Ensayarse

Ensayarse

Si comprender la naturaleza fuera cosa sencilla, todos tendríamos iluminación plena para reconocer nuestra propia humanidad. La experiencia nos hace ver que eso no puede ser sólo cuestión abstracta, que el reconocimiento natural de la idea tiene siempre mucho qué decirnos, además de otorgarnos lo común para el sentido, que el erotismo es rasgo inequívoco de la metafísica. Tal vez por eso la palabra “platónico” haya terminado en sombra de lo ideal, que para nosotros los inexpertos es lo mismo a lo imposible. ¿Qué hay sujeto a reglas estrictas en nuestro descubrimiento? Preguntar esto no me hace un escéptico de lo universal: no toda posibilidad de pensarme como ente incompleto me revela también como sujeto de juicios atómicos. No sé todavía cómo definir el erotismo. El enigma no se aclara con mucha experiencia de encuentros deseados. A veces uno no sabe qué es el otro sin ver en uno mismo, y el misterio de uno mismo nos mantiene unidos a esa cosa deslumbrante que es el deseo. No siempre ha de ser de un fulgor apabullante para ser perceptible; no siempre ese ardor de las alas es un termómetro movido por los cuerpos. La experiencia me dice que incluso para lo bello se requiere ver que la naturaleza no es sólo vanidad o mera exaltación. Si lo bello es deseable, lo es por ser inteligible, aunque eso también implique una soledad inabarcable que no estemos dispuestos a contemplar. Sólo nuestra naturaleza puede trazar la línea que divide la ignorancia del autoengaño.

 

Tacitus

Recovecos

Recovecos

Aunque pudiéramos describir el mecanismo de nuestras afecciones, aunque sepamos que cada emoción tiene una explicación causal que demuestra el asiento material de toda sensación ¿qué puede abonar esa explicación al conocimiento de uno mismo? Pareciera que ese razonamiento proviene del análisis de la relación entre el hombre y lo natural. Pareciera que el término “alma” nunca cobra sentido porque no lo usamos más para referirnos a la existencia misma de lo vivo. Bajo la explicación causal de las afecciones en los influjos del exterior sobre el cuerpo, logramos el esquematismo de algo cuya experiencia no tiene nada que ver con la demostración causal. Saber que el amor tiene una química particular, por ser una emoción, me dice poco sobre la vivencia particular del deseo, tan poco como estar ciertos de que la sensación es provocada por un ente externo que me incita a contemplarlo y seguirlo. ¿Será que es verdad que la razón se haya en un estado de oscuridad en torno a la naturaleza de las cosas hasta que no se aplica metódicamente sobre lo que puede verse de uno mismo? Si siempre tengo que separar mi vivencia peculiar, estudiada por las ciencias aplicadas a las representaciones emocionales y a sus orígenes culturales, históricos y personales, de lo que el cuerpo muestra cuando es visto bajo una abstracción, ¿sólo puedo decir que sé de mí mismo lo que ambos caminos me muestran? ¿No el oráculo délfico era tomado en serio por alguien dispuesto a reconocer su propia ignorancia sobre lo que no eran cuestiones amorosas?

En el ámbito cotidiano, ¿no hay presencia de la razón, aunque no sea siempre la facultad para las claridades? Tal vez, se me dirá, es por esa razón que se desea aplicar con el máximo rigor la única facultad capaz de aclararnos algo. El éxito del cartesianismo requiere que la experiencia de todo lo natural esté mediado en la ignorancia natural por una oscuridad inherente a nuestras propias facultades. ¿Será autoconocimiento la demostración de la existencia propia (una demostración que no puede ser particular por no tener nada que ver con lo momentáneo) en la certeza del cogito? Si fuera autoconocimiento, resalta la independencia de la prueba con respecto al examen de las cosas humanas, que nos permiten a veces descubrirnos entrampados en prejuicios sobre uno mismo, en redes que uno mismo se ha puesto, en la falsedad. La razón no es necesariamente una facultad de control sobre lo que nos acaece, sino una realidad que sólo examina fielmente cuando no niega lo erótico.

La universalidad de la experiencia erótica no se agota en ninguna de sus evidencias fenoménicas. Pero, ¿es de verdad una condición universal y necesaria, inmutable? ¿Cambian radicalmente los deseos y fines del hombre como para hacer de lo erótico algo modificable o prescindible por la razón? Eros y logos se revelan como datos imprescindibles de nosotros mismos: ¿cómo podrían desaparecer? Si no desaparecen al grado de hacerse imposibles, ¿no es verdad también que a la existencia de ambos le acompaña la evidencia de la ignorancia radical en la que nos sumimos por la naturaleza de nuestras limitaciones? En la caverna, nunca sabemos que estamos viendo entre sombras y resplandores. Cuando nos descubrimos, no tenemos garantía de haber terminado. Queda el temor de ser sinceros con nosotros mismos, queda la posibilidad de pusilanimidad. Pudiéramos señalar a la naturaleza, diciendo que es propia la oscuridad de los antros de nuestro ser; pudiéramos decir que nada sucede conforme lo establecemos, pero por ahí no se llega a la felicidad del erotismo en la palabra. El defecto de erotismo es hermano de la misología.

