Sin fronteras

Los viajes siempre han tenido un significado muy importante. Anteriormente eran embates que ponían a prueba los esfuerzos humanos. Odiseo estuvo a la deriva durante años. Cada viaje era un desafío para los marineros; no sabían si regresarían a su hogar. Los oleajes  y tormentas marítimas escapan al dominio o predicción humana. Nadie sabía ni quedaba a salvo de las decisiones de Poseidón. Ahora los viajes representan una apoteosis humana. Los radares y parafernalia satelital auxilian a los hombres en sus travesías. Los muros han sido derribados, las enemistades quedaron desvanecidas, y los aviones aterrizan en las terminales. Los dioses no designan la guerra; los diplomáticos se sientan a negociar la batalla entre los hombres.

Los viajes se han normalizado, aunque no las anécdotas derivadas de ellos. Pese a no ser tan baratos para volverse cotidianos, es fácil conseguir un boleto. Ya no es una afición exclusiva. Sea por tierra o entre los vientos, en las últimas décadas la clase turista se ha engrosado. Turistear es lo contrario a residir. No sólo pasa mayor tiempo en un lugar el residente, sino que su modo de vida lo decide ahí. El turista es un observador entusiasta. Con las costumbres sólo se deleita, al igual que lo hace con los costas hermosas o los sitios extravagantes. Las ciudades y sus peculiaridades le provocan suspiros de asombro. Dicen que no hay mejor dinero gastado que viajar o invertirlo en experiencias. De ahí que viajar se vuelva atractivo para los estudiantes; la oquedad de la juventud párvula se completa con las experiencias. Con los años y las remembranzas, la fruta verde empalidece.

Es un puesto privilegiado ser el contemplador. El gozo por el retablo se saborea mejor teniendo cierta distancia. Sucede lo mismo con el estudiante en el extranjero. Además del placer de estar más preparado, haber hecho más carrera profesional, tendrá historias fascinantes para relatar cuando vuelva. Su conocimiento se habrá engrosado con todo lo que vio. Escabullirse entre los callejones le hará sentir empatía por el pueblo y sus prejuicios son los primeros en resentir el efecto. Bajo el día soleado, el golpe sosegado de la brisa anuncia aventuras en el horizonte. La nave explora y explora hasta arribar a puertos seguros; las andanzas son felices en el archipiélago de Circe.

Traslación universitaria

Recuerdo mis primeros conocimientos en torno a astronomía, esas clases donde hablamos incipientemente acerca de nuestro Sistema Solar. Fui afortunado por las decisiones de nuestros funcionarios y mi educación se consagró gracias a la tecnología. No hubo necesidad de esforzar la imaginación, Discovery Channel lo hizo por nosotros. Mediante el vídeo observamos que la corona del rey resplandecía frente a sus primeros súbditos. Todos los hombres de la Corte dedicaban una danza a su majestad, con perfecta armonía y orden. Nadie se maravillaba por este hecho, varios estábamos fascinados porque ahora las clases eran modernas. Quizá mucho de esto se debía a que éramos adolescentes más preocupados por asuntos terrestres, nos valía un carajo el Sistema Solar entre desamores y aprobar el año escolar.

El problema persiste todavía en grados posteriores. Aceptándolo sin saber por qué, creemos que la Tierra gira en sí misma y alrededor del Sol. Similarmente nos sucede con mucho de lo que estudiamos. Conforme avanzamos las quejas aumentan preguntándonos para qué sirve lo que aprendemos. La brecha de sabiduría se va haciendo estrecha en una variedad amplia de especializaciones. Al abogado le parece estorboso leer a los llamados filósofos discerniendo qué es la justicia. O el historiador se reserva de un oficio exacto con las matemáticas. La imagen perfecta del campo de conocimientos resulta la universidad, una construcción formada por diversas facultades y ciencias. Esta separación no impide un trabajo en conjunto, aunque el carácter de éste sea multidisciplinario. En otras palabras, cada profesional es experto en algo y prestan sus colaboraciones al resto.

