Apariencias

Llegó lo inevitable, se cayó la máscara porque terminó la mascarada. Después de la fiesta sólo quedaba el maquillaje corrido por la presencia del agua en su cara.

Se vio en el espejo, notó que ya casi no tenía tinte en el pelo, vio sus carnes, sintió alivio porque ya no traía la faja que tanto le asfixiaba, se quitó los zapatos, eran incómodos, pero durante la fiesta no podía hacer nada al respecto.

Debía sonreír, tenía que ganar a como diera lugar el reconocimiento que merecía por ser altruista y buena persona, en el fondo sabía que eso también era apariencia.

Llegó lo inevitable porque la mascarada se había terminado, miró su reflejo y notó que al fin se veía como realmente era, después de tanto fingir, después de tanto desmañanarse para poder arreglar lo que consideraba importante, algo que a nadie importaba y que sólo servía para que le criticaran.

El tirano frente al espejo se dio cuenta de que las apariencias engañan, y a quien más habían engañado era a él, de nada le servía su sonrisa, ya no encantaba a nadie, de nada le servía la faja, había comido tanto que su panza se asomaba de todas maneras.

De nada servían sus andanzas por tantas calles y caminos, sabía que su andar no le había llevado a ningún lugar, de nada servían los aplausos y vítores, porque los recibía a fuerza de pago y a fuerza de gritos que eran respondidos con un gesto adusto y con palmas sin ganas

Las apariencias engañan, y el más engañado es el que aparenta y pretende enredar en su telaraña a los otros, porque lo cierto es que de los tiranos siempre quedan sólo despojos, huesos secos y palacios vacíos y la lección clara de que las apariencias engañan.

Maigo

Aspirantes

Hay tantos aspirantes a puestos públicos hoy día, tantos pensando en encuestas y Sigue leyendo “Aspirantes”

Ciudad partida

Partieron de la democrática idea, los recién revolucionados, de pensar que por fin podía decirse lo que se pensaba y debatirse lo que se defendía. Se agruparon tras los discursos y se ofrecieron razones a caudales. Cuando Porfirio Díaz acababa de dejar el poder en el México del joven siglo XX, se vivió un momento de inusitada apertura. Los grupos con diferentes intereses y posturas políticas empezaron a aparecer por montones. Durante el poquito tiempo que Madero presidió al país, muchas diferentes corrientes además de la que ejecutaba el poder se hicieron sentir hasta que pareciera que todos los que contaran con una opinión podrían ofrecerla a la consideración seria de sus conciudadanos. Públicamente, estas corrientes se proclamaron como distintas convicciones al respecto del mejor modo de gobernar y de la mejor vida a la que aspirar: el Constitucional Progresista, el Colectivo Nacional, el Popular Evolucionista, el Liberal Rojo, etcétera. Estos proyectos políticos pretendieron ser partes de una comunidad política que dialogara, deliberara y tras la confrontación, eligiera qué conviene más hacer. De ahí que a éstos y a los que les siguen se les llame partidos políticos.

La democracia no reconoce el mérito de los hados sobre el mérito de la elección, ni el de la casta o abolengo sobre el de la voz o el acuerdo, ni mucho menos el de la hacienda sobre el de la ley. En comparación con otras formas de gobierno, en la democracia la elección radica en una mayor cantidad y diversidad de personas. Por ello, su vida política es efervescente y también por ello, la comunidad democrática está necesariamente partida. Antes de la alarma del sensacionalista: no todo lo partido está en guerra consigo mismo. El lenguaje español es brillante en este punto: las partes que son comunes se comparten, y se participa en cualquier conjunto del que se es una parte. Esta cercanía de las partes que somos, nos permite con-sentir la existencia del otro, sentir compasión, imaginar su dolor y su placer: nos permite amistarnos. La comunidad democrática vive la amistad a través de la palabra que comunica sus partes. Así, los partidos políticos pretenden, en principio, asentar la amistad posible entre la diversidad de la palabra. Diversidad que no es variedad por el placer de lo distinto, ni por la emoción del capricho; sino más bien diversidad en que se admite la dificultad de hacernos bien. A través de este ejercicio del debate y la búsqueda seria de la expresión clara de convicciones políticas, llega a unir a la comunidad, si no otra cosa, la elección de tal unión en la búsqueda. La comunidad partida está de acuerdo en que todos sus miembros pueden ejercer su voz buscando la mejor vida. Inclusive en una comunidad de tamaños inconcebibles, la representación ministerial pretende (insisto, en principio), reconocer la voz de cada miembro y con ello, permitir el ejercicio libre de la ciudadanía.

