Competencias

Siempre estamos compitiendo. Intenta refutar mi idea sin que compitas conmigo. La verdad no creo que siempre compitamos. Los compas (amigos) no compiten. Dudo que cada segundo sea usado para competir. ¿Cuándo descansamos?, ¿cuando estamos entrenando, preparándonos, para la siguiente competencia? No siempre estamos compitiendo. Nos han hecho creer que la vida, los aspectos más importantes de la vida, son una competencia. Se nos dice e insinúa que hay ganadores y hay perdedores. Que hay esclavos y amos; como sugiere la canción.  Se compite por ver quién es más feliz. ¿Cómo se mide la felicidad? Si digo que se mide evaluando los éxitos logrados sólo transfiero el problema de saber si soy feliz a indagar qué es el éxito. (Adelantando mi conclusión, afirmo vagamente, si eso es posible, que es verdaderamente feliz quien reflexiona hondamente en la felicidad). Pero el éxito tiene demasiados rubros, demasiadas aristas, muchas categorías como para que tenga una única categoría de medida. Si pasamos a postular que la competencia más importante es por ver quién tiene más plata (dinero) volvemos al principio, pues la ambigüedad se impone. El dinero siempre se obtiene para cambiarlo por felicidad. Entonces, ¿qué nos vuelve felices?, ¿qué nos da verdadera felicidad?

Si algo tengo claro es que las competencias nos vuelven infelices. Por favor, no compitas por refutar el postulado. Específicamente me refiero a la competencia por el poder. El próximo domingo hay una competencia por ver quiénes pudieron convencer a más personas para que votaran por ellos. Es una competencia triste. Vuelve infelices a quienes rodean al competidor. Principalmente a sus votantes. A los de los ganadores porque cuando los políticos tengan el poder no les cumplirán lo prometido; a los votantes perdedores porque votaron por quienes no ganaron. Transfieren a ellos mismos la derrota; sienten que algo les quedó por hacer. Pero lo más horroroso es enterarse de los extremos que tienen que pisotear algunos candidatos con tal de ganar. Hay competencias que sacan lo peor de la gente.

No toda competición es mala. Creo que esta frase sería bueno que intentaras refutarla. Competir por ser el más justo, el más sabio o el más bondadoso tiene una fructífera recompensa. Aunque te interese el renombre que viene junto con las competencias mencionadas, o sentirte bien contigo mismo, siempre habrá beneficios que van más allá de los competidores. No hay olimpiadas para saber quién es la persona más justa del mundo. No hay reglamento, una lista de requerimientos a cumplir, para saber quién es el más sabio. Ni hay jueces que determinen con claridad quién es, sería, o fue el más bueno. Competir por saberlo, sospecho, es una buena competencia. La felicidad podría encontrarse ahí. Nunca se es feliz si se le da prioridad a la competencia por la felicidad que a la búsqueda por ser feliz.

Yaddir

El sacrificio del éxito

Una universitaria se suicida presuntamente por el estrés al que la somete su universidad. La escuela es famosa por su prestigio; ahí han estudiado numerosos presidentes y muchos secretarios de estado. En lugar de que la discusión sea la finalidad de la educación, en las redes los tuiteros se desbordan a opinar sobre la generación de cristal, los mal y constantemente mentados millennials. En lugar de intentar comprender para qué se estudia, qué clase de conocimiento es bueno y qué es lo mejor que cada estudiante debería conocer (así como si hay algo que para todos sea bueno conocer), se cree conocer qué les hace falta a los actuales estudiantes, se cree saber con claridad quiénes son los actuales estudiantes. En seis características creen englobar a billones de personas. No es nuevo que en las redes se manifiesten más especialistas que la cantidad de problemas que se padecen en la realidad. Lo novedoso es que ni el asunto más grave, la muerte de una persona, permita pensar en toda su complejidad el problema de la educación. Es como si tácitamente se hubiera aceptado que la universitaria se suicidó porque no soportaba la presión de este mundo. Afortunadamente esa no es la voz general. Se ve que existe un problema, pero no se lo logra asir, se nos escurre de las manos por más fuerza que hagamos. Y tal vez ese sea el más grave defecto de la educación actual: su incapacidad para comprender los problemas. El primer problema que no logran ver es la distancia entre sus objetivos educativos y el modo en el que se buscan o se pretenden desarrollar esos objetivos. ¿Qué quiere decir una institución, por más prestigiosa que sea, a un estudiante cuando le exige memorizarse el doble de temas de los que normalmente sería capaz de aprender?, ¿quiere decirle que en su futuro trabajo deberá memorizarse el doble y trabajar el doble que los demás para tener privilegios?, ¿quiere acaso insinuarle que sólo vale la pena sacrificarse a sí mismo con tal de ser exitoso?, ¿quiere acaso insinuarle que sólo se puede ser exitoso si se sacrifica a sí mismo?, ¿no estará sugiriéndole que debe dividirse en dos, matar una parte de sí para que la otra pueda vivir placenteramente? Consecuentemente, si no se es capaz de aprobar en la prestigiosa universidad, ¿quiere decir que no se merece ser exitoso, que es uno del montón, que jamás hará algo que valga la pena, que nunca será recordado por nadie? Y el que no puede lograr el éxito, el fracasado, ¿es un muerto en este acelerado mundo moderno?

