A Hurtadillas (segunda parte)

Ya no recuerdo cómo me enteré, mucho menos cuándo sucedió; pero ahora sé que el nombre con el que señalan a los que practicamos ésta profesión, se empleó en un principio para llamar al guerrero. Al igual que los soldados, deberíamos ser llenados de gloria al realizar nuestro trabajo; pues tanto ellos como nosotros apostamos la vida a nuestro éxito. Debo admitir que en algunas ocasiones es mejor fracasar y terminar siendo linchado por una turba de pasajeros en un camión. Verá usted: estaba yo aquélla mañana en la que me contrataron, viajando en un autobús que recorría la avenida principal de mi ciudad, a esa hora del día es muy común que esté el transporte publicó a reventar. Es por eso que es el momento ideal para trabajar: decenas de cuerpos camuflan la intención con la que mi mirada recorre escudriñando, como si lo hiciera con mis propias manos, las superficies de bolsos y mochilas; los bolsillos y chaquetas reciben su atención correspondientes, es solo que yo prefiero los primeros por transportar cosas con mayor valor. El montón de cuerpos sirve también como herramienta de escape: los ciudadanos honrados no acostumbran empujar a sus vecinos. Si con un choque accidental se avergüenzan y piden disculpas, ¿cómo se atreverán a empujarse para perseguir a un fugitivo? Como en la viña del Señor hay de todo: es más frecuente de lo que usted se imagina que surja de entre la muchedumbre un héroe decidido a recuperar lo que me he ganado con el sudor de mi frente (y la velocidad de mis manos); la mayoría de las veces el hábito que se forma uno al escapar termina dejando al valiente fuera de escena, la minoría, depende de velocidad y condición física; aunque claro, como en todo, la suerte juega un papel fundamental. Aquella mañana, la suerte lo fue todo.

–Ahora nos vas a decir que fue porque lograste escapar gracias al azar.
– Así fue.

Podría apostar a que le será difícil de creer lo que le diré a continuación, pero en mi profesión es algo que se vive minuto a minuto; además creo que es de los pocos quehaceres del hombre que tienen la fortuna de mirar a la suerte cara a cara (otra de ellas es la del pescador). Como el lugar en donde vivo solo hay ríos de gente y mares de problemas, yo nunca pude aprender a pescar. Más no por eso dejé de aprender que la suerte es la principal proveedora de alimento en el mundo. Verá: cuando uno toma un bolso descuidado, más o menos tiene una idea de lo que encontrará en su interior. Aunque para ser sincero, uno nunca encuentra lo que espera, ¡No se imaginan las cosas tan extrañas que la gente guarda en sus mochilas! Hubo una vez que encontré en el bolso de una señorita distraída, dos tabiques y nada más. ¿Cómo se supone que voy a comer con eso? Hay veces que las joyas de fantasía están hechas de plástico corriente, y otras (las menos) que uno encuentra un billete de lotería premiado al cual su dueño se disponía a cobrar. Esto a mi me ha sucedido ya dos veces. Una de las cosas más extrañas que me he encontrado a lo largo de mi carrera, la hallé aquella mañana, es por eso que les digo que el azar lo fue todo ese día.

– ¿A poco no me cree usted que el azar es así de importante?
– ¿Y yo qué sé? A mi no me importa eso. ¡Siga contándonos lo que pasó!

A Hurtadillas (primera parte)

Hace ya algún tiempo leí a un loco que aseguraba que si uno miraba fijamente en dirección al abismo, éste lo miraría del mismo modo a uno. Ustedes que están escuchando mi historia, podrán decir que es culpa de la adrenalina del momento. La verdad, todavía ni yo mismo me explico por qué estaba pensando que no era cierto que el abismo le devuelve a uno la mirada; esa certeza no me abandonó durante todo el tiempo en que observaba fijamente al fondo del cañón de la mágnum que apuntaba a mi ojo derecho. Debo admitir que no había mucho qué hacer en aquella situación: lo que debí haber corrido, lo había avanzado ya con la máxima velocidad que mis piernas me permitieron; a pesar de todo mi esfuerzo, velocidad, pericia y suerte, tres policías me rodeaban apuntando a mi cabeza con sus armas. No había escapatoria: además de lo evidente, las cámaras de seguridad del anden lograron grabar mi rostro en el momento en el que me levanté del suelo, ya saben, cuando intenté sin éxito abordar el tren dando un salto desesperado (a veces pienso que ni siquiera un medallista olímpico lo hubiera logrado). El trió de guardianes de la ley llegó después. Rápidamente me circundaron (como recomienda el manual que se haga), y desenfundaron sus pistolas; mismas que un par de veces pude sentir presionando mi sien. No se cansaban de decir que entregara el maletín o me matarían, repetían una y otra vez que no estaban jugando. Hasta que el guardia detrás de la mágnum comenzó la cuenta regresiva: tres. Otro decía que dispararía ya, —dos, gritó el primero—  que era una tontería contar. Cuando llegó el uno, yo simplemente sonreí, y … bueno, ya saben cómo terminó aquella penosa situación.

— ¿Y no te dio miedo?
— ¿Por qué habría de darme, qué nunca los han encañonado a ustedes?

Tal vez usted que acaba de llegar a este selecto círculo, esté en desacuerdo conmigo; pero yo creo que los hombres nacen para realizar un tipo de trabajo y solamente pueden desarrollarse plenamente como humanos al llevarlo a cabo (logrando así alcanzar la felicidad). Llevo ya un tiempo considerable pensando en ésto y me resulta evidente que un panadero o un sastre podrían vivir muy alegremente si descubren que ésa es su vocación a tiempo; los desdichados somos nosotros, los que nacimos para la guerra en tiempos de paz. He pensado también, en mi tiempo libre, que los trabajos de los hombres se unen y se distinguen en la misma cosa: el movimiento. Todos los trabajos consisten en mover algo: el panadero mueve harina y hace pan; el sastre pone en movimiento las telas con su variedad de texturas y colores; el escritor hace danzar al pensamiento y el sacerdote apacigua las tormentas en el alma. Todos y cada uno de los trabajos que el hombre realiza consisten en mover a voluntad una cosa. El mío, por ejemplo, consiste en mover lo inamovible.

— ¿Está usted de acuerdo conmigo?
— La verdad, no.