La voz sin significado es otra cosa, no voz. El discurso sin razón es también otra cosa. Ambos son usos perversos de la palabra. El hombre no puede ser cualquier cosa y no puede hablar bien de cualquier modo tampoco. La confusión de la razón provoca fracturas a lo largo de todo el tronco político, lo va secando y debilitando. El discurso se obscurece. En una democracia así obscurecida, la natural turbulencia se torna ciclón. En este blog lo ha leído el lector, de varias voces además de la mía: la política se nos ha vuelto tiránica y el gobierno degenera en administración de la violencia. No es escándalo (aunque sí merezca alarma), sino llamado: hace falta sentido, hace falta razón. Y se nota: una democracia cuyos ciudadanos eligen a sus ministros sin deliberación, cuyos comicios son comedia, cuyos debates no tienen pies ni cabeza, cuyos partidos están convencidos de mucho pero nunca de convicciones políticas; una democracia así, es otra cosa. No sé si en el pasado, cuando el ánimo de libertad abrazó a los recién revolucionados, los partidos políticos fueron diferentes; pero sé que nuestros partidos políticos no tienen dirección ni programas para un orden que busque el bien. Sé que son grandes negocios y que a sus miembros no les interesa la ley sino por cuanto no caiga pena sobre ellos. Sé que no tenemos candidatos a ministros que entiendan su papel; que cuando discurren no dialogan y que no lo hacen ni cuando dicen dialogar; que declaran estar en guerra unos contra otros, y que se nombran ganadores al recibir la corona del más alto porcentaje, como si fuera éste un premio personal; y que se ufanan de pisotear al que llaman vencido con plena ostentación de su violencia. Y quienes a ningún puesto aspiramos, de todos modos seguimos el mismo juego ya en la acedia, ya en la desidia, ya en la indignación. Nada puede defenderse cuando no se piensa nada. Ningún deseo es justificable en la mudez (que no es lo mismo que silencio). Vemos la representación de la guerra y mantenemos el simulacro si descuidamos la palabra. Y eso pasa diario, pero aun más conspicuo es durante las campañas de los «políticos» de los partidos en sus promesas, sus actos y muy importantemente, en sus apelaciones a lo que saben que quiere quien los oye. Los partidos políticos no están poblados de gente superior (eso sería antidemocrático), sino de gente común y corriente. El deseo que atrae a sus partidarios es igual de común y corriente: el deseo de poder. Pero no pueden conservarse al mismo tiempo la ciudadanía y la voracidad por el poder. El orden sin idea del bien, la agitada vida pública sin verdad, la normalización de la mentira en el discurso, la seguridad y la hábil administración de los recursos en la censura y la opresión, no apaciguan la violencia; ésta sigue de cerca hasta al conformista y al obediente. Por ello estamos partidos. Toda democracia lo está; pero nuestra fractura es la que separa a los enemigos. No hay peor mal para la comunidad que la enemistad. La barbarie arruina la ciudad: empieza hendiendo una fractura, pero tarde o temprano, la parte.

Apocalíptica política

Apocalíptica política

 

Enrique Krauze ha llamado Biografía del poder a su recolección de la historia de México. Captando como pocos la metáfora paceana de la piramidalidad mexicana, Krauze nos ha mostrado que en el México moderno el tiempo se mide cíclicamente entre el nacimiento y el ocaso del tlatoani en turno. La cuenta larga del tiempo postrevolucionario comprehende la cuenta breve de los sexenios priistas. La necesidad del tiempo cosmológico prehispánico encontró su expresión en la permanencia en el cambio de la Revolución Institucional. La sumisión al tlatoani y la capacidad de coerción que hicieron posible al régimen priista tuvieron su fundamento en la necesidad cosmológica. Transitar a la democracia impelía, por tanto, la desmitologización.

         La Ilustración liberal, empero, siempre supone una Arcadia; regularmente supone la arcadia del progreso. En el caso mexicano, a la par de la Ilustración liberal se impuso un mito pragmático: si en nuestras manos está el advenimiento de la democracia (tesis liberal), nosotros podemos acelerar el ciclo cósmico (mito pragmático). Fue la fe del 97 que reificó en el 2000. Sin embargo, el mito pragmático impuso un imperativo: el tiempo cósmico perdió su cuenta larga y el cambio se volvió inminente. Si en nuestras manos está el tiempo cósmico, los ciclos son producto de nuestro hacer, los ciclos provendrán de nuestras manos. Si nosotros originamos los ciclos, la democracia no puede ser meta en el camino, sino producción posterior a la consecución del poder, a nuestra consecución del poder (de ahí la reelaboración de la etimología del término “democracia”). Para que todo cambie definitivamente se requiere un nuevo fundador de ciclos. La cuenta breve pende de una mano imperiosa. Imperativa se volvió la llegada al poder del Mesías Tropical.