Realmente no existe tanto desinterés o indiferencia por dicho conocimiento. Gracias a la llamada cultura general nos vemos exhortados a aprender más allá de lo que nos dedicamos. El profesionista reluce con mayor notoriedad si tiene este trasfondo adicional. Socialmente destaca de la plebe y parece una persona distinta y refinada del resto. En una instancia esto puede hacerlo meramente interesante, alguien digno con quien conversar, no obstante también puede brindarle facilidades en su carrera laboral (esa carrera donde todos quieren terminar campeones). La cultura llega a ser tan general que pierde prioridad en la vida, el conocimiento adicional sirve para curiosos irresponsables y accidentalmente parece traer un beneficio importante. Al final el historiador, abogado, ingeniero, filósofo, cualquier universitario sigue sin encontrar un sentido importante en comprender el movimiento de los astros en el Sistema Solar.

Esta actividad universitaria aparece marginada de la vida pública. Pese a la multitud de investigaciones publicadas o protestas organizadas en distintas formas, la incidencia de los universitarios sólo se reduce a su producción. De ahí que cobre fuerza el alegato del trabajo: un profesionista más nos salvará de la ruina, un estudiante que haya concluido sus estudios y encuentre un trabajo que despeje un futuro claro para el país. La relevancia de mantenernos en los carriles, aunque por momentos se engarcen, está en que alcancemos alguna superioridad. A partir de ello la universidad es considerada como instancia de progreso y su relación con la ciudad es mediada por el profesionista. En otras palabras, nos enorgullece la universidad mientras sus estudiantes presten servicio a la nación (los años no han podido disipar el tufo del siglo XX). El especialista cumple su cometido al concentrarse en lo que sabe y brilla opacamente por los datos inútiles de la cultura general. ¿Cabría pensar otra importancia para nuestra actividad intelectual?

Bocadillos de la plaza pública. La visita reciente del Papa Francisco continua causando impresiones y opiniones, a pesar de que hayan pasado varios días de ella. Lamentable la respuesta faraónica por parte de la Arquidiócesis de México.

II. Ayer varias organizaciones que amparan a los desaparecidos se reunieron en el Senado para colaborar en torno a la Ley General para Prevenir y Sancionar los Delitos en Materia de Desaparición de Personas. Algunas sugerencias nacidas de la experiencia terrible relucieron en sesión.

III. En la semana los taxis llamaron la atención. Primero en Guadalajara donde los chóferes protestaron ante la presencia de Uber en la ciudad. Entre varios detenidos y un zafarrancho urbano, consiguieron que se planeara la discusión de la ley de movilidad estatal. Por otro lado en Acapulco los taxistas protestaron ante el acoso del crimen organizado (un problema discreto en la entidad). Recientemente el gremio ha sufrido el asesinato de uno de sus líderes y tres compañeros, además de la extorsión y amenaza por los cárteles en crecimiento. Los taxistas también tienen voz.

Señor Carmesí

Evaluación sin preguntas

Ya es bien sabido que la educación en nuestro país necesita una reformada. Que se le cambie, porque está obsoleta o, en todo caso, incompetente. Tal vez, en el pensamiento del más delicado, está bien planteada pero mal realizada. Las escuelas, así como están, no sirven como deberían, ese es el hecho. Los programas han sufrido innumerables cambios en los últimos años, persiguiendo quién sabe la idea de quién, de cuáles son las cosas que deben saber los estudiantes (o, como dicen, las competencias que deben adquirir). Las horas aumentaron, los maestros se convirtieron en guías, los castigos en incentivos, los libros serios se reescribieron para tener más cotorreo. Clarísimo: no es raro el planteamiento de que la educación así como está no es aceptable para lo que queremos de nuestras instituciones educativas. Bueno, es que pocas cosas son más obvias, poquísimas personas salen bien educadas de nuestras primarias, secundarias, preparatorias y universidades. Lo que suele escucharse es una variación del discurso de que el país está tan desordenado porque nadie sabe bien a dónde dirigirlo, nadie está bien capacitado para tomar las más importantes decisiones, o casi nadie; y de los pocos que sí, se sospecha que desde hace mucho luchan para cargar el ingente peso de los indoctos que los hunde en la arena movediza. Pobreza, violencia, desesperación y crimen: parece que todo ello se erradicaría si tan sólo la educación fuera como debería.

