Antídoto

No digo que esté enfermo de amor

porque decir que estoy enfermo de amor

sería decir que estoy enfermo de ti

y tú no eres una enfermedad:

eres el antídoto contra la oscuridad del mundo.

Gazmogno

La máquina del placer

He decidido tratar sólo un poco de un asunto que, aunque me guste, por reserva suelo cuidarme de hablarlo; principalmente por lo sencillo que es malentendernos con respecto a él. Me refiero al placer. Sé que es espinoso, probablemente porque todos lo sentimos tan de cerca que difícilmente aceptamos a quien nos intenta decir qué es como si no lo supiéramos ya, o a quien pone en duda que sea muy fácil comunicarse sobre qué es eso que se siente cuando se siente placer. Muchas veces al discutirlo (de por sí es raro hacerlo) no vemos diferencia entre el placer de esto o de aquello, nos parece que es igualmente claro en todos sentidos. Lo que nos place, y al contrario, lo que nos duele, parece el modo más visceral y original de encontrarnos con lo que está bien y lo que está mal. Esto es obvio en nuestras costumbres. Somos muy adeptos a la medicina porque nuestro paradigma del bien es la salud (y el de la sabiduría es la ciencia dura) y en público tanto como en privado, en la televisión como en conversaciones, y hasta en nuestros anhelos revelados o secretos, se nota que aquello que casi cualquiera hoy aceptará desear, por más que le faltara todo lo demás, es estar saludable. Esto revela que si acaso creemos que hay algo bueno para el hombre, sea quien sea, esto se verá claro en el placer que sentimos, en el placer corporal (¿hay otro?) de funcionar como debemos. Lo que está bien se siente bien, de allí es obvio que la mejor vida es la que se siente mejor. Parece clarísimo.

El placer y el dolor son la guía de las vidas de muchos porque en sus señales parece no haber equivocaciones: lo que duele no puede estar bien, así como lo que place no puede estar mal. Las bestias así viven, es su naturaleza alejarse de lo que no es bueno para ellos, y –nos explican los biólogos– el ingeniosamente fascinante modo de hacerlo que se le ocurrió a la naturaleza fue dotarlos de un mecanismo que los recompensara por procurarse y castigara por destruirse: el placer y el dolor. Los organismos naturalmente funcionan así, y no es distinto lo que nos compelen a hacer los anuncios de productos comestibles que aseguran que nos harán puro bien porque son bien naturales. Tomamos a la naturaleza por garantía de lo que debe ser, por eso los niños chiquitos (no modelados por la ciudad) y las bestias son ejemplos de naturaleza. Nosotros complicamos mucho las cosas porque no hacemos lo que debemos hacer. Se dice que nos ciega la razón, esa cosa que no está en ningún otro lugar de la naturaleza, en lugar de “dejarnos llevar” por lo que sentimos: lo que nos place y lo que nos duele. He escuchado más de una vez a quien dice de un modo o de otro que el ser humano es desafortunado comparado con el resto de los vivientes en el mundo, porque él se da cuenta de todo lo malo que le pasa y se lo provoca sin mesurarse o detenerse, mientras que los demás animalitos viven muy contentos y tranquilos “sin preocupaciones”, sólo se acercan a lo que les conviene y se alejan de lo que no. No comen más que lo necesario, no se mueven de más, no se confunden, no tienen anhelos terribles. Si no pueden evitar lo destructivo, se mueren y ya, sin haber nunca sabido sabido que iban a morir.

Aunque al decirlo así aparece una contrariedad que tal vez no suponíamos al principio: ¿por qué ocurre que nosotros los humanos sí podemos acercarnos a lo que no nos conviene? ¿No debería dolernos desde antes para que supiéramos que estamos metiéndonos en algo perjudicial, así como sabe mal el hongo que no debe tragarse? ¿Tenemos una respuesta si nos preguntan por qué algo que nos complacía resulta nocivo? Lo común es que juzguemos el dolor como la prueba (antes de la cuál pareceríamos estar en completa obscuridad al respecto) de que lo placentero era inconveniente. En realidad, quien mira así las cosas no está muy mortificado por el mal del placer, sino porque después de haberlo tenido se le haya presentado esta enfermedad (porque seguro seguimos hablando de enfermedades). Es decir, el placer no es el malo, lo malo vino después por descuido o por mala suerte. Por un lado, si se encuentra una forma de anular ese dolor, el mal parece dejar de existir. Hay anuncios de la televisión que ofrecen productos que hacen posible comer lo que sea sin sentir después los estragos del ácido, y todo medicamento contra la resaca se ofrece también así, como la manera de convertir el exceso de bebida en algo bueno, prometiendo dejarle sólo lo placentero y eliminando toda consecuencia posterior. ¿Qué es la gula? Ninguno de los que fueron considerados vicios está exento de ejemplos, pero la comida suele ser el más suave y eufemístico. Sin embargo, nos sigue faltando la pieza realmente importante del misterio: ¿por qué ocurre todo esto? ¿Por qué deseamos tanto que nuestros placeres se extiendan hasta el límite exacto anterior al dolor, y en ello, fallamos? ¿Por qué los seres humanos pueden destruirse a sí mismos?