         El imperativo mesiánico de los nuevos tiempos se expresa recurrentemente en las exigencias de un cambio inminente. Si la mala administración del presidente toma cualquier decisión medianamente impopular, torna mito popular que se ha llegado a un límite último y que su renuncia, su caída o su destitución es inminente. Si las protestas tornan nuevamente violentas, torna mito popular que viene la revolución, que ha despertado el México bronco, que el cambio radical de la totalidad es inminente. Y si vivimos un periodo electoral, torna mito popular la inminencia de la alternancia, la necesidad dicotómica de aglutinar los votos, la aniquilación de la diferencia en una alianza opositora efectista y, claro está, la falacia detrás de la promoción del voto útil. Situar a una elección como eschaton es la nueva mitología cosmológica del tiempo mexicano. Nuestra política ha tornado apocalíptica.

         Cuando los nuevos mitólogos no puedan sostener la inminencia estaremos en problemas. Cuando los cristianos no pudieron explicar el retraso de la parusía surgieron las posiciones milenaristas, que podían fincarse en la cosmología del eterno retorno de los paganos. En México, en cambio, la mitología prehispánica propiciaba a los dioses mediante un sacrificio sangriento: de la sangre manante de un corazón recién cercenado pendía el reinicio del ciclo cósmico. ¿Qué tan inminente es ahora la inminencia?

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Ayer se cumplieron 32 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. Sobre el caso hay que señalar que la PGR investiga las posibles relaciones de funcionarios con Guerreros Unidos. 2. Nuestro mundo está invadido por la acedia, lo que se muestra en su aparente ilegibilidad. Lo explica Javier Sicilia. 3. El delegado morenista de Cuauhtémoc, Ricardo Monreal, mandó golpear a un grupo de vecinos que se manifestaba en su contra. Claro, don Ricardo lo negará, como siempre, dirá que es un compló, como siempre, que las cosas no son así… El estilo monrealista. ¿Ya se le habrá olvidado que en su campaña prometió un referéndum revocatorio para este año? 4. Y el estilo de López Obrador, ya se sabe, es el de la ofensa “con todo respeto” y la justificación de las corruptelas amorosas. Digna de escucharse la entrevista que el Mesías Tropical le dio a Pepe Cárdenas, pues nos muestra en toda su talla el autismo funcional de un político mentiroso. 5. Las cosas buenas casi no se cuentan… dice el presidente. Y dice Animal Político que en la primera quincena de mayo la inflación presentó su mayor nivel en ocho años. ¿Eso importa? Pues importa en la medida en que el dinero cubre menos gastos, los precios se elevan y se desequilibra la relación entre producción y demanda. Pero dice el presidente Peña que hay cosas que no se cuentan. 6. Deberá guardarse el editorial de La Jornada del jueves 25 de mayo de 2017, donde se consigna la censura al medio por parte de la Sedena. De pronto, la Sedena cambió su postura de los últimos tiempos e impidió el paso a uno de sus eventos a un reportero que ha cubierto la fuente por 22 años. Raro, ¿no? 7. Y Carlos Puig señala la islamofobia mexicana.

Coletilla. “En el espejo del tiempo, las parejas que se aman mantienen intacto su reflejo”. Jorge F. Hernández