Yaddir

Elegía del éxito

Conforme envejecemos, hay más que contar sobre nuestra vida. Perdemos años, ganamos historias. Las reuniones de amigos, cuya lejanía dificultó el trato cotidiano, permiten relatarse sus acciones destacadas. En el reencuentro se comparten los logros cumplidos, no necesariamente con el fin de presumir, sino como un verdadero gesto nacido del cariño y la curiosidad. Un amigo no quiere sobresalir del otro, sino mostrarle qué ha realizado mientras no se vieron. La innovación de las redes sociales permite que la reunión ya no sea necesaria, aunque tampoco se comparta nada (el término se mantiene, la acción se desvirtúa). Cualquier intento de comunidad es negado por la casualidad de relacionarse con otro (Facebook, por ejemplo, te sugiere contactar al amigo del amigo de tu amigo; una vez agregado, puede que jamás converses con él). La exhibición de la privacidad conlleva la exhibición de logros.

Últimamente he puesto atención a las publicaciones de quienes tengo agregados en mi perfil. Así como yo, mis amigos chismosos también han visto el destino de otras personas. Varios se lamentan de que el matrimonio sea un padecimiento contagioso, cuyo pronóstico indica que somos muy vulnerables a él. Peor si conduce a la enfermedad terminal: el nacimiento de un bebé. Otros se incomodan por la ironía de que el perdedor de la secundaria, el que tenía una verruga colorada cerca de su oreja, disfruta de las mieles de la independencia: vive en Monterrey, conduce un buen coche y su trabajo lo ha llevado a Estados Unidos. Con secreta altivez, agradecen seguir construyéndose; con secreta frustración, se infravaloran. Aunque no dudo de que he caído en ambas posturas, personalmente no me siento identificado con ninguna. Por ser más chismoso que ellos, me causa placer el simple hecho de saber sobre sus vidas. En ocasiones mi imaginación confabula sus historias personales. Me ayuda mucho que los haya tratado alguna vez, eso suma elementos gozosos a mi fantasía. A pesar de esto, también me he decepcionado muchas veces. Confabular me ha prevenido de todo lo que puede esconder una postal de vacaciones, una sonrisa genérica o un abrazo al hombro necesario para la toma.

Numerosos triunfos exhibidos me provocan incredulidad o tristeza. En el primer caso, el afán de presumirlos es tan grande que la presunción es una repetición continua para que una carencia sea reparada o incluso una mentira sea verdad. También no dudo que la presunción sea una extensión de su vanidad, una de la que se han acostumbrado tanto que la asumen como circunstancia trivial. Más interesante es el segundo caso. La honestidad, en comparación con la jactancia, parece nobleza. No dudo de que genuinamente estén contentos y se encuentren muy cerca de una realización personal. Sin embargo ahí radica mi tristeza. Estoy completamente seguro de que su imagen riendo, con un disfrute creciente, es una imagen nada más. Eso que pude haber visto cuando éramos más jóvenes, ya no es más. Esa disposición jovial, desembarazada, sólo podré encontrarla en sus horas de embriaguez o parcialmente si los acompaño en un viaje. En la playa, o bajo el asombro de encontrarnos en un sitio exótico, veré esa alegría pasajera. Nunca la veré en sus horas que consideran más decisivas o cotidianas. Su mente estará ocupada en los quehaceres o en sus próximos descansos (irse a una tierra lejana empieza desde imaginarlo).