Al intentar responder resulta que nunca es tan sencillo, y que la aparente claridad que tenía el proyecto de siempre acercarse a lo placentero y alejarse de lo doloroso es ilusoria. Para empezar, ninguna experiencia del placer considera un solo aspecto de nosotros, porque una cosa es el gusto del alcohol en la lengua y la garganta, y otro es la soltura de la deshinibición. Otra perspectiva nos deja ver que muchas veces nos sobreponemos a dolores que consideramos de grado inferior al placer que nos ganamos por soportarlos, ¿y cómo los graduamos o cómo los medimos? Vaya, habrá muchos modos de percatarse de la grandísima dificultad, pero éste es uno que se me hace claro: nuestras vidas comprenden una cantidad tan inmensa de situaciones que caben dentro de lo conveniente o lo inconveniente, que no es posible que todas se den sin cruzarse unas con otras. No es posible que la vida siempre tenga un solo curso para todos sus sentidos y que ninguno de ellos interfiera con el sentido de alguna otra cosa. Es perfectamente comprensible que el bien de una sea el mal de otra, y que uno de ellos sea peor o mejor para nosotros. Y aún así, no es sensible negar que experimentamos cada diferencia de éstas como algo íntegro que es toda nuestra vida. Los diferenciamos, pero seguimos llamándolos nuestros placeres. Incluso si nos mantenemos observando sólo nuestra comprensión de cuerpo, la salud no se puede mantener dándole placer a todo él, órgano por órgano (abundan los casos de medicamentos que arruinan algo curando otra cosa, por poner ejemplos), y así tampoco se puede sostener la vida humana por completo queriendo suponer que todo es bueno siempre que no se dé con una enfermedad, o que la solución al mal está en el paulatino adormecimiento del pesar. La vida no es mejor anestesiando el ánimo hasta no poder sufrir por nada (o el comatoso es el más feliz). Creer que placer y dolor son indicadores unívocos es más bien creer que no tenemos vida. Es creer que somos una máquina buscando en cada parte su provecho, triste ilusión que no puede entristecerse, y cuyas fracciones tienen cada cual su proyecto propio (¿cómo puede una porción tener proyectos?). Si placer es que cada célula del cuerpo esté llena de sus componentes constitutivos, entonces no sabemos nada de nosotros porque nadie siente en cada célula; y si no es así, ¿entonces qué es? ¿Es puro teatro? ¿Montado por quién? Si uno se piensa así muy seriamente, ¿entonces qué demonios significan el placer y el dolor? Debe ser de otro modo, y me encantaría decir bien de qué se trata, pero por lo pronto me parece de lo más difícil.

La salud y la enfermedad.

Reconocemos a un cuerpo enfermo por oposición a un cuerpo saludable. Vemos en el enfermo el exceso o el defecto que nos permiten distinguirle, y en ocasiones hasta adivinar la causa por la que se encuentra en ese estado. Nos preocupamos por lo que vemos y por lo que siente el enfermo o por lo que nosotros mismos sentimos cuando estamos así, enfermos, pues absurdo sería que alguien gustara de estar enfermo y del dolor que suele acompañar a la enfermedad.

Si fuera el caso que todos naciéramos enfermos o que sólo algunos cuantos nacieran saludables; entonces, al acostumbrarnos a lo que viéramos o sintiéramos ya no reconoceríamos al enfermo como enfermo y al sano como tal. Muy probablemente nuestro juicio sobre la salud y la enfermedad sería el inverso al que es ahora. Vemos que no podemos reconocer a lo que está enfermo si no hemos conocido antes a lo que está sano.

Este reconocimiento de lo enfermo a partir de lo sano es inmediato cuando hablamos de la salud del cuerpo, pues inmediatamente vemos que un cuerpo vigoroso y bien formado es hermoso en tanto que saludable, su presencia es grata a nuestros ojos y su ausencia puede causar aflicción cuando lo que tenemos en frente es todo lo contrario al vigor y a la bella forma que le acompaña.

Sin embargo, si pensamos en el alma, vemos que el reconocimiento de la salud o enfermedad de la misma no es tan inmediato como el de la salud del cuerpo, pues trabajo nos cuesta en primer lugar aceptar que hay alma, y en segundo que ésta también puede enfermar, perder su vigor y la forma que la hace bella, al tiempo que va prefiriendo lo que la envilece.

Más trabajo nos cuesta reconocer lo enfermo del alma, si ya no vemos a lo vil como tal, es decir, si cada vez nos volvemos menos capaces de distinguir a lo que es bueno de lo que es malo, y si sólo vemos en lo vil puntos de vista distintos que deben ser tolerados y respetados como tales. Pero esta dificultad es mínima, en especial si juzgamos a lo vil y a lo noble desde nuestro particular punto de vista, pues en este caso, vil será lo que no nos parece y bueno aquello que concuerde con nuestros gustos. Juicio que no deja de ser simplón y quizá igual de enfermo que el procede de los juzgados.