Economistas sin casa, estadistas sin país

Los medios de comunicación suelen estar enfrascados en batallas retóricas. Que conste que no digo que todos las pretendan; pero hasta el reportero más purista, el cronista más meticuloso, el editor más objetivo, hacen juicios. Y las personas somos bien buenas para buscar juicios en toda otra expresión humana, incluso cuando tratan de escondérnoslos con una prosa seca casi científica. Así somos para bien o para mal. No lo digo en detrimento del periodismo ni del historicismo, no creo que haya ningún modo humano de hablar sin juicios: apenas pierde uno el juicio, deja de entendérsele lo que dice. Desde que alguien elige hablar de una cosa en vez de otra, o decide que es más objetivo decirlo así o asado, hace ya un juicio sobre cuál cosa de su relato es verdadera y cuál no. Los que leemos y escuchamos nos damos cuenta de esto apenas hacemos un pequeño esfuerzo, y se nos revela que los medios de comunicación se la viven deliberando y moviendo a deliberar, convenciendo y moviendo a convencer, acerca de lo perjudicial (poquitas veces, también de lo provechoso) con aludes de retórica. Admitiendo esto, pues, el lado bueno del asunto es que la retórica no es necesariamente esa cosa monstruosa y manipuladora que persuade solamente de mentiras destructivas y seduce para actuar contra la voluntad. En realidad, aunque sea tan difícil hacer la diferencia y solo pocas personas tengan la agudeza de visión necesaria para notarla, el buen rétor sería quien nos convence de lo que más nos vale convencernos. El buen rétor sería el orador que logra hacer visible lo verdaderamente conveniente entre personas que no están viendo qué les conviene.

Desafortunadamente, los medios de discusión en nuestro país son paupérrimos. La falta de seriedad para dialogar nos sumerge peligrosamente en batallas retóricas que son libradas entre oradores ineptos y con argumentos chafas. La demagogia reina en nuestra tierra sin oposición ni freno. Hace muchos años, las apariencias, cuya guarda es indispensable para la demagogia, se manifestaban mucho en palabrerías, discursos y proyectos atractivos porque en estas cosas descansaba la opinión de los votantes (que en nuestra comicracia equivale a los «participantes políticos» de los países donde sí se cree en la política). Conforme más está la mayoría de la gente convencida de la veracidad de las encuestas y la supremacía sapiencial de la ciencia de la probabilidad, más se han inclinado los remedos de oradores públicos a hacerse del baluarte de la estadística. Esto, por supuesto, incluye al periodismo y a la difusión de la información de nuestros asuntos políticos.

Dos mentiras comunes y corrientes son las conclusiones sacadas de contrarios que no existen, y las evasiones de respuestas aludiendo a números, programas y demás residuos de la burocracia. Lo primero pasa cuando, por ejemplo, un partido político ataca a otro sugiriendo que uno está bien y el otro está mal en absolutamente todo sólo por estar cada uno en lados opuestos del pleito (y eso suponiendo que hubiera pleito). Hasta risa da que para estos «políticos» no haya más significado de izquierda y derecha que el que entiende un niño aprendiendo a nombrar la mano con la que agarra la crayola. Esto evita que nos hagamos preguntas sobre propuestas específicas, sobre su viabilidad, su utilidad, su justicia, o de plano sobre qué tan irracionales son. Nos priva de la seriedad de una discusión sobre verdaderas alternativas, y por supuesto, contribuye grandemente a que el espectáculo sea magnificado como si hubiera oposición mientras no se está peleando nada de verdad. Aparte, promueve tremendamente la enemistad, haciendo desplantes sensacionalistas de desprecios, traiciones y cochineros impresionantes. La segunda de estas dos mentiras, radica en la idiotez de hacer pasar estadísticas por esfuerzos reales y números por preocupaciones. La estadística, así de obscenamente blandida, oculta las tremendas incongruencias de la vida pública. Por decir: México se compromete internacionalmente a bajarle a la contaminación; pero no deja de construir super vías, de vender cantidades irrisorias de automóviles y de extender permisos depredadores, devastadores de hectáreas y hectáreas de terrenos nacionales. Luego, invierte dinero y recursos en programas de cortos alcances con nombres bien ecologistas, y cada realización (o presunción de ella) la festejan en las estadísticas: subimos tanto por ciento en uso de bicicletas, o estamos más arriba que tal otro país en las medidas precautorias contra la mala calidad del aire, o ya tenemos esta nueva ley contra el mal despojo de desechos tóxicos, etcétera. Y aunque la realidad fuera que ahora hay 1000 bicicletas más que antes, también lo sería que hay 80 000 carros más por cada millar de bicis. Pero lo que se anuncia es lo primero y con la excusa de que somos un país en vías de desarrollo, se da por demostrado que se está haciendo el esfuerzo. No es que andar en bicicleta sea malo, sino que si nos interesara de verdad preservar el medio ambiente, haríamos otras cien cosas antes. Estos procedimientos no se preocupan por lo importante (como, por ejemplo, que no vivimos en paz), son tremendamente injustos, y todo esto es tan obvio que duele: pero domina la estadística y en las discusiones mediáticas calla al buen sentido. Más bien, lo deja hablando solo. ¿No es por eso que se atreve un alto funcionario supuestamente experto en economía a decir que estamos excelentemente, porque los puntos de tal cosa o tal otra van a la alza?