 

Tacitus

Eros y moderación

Eros y moderación

La diferencia entre la moderación y la contención no sería visible si el alma tuviera siempre la misma actitud hacia el placer. Contenerse es evitar la satisfacción inmediata, y eso lo logran muchos sin requerir moderación. Moderar no es tener imperio sobre mis propios deseos, porque ¿qué podría ser sino un deseo lo que justificaría la búsqueda del control? Podría decirse que la moderación es una reducción de la cantidad de cosas deseadas, pero ¿no podrían ser pocos los deseos fatuos? La imagen de Céfalo demostraría que la moderación se alcanza por la suerte y el amor a la riqueza: la vejez llega a la conclusión de que es mejor tener deseos leves y no turbulentos. La virtud sería la corona ritual de la vida del pudiente. Si entendemos moderación como relajamiento de las tensiones por el deseo, entonces dejamos de lado la posibilidad de que sea la moderación una forma de consumación de la práxis erótica.

La moderación es un modo del deseo porque es también un modo de ser, de vivir. La asociación más común de dicha palabra es, hoy en día, referida generalmente a la regulación de la alimentación. Pero puede verse fácilmente que la regulación alimenticia no es todavía la capacidad de actuar moderadamente. No hay moderación en la negación de la naturaleza, porque así como es natural desear el placer, es natural también la posibilidad de reconocer el placer como una experiencia que nos muestra en relación constante con el bien. La objeción más recurrente apunta que en realidad esa misma tendencia natural a lo que se llama bien propio no es más que la evidencia de que la moderación es, si no imposible, sí indeseable para la mayoría de los hombres. El filósofo moderno no es un moderado (lo cual no lo convierte en un disoluto), sino un dueño de sí mismo: la sabiduría es la forma máxima del control sobre sí. La moderación llega a suplirse por el conocimiento de las causas de mis afecciones, y la teoría como práxis es el medio para ello.

¿Será que la moderación es, más que el control total del auriga sobre el corcel rebelde, una trayectoria feliz lograda por el mismo conductor tirado por ambos caballos? La vida de los hombres no puede destrozar la fuerza de la imagen: no es necesario recurrir a la “dignidad” del hombre para notar que los deseos más comunes no impiden en nada la existencia del alimento del corcel amable. El conocimiento del moderado sólo sería equiparable al de la técnica para dirigir el carro en tanto los caballos fueran normales. En ese sentido, la sabiduría del moderado no es ignorancia de los placeres comunes. ¿No será que al preguntar por qué tendríamos que ser moderados en vez de satisfacer nuestros deseos como nos sea posible también estamos preguntando por qué habría que creer que existe un conocimiento de la regulación de la acción? El autoconocimiento no es descripción radiográfica de nuestros sentimientos, sino inquisición sobre la anatomía moral de la vida, no sólo del “sujeto”.

 

Tacitus

Vuelo corto

Vuelo corto

La ausencia más complicada no siempre es la que abre al extrañamiento de otro. A  veces incluso el otro está ahí esperando con la mano extendida, con el calor de un aliento en flor. La ausencia más dura es la ausencia de pregunta. Se difumina el placer por revelar la ignorancia, por descubrir algo que pide todavía de la razón. No vive lo que deja a la palabra hacer camino mientras intentamos buscar. Se envuelve uno como serpiente retrógrada en la bolsa cadavérica del silencio. Sin pregunta, parece todo el camino de aquellos hombres con hambre de saber de otros destinos sin poder ver el alma propia, como los describía Nietzsche. Ante la pregunta espera, como el amigo, la dicha de pensarse, de verse a uno mismo como complejo. Quizá es difícil pensarse, por el mero hecho de vivir siendo uno, como territorio conocido. No hay mapas para uno mismo, sólo tentativas, acercamientos. Si alguna vez llegamos a creer terminado nuestro descubrimiento, Eros mostrará nuestra frivolidad. No es amor a uno mismo lo que se muestra en el intento de descubrirse. Ni puede manipularse Eros, ni producirse, como no puede producirse lo que nos hace felices, a menos que vivamos bajo la ilusión de que eso es totalmente determinable por la voluntad. Puede uno negarlo, pero no logrará entonces comprender lo que es. Si se presenta en uno mismo, eso equivale a negarse el intento por aclarar lo que uno es. Tendrá que encontrar en la frivolidad sus alas atrofiadas.