Podrían responderme que busco vivir en un País de Nunca Jamás y me recluyo en la inmadurez para no enfrentar los asuntos graves de la vida. En realidad, ellos son los que viven en el País de Nunca Jamás: donde hay los mismos rincones, donde jamás crece nada y el cielo, con su estatismo, oculta lo que hay más allá. Me causa tristeza que muchos de esos hombres, cuyas osadías dieron un interés a mi adolescencia, no sólo se regocijen en su estrechez, sino que aborrezcan cualquier otra diferencia o insignificancia. Me causa tristeza que aquellos estudiantes, con ardor propio de la juventud, hayan emprendido proyectos por sí mismos, inesperados y hasta ridículos, y ahora ofrezcan conferencias publicitarias o hayan conseguido el american dream, bajo la ilusión de ser parte de un cambio social dentro de una embajada. Las ridiculeces fueron sólo exigencias caprichosas de atención. Me causa tristeza que esa discrepancia, la cual rayaba peligrosamente con la belicosidad, los haya empujado a renunciar al mundo, física y simbólicamente. Me causa tristeza que el tedio y la arrogancia se disfracen de triunfo o autorrealización. Se me podrá acusar también de sufrir complejo de inferioridad y buscar excusas para evadirlo. Mi creencia de que hay más dignidad en inquirir en los fracasos que exaltarlos, sería otra excusa. Al menos espero que mi mediocridad sea premiada, así como sucedió con ese profesor humilde del que cuenta Torri.

Deciduo

Deciduo

 

que algo ayer estará olvidando este país

J.H.C.

nuestros mejores días han pasado de moda

J.E.P.

Vuelvo y cada vez comprendo menos. Me son extraños. Me resultan fútiles, vanos, inexplicables. No los veo con curiosidad. Ni los comprendo, ni los comparto. Los veo desde lejos. No me emocionan. Ni decepción, ni desesperanza. Tampoco puedo decir lo que realmente pienso: no tiene caso, ya se sabe que diré lo mismo y eso siempre frustra el afán de lo novedoso. En estos tiempos en que hay tanto empeño por cambiar, caducos somos quienes no nos emocionamos por el cambio. Vuelvo y no comprendo. Nada me reúne con los simbolismos baratos y simplones.

         Viajando en el transporte público veo el afán de los demás en las pantallas del dispositivo. Ríen y gozan. En la información les va la vida. No comprendo. La risa yo la conocía con mis amigos; no imagino el goce sin otro. No me encuentro en el simbolismo de su información: cuando comparto lecturas aspiro a que nos tomemos en serio pensando juntos. ¿Acaso puede pensarse tanto en medio de todos esos likes?

         En clase veo el afán de los estudiantes por especializarse. Leen, sí, pero para salir al paso, para acechar la cita correcta, para sobrevivir en la cruenta competencia que será su vida. Hay prisa, mucha, prisa por acreditar, por ascender. El ascenso a la especialidad es el símbolo que acopla sus quehaceres. Quieren claridad, pero para no seguir pensando. Claridad burguesa: tener todo a la mano, administrable. Persuasión de su insuficiencia; pedagogía de la escasez. Estudiar como inversión, de ahí que sus decisiones sean cálculo de riesgo. Pensar apocado; diálogo fingido. ¿Qué sentirán en la soledad de las alturas del éxito?

         Escuché por radio las impresiones de los primeros visitantes a Los Pinos. Emocionados, los compatriotas presumieron el simbolismo de nuestros tiempos: la apertura de la casa presidencial semeja la entrada a la vida democrática. ¡Si fuera tan sencillo! Democracia del edificio vacío. Excitación adolescente del despojo y el allanamiento. Administración inmobiliaria del rencor. ¿Qué pasará cuando Los Pinos ya no sea espacio suficiente para contener la venganza?

         Vi por televisión la ceremonia de la entrega del bastón de mando. Indigenismo HD. La invención de un pasado para justificar un presente. Sincretismo religioso para disfrazar el fanatismo. Mitin travestido de Guerra Florida. ¿Acaso no me conmovió la convención del universo en la bendición de nuestras raíces? Mis raíces no son una producción de ArgosTV. Desconfío de la teurgía como política social y de las bendiciones como garantías de la ley. Soy caduco.