He tenido la corazonada de que la idea, hoy tan impresionantemente popular, de que todos los problemas de la gente pueden resolverse con un buen sistema educativo, es producto de la educación que llevamos desde hace muchas generaciones. Es curioso que sean éstas las que están bien convencidas de que la misma educación requiere un progreso substancial. Esta multiforme solución tan paseada se apoya de unos pies quebradizos: la confianza de que es posible ocasionar la mejora de las personas a través de la mejora de la tecnología y el más eficiente intercambio de la información a través de ella. Para lograrlo, muchisisísimas personas necesitan educación. Pero hay un problema que nomás no hemos tenido el valor de enfrentar de lleno. Sólo pocas personas disfrutan ser educadas, así que enfocarse en ellas es ineficiente. La vocación por la educación es un lujo que no podemos darnos, debemos mejor apelar a los rasgos más comunes y corrientes. Lo que esto quiere decir en el fondo es que no es posible mantener ambas cosas: educación de alta calidad y cantidades mayoritarias de educados. Nuestro dogma nos responde ya a cuál lado de esos dos inclinarnos: la ineficiencia es inaceptable, demerita nuestro grado de sumamente civilizados y nos sume en la aristocrática visión del obscurantismo más –despectivamente hablando– medieval. La eficiencia se mide con la cantidad y la celeridad, así que tenemos que olvidar cualquier esfuerzo por la preparación de estos pocos curiosos. La guía de este planteamiento está más o menos formulada con esta secuencia: ¿los estudiantes no escuchan? No podemos enseñarles a escuchar, así que hay que decirles lo que quieren oír.

Asumamos que somos un montón de gente, no de máquinas. Las máquinas mejoran cuando sale la nueva versión y se puede replicar por millones; la vieja se tira o se presume con una placa especial para lucir la absurda nostalgia del coleccionista. Las generaciones de personas, en cambio, ni se tiran ni dan mucha noticia de haber llegado con notables avances. No parecemos contar con herramientas para lograr más buenas generaciones, más comprensivas personas, ni mucho menos gente más feliz. Entonces, ¿de dónde que estemos tan seguros de que las reformas así planteadas a nuestra educación son el primer y más fuerte soporte del cambio nacional que estamos esperando? ¿Quién va a tener la cara para asumir la responsabilidad del plan que acabará con el carácter violento de los más indignados, con la pereza de los parásitos sociales, con la mezquindad de los servidores públicos corruptos, en fin, con la insensibilidad de los corazones más crueles de nuestra nación, a través de una más eficiente transferencia de datos a las mentes jóvenes? ¿O apoco hay alguien que de verdad crea que el obeso mórbido pudo haber mantenido la salud si tan sólo le hubieran enseñado a leer la información nutrimental de las cajas de comida, o que lo que le falta al asesino para dejar de matar es conocer el nefasto impacto económico que el asesinato le impone a su ciudad por la disminución del turismo?

La relación entre las «técnicas de aprendizaje», los «temas de los programas escolares», y la formación del carácter de un hombre decente, es ridícula. Es absurdo pensar que las cárceles se vaciarían si hubiera menos analfabetas. ¿Y todo esto qué? Estas cosas son de poca importancia para la mayoría, porque la mayoría ya asumió que lo que es necesario es una reforma. La mayoría da por sentado, sin pruebas ni verdadero examen que el progreso no sólo es posible, sino lo más deseable del mundo. Entonces, la reforma no necesita plantearse ninguna pregunta sustancial, sólo necesita anunciarse. «Calma –dirá el demagogo–, ya vienen los cambios al modelo educativo». ¿Basados en qué? ¿En lo mismo en lo que se basaron los cambios anteriores que no sirvieron para nada? ¿De dónde nos viene la seguridad de que el defecto del procedimiento anterior fue la aplicación y no el deseo de variedad? Anhelamos tanto el cambio que ya estamos acostumbrándonos a que todo fácilmente se mude de una cosa a otra, sin preguntar. Ya queremos que todo mejore por el mágico arte del progreso. «Ahora habrá más evaluaciones». ¿Y qué queremos evaluar? Dudo mucho que se tenga clara esa pregunta, y sin embargo, el impacto aparente es suficiente: el trámite se hace, la gente se mueve, los libros azules se tiran y se imprimen unos verdes, la burocracia con su aletargado paso camina hacia donde la llevan sus engranes como un gigante mecánico ciego y soso. Y ya, al término de unos años, se dirá que se hizo algo, cuando en realidad el fondo del asunto sigue exactamente igual: nada se ha hecho, nada ha mejorado. Y lo único que aumenta es la desilusión.