 

Tacitus

 

La renovación mortal

La renovación mortal

Sócrates murió en su ancianidad. Hay quienes defienden que la renuencia a huir de su sentencia está plenamente relacionada con la evidente plenitud de su vida dedicada a la autognosis. Pero la inferencia es demasiado rápida y, por ende, poco cuidadosa: hay una gran distancia entre el conocimiento de sí mismo y el desarrollo de la experiencia, natural con el paso de los años. El conocimiento de sí mismo no obtiene por el paso de los años, a menos que pensemos que esa conexión entre las preguntas que nadie se hace y su último fondo en el problema de la naturaleza humana y su relación con lo inteligible (en tanto que el hombre es el único ente que se descubre pensándose), sea alimentada por el reconocimiento de los límites que nos impone la experimentación. ¿Cómo notaría que algo es un límite sólo a partir de la repetición? En todo caso, sería visible que su edad no es suficiente argumento para comprender el problema de su muerte, que por otro lado tampoco se agota en el argumento ilustrado a favor de la iluminación natural de la razón.

Quizás el lado más público del conocimiento de sí mismo sea la heterodoxia, palabra que siempre requiere de un contexto general de opiniones. Si los sofistas hubieran sido demasiado ortodoxos en un sentido de la palabra, su éxito no podría explicarse; Esparta no podía distinguir ni aceptar a ninguno de los dos: la palabra estaba claramente limitada por la educación militar. La supuesta heterodoxia de Sócrates parece apuntar a que la investigación sobre lo que uno es no puede saciarse con las normas morales y las opiniones que ordenan el todo común de las ciudades. Pero, a fin de cuentas, esta presentación es demasiado accidental: lo importante es la autognosis, no la censura o crítica de las opiniones ajenas. ¿O son correlativas a tal punto que, por la necesidad que el autoconocimiento tiene de la palabra, y a pesar de ser una empresa fundamentalmente solitaria, no pueden separarse frívolamente? En ese caso, tal vez la sabiduría a la que tiende el autoconocimiento no se limite simplemente a la rememoración de lo experimentado en la transgresión de los límites naturales, sino a aquello que queda siempre relegado por la satisfacción moral. Más que discursos moralizantes o críticas a la moralidad común, el autoconocimiento supone que lo temporal de la moral siempre queda corto ante el único rasgo que no se sacia jamás por un límite definido. Cuando hablamos de la pureza del Espíritu, olvidamos que la práctica de muerte es una imagen de Eros.

¿Puede juzgarse públicamente lo erótico? Las respuestas que parecen inmorales para los conservadores no dejan de ser morales. Puede decirse que no en ese caso, pensando siempre en el papel sentimental y sexual de lo erótico, arraigados profundamente en las oscuridades del alma. La perfección artificial de la polis ideal de la República se debía a la posibilidad del comunismo absoluto por la ausencia de secretos en el fuero interno: el alma era transparente porque todos deseaban lo mismo. La injusticia no existía porque no había nada deseado en mayor o menor medida. ¿Cómo entender ese argumento cuando proviene de un hombre erótico? Si la sabiduría es lo único que se persigue en el autoconocimiento, quizás la muerte de Sócrates sea más una lección sobre el verdadero límite. Con ello no se indica sólo la preminencia de la polis, que no podía ser, como producto humano, imperecedera, a diferencia de lo sabio. Quién sabe si el alma podría dar un vistazo a lo bello si no fuera por la exactitud imaginativa de la palabra que busca llevarla a conocerse.

Tacitus

De la mentira sobre uno mismo

De la mentira sobre uno mismo

La moralina es buena publicidad de uno mismo. La buena publicidad es un uso de la palabra, aunque no sé si uno bueno. La buena publicidad requiere una pericia retórica hecha para el acto más elemental de persuasión. La publicidad es eficiente si seduce pronto. La publicidad no es la única manera de estar en público. Nadie apostaría por anuncios llenos de cosas contrarias a la moral común. Pero entonces la publicidad es imposible sin deseos comunes. La discusión moral no debe limitarse a renegar de lo público. Por ese lado también puede haber publicidad de uno mismo. La discusión moral es más interesante cuando se intenta pensar eso que llamamos “juicios de valor”; pedir que eso no se cuestione no es sólo una posición intelectual: es, inevitablemente, publicidad. Si la moral pública puede tornarnos esclavos, creer que el hecho de renegar de ella nos libera es simplificar la libertad. Uno huye de la moral pública en aras de salvar la moral. Pero tal vez el problema nunca ha sido salvar la moral, sino asumir el conflicto de verse pensando lo moral. Ahí no es relevante la publicidad, sino la imposibilidad de asumir a la publicidad como criterio de la palabra usada en público. ¿Qué otro criterio puede haber?