         No comprendo a mis compatriotas, no comparto ilusiones con mis compañeros. Ni me apura la información, ni me entusiasma el éxito. No creo en la democracia por decreto, ni por producción partidaria. Vuelvo a ver a la gente, vuelvo a ver a mis conocidos, pero no los comprendo. Algo ha pasado, es cierto, pero no la historia, ni el progreso. Quizás estos tiempos son para otros. Soy caduco; solo los veo.

Námaste Heptákis

Sobre las metas y los fines

Actualmente no solemos utilizar la palabra fin para referirnos a lo bueno, a lo mejor o a la naturaleza humana. Cuando hablamos de alguna situación donde se muestra un aspecto destacable del hombre que éste realizó, hablamos de metas o logros. Un buen deseo se expresa diciendo: “espero que cumplas tus metas (o logros”; jamás escuchamos o leemos que alguien diga: “espero que actúes con excelencia con respecto a tus fines”. La diferencia parecería inexistente, de no ser porque hablar de metas o fines trae implícita alguna idea de las capacidades humanas.

Que el hombre no puede controlarlo todo, que no es un ser todo poderoso, ha sido corroborado en más de una ocasión de manera dolorosa. Si el hombre hace de sí mismo una estatua mediante sus logros, va perdiendo la posibilidad de verse como es; es decir, el hombre al alcanzar sus aspiraciones puede encontrar la falsa idea de que su poder es ilimitado. La idea sería sólo un conflicto psicológico, del ego de ciertas personas, si no tuviera de base una idea de la historia, la cual supone que el conocimiento humano va enlazándose a través de los años y que va incrementando indefinidamente. La idea resulta complicada porque no se puede precisar si la historia tiene alguna finalidad clara o si no la tiene; si no la tiene el problema es que quizá nunca fue pensada y su sendero es errante, azaroso, y si la tiene, si se ha sobrepasado lo planeado, es decir, el problema es si la historia es controlada por el hombre o el hombre ha sido controlado por la historia. Aunque el hombre controlara el rumbo de la historia, nos encontraríamos con qué hace alguien tan poderoso con los demás hombres, ¿los ayuda a ser tan poderosos como él?, ¿los limita para que su poder no se vea en peligro?, ¿cuándo a las personas les desean éxito, implícitamente también les desean que sean poderosas?

El éxito es algo tan ambiguo como el poder, aunque el segundo parezca manifestarse cuando se ejerce, ¿del primero cómo tenemos noción?, ¿al ser reconocidos por alguna institución o empresa por algún papel o un nombramiento? De ser así, el éxito sería algo sumamente efímero, de un solo momento o lo que dure el recuerdo en la mente de los demás. El exitoso debería de encargarse de estimular dicha idea en los demás, es decir, de hacer cosas exitosas constantemente. Pero, ¿dónde tiene fin su éxito?, ¿alcanzará un día el pináculo del éxito y no lo deseará más porque de ahí no puede bajar? Pero en nuestra experiencia nunca vemos que los hombres progresen indefinidamente en su éxito, hasta los más ricos descienden en el peldaño de la riqueza y sus aspiraciones se ven limitadas por las aspiraciones de los poderosos. A menos que el éxito no se encuentre ni en la riqueza o en el poder político. El exitoso es aquel que debido a su conocimiento es reconocido. Esto no quiere decir que el éxito radique en la comprensión del hombre que por su conocimiento es reconocido, sino sólo en que se le aplauda. Aquí surge la pregunta: ¿la felicidad radica en lo que se realiza o en el reconocimiento de lo realizado? De nada sirve el reconocimiento si no se hace nada bueno, pero lo bueno sólo podemos entenderlo con respecto a los fines humanos. El éxito es una imagen de lo que el hombre puede hacer.

Yaddir

La exitosa mentira

La mentira es el pase dorado para triunfar en la sociedad. Por eso algunos glorifican el mentir con destreza y lo elevan al podio de arte. Pero esa elevación es una mentira; quien cree que la mentira es un arte no se está dando cuenta de que ha sido engañado. Mentir para granjearse los aplausos ajenos requiere de dos condiciones: conocer bien de lo que se está hablando y tener un amplio ingenio. Se requiere del buen conocimiento de lo que se quiere reconfigurar, porque así se sabe qué cambiar y qué dejar intacto, pues una mentira que no tenga la mínima base en la realidad, difícilmente puede ser aplaudida. Si la base es poco sólida y no se viola ninguna ley de la razón al mentir, hay que recurrir al ingenio, a la facilidad para tomar fragmentos de vivencias pasadas o posibles y darles una forma adecuada al círculo donde será dicha; no es lo mismo mentir entre personas que fácilmente se dejan acariciar el ego a hacerlo con la propia familia.