Mas si el juicio sobre lo vil y lo noble, o sobre la belleza y la fealdad del alma dependen ya no de maneras particulares de vernos a nosotros mismos, la dificultad de reconocer a lo bueno como bueno y a lo malo como malo se ahonda, porque para poder realizar tal distinción es necesario preguntar en primer lugar si nosotros no juzgamos a partir de una mira corta que nos impida reconocer lo que de vil o poco noble pueda haber en nuestra propia alma.

De este modo vemos que sólo vemos al alma noble y bella en la medida en que vemos lo que es noble y bello, y sólo somos capaces de ver si vemos lo que es noble y bello en la medida en que somos capaces de dar cuenta de ello, porque sin la disposición a defender a lo noble como noble y a lo bello como bello sólo decimos de algo que es de determinada manera sin que ese juicio nos afecte en algo, es decir, sin que ese juicio sane nuestra alma enferma o la mantenga gozando de cabal salud.

 

Maigo.

Epidemia Amorosa

Es virtud del habla ser clara y no baja.

Hace poco leí un escrito que hablaba sobre el amor, y lo retrataba como una enfermedad altamente peligrosa. Más lo sería ahora que llegó la primavera. Decía en tono juguetón cuáles eran las recomendaciones que podían dar los expertos para alejarse lo más posible del evento de contraer el “espantoso bicho”, recordando constantemente lo inútil que era intentar prevenirlo de todos modos.  Comentándolo en la semana me fui a dar cuenta de que esa posición sobre el amor es bastante común y me extrañé, pues aunque fue una lectura divertida, me parecía más evidente que hablar así del amor no hace más que en la superficie tratarlo a modo de juego. Sólo puedo explicarme esa facilidad para aceptar hablar de lo que nos concierne tan cercanamente sólo a modo de juego, y de adoptar ese discurso como afirmación de nuestra posición al respecto, como suma desconfianza en la palabra.

No desdeño, claro, que la analogía pueda decir algo, pues el escrito atinaba a resaltar varios aspectos de la experiencia amorosa. Un ejemplo de ello es el primer momento en que uno se sabe enamorado, pues al sentir la impotencia ante ese cambio que ha ocurrido en uno, podría pensarse en la caída a una enfermedad ya ineludible y latente; o por decir algo más, el martirio de no ser amado del mismo modo en que uno ama parece dejar al sufriente peor de débil que las migrañas o las infecciones estomacales.

Por otra parte, las recomendaciones preventivas de los médicos se dan en un tenor de método veloz y fácil de seguir, y hablar así del amor es superficial y desapasionado: no es cierto que pensemos en alejarnos de quien amamos como nos alejamos de los infectos de gripe. ¿Y cómo se compararía con una patología aquel momento en que el amor lo consume a uno mientras intenta dormir y, como atrapado por la fiebre, cierra los ojos sólo para ver más vívidamente las imágenes de las que se quería escapar en primer lugar? ¿O qué clase de desorden sería éste cuando se torna amarga la sensación en el pecho y la boca del estómago al quebrarse el amor y tornarse en desamor?

Las ventajas de esta metáfora del amor como enfermedad son menores a sus desventajas. Es evidente que el poder del amor nos altera, haciendo que nos sintamos otros distintos, y que no nos expliquemos su procedencia; algo como cuando nos airamos y nos “salimos de nosotros” (o de quicio). La claridad del juicio y la capacidad de sopesar con cuidado los proyectos y las alternativas de lo que hacemos se vienen abajo por completo como lo hace la capacidad del cálculo con la fiebre alta, o la fuerza con el dolor de estómago. Sin embargo, pienso que exactamente lo que hace del amor uno de los más grandes misterios es aquello que esta metáfora oculta: no es un cuerpo ajeno ni tampoco un transtorno del estado natural. El hombre sin amor no hace nada. El enfermo está por definición peor que el sano, pues no está como debe de estar. El enfermo sólo lo nombramos así porque está en falta, o lo que le sobra le excede y, como veneno, lo destruye. Mas el amor es sólo en muy poco semejante a aquellos estados, pues el juicio difuso que lo caracteriza es a la vez un ímpetu endiosado e inspirado, y lo que le sobra al enamorado es el vigor para acercarse a aquello que quiere cerca (y si acaso algo lo destruye, no es ese vigor, sino la falta de lo que anhela).

Si una metáfora está bien hecha, logra que lo que es obscuro se aclare, y que quien no había podido ver algo llegue a observarlo gracias a la nueva comparación. Mas si hablando resulta que lo que era obscuro se entiende aún menos, la metáfora sobra. Por fortuna, no es enfermedad el amor, que si lo fuera, los médicos en su ingente progreso encontrarían la manera de ahogarlo con pastillas y librarnos para siempre de él.