Si nos tomáramos la palabra con seriedad, el que evalúa tendría que decir qué vale y qué no, tendría por necesidad que asumir que hay algo de lo que se enseña que tiene más valor que otras cosas, y que el modo en el que lo manifiestan los que aprenden es congruente con ese valor. No es el que dice quién pasa y quién no, sino quién está bien y quién está mal (y por tanto, qué es estar mejor y qué peor). Pero, ¿valor en la educación? Miramos esta perspectiva con terror supersticioso: «¡Queremos ciencia, en la ciencia no hay juicios de valor!». La palabra evaluación ya nada más se usa porque tiene tinte de importancia y apantalla. En realidad, de ella no tenemos la mínima idea. Y aún peor, podríamos estar seguros de que mientras más tiempo carguemos esta ausencia de preguntas y asumamos que sabemos perfectamente cómo se mejoran las generaciones haciéndolas expertas y doctas y llenas de maestrías, celebrando el cambio por el gusto de la variación como un acalorado festeja el aire acondicionado, menos aptos seremos para hacer precisamente las preguntas que nos dejarían evaluar qué tan benéfico es lo que estamos haciendo por nuestros jóvenes y su educación, y claro, por nosotros mismos.

¿Por lo útil o por lo mejor?

Arde, árbol de pólvora,

el diálogo adolescente,

súbito armazón chamuscado.

Octavio Paz

Lo fácil es la anécdota, el uso sencillo del lenguaje para expresar dramáticamente el efluvio de emociones que miles vivimos el pasado miércoles 30 de mayo en las islas de Ciudad Universitaria. Miles de universitarios, y una centena de agregados, reunidos en lo que se vino a llamar Primera Asamblea Nacional de Estudiantes. Representantes de 54 colegios nacionales congregados en un mismo lugar intentando agrupar en un breve listado de causas la multiplicidad que ahí los convocó. ­Lo mismo hubo profesionales de la protesta que improvisados de la voz alta, tanto derrochadores de ingenio como avaros de esperanza, politizados de pizarrón y politiqueros de teclado, pumas, burros, linces, borregos y toda la fauna universitaria. Lo fácil, repito, sería hacer el recuento de las emociones: qué se dijo más fuerte, cuántas goyas se lanzaron, qué canción gustó más. Sería fácil, efectivo, pero no necesariamente lo mejor. Pues de hacer eso, menospreciaría lo que el pasado miércoles pude ver y escuchar: un ejercicio –limitado, es cierto, pero real- de diálogo, de debate, de intercambio público de las opiniones sobre lo público. A fin de ponerse de acuerdo sobre el sentido de su movimiento, los jóvenes del #YoSoy132 organizaron quince mesas de debate sobre los puntos centrales de su proyecto, asistí a la segunda mesa a fin de conocer las motivaciones políticas del movimiento. Entre la discusión del fundamento político de #YoSoy132 se presentó un debate fundamental sobre el momento político actual, debate que no sería del todo malo llevar a la plaza pública general. El punto de partida fue netamente pragmatista: si bien todos estamos contra el regreso del PRI en la persona de Enrique Peña Nieto, ¿el sentido del movimiento #YoSoy132 es evitar a toda costa el triunfo del candidato tricolor? Y si ese es el objetivo, siguieron preguntando, ¿no será necesario reivindicar el voto útil? O dicho de más somera manera: si queremos que Peña no llegue, debemos votar por su más cercano opositor. Ante la pregunta por el voto útil un debatiente agregó: si nos pronunciamos por el voto útil, que inevitablemente deberá decidir por Vázquez Mota o López Obrador, se dividirá el movimiento y lo importante sería mantenerlo unido tras el 1 de julio. Lo cual equivale a preguntar si #YoSoy132 ha de buscar la derrota de Peña o ha de buscar su propia permanencia. Ambos sentidos efectivistas se mantuvieron en debate hasta que un estudiante del ITAM dio profundidad al problema: no tiene caso debatir aquí si lo importante es el movimiento o el resultado de la elección, sino que lo importante respecto a pronunciarnos sobre el voto útil es si el movimiento está por el ejercicio libre del voto o es un mecanismo de inducción del voto. Con lo cual se reorientó la discusión, pues los jóvenes ahí reunidos descubrieron que la pregunta no era ya si debía gobernar tal o cual persona, sino de qué modo es que se podía garantizar la legitimidad de un gobernante. De manera súbita transitaron de su indignación ante “el candidato de las televisoras” hacia la defensa de la libertad expresada en el voto. De manera ejemplar entendieron que pronunciarse por el voto útil, incluso siendo el último recurso, es indigno del libre ejercicio democrático, y es, de algún modo, motivo de indignación semejante a la “imposición” mediática de un candidato. Ante el dilema de votar o no votar el próximo 1 de julio, el resolutivo de la asamblea se pronunció por respetar la libertad del individuo, libertad que incluso acepta anular el voto en estas elecciones de la ignominia, y encaminarse a la promoción del voto informado; ante el dilema de votar o no votar, la asamblea se pronunció por su idea de lo mejor frente a lo útil y lo efectivo; ante la pregunta de votar o no votar los jóvenes del país contestaron con la responsabilidad individual. Si en las asambleas locales se aprueba el primer punto de acuerdo de esta asamblea de posicionamiento político, el movimiento #YoSoy132, contrario a las expectativas abrigadas en secreto por algunos de sus prosélitos y detractores, no será una expresión más de la bola revolucionaria, ni será una aplanadora ideológica, sino que se limitará, humildemente, a hacer política más o menos decente: promoviendo la responsabilidad. Para los tiempos que corren, en que cada vez son menos quienes reconocen la altura de un ejemplo moral, el gran reto para el movimiento #YoSoy132 serán los incendiarios, quienes quieren ver a las unánimes multitudes imponiendo su poder; para los tiempos que corren nos hará falta perseverancia.

