpadear.  Hoy podía  comprar un coche, mañana detestarlo y cambiarlo por una bicicleta hípster por la moda de no contaminar. Unos quieren coches, otros quieren casas, otros más, ropa y zapatos; éste es el único cuento que no se va a acabar. Aunque hubiera gustos diferentes, todos al final eran placeres. Somos egoístas porque, en el fondo, no nos importa nada ni nadie más. Nos importa sólo seguir viviendo y seguir satisfaciéndonos. Por eso tanta corrupción, por eso todos quieren pasar primero y se meten en las filas cuando están formados o manejando. Se había burlado de mí y quizá tenía razón. Se había burlado de que le dijera que, así como había mil ejemplos que comprobaban el egoísmo, había otros mil que lo negaban. Se había burlado de que le contara que el señor Scrooge, aunque satisfacía todos sus placeres, no era feliz. A pesar de su explicación, yo seguía pensando que era cierto.  Cuando jugaba fútbol, una vez me regañaron por pedirle perdón al del equipo contrario porque le había pegado. “¡¿De qué lloren en tu casa a que lloren en la suya?!”-me gritó el entrenador. Y así ha de haber mil frases que apoyan y defiendan al egoísmo y al placer como ejes de nuestros movimientos. ¿Tendrían razón todos éstos? ¿Nuestra humanidad y felicidad consiste en ser egoístas, satisfacer placeres y nada más? Yo no sé si todos los defensores de esta supuesta felicidad, hayan tenido alguna vez un amigo. Bajo esos términos no sé cómo puede existir la amistad. Resulta, además -y esto es tal vez lo más triste y peligroso- verdaderamente tortuoso, no sólo explicar, sino vivir en comunidad.

PARA APUNTARLE BIEN: “The world says: «You have needs — satisfy them. You have as much right as the rich and the mighty. Don’t hesitate to satisfy your needs; indeed, expand your needs and demand more.» This is the worldly doctrine of today. And they believe that this is freedom. The result for the rich is isolation and suicide, for the poor, envy and murder.” ― F. Dostoyevski en Los hermanos Karamázov

MISERERES: En este marzo, según datos de los periódicos y del INEGI, se dio la inflación más alta desde hacía diez años (.73%). Frutas y verduras, por ejemplo, incrementaron poco más de un 10%. Subió el huevo, el petróleo y hasta los servicios para el celular. Por otro lado, cada vez es más el ruido sobre la censura a periodistas políticos: censuraron a Mariano Barranco en Radio Centro y, en Veracruz, a una periodista que cuestionó el premio al gobierno Javier Duarte (se le reconocía, curiosamente, la “protección y defensa a los periodistas”). El Gobierno sigue prometiendo “transparencia”. Este artículo es sobre esto: http://www.sergioaguayo.org/html/columnas/Cuentasmochas_030413.html.

Lamento del Egoísta

«In the swirling curling storm of desire
unuttered words hold fast
with reptile tongue, the lightning lashes
towers built to last.
Darkness creeps in like a thief
and offers no relief.
Why are you shaking like a leaf?
Come on, come talk to me.»

Miro atrás primero, y miro mis ajadas manos. Qué tarde es para hacerlo. Mi trabajo no son esos muros, no son la piedra ni las lozas en el suelo, no son tragaluces en los techos, ni muebles, colecciones, botellas o aparejos. ¡Todo aquello que se quiebre y caiga carcomido! ¡Que se canse y se corrompa como cuando, quejándose, crujen los huesos caducos! Lo hice todo y nada tengo. No, mi trabajo son estas manos débiles y espinadas, y detrás de mí se extienden campos plantados de rencor. Hasta mis suspiros parecen falsos, me saben a una tristeza deslavada. Mis brazos perdieron su fuerza y mi cabello delgado ya es muy poco. Mi música –antes confiable y último refugio, estación de guerra– es un pobre pabellón desamparado, poblado sólo por polvo apilado. Pero no siempre fue así: antes, mi voz seducía mujeres y persuadía jóvenes con desbordada potencia. Alguna vez se me vio desde abajo, se escuchaba mi voz y se cimbraban las almas. Tuve voz. Ahora sólo ruega, en el fondo de esta casa que no reconoce dueño, con súplicas perdidas. Nadie queda que las escuche ni cuando sus cámaras están plagadas: ¡lastres, lambiscones, lombrices que lamen y beben la sangre y la aligeran, la languidecen! Y mis hijos… No pueden ver mis ojos, no alcanzo a ver a dónde miran.

