Un acorde en silencio

Hasta donde tengo entendido la música se compone de sonidos y silencios, algunos llegan a ser más duraderos que otros; hay momentos en los que el oyente puede sentir lo agudo o lo grave de la vida, o en los que su andar por la vida se dibuja por pausas ligeras o por pasos pesados. La constitución de la música es igual a la de  la vida: en ésta hay momentos agitados y otros pausados y calmos, también los hay carentes de movimiento y concentrados en sí mismos, carencia que no es eterna porque el movimiento nuevamente se presenta, sólo deja de hacerlo cuando la vida ha terminado. La identidad entre una vida y una pieza musical no puede ser gratuita, ambas son resultado de lo mismo, la vida anima a la música así como la música da vida al alma. Hay variedad de piezas y también la hay de almas, algunas son desafinadas y otras muy bien afinadas, algunas brillan por sus acordes y otras por sus desacordes, pero la variedad nunca nos había impedido juzgar y distinguir a lo grato de lo ingrato, a lo bello de lo terrible y a lo bueno de lo malo. Sin embargo, ahora ya no juzgamos, vivimos animados por un espíritu tolerante; ya no distinguimos porque no tiene caso hacerlo y procuramos callar silenciados por la abundancia de voces, gritos y cantos que al mismo tiempo hablan sin escuchar.

 

Maigo.

Cambio de Opinión

A un amigo:

Los adultos dan la cara por lo que dicen y por lo que hacen. Ser capaz de dar una respuesta a lo que sea que se pregunte sobre los hechos y sobre los dichos es mínimamente lo que uno espera de alguien serio, y es en ellos en quienes más se confía porque tenemos el hábito de notar la “entereza” como signo de buena disposición. Puede ser que haya más de una razón para esto. Se me ocurre por lo pronto que quien tiene palabra la mantiene como reflejo de que él mismo se mantiene, y por ser más regular que quien es descuidado, resulta natural que esperemos de él lo que hará: lo que dice que va a hacer, o lo que siempre hace.

Esto quiere decir una de dos cosas: o que es falso el dicho popular de que “es de sabios cambiar de opinión”, o que tenemos en muy baja estima este cambio. Como dijo ya hace mucho tiempo un hombre que cuidaba su manera de hablar, y como repitieron muchos después de él, afirmar no sólo es decir que algo sí es algo. Afirmar es una acción, y el movimiento en que consiste es -como indica su nombre- hacer que algo se vuelva firme. Tendríamos por necio a quien pensara que el perico afirma, y no que repite afirmaciones. ¿Pero qué cosa se vuelve firme y en dónde? La opinión se vuelve firme en el pensamiento, porque se afirma lo que se piensa. La diferencia entre una y otra manera de entender el viejo dicho es notoria cuando en efecto se tiene una opinión, pues quien repite lo que escucha sin pensarlo no afirma nada, y no tiene opinión. Es de sabios cambiar de opinión porque ésta no siempre es verdadera, pero quien puede cambiarla es porque de hecho la había ya afirmado y ahora nota por qué estaba en un error al comunicarla. Es responsable quien puede responder por sus actos y opiniones, y es responsable también quien está abierto a que le demuestren que está equivocado.

La apertura al error es, sin embargo, cosa mucho más complicada que la que dejaría ver un esquema a blanco y negro en el que las cosas o bien son, o bien no son. El ser se dice de muchas maneras, dijo alguien más. Cuando quien habla solamente repite lo que “pasa” o “lo que es”, sin tener opinión ni juicio sobre lo que pasa y sobre lo que es, no hace nada distinto de alguien que repitiera como loro las tablas de multiplicar. Cuando se habla sobre la situación del país, por ejemplo, o cuando se habla sobre el carácter de la mayoría de la gente y sus costumbres, no se puede relatar sin juicio como si hubiera un estado puro ajeno a nosotros al que el historiador tiene mágico acceso. “¡Las cosas como son!” gritan muchos sin pensar que todos tenemos que preguntarnos todo el tiempo cómo son. Quien escandalosamente habla sobre las tragedias y el horror del presente, y al doble se altera proyectando las calamidades futuras; y más, que censura a quien habla de lo mejor por ser un “ingenuo” que no alcanza a ver cómo son las cosas; éste es incluso más ingenuo, pues piensa que existen los eventos en su mundo y, apartado pero observando, él que habla de ellos desde el suyo, ambos puros y sin afecciones del otro. Peor aún, quien así habla es un irresponsable, pues fácilmente confunde a quien escucha haciéndolo creer que las cosas que son sólo tienen un modo de ser. Quien así habla supone que la enfermedad sólo es enfermedad, y no que también nos deja ver por contraste la salud. No por ser responsable es alguien sabio, pero está en mejor disposición para aprender. Aprendemos de ese dicho que sería mucho esperar que los irresponsables cambiaran su modo de hablar, pues después de la catástrofe difícilmente darán la cara por lo que dijeron. Después de todo, ellos “¿qué responsabilidad tienen de lo que pasa si sólo nos informaron de ello?”. Mejor nos hará a nosotros que vivimos entre el escándalo, escuchar con atención a los que hablaron sobre las cosas importantes con la disposición de percatarse del error en la calma, y responder por él.

La que Fue Dicha

Juzgar por los resultados
y dar a pares consejos
después de lo hecho es común
entre jóvenes y viejos,

así observamos también
que el hombre se halla afanado
en hacer se tape el pozo

cuando mira al niño ahogado.