 

Námaste Heptákis

 

Parte de guerra 2012. 4520 ejecutados al 1 de junio.

Garita. El pasado lunes el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad se reunió con los candidatos presidenciales. Javier Sicilia les dijo lo siguiente:

Para muchos, usted, señora Vázquez Mota, significa la continuidad de una política que nos ha sumido en el horror, la miseria y el despojo; el señalamiento duro a las corrupciones de los otros partidos, pero la incapacidad autocrítica para ver las del suyo y la protección o la simulación frente a delincuentes o malos funcionarios de su partido que ocupan y ocuparon cargos políticos, incluso de Estado. Usted representa a un partido que nos debe la transición y que se ha corrompido a grados ignominiosos con el poder. Usted representa un partido que después de doce años deja como una de sus herencias un inmenso camposanto como patria.

Para muchos, señor Peña Nieto, usted representa el regreso al pasado, es decir, el regreso al origen de la corrupción de las instituciones que hoy se desborda por todas partes y cuyo rostro no es sólo la violencia, el dolor, la corrupción, la impunidad y la guerra, sino la imposición de la presidencia imperial, el uso patrimonialista de la nación y la represión –Atenco, la respuesta descalificadora a los muchachos dela Ibero, la manipulación mediática frente a sus legítimas protestas, son sus señales más claras-. Representa también el voto corrompido, el voto comprado, el voto no ciudadano, el de la miseria moral y el de la arrogancia y los intereses de los monopolios de la comunicación. Hoy está aquí presente el escritor Germán Dehesa que hasta el último día de su vida, como un signo de ética ciudadana, contó las noches que se acumulaban cargadas de los agravios de la fraudulenta gestión del exgobernador Arturo Montiel.

Para muchos, usted, señor López Obrador, significa la intolerancia, la sordera, la confrontación –en contra de lo que pregona su República Amorosa– con aquellos que no se le parecen o no comparten sus opiniones; significa el resentimiento político, la revancha, sin matices, contra lo que fueron las elecciones del 2006, el mesianismo y la incapacidad autocrítica para señalar y castigar las corrupciones de muchos miembros de su partido que incluso, contra la mejor tradición de la izquierda mexicana, no han dejado de golpear a las comunidades indígenas de Chiapas y de Michoacán o a los estudiantes de Guerrero. Significa también la red de componendas locales con dirigentes que años atrás reprimieron a quienes buscaban un camino democrático, el señor Bartlet es sólo la punta del iceberg.

Para muchos usted, señor Quadri, significa la usurpación de las candidaturas ciudadanas –que nos negaron junto con la Reforma Política—, la arrogancia y una doble moral que pretende reivindicar el liberalismo y criticar los monopolios mientras usted sostiene su campaña apoyado en la mafia de una cacique que representa lo peor de nuestra clase política, y en el poder de un sindicato corrupto que tiene secuestrada la educación de la patria, que usa a nuestros niños para el chantaje de más canonjías y posee una fortuna que, fruto de la corrupción, nos ofende y nos indigna a todos.

Coletilla. (Sin dedicatoria especial) “El libertino acaba en la indiferencia o apatía porque principió por sentir indiferencia ante sus semejantes”. Octavio Paz