Algún mentiroso afirmaba: “mentir es decir lo que la gente quiere escuchar”. Yo lo escuchaba y temeroso me confesaba que tenía razón, aunque no sabía si me estaba diciendo algo falso con apariencia de verdad o algo medio verdadero, así que opté por tomar su frase como algo posible. Posteriormente también decía: “la buena mentira se traza con los colores de la vida y el pincel de la astucia”. Vaya trazo el que pasaba ante mí cuando decía esa frase (increíblemente al escucharla inmediatamente pensé que decía la verdad). Un día le pregunté: “¿por qué tienes dos definiciones de la mentira?, ¿eso no te delata como un mentiroso?” Él me miró y con una sonrisa satisfecha me contestó: “olvidaba que eras de aquellos que creen que la verdad está en las definiciones”. Supuse que sólo le gustaba divertirse al mentir, que era un vanidoso que se satisfacía al hacer dudar a los demás;  no sufría al saberse mentiroso como aquellos que entregan su voluntad a la falsa adulación y tienen que mentir para ganar.

Si el arte es la mejor expresión del alma humana, pues enseña y destaca lo que distingue al hombre, sus pasiones, aspiraciones, miedos, anhelos, vicios e inmundicias, así como su relación con lo divino, la mentira no puede ser un arte. El mentiroso va volviéndose más astuto, dañando con cada paso que parece dar, pero nunca vuelve a lo que verdaderamente le gusta y lo hace feliz, por eso sólo le queda consolarse pensando que su actividad es un arte.

Yaddir

Evangelio

“Estaba cómoda pero me dieron ganas de ser feliz”
— Una tuitera en su estado de tuiter

Hoy, lector, igual que ayer, como siempre, desperté bien calentito en mi cama. La diferencia es que en esta ocasión vengo a decir que ya estoy harto, me he dado cuenta, gracias a la atinada observación que hizo mi psicólogo: “te niegas a salir de tu zona de confort”. ¿Por qué un hombre como yo, guapo, carismático, inteligente y sagaz visita a un psicólogo? Se preguntará usté después de leer estas líneas, y lo hará con justa razón, porque esos párrocos de la nueva religión, han sustituido a lo que otrora fuesen fieles leprosos en el cristianismo, por feos, introvertidos, zonzos y brutos hombres modernos. Si usted piensa eso, como yo lo hice antes de convertirme en cuerpo y alma a la Nueva Verdad libre de estulticia, entonces usté necesita un psicólogo, si usté no está visitando a uno, mejor para mí, porque eso quiere decir que habrá más para los que sí queremos superarnos, para los que buscamos mejorarnos cada día y queremos crecer en nuestras “áreas de oportunidad”. Si usté no sabe cuál es la suya, entonces en eso ya le llevo ventaja. La gorda que tenía hinchadas las encías a tal punto que hacía ver sus dientes como si fueran de leche, me señaló que mi área de oportunidad es mi temperamento, bueno, dijo “actitud”, pero no es su culpa no saber distinguir una de otra (está en su área de confort y ahí la voy a dejar), no se le puede pedir mucho a las responsables de los recursos humanos de las empresas grandes; bueno, según esta mujer que no sabe andar en tacones y siempre lleva el mismo peinado, dijo que me enojo con facilidad y que trabajar en mi “actitud” es mi área de oportunidad. Por supuesto yo no le iba a devolver el favor, lo caido caido, si ella quiere hacerme crecer personal, espiritual y emocionalmente señalándome mis áreas de oportunidad, ¿quién soy yo para no aceptar tal regalo? Ah, pero eso sí, que no espere que le pague con la misma moneda. Yo no quiero que ella crezca, no quiero que sepa lo desagradable que es su risa, lo asquerosas que se le ven sus encías llenas de masilla, ni lo abultada que le hace ver su gorda cara con su peinado. Como sea, entre menos burros más olotes, así que usté, lector, no vaya a un psicólogo, no queremos gente triunfadora en este nuevo mundo que forjamos en la nueva religión. Bueno, sí queremos, pero que no sean todos, solo los que estamos dispuestos a llegar a la perfección del desarrollo humano y por lo tanto vamos un psicólogo.