Por A. Cortés:

Bien dicen que más vale paso que dure que trote que canse, y por eso a mí no me tiene muy ocupado el hecho de que hablo con frecuencia de lo mismo. Y lo que digo regularmente es que se nos ha olvidado cómo hablar; y que estamos tan cerca de aquel punto de quiebre ominoso, que quizá después sea imposible darnos cuenta de qué perdimos, porque eso que estamos dejando ir es precisamente lo que nos dejaba darnos entre nosotros cuentas de las cosas. Se irá sin que nos demos cuenta, y la tristeza muda que lo llorará no será ya humana. Si el hombre se olvida de hablar bien, será poco tiempo el que pase para que deje de hablar en absoluto. Y ya en ese momento, no habrá cómo tapar el pozo.

Lo malo de estar en este país en estas condiciones, es que darse cuenta de la necesidad de hablar bien es percatarse a la vez de la necesidad de escuchar, pero casi nadie cultiva ya el arte de escuchar. Cada quién dice lo que quiere a quien sea, sin que le importe mucho qué pase con lo que dice; y el otro puede escuchar una cosa o su contraria y asentir de la misma manera. Entre los “políticos” se avientan argumentos hechizos sin pies ni cabeza, y nadie responde a ninguno; sólo los apilan como municiones que erraron el blanco. Esto se disemina fácilmente, se esparce entre el tumulto desordenado de unos que no atienden a otros y aquestos que en nada se ocupan por lo que dijeron. Ya casi nadie pone atención porque casi nadie confía en el peso de la palabra. La palabra, (dicho con burla) ¿qué puede cambiar en nosotros? Como no hace nada, nada importa si es una u otra.

Esta misma disposición hacia los otros es, por obviedad, la causa de que sea tan común hacerse de oídos sordos a cualquier cosa antaño dicha. Lo anticuado ya no sirve para nada. La palabra erosionada por el tiempo (hasta hace sonar al tiempo como un depredador inclemente) no tiene ya valía para esta gente que no quiere escuchar nada, sino hablar y hablar por hablar. Pero me parece que hubo cosas que mucha gente sabía, y que hubo lugares en los que lo que se supo se dijo con frecuencia. Obviamente, la manera de vivir de los hombres termina colándose en las frases exhaladas, y como la vida cambia y da montones de vueltas, muchos terminan hablando sin saber quién dijo lo que ellos repiten, y por qué. Por eso resulta con el tiempo que sí hay lugares en los que se suele decir lo que se sabía, y esto es lo que se sabe. Los hay también en que sólo en un poco se sigue considerando si lo dicho es o no verdad, o acerca de qué lo es. Y esto es su sapiencia local, su enseñanza hablada.

Por nuestra parte, con medrada atención, nos ha dado llamar en un mutante español “folclor” a esta sapiencia común impregnada del aroma de nuestra idiosincrasia. Irónicamente, que usemos la palabra folclor para referirnos a tal saber mexicano pone mucho en duda que nuestra idiosincrasia tenga alguna consistencia común, y que el tipo de sapiencia (lore) que impera entre la gente (folk) de nuestro país esté cortada de la misma madera. No es difícil de notar lo que digo, nuestro folclor nos hace pensar en las zonas rurales, en la diversidad de dialectos, en lo rico de nuestros acentos y lo variado de nuestros pueblos provincianos. Pero un popurrí puede ser bello sin ser por eso una pieza musical: México no es de una pieza. Y mientras más pasa el tiempo y más dejamos de escucharnos entre nosotros, más nos alejamos. Mientras más nos alejamos, menos país somos: somos montones y montones de folclores variopintos. Claro, menos folk común con menos lore que compartir. La misma indiferencia con la que se designa el folclor mexicano como un conjunto de datos turísticos e históricos sin son; como un repertorio de danzas y canciones cultivadas como lujos delicados que practican los anticuarios y patrioteros por igual; como un conjunto de costumbres foráneas al grueso de la población, y hasta curiosas para el perezoso ciudadano; esta misma indiferencia, digo, es la que ha dejado poco a poco descoloridos los dichos que ahora tan extraños se nos hacen. Un dicharachero es tan raro entre nosotros como un quetzal. Sobre nuestra tierra no camina un pueblo, nuestra comunidad enferma se está disgregando.

Y por este nuestro folklore, recordé que por ahí menciona Hobbes un refrán muy recurrido por sus contemporáneos que me parece sumamente sugerente: “Wisdome is acquired, not by reading of Books, but of Men (La sabiduría se adquiere, no por la lectura de libros, sino de hombres)“, y añade él que hace falta leerse a sí mismo, antes de que se pueda leer a los demás. La lectura es la escucha, y no escuchar a los demás puede ser síntoma de que el ajetreo no nos está dejando oírnos a nosotros mismos. Cuando estemos entre varios, propongo que intentemos escuchar con la mayor atención, sin interrumpir, para tratar de ver si lo que nosotros nos decimos en silencio nos lo dice otro en su voz viva. Y si compartimos algo que podemos decir, y eso es suficientemente valioso como para compartirlo, tal vez podamos en chiquito traer de aquí pa’ llá alguna sapiencia enseñable que se cuele entre lo dicho por las personas que nos rodean. Y ahora sí, si creemos que hablamos bien, será buen comienzo para nosotros que un amigo se halle convencido de lo mismo, pues de dos que se aman bien, con uno que coma basta.