Ahora que lo he perdido todo sostengo que nunca se me enseñó a mantenerlo; pero nadie escucha. Ahora que lo he perdido todo entiendo, o quiero entender lo que no tengo; pero nadie me explica. ¿Cómo es que no hay en este mundo perdón para un hombre que no hizo mal sino en su ignorancia, que no ha lastimado más allá de lo que ha sido él mismo herido por su debilidad? ¿Cómo no hay mérito para el único que acepta no buscarlo? Nadie me ve ya como lo que soy, nadie mira ya mi verdadero valor. Nadie me sabe a nada. Pero por eso nadie tampoco se entera de que no quiero nada para mí, pues pronto me iré: quiero que se cuide de los míos; pero nadie está dispuesto a hacerlo. Nadie me llorará cuando me pierda, pero yo aún ahora los lloro a ellos y en eso hallo un llano consuelo: por haberme ido no habrán perdido más que lo que les faltará por no llorarme.

Recuerdos, aromas y sabores

Hoy es día de muertos, o al menos eso es lo que dice el calendario, para las personas religiosas es día de los fieles difuntos, es decir, es un día para recordar a quienes murieron llevando una vida guiada por la fe, la esperanza y la caridad, recuerdo que pueda servir de guía a quienes fieles a la idea de que el amor al próximo y el perdón de las ofensas es posible.

Es claro que el sincretismo que se aprecia entre el día de muertos y la fiesta de los fieles difuntos no nos deja ver con claridad las finales intenciones de recordar a quienes ya no están, hay quien señala que esta tradición sólo ha servido para negar la responsabilidad de estar vivo, hay quien ve en la conmoración de los muertos la posibilidad de mantener un nexo con lo más valioso del pasado, es decir, con la familia y por ende con la comunidad.

Independientemente de cómo se festeje el día de muertos éste festejo no deja de ser religioso, pues depende de la creencia en un alma y del valor de aquellos actos que no dependen de la materialidad; quien festeja el día de muertos con ofrendas, o quien celebra a los fieles difuntos con misas y rosarios, no está festejando al cadáver que ya no es la persona que vivió entre los hombres, está festejando los actos de dicha persona, mismos que sirvieron para unir a la comunidad en la que vivió. Quien pone una ofrenda ya sea en alimento o con rezos sin creer que es importante recordar las enseñanzas de aquellos a quienes se ofrece el recuerdo, sólo está actuando para no olvidar una tradición que poco a poco se va vaciando de sentido y que no ende no merece ser conservada.

Hoy, es día de muertos y quienes dicen celebrarlo sin creer en la importancia de la comunidad no se percatan de que sus ofrendas ya no huelen como antes, ya no predominan los aromas del copal y el cempasúchil en unos lugares, y ya no huele a incienso y cera quemada en otros; ahora el aroma que predomina en los templos, el mercado y los panteones, es el aroma de la sangre derramada, el cual se ha ido mezclando con el olor de la pólvora quemada y de la tierra removida a fin de enterrar a tantos restos.

Quien celebra el día de muertos sin creer en la importancia que tienen el arrepentimiento y el perdón para que la comunidad se mantenga viva, no se da cuenta de que el sabor de estos días ha cambiado radicalmente, la boca ya no se deleita con azúcar y chocolate, ahora se tortura con el amargo sabor de las lágrimas derramadas a causa de la barbarie con la que pagamos nuestra soberbia.

Hoy recordamos a los muertos, pero lo hacemos anteponiendo los intereses del individuo a los de la una comunidad que se extinguió hace mucho tiempo, si es que acaso hubo alguna, o si acaso nos preocupa en verdad que la haya dejado de haber.

Hoy es día de muertos y nuestro propio egoísmo nos ha dejado miles de cadáveres a la puerta para recordarnos que dejamos de recordar.

Maigo