Se pueden hacer mitos sobre uno mismo. Funcionan para soportar a la imagen pública. ¿Cuál es su poder? No sólo convencen a los demás, sino que logran mantener la imagen ante su productor. Uno mismo se puede perder creyéndose encontrado plenamente. Cuando uno se la cree, ha dejado de examinarse. Examinarse es imposible con plenitud si la distinción entre juicios de valor es irrelevante, pues en dado caso nunca puedo saber en sentido estricto en qué términos comprender siquiera mis deseos. El deseo, entonces, no se aclara simplemente respondiendo: ¿qué deseo? Quizás el verdadero problema de la moral sea la existencia misma del deseo. La moral pública puede fingir que los regula y tener éxito, pero la pregunta por lo que hoy llamamos juicio de valor no disminuye por ese éxito. La moral pública bien puede ser ese mito en que uno participa ocultándose a sí mismo. La libertad ilusoria que da huir al deseo nos esclaviza en él. Pero resulta que el juicio de valor es el término público para el conflicto con que se relacionan lo público y privado: no habría sociedad alguna si el deseo no fuera algo comunicable y si aquello que deseamos no fuera algo compartido.

El cuestionamiento de la moral es mucho más sutil: no requiere de obras desmedidas. Eros mismo lo realiza implícitamente. ¿Puede distinguirse sin sabiduría a un sabio de un moralista? Si sólo existen juicios de valor, si la perspectiva del juicio moral nunca puede aspirar a la sabiduría, la ética como pregunta por el modo de vida es imposible. No habría manera de teorizar sobre la acción, porque, al intentarlo, estaríamos olvidando lo más radical: ¿no es la experiencia un acceso ya preparado, ya puesto en algún sentido, a la práxis? Bajo esa pregunta, el cuestionamiento del dogma moral ya no sería lo más importante. No obstante, ¿qué me lleva o me inclina a tal cuestionamiento radical? En esa penumbra, tal vez sólo el intento continuado pueda servir. Sin el conocimiento de Eros, no es posible distinguir entre el falso moralista y el inocente. En tiempos de moral exacerbada, sólo preguntar por Eros podrá desvanecer el engaño público sobre lo privado.

 

Tacitus

Soltar amarras

Soltar amarras

Hay cierta fascinación por imaginarse la vida mediante barcas. La vida moderna puede vivirse confiando en la continua superación del astrolabio, en la determinada señalización de la hidrografía, creyendo acaso que las sirenas son enemigas del radar y abstracciones delirantes debidas al ausentismo mental de los debilitados por la lentitud de los viajes marinos. Las imágenes desesperantes de los naufragios se enfocan en la aridez de la boca que no puede saciarse a pesar de estar rodeada de agua, en el aburrimiento disolvente de la soledad y en el temor ante los cambios climáticos que lleva consigo la amenaza de la marea. ¿Cómo no temer ante el infinito mar en tales casos? No obstante, Conrad evidenciaba que el corazón de las tinieblas no estaba precisamente en alta mar. Lo más desolador para una vida tranquila no está en la naturaleza, siempre indiferente ante los dilemas humanos. Cuando uno adquiere los ojos para asombrarse un poco por los atractivos del agua, es doloroso aferrarse a la arena. Los barcos pueden mantenerse encallados por largo tiempo durando más que nosotros, pero inútiles. El arte de la navegación no se aprendió en la tierra. Cuando no hay principios náuticos, cuando aún lanzamos proposiciones pueriles sobre la ley de las estrellas y la posición del objetivo está nublada por el desconocimiento, no hay más que paciencia. Una búsqueda puede requerir de nuestras manos para empujar los remos (artefactos que oscilan entre el primitivismo y el arte de navegar) en el intento de continuar el movimiento, quién sabe si con entera certeza. La idea del Bien era tan difícil que, como el sol, alumbraba sin poder ser captada enteramente; así quien anda con remos sin tener el destino fijo, aunque con un motor constante. Puede uno arrojarse a la indolencia para no zarpar, llorar por la nostalgia de los nombres y puertos que se dejan o mirar fijamente su reflejo en el mar, esperando que las ondulaciones del agua decidan revelarse como espejo fidedigno. Sin embargo, cuando el sueño de arena y el anhelo maternal de la tierra despierten ante el descuido de los frutos soledosos que da la navegación, no será culpa de las dificultades del arte. A fin de cuentas, la infinitud del mar no deja de ser un mito recurrente. Quien anda errante debe recordar aquella imagen platónica del barco liderado por ambiciosos que impiden tomar el timón a quien puede hacerlo. Parece cierto que las cosas que más rumbo dan a la vida disipada se traducen en desorden cuando se ha vislumbrado en el horizonte la posibilidad de una trayectoria.

 

Tacitus