La política no se hace con números. Quien mide lo terrible de la guerra fijándose en la cifra de los muertos no ha entendido nada del sufrimiento humano. Las preocupaciones verdaderas no se muestran con esta estadística, que para lo verdaderamente valioso no nos sirve de casi nada. O más bien, sirve por lo regular al ocultamiento de la injusticia. La mala reputación de la retórica parece confirmada cuando todo es palabrería que discute mal todas las cosas incorrectas. Si alguna vez fuéramos a tener posibilidad de discurso público valioso, de la participación en serio en la vida comunitaria, y de deliberación sobre opciones, acciones y responsabilidades, antes, tendríamos que preocuparnos por cómo viven las personas, por lo que en realidad sufren, por la facilidad o dificultad para verse a sí mismas como dignas, por la familiaridad, la amistad y la sincera estima de la vida humana que impera entre nosotros. Sin eso, la política no es más que un negociazo, la palabra es competencia y comercio, y la desgracia de los otros no es sino una oportunidad más en el amplio mercado del poder.

A propósito de la primavera

A propósito de la primavera

A muchos nos indigna que la política mexicana parezca el teatro del absurdo, o una novela de televisión. Nos indigna, decimos, ver que en las candidaturas haya hombres que no gozan de prestigio o de experiencia política. Ante la amargura que produce vislumbrar la famosa semejanza entre la política y los circos, ante el espectáculo, nosotros armamos muy bien otro tipo de telenovela: el drama que surge de la lamentación por la efectividad que se anhela en el ya clásico “por eso estamos como estamos”. Ello nos arrastra, no sin cierta naturalidad, a dramatizar nuestra búsqueda de identidad con el sambenito del agachado, del pobre y del subdesarrollado, todo lo cual produce bajeza moral, apego a los instintos: infelicidad.

Darse el aire de civilizado, lo cual hemos hecho más de una vez, envuelve siempre una ambigüedad que me deja absorto: el devaneo y la caricia de lo que nos otorga, según, la posición privilegiada del juicio, que es la educación progresista. El paraíso del cual provienen esos altos soplos fue moldeado a partir de un mito tan grande como el firmamento, que es el del bienestar burgués. Es decir, generalmente degradamos a los “vendepatrias” por ser inefectivos para el progreso y por estorbar, con su corrupción y su deshonestidad al florecimiento de nuestro país. El otro lado del argumento es que la paz material que buscamos no se encuentra porque lo amargo de la experiencia política proviene de lo cotidiano de nuestras relaciones más inmediatas.

Querer resolver la crisis espiritual con una revolución de tweets bañados de nuestra indignación no hace la discusión pública, sino que encubre nuestro amor al mito del bienestar burgués. La mímesis del intelectual progre destruye más de lo que podría edificar, pues está velada por un pudor más tenso, fuerte y mezquino que el de los vilipendiados puritanos: el pudor que produce el mito del bienestar burgués, lo incuestionable del progreso como meta, y del placer que promete. Con ese ritmo tan acelerado, tan vanguardista, la simulación del hombre culto se echa la soga al cuello al deplorar lo esencial para la comprensión de los problemas políticos: la experiencia de la naturaleza humana, con todas sus dimensiones; digo que destruye eso, porque, precisamente, lo que vemos con las guerras armadas de internet es, en vez de liberación intelectual, lo contrario.

El mito al que aquí hago referencia es un problema digno de pensarse, pues es nuestra máscara más grande. Es cierto: la realidad política del país no concuerda con los calores de la primavera, sino con los del más ridículo desierto. La revolución, no obstante, es otro mito burgués. La cultura no es un arma, sino una palabra que, desde su significado, está en relación con las artes de la paz y el fruto trabajado de la tierra. Ella no funciona, estoy convencido, si no se entiende, básicamente, como conversación. Y entenderla como conversación es entenderla, sobre todo, como vínculo entre hombres naturales. La queja y el lamento son vacíos cuando ellos no nos hacen llegar a notar los abismos de nuestro espíritu conformando la experiencia privada y pública que se entreteje en toda comunidad, sólo destruyen la posibilidad de dicho entramado, antes bien, la pervierten. Eso, sin embargo, no es el drama de la efectividad y la infelicidad burguesa, sino que pertenece a la posibilidad de sostener una conversación, que, hasta donde sé, no se hizo para ser práctica como los remedios caseros. No sanemos los absurdos del espectáculo con el ridículo drama del barbarismo burgués.

Tacitus