Yo, como buen apóstol recién convertido, he decidido tomarme las cosas en serio, porque yo no soy un timorato pusilánime que apuesta a medias en una mano ganadora, voy a vivir la vida que me llevará a conocer el éxito y a ser la mejor persona que puedo ser. Ya no quiero mirarme al espejo todos los días y estar en disgusto conmigo mismo sabiendo que puedo ser mejor que ese cadáver reflejado en el cristal. Es por eso que hoy, después de levantarme de mi cama caliente y suavecita, he decidido salir de mi zona de confort, comencé por mi cama, la puse en venta en la banqueta de mi casa a un precio que va a hacer que vuele. Después seguiré con mis ropas, mis pants, mis bluyines, mis camisas y mis pantuflas. Solo guardaré un traje para buscar empleo, un empleo que me haga sentir lo que de verdad soy, que me permita trabajar sobre mi “actitud” y que me deje crecer como persona. Voy a ser vendedor, porque cualquier otro quehacer solo me limitará en mis ganancias, en el tiempo invertido y en las metas que me propongo. Voy a vender cualquier cosa, comenzaré por mi cama y mis ropas para tener un nuevo comienzo, después venderé rocas, si puedo vender aunque sea una, ¿qué cosa no podría vender? No siga mi ejemplo, lector, en el nuevo mundo que queremos lograr, queremos que la gente como nosotros sea la menor, no queremos que usted crezca a través de este camino lleno de cardos y chumberas, no, nosotros, los que creceremos tanto que no cabremos en nuestros departamentos del Infonavit, vamos a necesitar un techo mucho más alto y a gente que guste de estar en su zona de confort para que atienda nuestras necesidades. El siguiente paso en mi plan de autosuperación, de desarrollo humano, de crecimiento personal, es invertir todo mi dinero a plazo fijo a unos veinte años en el banco que me dé más intereses, de ese modo no lo despilfarraré en comida, vicios y distracciones que me hagan tropezar en mi ya de por sí difícil camino. Esta noche dormiré en la calle, si no me siento muy fuerte, tal vez me quede en la banca de un parque público, eso ya es demasiado confort, pero confío en que con el paso del tiempo el suelo me parezca más placentero gracias a la fuerza del hábito.

Cuando dije que todo mi dinero irá a una cuenta de banco es porque así será, y ya sé que usté, como buen hombre comodino y sin ganas de superarse, pondrá trabas y pretextos para no crecer, porque tiene miedo y el miedo es de los débiles, de los que no quieren triunfar y conocer lo que es el éxito. Me dirá con un aire superior, soberbio e ingenuo, ¿y si va a poner todo su dinero en el banco, con qué va a comer? La respuesta a ese “impedimento” u “obstáculo” que a usté le parece tan de primera importancia, es muy sencilla: hay un montón de árboles frutales en la ciudad, sin problema puedo ir recogiendo uno que otro fruto que me mantenga sano y fuerte porque eso es lo que mejor hacen las frutas y las verduras: mantenernos sanos y alejar a la enfermedad. ¿O me va a decir que nuestros antepasados comían sopas instantáneas en sus microondas de las cavernas? Me va a decir, también, que los árboles frutales no son tantos como yo creo y que tendré que caminar largas distancias entre uno y otro para hacerme de una manzana, o de una pera, o de un durazno, o de un limón. Bueno, pues déjeme decirle que la vida es dura, y que uno tiene que hacer lo necesario para comer, que caminar largas distancias es bueno para la salud del hombre y que ayudará a reducir mi colesterol. Caminando largas distancias fue como se pobló América precolombina, y nuestros antepasados aztecas eran los seres humanos más chingones del mundo, ¿por qué eso sería una mala cosa? Ya sé que como usted es muy inteligente y busca ante todo autosabotearse, me va a decir ahora que eventualmente mis zapatos se van a desgastar y a romper, que tendré que sacar de mi inversión a largo plazo para comprarme unos nuevos. Déjeme decirle que sigue equivocado y buscando pretextos para no crecer, porque eso ya lo tengo previsto yo, y espero cuanto antes que mis zapatos se desgasten para que mis pies empiecen a salir de su zona de confort, están mal acostumbrados y no han desarrollado los cayos suficientes como para no necesitar calzado. Yo no quiero vivir así, no quiero estar dependiendo de artefactos que solo me limitan en cuerpo y espíritu. También sé que con el tiempo comenzaré a oler mal (porque los baños y los perfumes son reconfortantes y como bien dice mi psicólogo: “el confort solo es un grillete que nos mantiene pegados al suelo”), y la gente me mirará con disgusto. Por supuesto, eso será envidia, y no necesito envidiosos en mi vida, si alguien se atreviera a regalarme un pan, mismo que le regresaré de un escupitajo. Yo no soy un pordiosero, soy un ganador y no voy a permitir que me miren hacia abajo seres pusilánimes que no se atreven a salir de su zona de confort.

He previsto, que ese día llegará sin falta, y de verdad lo espero con ansias porque será la señal de que voy por el buen camino, el camino del metahumano*. Cuando los envidiosos comiencen a verme distinto, cuando huyan de la amenaza que mi éxito les representa, entonces yo haré algo en lo que otros han fallado: me alejaré de ellos, porque lo más seguro es que puedan aprender de mi experiencia, y no, querido lector, como le dije desde un principio, somos pocos los elegidos, los que nos atrevemos a salir de la zona de confort. Saldré a la carretera, al campo, tal vez a la montaña, allá habrá más árboles frutales y podré compensar mi dieta con algunas hierbas y raíces, ya la experiencia me ayudará a discernir entre las venenosas y las saludables. Tendré la ventaja de convivir con los animales, aprenderé a cazarlos. No viviré cobardemente como usté que se gana el pan sentado en una oficina rodeado de lujos como el interné, ropa, calzado, techo, calefacción, o un sillón cómodo. Todo eso lo pervierte a usté, lo limita y lo hace no desear salir jamás de su zona de confort, como si fuese usté un lánguido remedo de Ulises. Aprenderé a domar el calor, a saborear la lluvia nocturna, y a dormir en los brazos del padre Invierno. ¿Quién necesita dormir ocho horas? Eso es lujo y comodidad. Una vez alejado de la ciudad, podré yo, desarrollarme en mi máximo potencial, tendré que estar alerta para sobrevivir día y noche como la naturaleza espera que estemos, como se supone que debemos vivir: alejados de la mayor zona de confort jamás inventada (eso a lo que llaman ciudad los maricas llamados intelectuales). Aprenderé a superar en astucia a los animales salvajes, para después comerlos crudos, porque el fuego es el más viejo de los lujos y yo mismo soy evidencia de que el hombre pudo vivir sin él desde hace mucho tiempo. Ejercitaré mi cuerpo con la áspera piedra de la necesidad y superaré, también, a ese montón de gordas con encías hinchadas que no temen hacer hombres mejores que ellas. Viviré así veinte años, en lo que el banco se encarga de empollar mis beneficios, después volveré a utilizar mis rendimientos, los reclamaré y los heredaré a los hijos que haya tenido a lo largo de este tiempo (porque es evidente que yo no lo necesitaré más), para que ellos puedan gozar de una zona de confort en lo que el tiempo los hace sumarse al despertar, a la búsqueda del éxito o los hace morir en el intento.

No deje que mi texto lo incomode, lector, mi intención no es hacerle el favor de sacarlo de su zona de confort, ni de mostrarle sus “áreas de oportunidad”. Mi intención es dejar un testimonio de esta nueva religión: la psicología (como lo dejaron los apóstoles de Cristo, yo sé que le incomoda que me compare con aquellos santos, que en su momento, fueron llamados locos < aunque a decir verdad quién sabe si estaban locos, no había psicología entonces como para dar un certificado sobre eso>, y que su almita cristiana, seguramente me está condenando en estos momentos al Infierno por hereje. Déjeme decirle que si algo ha de faltar en el Infierno, eso debe ser confort y me estaría haciendo el mayor de los favores al desearme tal cosa), a los que quieran ser los mejores hombres posibles. Yo solo trazo el camino, sin esperar que alguien me siga, pero eso sí, ojo, si alguien, al igual que yo, decide salir de su zona de confort, el éxito lo estará esperando para recompensarlo en su bella y reluciente cama de navajas y vidrios.